Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







lunes, 28 de abril de 2014

El hombre del atardecer

   

    «Lo que la juventud tenía que encontrar fuera, el hombre del atardecer tiene que encontrarlo dentro.»

Carl Gustav Jung

    
    Últimamente tengo la buena suerte de encontrar pequeñas perlas en los periódicos. Suelo mirar éstos muy por encima, leyendo sólo los titulares y alguna columna de opinión. Hago los crucigramas, intento descifrar el jeroglífico y paso en bloque de las páginas deportivas, que no me interesan (no soy aficionado). Sin embargo, me suelo parar algo en las páginas culturales (aunque suene a engreído), porque es donde veo que aún hay otras formas de percibir la vida. Pero no siempre es ahí donde encuentro esas perlas, sino también en cualquier otra parte. Y cuando ocurre, lo tomo como un mensaje, como una señal del infinito. Al no creer en la casualidad, sino en la causalidad —y también en la sincronicidad—, el hecho de encontrar determinada frase o párrafo lo siento como algo personal.
    Inevitablemente, esa cita del maestro Jung, que encontré en no sé qué artículo*, me evocó otras palabras que escribió el romántico Novalis mucho tiempo antes, sobre la validez de la mirada interior: «La senda misteriosa va hacia dentro.»
    Ambas citas nos vienen a decir lo mismo: que algo en nuestro interior tiene la clave del misterio de la existencia. Lo cual no deja de tener su lógica, porque en realidad no hay ninguna distancia entre ese interior y el misterio que nos envuelve. Lo que hace oscuro al misterio, es decir, lo que hace que nos parezca misterioso es simplemente que falta la necesaria apertura de la conciencia, esa que nos permitiría ver aquello de lo que estamos hechos.
    De jóvenes buscamos las respuestas fuera, porque el ancho mundo nos atrae, lógicamente, y sentimos que más allá de las fronteras está la clave del tesoro, oculto en algún lejano horizonte. Pero, pasado el tiempo, cuando ya hemos visto el suficiente mundo, llegamos a darnos cuenta de que esa clave está dentro de nosotros mismos, o en ninguna parte. Puede que nos siga gustando viajar, pero ya no para buscar un sentido, que sólo podemos encontrar en nuestro interior. No se trata tanto del «conócete a ti mismo» de los griegos, como de conectar con una esencia que nos comprende e incluso nos trasciende.
    ¿Soy yo un hombre del atardecer?, me pregunto esta noche. Por la edad sí que lo soy. Ando cerca de acabar la cincuentena, y ya poco me interesan los viajes. Como mucho, imagino que me gustaría visitar algún lugar emblemático como París, que extrañamente aún no conozco, pero tengo muy clara asimismo la sensación de que allí, como en cualquier otro sitio, me iba a encontrar con la misma presencia, es decir, con el ubicuo fantasma del mundo. En Suiza, por poner un ejemplo, hace muchos años, me pasó también algo así, pero sólo muy tangencialmente, porque allí me amparaba la sombra luminosa de mi estimado maestro Hesse. De manera que la presencia del mundo no llegó a tocarme.
    De todas formas, mi patria nunca la han constituido ni pueblos ni ciudades, y mucho menos países, sino sólo rincones, esos rincones humildes y brillantes que he ido encontrando en mi deambular y con los que he sentido cierta correspondencia anímica. Quizá porque me evocaban ciertos sueños, porque en ellos había un destello especial e íntimo que me hablaba de alguna ignota patria olvidada, de la que he perdido la memoria, pero que sigue viviendo por dentro.
    Otra cosa muy distinta sería poder viajar a lugares lejanos y solitarios, como los bosques de Noruega o de Canadá, a los montes Dolomitas, al País del Viento, a la estepa siberiana, a los círculos polares o a otros lugares de la Tierra donde la belleza no ha sido casi tocada por la mano del hombre. De esos aún hay muchos, afortunadamente. Pero me vencen dos cosas: la primera que no puedo hoy hacer esos viajes, y la segunda que sé que también allí (incluso en alguna cumbre de los Himalaya) iba a encontrarme mirándolo todo desde mí mismo... Lo que viene a significar que ningún sitio es lo bastante valioso para mí, si llevo siempre como única compañera a mi sombra. Y esto de la sombra no lo soluciona ningún viaje al exterior.
    Así que este hombre del atardecer debe buscar dentro lo que antes parecía estar fuera, como dijo Jung. Pero ¿qué es de momento lo que ahí encuentro? Pues hay muchas cosas, algunas valiosas, como pensamientos, ensueños, algunas fórmulas para sobrevivir, recuerdos de antiguas claridades y poco más. Quizá porque ya estoy algo gastado, quizá porque me siento ya sin fuerzas para seguir. ¿Seguir, para qué?, me digo algunas veces. Nada me asegura que vaya a hallar la luz que busco en algún recodo del camino. Pero aún así, sigo caminando.
    Los sueños, sí, los benditos sueños... Esos amigos hermanos. A veces son mensajes del inconsciente, que nos quieren avisar, aclarar algo que está oscuro para la conciencia. Pero otras muchas veces son sólo un reflejo de nuestra vida cotidiana, que actúan como un espejo. Y lo que te dicen entonces es que la mente está contaminada con problemas, con conflictos, con laberintos. Te duermes y lo que ves durmiendo es una continuación de lo que vives cuando estás despierto. Sucede que el mundo, además, en ocasiones, sigue mostrando el paisaje de aquel salvaje oeste americano que veíamos en las películas, que en absoluto ha sido superado... Y eso también se refleja en los sueños. Menos mal que algo hay aún dentro de uno, una llave de plata que permite ver otros paisajes y atisbar otros horizontes.  
    
