Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 31 de diciembre de 2014

Sobre la ironía




Sobre la ironía

(sub specie aeternitatis)


«... Y en caso de que el lobo estepario, a quien no faltan facultades y disposición para ello, lograra en el laberinto de su infierno acabar de cocer y de transpirar esta bebida mágica, entonces estaría salvado.»

Hermann Hesse
(Tractac del lobo estepario)



    Empecé a conocer la obra de Hermann Hesse allá por el año 1974. Era aún muy joven y para mí fue todo un descubrimiento. Mis lecturas apuntaban en aquella lejana época hacia ciertas materias un tanto especiales. Me atraían temas como la parapsicología (antigua metapsíquica), porque me parecía ver en los fenómenos paranormales un atisbo de otras posibles realidades, más seductivas que la realidad comunmente aceptada. Y me interesaba también, por supuesto, todo lo atinente a la investigación de los enigmas del universo, tanto en el campo de la astrofísica como en el de la arqueología, o en cualquier otro. Pero confieso que mis inclinaciones se deslizaban más bien hacia terrenos que estaban fuera de lo normal, hacia el supuesto lado oculto de las cosas. Era, ya entonces, un amante del misterio, de lo esotérico, de lo numinoso. Prefería perderme en utopías y mitologías de todo tipo antes que en rigurosos estudios científicos. Quizá por una innata predilección hacia lo fantástico, que huía de la asepsia y la rigidez de la ciencia tradicional. No es que me atrajera lo oscuro o lo sucio. Me atraía lo diferente, aquello que parecía darte alas y ofrecer la posibilidad de otros vuelos de la conciencia, más allá de la normalidad. En definitiva, por no sé qué antigua tendencia interna, lo que más me seducía era intentar traspasar la gruesa y tupida cortina de Maya y descorrer el velo de Isis. En aquellos años juveniles ya era un enamorado de la magia.   
    Recuerdo que devoraba revistas especializadas como Karma-7 o Mundo Desconocido, además de la revista-libro Planeta (que aquí se editó con el nombre de Horizonte). No me interesaba, por ejemplo, el tan traído y llevado tema "ovni" (demasiado frecuente y sensacionalista, sin nada demostrable y donde todo se reducía a luces esquivas en el cielo). Pero me fascinaba, en cambio, todo lo relacionado con el antiguo Egipto, y asimismo cualquier teoría o hipótesis que intentase esclarecer el pasado de la humanidad, más allá de la historia convencional. Lo que entonces llamaban, algo ostentosamente, «arqueología enigmática» y ahora simplemente pseudoarqueología, como queriendo ridiculizarla.  
    Comenzaba, mientras tanto, a explorar tímidamente el budismo y el hinduismo. Formas de pensamiento que se alejaban de lo que aquí se conocía normalmente, de las filosofías y religiones convencionales, y ofrecían un modo diferente de ver la vida y el mundo. Ya por entonces había leído algo de Krishnamurti, de Paul Brunton y de Vivekananda, entre otros. Y me fascinaban libros como El Egipto Secreto y La India secreta, de Brunton, o El tercer oído, de Marcel Belline. Libros que tocaban de cerca, cada uno a su manera, los temas citados de la parapsicología, la arqueología enigmática y la filosofía esotérica.   

    Y en esa época fue cuando llegó a mis manos el Siddharta, de Hesse. No es que tuviese nada de fantástico ni de misterioso, pero, desde el primer momento, enlacé con el espíritu de esa novela y me identifiqué con su protagonista. La historia de ese joven samana que iba en busca del conocimiento desde una actitud libre y personal, sin plegarse a ninguna normativa estipulada, tocaba mi propia fibra de caminante individual. Siddharta llega incluso a conocer personalmente al mismo Buda y tiene con él una breve y profunda conversación, pero, aun admirándole (a él y a su doctrina), prefiere seguir su camino en solitario para encontrar su propio destino, su propia forma de llegar al conocimiento. 
    Me gustó Hesse desde el principio. Y poco a poco me fui introduciendo en su obra. Fue una alegría encontrarme en la Feria del Libro (mi librería madrileña habitual, al aire libre) con el Demian, que disfruté mucho. Y más tarde con El lobo estepario, que si bien no entendí lo suficiente al principio, me puso en contacto muy directamente con la conflictiva pero interesante personalidad de su autor. De Hesse leía todo lo que encontraba, y me fui familiarizando con su mundo personal, con sus problemas y actitudes, con su credo y su pensamiento, con su filosofía de vida. Notaba, extrañamente, a pesar de mi juventud —o quizá precisamente por ella—, una corriente de relación íntima, una empatía con ese señor suizo alemán con serio aire de intelectual, que dejaba traslucir en sus libros un especial espíritu aventurero (en un sentido interior, psíquico). Le veía como a una especie de poeta romántico contemporáneo, mezclado con sabio oriental.
    Hesse estaba entonces muy de moda y se leía mucho, junto con Freud, Aldous Huxley, Jung, Lovecraft, Kerouac, Alan Watts y Erich Fromm. Era la bendita época en que a los jovenes les encantaba leer las significativas fantasías, más o menos poéticas y filosóficas, de Antoine de Saint-Exupéry o de Richard Bach.
    Y entre todas mis lecturas de entonces —que fueron muchas y variadas—, fui colocando a Hermann Hesse en un lugar principal. Hasta convertirlo en algo así como mi mentor. Por eso que digo de que encontraba una especial afinidad con su actitud y su pensamiento. Hasta hice, pocos años después, un largo viaje en tren sólo para visitar el paisaje donde había vivido. Paisaje que ya conocía íntimamente, gracias a las descripciones de sus libros, pero que quería ver de cerca, que deseaba pisar y respirar. 
    De Hesse aprendí mucho. No sólo de su forma de ver las cosas, el mundo y la vida, sino que me abrió también un amplio e importantísimo abanico de lecturas, que me enriqueció y que de otro modo quizá no hubiera conocido, al menos no en conjunto ni tan prontamente. Gracias a él me habitué, gozosamente, a leer a Hölderlin y a Novalis, a Hoffmann y a Goethe; y en otro orden, a Jung, a Nietzsche, a Lao Tse y a Suzuki. Para mí fue como asomarme a una gran terraza, desde la que podía ver paisajes nunca antes vistos y que me ofrecían una perspectiva del mundo diferente, rica y seductora, evocadora de la magia, en la que me sentía (extrañamente) como si regresara a un antiguo y olvidado hogar inconsciente y primitivo.
  
    A lo largo de todos estos años, he ido revisitando ocasionalmente las obras de Hesse, y aún hoy en día sigo encontrando nuevos frutos en ellas. Releer suele ser productivo (y sorprendente a veces) en autores ricos y complejos que admiten diversos niveles de lectura. En muchas ocasiones son aspectos ya conocidos y asimilados, pero que con el tiempo uno llega a ver de forma sensiblemente diferente, quizás porque la madurez nos hace verlos de modo más agudo y penetrante.
    Hace poco me he vuelto a encontrar con un importante tema que aborda en su Lobo estepario: el tema de la ironía. Una ironía sabiamente mezclada con un fino y especial sentido del humor. Este tema de la ironía no lo entendí bien en un primer momento. Evidentemente, comprendía el significado normal de la ironía, pero no el sentido en que lo manejaba Hesse.
    Aparte de en su sentido habitual, de burla refinada, se habla también a veces de «la ironía del destino», refiriéndose a cuando la vida coloca al individuo en un lugar muy alejado, o incluso contrario, respecto del que deseaba. Pero no es ese tampoco el sentido que hay tras la ironía del lobo estepario...    
    Decía Lin Yutang que la mejor fórmula de vida es ésta: "Realidad + Sueños + Humor = Sabiduría". Y lo explicaba con este comentario: «La sabiduría, o el más alto tipo de pensamiento, consiste en atenuar nuestros sueños o idealismo con un buen sentido del humor, apoyado por la realidad misma.»* Y algo por ahí se mueve el sentido de la ironía de Hesse. Pero no es exactamente así.  
    