    Morirse es pasar al otro lado del espejo... Así se me ocurre ver ese tránsito definitivo entre lo que llamamos vida y lo que denominamos (sin saber bien qué es) como muerte. Y entre la vida y la muerte, el hombre del atardecer, como el joven caminante que viajaba, continúa buscando respuestas. Suerte que, si sabemos mirar, sigue habiendo buenas ocasiones, esas en las que hadas y duendes hacen de las suyas... Suerte que la magia, como siempre, y a pesar de cualquier impedimento y cualquier oscuridad, nos cubre algunas veces con su manto de alegría, con su inefable lluvia de vida. Eso ayuda mucho a esclarecer el camino, este camino interior dorado ahora por un atardecer incierto, que no sabemos qué sorpresas, enigmas y encuentros nos deparará.
    
    Brigid, hija de Dagda y esposa de Bres, que gobernó durante algún tiempo la tribu de los Tuatha, en la vieja Irlanda, sigue siendo la diosa de la fertilidad, del agua de los ríos, de la adivinación y de la poesía, la diosa adorada por los Files irlandeses. Y todavía hoy los celtas mantienen, en su honor, un altar con una llama siempre encendida.


A. Martín Bardán
(28 de abril, 2014)




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pintura: Bernard Buffet

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*Nota:

    "El hombre del atardecer" lo escribí después de leer un sustancioso artículo de Xavier Guix (El largo viaje de la vida), publicado en El País Semanal (nº 1.960 / 20 de abril, 2014). Ahí viene, en uno de sus apartados, la cita de Jung (que no conocía y con la que es evidente que estoy muy de acuerdo) que pongo al principio del texto. Recomiendo la lectura de ese artículo de Guix, cuya inspiración procede (según el propio Guix) básicamente de la lectura de la Odisea de Homero, y también de algunas obras psicológicas de David Richo.
    No conozco al señor Guix, y tampoco al señor Richo, pero el artículo a que me refiero es de muy interesante lectura. Contiene claves importantes sobre el proceso de la conciencia individual, que conviene conocer y tener en cuenta. Transcribo a continuación el final del artículo, para dar una idea de la calidad del mismo:   

    «El viaje a Ítaca no tiene que significar la misma epopeya de Ulises. La vida no es una gincana, ni un circuito de aventuras aunque a veces lo parezca. Más bien consiste en agrandar paso a paso la conciencia, abandonando las esclavitudes del ego y abrazando lo que trae cada momento. Entender que todo lo que se desvanece y muere en nosotros nos devuelve la realidad con mayor pureza. Por eso, tanto la figura del alquimista como el mago se consideran arquetipos de transformación. Desvelan la luz que se esconde tras las sombras, que tan a menudo nos cuesta alcanzar a comprender. Es la experiencia que sirve para saber lo que significan las Ítacas.» 

Xavier Guix

    Casi parece como si lo hubiera escrito yo mismo... Mucho habría que hablar sobre este tema. Quizá los amigos Arturo y Pablo, esos que conversaban hace poco, por la noche, en la terraza de un ático, hablen sobre ello cualquier día de éstos, si es que sucediera, por uno de esos azares afortunados, que se volviesen a encontrar... 