    Pongo por caso, a modo de ilustración, un vulgar ejemplo que se aproxima a ese tipo de ironía:
    Cuando un conocido nos saluda por la calle con una sonrisa y sabemos, a ciencia cierta, que esa sonrisa está vacía, que quien nos la dedica está actuando, porque ese alguien ha demostrado sobradamente con hechos que lo suyo es pura teatralidad; y nosotros no respondemos entonces con un gesto adusto de rechazo, sino que sonreímos igualmente. Esta sonrisa nuestra, aparentemente cortés, es una expresión de ironía. No estamos en realidad saludando a esa persona desde una básica amabilidad o simpatía, sino que estamos diciendo: «Sé bien quién eres, ya no puedes engañarme, y mi sonrisa de respuesta, aunque no lo parezca, es en el fondo un gesto de sano desprecio. Puedo emular la apariencia de tu falso saludo, pero no tienes ni idea del frío del que procede...»
    Esto viene a significar que de esa persona nos da todo igual. Es alguien que nos resulta absolutamente indiferente, que ya no puede tocarnos. De manera que, aparte lo anterior, también nos estamos diciendo a nosotros mismos: «No sé si lo sabe, creo que no, pero yo sí sé que este individuo está superado, fuera de mi círculo de afectos, apartado, completamente anulado; y eso me hace sentirme bien, liberado del engaño en que caí en otro tiempo.»
    El diccionario nos dice respecto de la ironía lo siguiente: "Burla fina y disimulada. Tono burlón con que se dice. Figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice." Me quedo, en este caso, con la primera acepción. Es, efectivamente, una burla disfrazada. Nos burlamos del tipo falsamente sonriente, y nos reímos al mismo tiempo de lo absurdo e idiota de la situación. Nos reímos desde una cierta altura y distancia. Porque esa persona no puede afectarnos de ninguna manera. Está infinitamente lejos de poder hacerlo. Le devolvemos la sonrisa educadamente, pero envolviendo finamente en ella la burla que nos produce su saludo y su misma presencia. 
    Sin embargo, es necesario aclarar un punto esencial en esto, porque si no puede quedar algo oscuro y ambiguo. Y es que nuestra risa interior de ese momento, a pesar de la burla que conlleva, no significa que nos estemos riendo del pobre diablo, que ondea su falso saludo sin sospechar que hace tiempo que fue desenmascarado. No nos reimos de él. Nos burlamos de su impostura, sí, pero nuestra risa es altamente irónica. Es decir, que con ella estamos disipando la relativa gravedad de la escena, estamos sobrevolando la situación. Por eso señalaba antes lo de la altura y la distancia. La ironía de nuestro saludo es una expresión de nuestra libertad. No es una reacción o un ataque solapado de defensa ante la impostura del otro, sino el lenguaje natural que resulta de sentirnos liberados, de estar por encima de esa telaraña. 
    Se podría preguntar, no obstante, aquí lo siguiente: ¿Pero en qué consiste esa «relativa gravedad»? ¿Tanto pesa el que alguien nos salude falsamente? ¿No es eso algo habitual en una sociedad que se basa precisamente en las apariencias, el teatro y la falsedad? Puede que el ejemplo puesto sea demasiado vulgar..., pero quería indicar que el peso está en lo que actos como ese pueden provocar en individuos medianamente sanos e inocentes, en el peligro de que terminen siendo perjudicados, hasta el punto de deformar en algún aspecto su visión de la realidad. Gracias a esa humorística y fresca ironía, nadie va a poner en duda, en ningún momento, su creencia en la amistad y en las relaciones humanas. Es decir, es como si se pensase en esos momentos: «Sé que tu saludo es engañoso, pero me río de él, porque no me engaño sobre lo que significa. Tu engaño no es más que humo para mí.» 
    Aunque el ejemplo no sea del todo válido, sino sólo una aproximación, creo que señala de lejos el camino. En esto consiste, según mi apreciación, lo valioso de esta clase especial de ironía. No nos aporta alas para escapar de la realidad, pero nos eleva mentalmente, porque dejamos de ser sus esclavos. Nuestra risa irónica es en el fondo una singular magia que disuelve la solidez de la realidad, o al menos que resta peso a su volumen, que la «livianiza». Y esta superior ironía, que nos permite vivir algo por encima del chato y a veces angustioso nivel de la normalidad, es aplicable a cualquier situación existencial. A la vida en general. Podemos usarla ante cualquier suceso que nos ocurra, y gracias a su «hechizo» saldremos airosos de múltiples e insidiosas telarañas, que lo que buscan es atraparnos y oscurecer nuestra visión.  

    Como experiencia propia, que se acerca también en algún grado a ese nivel de ironía, puedo contar lo siguiente:
    Recuerdo una tarde de cuando estaba haciendo el servicio militar obligatorio. Nos encontrábamos, los llamados reclutas (término muy similar a reclusos), en formación dentro de un patio. Hacía mucho frío. Y el aguerrido oficial que nos instruía nos estaba regalando un «bonito» discurso sobre no sé qué aspectos de la rutina cuartelaria. Todos nos sentíamos aburridos y cansados, después de una pesada mañana de instrucción, y estábamos deseando que acabase pronto aquello para disfrutar del par de horas de paseo, antes de cenar la bazofia que servían en el comedor y volver a recluirnos en los barracones para pasar la noche, que era cuando se podía olvidar un poco la casi insufrible realidad que nos había tocado en suerte.  
    En uno de esos momentos, me sucedió algo singular... Y me dio por sonreír abiertamente. Los compañeros más cercanos me miraban raro, preguntándose a qué venía mi cara de contento, con esa extraña sonrisa que no encajaba con lo ingrato de la situación. Quizá pensando en que me había asaltado agradablemente algún buen recuerdo, o que me estaba evadiendo, imaginando, por ejemplo, el próximo «rebaje» de fin de semana en que podría volver a casa. Pero no, no era eso. Lo que había ocurrido de improviso es que, por unos instantes, me había elevado sobre todo aquello. Me ví por encima, observando la absurda imagen de aquellos jóvenes en posición de firmes en un gélido patio, oyendo un discurso idiota con ínfulas bélicas, que no les interesaba lo más mínimo. Viviendo una realidad impuesta y desapacible, que en esos momentos sentía no sólo como absurda, sino además sin sustancia, sin solidez, como una ficción, una especie de necia pesadilla de la que despertaríamos en cualquier momento, encontrándonos en la acogedora tranquilidad de nuestros hogares.
    Mi sonrisa fue irónica, en el sentido que he intentado explicar antes. Y a punto estuve de reírme a carcajadas. Me contuve por razones obvias, pero no por falta de ganas. Vi con claridad, como digo, la insustancialidad de la situación, la comedia en que nos habían metido. Y ver eso desde fuera, desprendidamente, liberadamente, me provocó una sensación de inusitada alegría. No es que llegara a ser la estelar risa de los Inmortales, que se menciona en «el lobo estepario». Ni siquiera fue una risa. Pero se acercaba algo, iba por buen camino.
    En momentos así, uno se hace consciente de la comedia, con lo cual se da cuenta de que todo es un teatro. Y entonces conecta con una realidad más alta. Desde ahí, desde esa altura, que es mucho más real que la otra del teatro, es desde donde surge la risa, o la sonrisa, desde donde brota la ironía. Este sentimiento, y esta toma de consciencia, es lo que nos hace reír o sonreír ante una situación necia y absurda, de la que nos sabemos interiormente libres.   
    Es esta especial ironía (que se acerca algo, repito, a la de los Inmortales del «lobo estepario») la que disuelve en parte el conflicto entre ideal y realidad, entre los sueños de una vida noble y con sentido y la cotidianidad de un mundo que parece enmarañarse a cada momento en el remolino de lo absurdo y lo caótico. Es un poco, en el fondo, como aquel tren pintado en el muro de la celda, del que hablaba aquí hace unos días. Una salida mágica que nos permite, en esos momentos, sobrepasar los límites. Como un oportuno puente sobre aguas turbias, o una bocanada de aire fresco que nos salva de una atmósfera que puede ser asfixiante. 