A. Martín Bardán
(4 de mayo, 2014)

domingo, 20 de abril de 2014

El noctámbulo



    Desde la lejanía de su sentir, levemente apoyado en la baranda del viejo puente, Alberto Linde contemplaba el lento fluir del río. Era noche de luna llena, y hacía tan sólo unos días que había vuelto de un raro y bello ensueño, ese con el que se encontró al abrir la puerta de su cueva, junto a la cocina, y tener visiones inesperadas*... Desde entonces, quizá debido a ese ensueño, Alberto solía salir a pasear por el pueblo en horas intempestivas. Se despertaba de madrugada, a las cuatro o las cinco, incapaz de seguir durmiendo, y caminaba por las calles del pueblo vacío, pensando, mirando, leyendo someramente las líneas del paisaje, pero sin que su atención se fijara en nada en particular, envuelto en su laberinto interior, como una sombra más de la noche. 
    Esa misma mañana había leído, en una columna del periódico local** en la que se hablaba de las diferentes tribus que pueblan la sociedad actual, lo siguiente: «Borges, que pertenecía por su cuenta a la tribu más evolucionada del mundo, detestaba perpetuarse de la manera más habitual, que es teniendo hijos, y por eso no era partidario del coito ni de los espejos, ya que ambas cosas multiplican a los hombres.»
    Sin llegar a la radicalidad de Borges, algo había en esa declaración que le tocaba... Alberto había perdido la memoria de las voces, el brillo de los buenos ecos, y ya no podía oír las risas de antaño. Quizá porque el mundo, su mundo, estaba saturado de ruido, poblado en exceso de otras voces y otras risas que le eran absolutamente extrañas. Y en cuanto a los espejos, para él no eran sólo esas pulidas superficies de cristal que nos reflejan y nos muestran la incómoda lectura del paso del tiempo, sino, sobre todo, los sueños. Que nos multiplican, sí, pero ampliándonos y enriqueciéndonos hasta, a veces, límites insospechados; que pueden llegar a ser magníficos viajes por el mundo interior y en los que es posible encontrar inestimables tesoros y raras luces ocultas.
    ¿Qué era entonces lo que le llegaba de esas palabras de Borges? Era, simplemente, el compartir con el maestro la extrañeza ante el género humano. Ese sentimiento del que también hablaba Albert Camus, cuando pone en boca de su Calígula aquello de que su más íntimo refugio lo configuraba «el desprecio»...
    No era, sin embargo, Alberto Linde un despreciador habitual. Se inclinaba más siempre hacia la comprensión e intentaba acercarse incluso a las más estridentes situaciones humanas. Aunque lo hacía siempre desde una cierta distancia, al menos se esforzaba por interpretar y entender. Pero el problema para Alberto no estribaba en encontrar la lógica de los comportamientos y actitudes de sus vecinos, en descifrar las claves de lo que para él era, mayormente, un espectáculo cuajado de absurdo. Su problema era otro, y tenía mucho que ver con el cansancio y el hastío.  
     Tal vez influido por el peso de los años, o quizá debido a la expuesta situación en que se encontraba su vivienda actual (justo en el lugar más céntrico y ruidoso del pueblo), a Alberto Linde ya no le hacía ninguna gracia la proximidad de sus congéneres. Y en ocasiones, cuando se hallaba inmerso en ese mar de voces, a punto de hundirse, tenía que echar mano del desprecio para mantenerse a flote. Pudiera parecer como la simple rabieta de un solitario gruñón, que no soporta la ruidosa cotidianidad de la gente vulgar, y quizá lo fuera. Pero para Alberto era, sobre todo, un modo de aliviar la presión del mundo.

    En estos paseos nocturnos, sin embargo, esos problemas se iban desvaneciendo con cada paso, como si caminara sobre una ciudad nueva, diferente, sin ruidos ni figuras extrañas, entre un aire limpio y suave. Un paisaje tranquilo, con casas soñolientas y calles vacías, con árboles que susurran y un río sereno que canta su melodía en voz baja. Un pueblo de calma y silencio, en donde es posible escuchar las historias que cuenta la luna, y descubrir entre las sombras las huellas de algún duende que acaba de pasar... Era el viejo encanto de la noche, la noche profunda y amiga que nos envuelve y hace que confundamos a veces el paisaje con los sueños.
    No había aquí nada que despreciar, ninguna figura expeliendo sus torcidas realidades, sus palabras absurdas, su extraño aliento; ninguna estúpida risa vacía, ningún hacedor de mundos de sombra. Sólo el paisaje del silencio, la soledad amiga, el camino en donde poder, por fin, sentir y pensar, sin que amenace el áspero cuchillo de lo extraño. Alberto saboreaba esos momentos como un bálsamo, y dejaba que sus pensamientos fluyeran sobre el río, y se hundieran lentamente en el infinito.
    Borges tenía, sin duda, razón. Pero también la luna tenía la suya, y los árboles y el río. La misma noche tenía sus razones, sus motivos, sus presencias, que no temían a los espejos.
    Recordó entonces Alberto que había estado hacía poco escuchando a la coral polifónica del pueblo. No era nada usual en él ir a las iglesias, pero le apeteció esa tarde escuchar buena música, y sabía de la calidad de ese coro. Fue una hora exquisita, que se le hizo muy corta. Al terminar, cuando empezaron a sonar las notas de órgano del tema final, sintió que algo se le rompía por dentro... Se trataba de un sencillo y poco conocido Ave María (de Giulio Caccini), y su música hizo que se deshiciera cierta lámina de hielo, de la que no había sido consciente hasta ese momento. En la magia de esa música también había mucha razón. No acertaba Alberto a precisar si esa razón era lógica o no, pero sí sabía que estaba llena de fuerza y que ésta era cálida y amable, contraria a cualquier desprecio. 

    Envuelto en estos pensamientos, el noctámbulo Alberto Linde abandonó el puente y se dirigió hacia su casa. Pronto amanecería el domingo, día de mercado, y quería cerrar los ojos al menos unas pocas horas, antes de que el pueblo recuperara su aliento y el mundo volviese a proyectar su ruidosa sombra sobre calles y plazas. Esa noche no hubo visiones ni ensueños, ninguna puerta mágica en mitad del aire. Pero el paseo había dejado una favorable huella en su ánimo. Pensó que quizá fuera posible que mañana no se dejase vencer tan fácilmente, y que tal vez supiera atenuar el poder de ese ruido... Algo de la música de aquella tarde, algún beneficioso efecto, le quedaba aún por dentro. Y algo le había susurrado el espíritu de esa noche, que también hablaba en este sentido. Al fin y al cabo, el ruido es sólo ruido, pensó, un estallido sonoro pasajero, y tras él siempre está la suave arena del silencio. Igual que tras la larga y estridente sombra del mundo, está el vasto océano de estrellas. Comprendió que si la voz de la luna no podía escucharse durante el día, no era porque ésta estuviese callada. La música del sueño seguía latiendo tras el cegador velo de Maya. Sólo había que apartar un poco más la pesada cortina...  
         

Antonio Martín Bardán
(20 de abril, 2014)





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* "Viaje en la cocina" (Cuaderno Nocturno - 8 de abril, 2014)
** Manuel Alcántara (El Diario Montañés - 8 de abril, 2014)

lunes, 14 de abril de 2014

Esa dama azul e iridiscente...



    Después de recibir el regalo del anterior poema de Ángel González, he estado buscando por ahí y he encontrado muchos otros buenos e íntimos versos de este poeta. Pongo aquí uno de ellos, uno dedicado a la poesía, esa dama azul e iridiscente, que en mi imaginario personal relaciono con el sueño y la magia. 
    En todo estoy de acuerdo con lo que dice el poeta. Únicamente, en mi caso, cambiaría el color del cabello, porque no todos vemos a esa dama de la misma forma... Las alas del sueño tienen un color distinto para cada uno, es distinto el tono de la voz y diferente el brillo de sus ojos. La poesía nos mira y habla a cada uno de un modo personal y único. Pero lo que importa es que ante su voz y su mirada se deshacen las sombras y se enamora el aire... 


Antonio Martín Bardán
(14 de abril, 2014)

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  A LA POESÍA

Ya se dijeron las cosas más oscuras.
También las más brillantes.
Ya se enlazaron las palabras como
cabellos, seda y oro en una misma trenza
—adorno de tu espalda transparente—.
Ahora,
tan bella como estás,
recién peinada,
quiero tomar de ti lo que más amo.
Quiero tomarte
—aunque soy viejo y pobre—
no el oro ni la seda:
tan sólo el simple, el fresco, el puro
(apasionadamente), el perfumado,
el leve (airadamente), el suave pelo.
Y sacarte a las calles,
despeinada,
ondulando en el viento
—libre, suelto, a su aire—
tu cabello sombrío
como una larga y negra carcajada.