    En cuanto al lobo estepario, lo que le ocurría en realidad (como explica bien Ziolkowski en su libro)** es que se hallaba en una órbita más o menos intermedia dentro de su esfera vital (en cuyo centro se sitúa el ego burgués), en una especie de limbo entre la naturaleza y el espíritu, entre el mundo y el ideal. Cerca de la superficie, pero sin llegar a penetrar en el cosmos, que es donde viven los Inmortales. Estos han trascendido las limitaciones del ego burgués y habitan en la unidad fundamental de la vida, en donde no hay ya polaridades, o éstas están abarcadas, comprendidas por la amplitud del cosmos, que incluye todos los polos, la armonía y el caos.
    Pero el lobo estepario Harry Haller, a pesar de su alto grado de individuación, a pesar de su locura, aún no ha llegado al límite de la esfera. Penetra a veces en el cosmos, pero sólo durante breves momentos, y siempre debe regresar. Aunque lo desprecia, sigue enganchado al mundo. Porque, aun anhelando esas regiones del cosmos que ha visitado en ocasiones (en algunos mágicos instantes) no puede acceder a ellas como quisiera. De manera que tiene que resignarse a vivir en ese limbo gris e intermedio. Sin pertenecer realmente al limitado mundo vulgar (aunque habite en él) y sin poder entrar definitivamente en el cosmos. 
    Ante este dilema, los Inmortales le aconsejan como salida y solución (a través de algunos sueños y del «Opúsculo del lobo estepario», escrito sub specie aeternitatis) el arte de la ironía y el humor. Lo que se traduce en... «Vivir en el mundo, como si no fuera el mundo, respetar la ley y al propio tiempo estar por encima de ella, poseer, "como si no se poseyera", renunciar, como si no se tratara de una renunciación —tan sólo el humorismo está en condiciones de realizar todas estas exigencias, favoritas y formuladas con frecuencia, de una sabiduría superior de la vida».

    En una escena final del «Lobo estepario», cuando éste se encuentra en uno de los palcos del Teatro Mágico, como envuelto en una especie de sueño, se presenta el mismo Mozart y se dedica a manipular allí unos aparatos e instrumentos, dando vueltas a tornillos y clavijas. Con ello monta un rudimentario aparato de radio, lo conecta y se empieza a oír un concierto de Händel... El lobo estepario escucha indignado el defectuoso sonido de aquella primitiva radio, en la que ve un símbolo de la lucha a muerte contra el arte de la actual época, frívola y superficial, y se queja con vehemencia. Pero Mozart le responde que aquello es una valiosa parábola de la vida: «Cuando está usted escuchando la radio, oye y ve la lucha eterna entre la idea y el fenómeno, entre la eternidad y el tiempo, entre lo divino y lo humano.»  
    Y más adelante le aconseja: «Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír. Ha de escuchar la maldita música de la radio de este mundo y venerar el espíritu que lleva dentro y reírse de la demás murga.» 
    Poco antes, había recordado el lobo estepario unos versos que parecían proceder de los mismos Inmortales: 

        Nosotros, en cambio, vivimos las frías
    mansiones del éter cuajado de mil claridades,
    sin horas ni días,
    sin sexos ni edades...
    Es nuestra existencia serena, inmutable;
    nuestra eterna risa, serena y astral.

    De forma que todo se resolvía en risa, risa, risa... Y así es, esa parece ser la clave del misterio, la solución al dilema. Si no aprendemos a reírnos de las oscuridades y torceduras de este mundo, muy difícil nos va a resultar siempre convivir con él, habitar en sus calles y plazas, oír sus ruidos estentóreos, ver sus chillones colores de feria y relacionarnos con la gente normal. Si no miramos su absurda realidad a través del mágico prisma de la ironía, que disuelve el hierro de las sombras, esa realidad se convertirá (sobre todo en algunos casos particularmente sensibles) en una angustiosa prisión que nos amargará la existencia. 
    Me parece extremadamente problemático (por no decir imposible) el reírse de ciertas cosas, pero de otras muchas, casi de la inmensa mayoría de este mundo, sí que podemos reírnos. Es más, debemos hacerlo. En ello nos va la claridad mental, que nos permite ver a los seres y las cosas en su justa forma y medida. Y nos va también el poder gozar de una vida digna y alegre. Una vida de esas en las que llega uno al final del día, del mes o del año, con la sensación de que todo lo bueno que pudimos hacer, lo hemos hecho. O al menos lo hemos intentado, con las fuerzas y la lucidez que hayamos sabido encontrar.