Ángel González



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imágenes: Marc Chagall

sábado, 12 de abril de 2014

Un poema



    La vida, como siempre, da vueltas imprevistas y, a pesar de las brumas y los silencios, se siguen produciendo encuentros inesperados... Una nueva amiga, una voz nueva en medio de lo que parecía un desierto (a la que de momento llamaré, simplemente, P...), me envió ayer por la mañana, al correo, un poema de Angel González. 
    Parece que tiene que ver con mis últimos escritos, porque esta amiga suele visitar este cuaderno, y porque no hay más que leer los versos para darse cuenta de ello. Algo hay en ese poema que recuerda al violín del aire... Se titula "Historia apenas entrevista" y es un relato de amor. Es triste, como lo es muchas veces la misma vida, pero también habla de esperanzas y reencuentros... Y aunque el final no sea agradable, y a pesar de la muerte y de que el trigo sea indiferente, hay en este poema un retazo de luz. La vida, hija del infinito y hermana de la magia, tiene sus leyes y éstas no suelen coincidir con nuestras expectativas... Pero ahí está siempre, la veamos o no, la sintamos o no, y ella es quien escribe las líneas de nuestra historia, aunque muchas veces no sepamos comprender su lenguaje.
    Las moscas duermen, ocultas en algún rincón de la cocina, esperando el sol de la mañana para abalanzarse contra el cristal de la ventana, buscando absurdamente una salida. Pero, mientras, los sueños, esos duendes despiertos, fabrican en silencio los puentes, abren puertas, dibujan caminos entre la niebla, pintan el brillo de la luna sobre el río y ponen el perfume en las horas, esas esquivas flores del tiempo que de otra manera casi siempre nos sabrían a vacío.
    Entre la oscuridad de lo gris, entre la estridencia de lo caótico, siempre hay una música, una luna, una estrella. Sólo tenemos que esperar a que el viento mueva las nubes, a que vuelva el silencio, a que brille el aire, para poder escuchar, para poder ver. El abrazo nos espera tras la próxima esquina...   
   

A. Martín Bardán 
(12 de abril, 2014)

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Con tristeza el caminante
—alguien que no era yo, porque lo estaba
viendo desde mi casa— recogió su polvoriento
equipaje, se santiguó, y anduvo algo.
Luego dejó de andar, volvió la cara,
y miró largamente al horizonte.
Iba ya a proseguir quién sabe adónde,
cuando vio a alguien que venía a lo lejos.
Su rostro reflejó cierta esperanza, después una terrible
alegría. Quiso gritar un nombre, pero
su corazón no pudo resistirlo,
y cayó muerto sobre el polvo,
a ambos lados el trigo indiferente.
Una mujer llegó, besó llorando
su boca y dijo:
Ya no puedes oírme,
pero juro
que nunca había dejado de quererte.


Angel González




martes, 8 de abril de 2014

Viaje en la cocina



    «He soñado tanto y tan bien, que nada de este mundo me puede saciar.»


    Alberto Linde tenía esa cita mecanografiada en un papel, ya amarillento, y pinchada en la pared, delante de su mesa. No recordaba dónde la había leído, de dónde la había copiado (quizá de cualquier libro de hacía años, que no conservaba, o del cuaderno de algún compañero, ya olvidado), pero la guardaba celosamente porque tenía mucho que ver con su propia historia. 
    Aquella noche, como tantas otras, se hallaba cenando en la fría cocina de su cueva, antes de subir a su estudio dormitorio y sentarse a leer o escribir un rato, para luego acostarse, cerrar los ojos e intentar refugiarse en algún sueño. Y mientras comía de su plato de pasta italiana con gestos lentos, precisos, pero sin ganas, se acordó de una escena del final de la película de Kubrick "2001, una odisea en el espacio"... Muchos eran los momentos que recordaba de aquel filme, que le alucinó en su juventud, pero esta escena en concreto le pareció que revivía ante él durante esa cena.
    Se trataba, justamente, de aquella en que el protagonista, ya viejo, hace lo propio en una amplia, elegante y fría habitación, iluminada con indirectas lámparas blancas, ante una mesa de cristal. Le impresionó en su momento vivamente, porque allí se palpaba una inusitada sensación de infinito... Lo que sintió entonces el joven Alberto (que no había leído la novela de Clarke y desconocía el sentido de la escena) fue como si el personaje estuviera en una nave espacial, acondicionada y decorada convenientemente, viajando en solitario por la oscura inmensidad del universo. Esa cena silenciosa, como cansada, esos gestos casi mecánicos, desprovistos de intención, sin brillo, le transmitieron como una angustia y una tristeza... La de la soledad del hombre ante su destino, que no comprende y muchas veces ve como vacío y carente de sentido. Pero asimismo, sintió que había allí como una velada presencia... La de algo misterioso para lo que no tenía nombre.