    Mucho ha llovido desde 1974. Se andan muchos caminos en cuarenta años, se pisan muchos baches y se  ascienden algunas alturas. Hace ya mucho tiempo que no leo libros ni revistas sobre parapsicología ni sobre arqueologías enigmáticas. La aventura del saber ha continuado en mi caso por el camino de lo interior. Intentando traer a la consciencia retazos del inconsciente, pequeñas gemas, a veces, de esas galerías que visitamos en los sueños, y dejando abiertas puertas y ventanas a la brisa de la intuición.
    Lo que aprendí del budismo y el hinduismo, casi está olvidado. No por abandono o falta de interés, sino porque la cotidianidad mundana nos obliga a movernos por otros derroteros. Cambié, con los años, a Siddharta por el Lobo Estepario, pero no es más que una respuesta lógica al espíritu del tiempo.
    Sigo, como he contado, leyendo al maestro Hesse, en tardes de silencio o en noches de vigilia. Y, sobre todo, continúo ejercitando el arte de la ironía, que es lo que aún me deja sosegado y limpio ante ciertas suciedades de esta acre y absurda sociedad, que gusta de ondear la bandera de la hipocresía. Algunas veces, incluso, la alquimia de la ironía es tan fuerte y clara, tan fresca, que brota la risa con naturalidad. Como un arroyo de diminutas estrellas sonoras, que se adentra alegremente por el camino del día o de la noche, transformando rincones y esquinas, y dejando un especial aroma a su paso. Un aroma que recuerda a lejanos horizontes, a extraordinarios viajes y a lúcidos sueños, a teatros mágicos, y a esa otra risa astral que a veces se escucha en el interminable cielo de la noche, y que parece venir del otro lado de la luna. 


Antonio H. Martín
(31 de diciembre, 2014)






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(*) La importancia de vivir - Lin Yutang (1937)
(**) Las novelas de Hermann Hesse - Theodore Ziolkowski (1965) 
imagen 1: Carel Willink (1900-1983)
imagen 2: Donati's Comet - William Turner (1775-1851)

4 comentarios:

  1. Muy interesante tu entrada, hace mucho que leí a Hesse, pero no recuerdo que aprendiese tanto de él como tú.Si estamos de acuerdo en la ironía, no se que haríamos en la sociedad en la que vivimos y en el enclave concreto en el que nos movemos si no pudiéramos agarrarnos de vez en cuando a esa "tabla de salvación" y llenarnos del frescor que esa ironía nos produce.Buen día caminante...

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  2. Gracias, P.
    Sí, del amigo Hesse sigo aún aprendiendo. Y la ironía es, por supuesto, un arte necesario, sin el cual sería muy difícil vivir en este mundo tan... banal.
    Es muy importante poder reírse de la grosera vulgaridad y al mismo tiempo conservar la visión de lo que realmente es valioso. Que una cosa no nos "nieble" la otra.

    Saludos, amiga.

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  3. Yo descubrí a Hesse leyendo una entrevista de uno de mis ídolos musicales, donde mencionaba El lobo estepario y fue para mí un gran descubrimiento.
    Después leí Demián, otra gran libro para mí.
    Gracias por estar, abrazos par ti.

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  4. Hola, Marga.
    Hubo una época (en los 70) en que muchos músicos mencionaban obras de Hesse. Si no recuerdo mal hasta Santana dedicó un disco al Siddharta. Y, no sé, quizá hoy suceda algo de lo mismo.
    Me gustan todos los libros de Hesse, pero El lobo estepario es mi preferido, sin duda.

    Gracias a ti por venir desde el lejano y antiguo Egipto a visitar este cuaderno reflexivo y nocturno. Un abrazo.

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