    Todo eso le vino a la memoria a Alberto Linde durante su frugal comida nocturna. Y hubo momentos en que le pareció que aquella vieja cocina era uno de los compartimentos de una nave espacial, y que, efectivamente, se encontraba viajando entre las distantes estrellas. Alberto, un soñador nato, sabía muy bien de su afición a imaginar y no le dio mayor importancia. Pero... también tenía un fino olfato para ciertas cosas, y algo le dijo que era muy posible que su ensueño tuviese (desde alguna perspectiva, quizá filosófica) un fondo de realidad.
    Acabada la cena, fregó cuidadosamente el plato, el tenedor y la copa de vino; guardó el resto de la barra de pan en la bolsa y apagó la luz de la cocina. Arriba le esperaba su hora más preciada: un poco de lectura, quizá algunas notas en su libreta, y luego la suavidad y el calor de esa cama en la que a veces se encontraba con mágicas ventanas abiertas al país del sueño. 
    Pero, sin saber bien por qué, antes de empezar a subir los viejos escalones de crujiente madera, se le ocurrió abrir la puerta para asomarse una última vez al exterior. Quizá para saludar a los árboles que sobresalían tras el muro de piedra del callejón (amable locura que se permitía muchas noches, cuando estaba de buen humor), o tal vez para ver si en el cielo había nubes o estrellas y hacerse así una idea del tiempo que iba a hacer mañana. Descorrió los cerrojos y abrió la pesada puerta...

    Ante él no encontró ningún muro, ni árboles, ni nubes ni estrellas... En lugar del callejón, vio como el paisaje de un sueño... Lo de alucinar inesperadamente le había sucedido otras veces, pero no con tanta nitidez, no con el realismo de esa noche. Se apoyó en el quicio de la puerta y paseó su atónita mirada por aquel paisaje. En principio, mirando hacia el norte, vio un largo camino, rozado por la luna, que se perdía en un lejano y frío horizonte con extraños destellos azules, en medio de una desnuda y oscura pradera barrida por el viento. Y luego, al mirar hacia el oeste, descubrió con creciente asombro, en mitad de otro camino similar, el pequeño oasis de una casa rodeada de árboles frondosos y brillantes, como una rara isla de luz en medio de la noche, con un fondo de montañas y estrellas... Era como ver la fascinante entrada a otro mundo, como si mirase a través de una mágica fisura en el tejido del aire.
    Una de las ventanas de la casa estaba abierta, y desde allí una silueta, que le pareció vagamente conocida, le hacía señas con una mano y le llamaba... Alberto, ávido de sueños, sediento de viajes y aventuras, no se lo pensó más. Se despojó de su asombro y se puso en marcha, tal como estaba, con bata y zapatillas, dirigiéndose raudo hacia aquella casa y su amable figura, hacia el encuentro con aquel sueño. 
    Sobre el camino lunar, sus pasos no dejaron ninguna huella.



Antonio H. Martín 
(8 de abril, 2014)

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imagen: Ignis fatuus, nº 10 (detalle)
  

miércoles, 2 de abril de 2014

De noche, en la terraza...



    Sentados cómodamente en la amplia terraza de un ático, una noche de reciente primavera, ante un suave horizonte de colinas onduladas salpicadas de árboles, después de haber caminado esa tarde durante varias horas por la playa, dos viejos amigos conversaban. Ajenos a sus relojes, distendidos, entregados, saboreando el lento andar de los minutos, que más que discurrir parecían querer quedarse en aquella terraza, quizá a escuchar lo que allí se hablaba para guardarlo en sus diminutas maletas y llevarlo a alguna otra parte... Hacía mucho tiempo que no se veían, y a pesar del largo paseo tenían aún muchas cosas que decirse. El aire era tenue y algo frío (estaba aún cerca el invierno), pero con la ayuda de los abrigos se estaba bien allí. Sobre la mesita redonda de madera había dos copas llenas y un cenicero donde humeaban unos cigarros de tabaco negro. Como fondo, ese sereno horizonte que parecía deslizarse hacia el infinito, tocado por el paso de algunas nubes soñolientas. Y como única luz, la de la luna llena con su abismo de estrellas.

    —Me quedan aún unos tres años de vida —dijo Arturo Gómez, después de beber un largo trago de su copa de coñac—. Sé perfectamente que no he hecho ni una cuarta parte de lo que debería haber hecho, y que ya poco es lo que puedo hacer... Pero intento gozar de los momentos que aún encuentro, sobre todo de esos cuyo brillo todavía soy capaz de ver en medio de las sombras.
    —Te entiendo —contestó el otro—. Siento algo parecido, porque ya estamos los dos en las postrimerías, en las penúltimas vueltas de esta especie de laberinto. Pero... ¿a qué viene eso de los tres años? ¿Por qué tanta concreción? ¿Te ha dicho algo el médico?
    —No, Pablo, ya sabes que no soy de médicos. Es sólo una intuición. Algo por dentro me lo dice...
    —Bueno, bueno, tú y tus intuiciones... Seguro que volveremos a vernos dentro de diez años o más. Eso nunca se sabe con certeza.
    —Ojalá, amigo, pero..., sinceramente, no lo creo.
    —Vale, pues te quedan unos tres años, ¿y qué pasa con eso?
    —Nada, nada. Mi vida ha sido larga, infructuosa pero lo bastante larga. Si no la he sabido aprovechar es cosa mía. Pero de lo que quería hablar es de los momentos...
    —¿De esos que dices que aún encuentras brillando entre las sombras?
    —Exacto. Lo que no me perdono, a estas alturas del viaje, es perdérmelos. Por eso procuro estar siempre con los ojos bien abiertos. Aunque me cueste admitirlo, aún me ocurre algunas veces que me encuentro con el rastro de uno de esos momentos justo después de que han pasado... Y entonces siento rabia por no haberlos aprovechado, por no haberlos vivido.
    Pablo Villena, algo más joven y con otro estilo de ánimo, que esa noche estaba de visita en casa de su amigo Arturo, se levantó entonces de su asiento y se acercó a la baranda de la terraza. Dando la espalda a su compañero, dijo en voz baja:
    —Arturo, muchas veces en el pasado te he oído eso...
    Luego se volvió y le dijo a la cara:
    —¿Para cuando el cambio, amigo? ¿Para cuando?
    —Espera, Pablo, no me critiques. Sé bien a qué te refieres. Ya he dicho antes que reconozco mis errores y que no he hecho lo que debería, pero ahora..., ahora es diferente.
    —¿Diferente porque sientes que se te acaba el tiempo?
    —Sí, por eso, precisamente por eso.
    —¿Y qué solución le ves al asunto, Arturo?
    —La solución está en lo que he dicho, en mantener los ojos bien abiertos. Y aunque mi torpeza siga haciendo de las suyas, son muchas las veces en que me veo delante de esos momentos y consigo vivirlos. Éste, por ejemplo, es uno de ellos.
    —Gracias por decir eso, Arturo. Pero... sabes bien que la compañía de un viejo amigo suele suavizar las cosas, las facilita. El mérito está en saber vivirlas solo.
    —Ay, amigo, cuánta razón tienes. Por supuesto que es así, y siempre lo he defendido de esa manera. Pero, las fuerzas a veces acompañan y otras muchas veces no...
    —Ya, eso lo sé. No soy quién para enseñarte sobre eso. 
    —Bueno, pues dejemos el tema, que todo eso que dices ya me lo digo yo a solas. De lo que quiero hablar es de los momentos...
    —Bien, pues háblame de ellos.
    Pablo volvió a su asiento, se encendió otro cigarro y tomó un sorbo de su copa.
    —Mira —dijo Arturo—, últimamente se comenta por ahí un tema que llaman "tempística"...
    —¿Tempística?
    —Sí, no sé si viene en el diccionario; en inglés lo llaman timing. Lo leí hace poco en un periódico. Se trata de una técnica que se usa sobre todo en el teatro y que tiene que ver con el uso del ritmo, de la velocidad, de las pausas...; lo que influye directamente en el resultado de una obra. Y, por descontado, es algo aplicable a la vida misma.
    —A ver, explícame.
    —Según lo entiendo, la tempística esa es una forma de bien hacer que resulta en lograr el efecto deseado. Cuando uno aplica esa técnica a la vida, como si jugara al ajedrez, se encuentra con que ésta responde.
    —¿Cómo que responde? —preguntó Pablo con interés.
    —Responde, en el sentido de que la vida entonces se deja... encontrar.
    —¿Quieres decir que...?
    —Sí, quiero decir que si uno sabe mover bien las piezas, la partida, por decirlo así, llega a buen fin.
    —¿Tiene esto que ver con lo que decías antes de tener los ojos bien abiertos?
    —¡Claro! Ese es el objetivo. Tener los ojos bien abiertos, los oídos y todos los demás sentidos. Es vital para navegar sobre el río.
    —Por el río de la vida, del acontecer, de lo que nos pasa...
    —Exacto, amigo. Es algo que me recuerda a las viejas técnicas de meditación, en las que la conciencia se fija en una cosa tan aparentemente simple como la respiración.
    —Perdona, Arturo, aquí ya me pierdo. ¿Qué tiene que ver la respiración con la tempística?
    —Mucho, amigo, mucho. Pero no liemos el tema. Confórmate con entender que esa técnica es perfectamente aplicable a la vida, y que gracias a ella (que, básicamente, es un ejercicio de atención) podemos disfrutar de esos momentos brillantes que a veces encontramos. Es precisamente lo que me esfuerzo en hacer, y es lo que últimamente enriquece mi vida.

    Quizá sería oportuno decir ahora que tanto la luna como las estrellas escuchaban atentas esta rara conversación, pero quizá no sea necesario. En cualquier caso, la noche avanzaba lentamente, como sobre un río de aguas tranquilas; y el aire, una suave y fresca brisa, acariciaba aquella terraza y las frentes de los dos amigos.

    —Anoche mismo —continuó Arturo— leí una historia del maestro Hoffmann, una en la que habla reflexivamente sobre la música, y me encontré con esta irónica definición. Espera un momento... 
    Fue adentro a por el libro, y luego leyó en voz alta:

    «Algunos de estos infelices soñadores han despertado demasiado tarde de su error y por ello han caído en un desvarío, fácilmente deducible de sus manifestaciones acerca del arte. Opinan que éste permite al hombre vislumbrar su más elevado principio y, sacándolo de su lerdo quehacer en la vida vulgar, lo conduce al templo de Isis, donde la naturaleza habla con él mediante sonidos sagrados jamás escuchados y sin embargo comprensibles. Estos alienados albergan respecto a la música las opiniones más asombrosas: la llaman la más romántica de todas las artes, puesto que su único tema es el infinito, la más misteriosa, el sánscrito de la naturaleza expresado en notas, que llena el pecho de los hombres con un infinito anhelo, y que sólo en ella entiende el hombre el elevado canto de... ¡los árboles, las flores, los animales, las piedras, las aguas!»

    —¿Hoffmann escribiendo en contra del sentido de la música? —exclamó Pablo—. Me cuesta creerlo.
    —Amigo, dije que era una definición irónica. Por supuesto que Hoffmann estaba defendiendo esa postura, no criticándola. Lo de "alienados" lo dice desde la ironía. Está claro que Hoffmann era un músico de esa clase y, sobre todo, un romántico.
    —Pero... ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
    —Pues tiene que ver porque me encanta observar que algunos extraños como Hoffmann tenían la llave para gozar de otros niveles de percepción. Me asombra y me fascina, sí, me fascina que haya seres humanos que encontraron la forma de trascender lo vulgar y gozar del brillo de esos momentos especiales de que hablábamos.
    —Entiendo que la música pueda ser una de esas llaves que dices, pero... ¿es suficiente?
    —¿Cómo que suficiente? Amigo Pablo, nada es suficiente en un mundo complejo y contradictorio que está siempre amenazado por la sombra del absurdo. La totalidad está sólo en los sueños, en algunos sueños. Recuerda que hablamos de momentos, no de continuidades en el espacio y el tiempo. No de paraísos, sino sólo de momentos, de esas ventanas que a veces nos abre el infinito. Nuestro deber, si es que queremos en verdad vivir, es saber asomarnos a ellas a tiempo y disfrutar de lo que nos ofrecen.
    Pablo volvió a beber lentamente de su copa, miró fijamente a su amigo Arturo y preguntó:
    —¿Y es eso lo que estás haciendo ahora? 
    —Eso es lo que intento, amigo. No es fácil, nada fácil, pero a veces lo consigo. El templo de Isis es recóndito y está muy bien guardado, oculto en la noche más oscura. Hay muchas murallas de sombra y pozos envenenados que se interponen en el camino, pero sé que siempre... Escúchame bien: siempre hay, entre la maleza, un estrecho camino que sigue abierto, una pequeña ventana por la que es posible asomarse y mirar al otro lado. Quizá incluso, quién sabe, logre encontrar alguna vez la puerta... 
    Pablo sonrió, al ver a su amigo encendido de esa manera.
    —Siempre fuiste un aprendiz de mago, Arturo, y me gusta ver que sigues siéndolo. Ojalá llegue a ver también algún día que te conviertes al fin en maestro.
    Arturo alzó su copa y brindó:
    —¡Por la vida, amigo! ¡Por desentrañar por fin este misterio que a todos nos atañe! ¡Por saber leer sus señales y seguir el camino! El templo de la madre Isis, la diosa luna, está siempre ahí, muy cerca, esperando que sepamos encontrar la senda que un tiempo sombrío nos ocultó. 

    Y dicho esto, los dos amigos acabaron sus copas y se retiraron a sus habitaciones. Cada uno con sus propios pensamientos, con sus diferentes formas de mirar. Pero ambos con una sonrisa, por haber rozado el brillo de un buen momento. Allí les esperaban los sueños, esos duendes que a veces hacen de puente entre la oscuridad y la luz. La terraza quedó vacía y en silencio, pero sólo en apariencia... La luna y las estrellas seguían allí, escuchando el eco de las voces. Y un mirlo vino de no se sabe dónde y se puso a cantar, como si fuera un extraño violín del aire...


Antonio Martín Bardán
(2 de abril, 2014)