Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 8 de enero de 2014

La madre magia



    Alfonso Haya Morel era un escritor de mediana edad que, en el invierno de 1994, se encontraba en la difícil situación de llevar varios meses sin escribir una sola página que mereciera la pena. Lo cual, aparte de comenzar a enfrentarle con incómodos problemas económicos (vivía normalmente sólo de publicar historias cortas en periódicos y revistas culturales), le producía la angustiosa idea de que su fuente estaba agotada y en su vida literaria había sonado el toque de trompeta final. Es decir, que no lo veía como una simple laguna pasajera, habitual en muchos artistas, sino como un océano que amenazaba con ahogarle. Para Alfonso Haya, este tipo de cosas tenían un marcado carácter existencial. A otros asuntos no solía darles tanta importancia, pero este tema de la escritura era vital para él, y no sólo por la cuestión pecuniaria, sino por una especie de sentido personal, sin el cual la vida perdía el encanto, la pasión y la alegría.  
    Inmerso en esa situación, que cada día se le iba haciendo más y más insoportable, sucedió que una tarde de aquel suave enero recordó, inopinadamente, mientras paseaba arriba y abajo por la extensa biblioteca de su apartamento, envuelto en pensamientos circulares y estériles, recordó que hacía muchos años, viendo una película del género religioso, escuchó unas palabras que le impactaron extrañamente...
    La película era El Evangelio según Mateo, de Pasolini; y la escena en que se decían esas palabras es aquella en la que, después del conocido Sermón de la Montaña, alguien se acerca a Jesús y le comunica que su anciana madre había venido a visitarle, desde muy lejos, y que estaba allí esperándole, en la ladera del monte, para verle y abrazarle. Entonces, Jesús, que hasta ese momento había estado repartiendo sonrisas y buenas palabras entre los asistentes, adopta una mirada seria y como lejana, y dice en un tono rotundo y frío, ante el lógico asombro de las gentes que acababan de escuchar su místico sermón:

    —Yo no tengo madre, y mi Padre está en los cielos...

    Esas simples pero ácidas palabras, de inusitado desprecio, aunque cargadas de cierto misterio, le parecieron al joven Alfonso como una declaración de principios implacable, quizás casi inhumana, pero absolutamente orgullosa y segura de sí misma. Estaba muy claro que Jesús había tomado un camino definitivo —pensó—, sin vuelta atrás, y eso rompía con su pasado, al que ya no pertenecía, y que para él era sólo una historia muerta, que nada tenía que ver con su nueva vida. Como si este maduro Jesús fuera otro, como si se hubiese transformado.
    Más tarde, comprendió Alfonso la fácil implicación religiosa o teológica de esa respuesta: efectivamente, el hombre llamado Jesús era ya otro, porque el espíritu del «Padre» había entrado en él, y ya no se sentía Jesús, el hijo del carpintero José y de María, nacido en el pueblo de Belén, sino que se reconocía imbuido por una nueva naturaleza, ya que en él se había materializado la leyenda y el misterio crístico del Mesías. O algo parecido... Pero esto el joven Alfonso Haya lo pensó, como decía, más tarde, y no le importó demasiado. Su interés por esas palabras no se relacionaba con ningún significado religioso o mitológico.
    Aquellas palabras le impresionaron vivamente porque algo, que no supo definir, se le encendió por dentro al escucharlas. Como una rara intuición de que tenían mucho que ver con él mismo y con su propia vida. Aunque no pudo entender su sentido en aquel momento.

    Pero esa tarde de invierno, de muchos años después, cayó en la cuenta de un hecho singular, que enlazaba directamente con aquella lejana impresión de su juventud. La claridad se le apareció casi como una revelación, mientras daba esos paseos contínuos y algo nerviosos por su galería de libros. Sin pretender establecer semejanza alguna con el personaje bíblico ni con sus circunstancias —en absoluto—, comprendió que, en efecto, él mismo, Alfonso Haya Morel, tampoco tenía madre, y su padre vivía en lo abstracto... 
    Obviamente, había sido concebido por una mujer, pero no era ésta a quien reconocía como «su madre». Ni ninguna otra mujer, de las que cuidaron ocasionalmente de él cuando niño, era tampoco «su madre», aparte de afectos o desafectos... Su auténtica madre era aquella presencia de luz, aquella música entrelazada de sueños en la que un buen día sintió que había, realmente, «nacido». Ese poder inefable, pero cercano y protector, que le llenaba, precisamente, de un sentimiento maternal. Que le rodeaba con su etéreo abrazo, transformando las cosas y embelleciendo la vida, abriendo caminos entre la maleza y espantando con su mano azul a las más oscuras y afiladas sombras.
    Esa presencia, esa entidad abstracta que se concretaba en mil detalles cotidianos, que pintaba estrellas y lunas en el negro lienzo de la noche, y llenaba el corazón de una sutil alegría, era «su madre», su única madre. Y desde ese momento, en esa suave tarde de invierno, casi cálida, se le ocurrió a Alfonso, esbozando una sonrisa, llamarla la madre magia.

    ¿Pero qué relación tenía todo esto con su actual problema de escasez literaria? ¿Por qué ahora este recuerdo de aquellas palabras oídas hace tanto tiempo en una vieja película? Le había gustado acordarse, sí, y llegar a la relación entre aquella impresión de juventud y el reconocimiento de esta peculiar maternidad, a la que libremente asumía pertenecer. Incluso le había gustado la amable ocurrencia del nuevo nombre. ¿Pero qué luz arrojaba esto sobre su problema? ¿Se trataba sólo de un capricho de la memoria? 
    La respuesta le vino de la mano de otro recuerdo... El de un viejo libro. Se dirigió hacia el anaquel correspondiente, en la parte más luminosa de la sala, que es donde guardaba las obras de su estimado y admirado Hesse, y cogió el volumen titulado «Narciso y Goldmundo». Se había acordado de algo importante que se dice al final; cuando Goldmundo, poco antes de morir, le dedica a su amigo Narciso unas últimas palabras, que suenan como a sentencia:

    —¿Cómo podrás morirte un día, Narciso, si no tienes Madre? Sin Madre no es posible amar. Sin Madre no es posible morir.

    Alfonso Haya cerró el libro y se aproximó a la ventana, desde la que aún podían verse los postreros rayos de un tibio sol. Un poco más allá de la última calle, hacia el oeste, se atisbaba el principio de un nuevo y aún tímido jardín, brillando entre el sucio gris de los edificios. Alfonso se puso el abrigo y el sombrero y salió a pasear por la ciudad, que ya se preparaba para entregarse a la húmeda fiesta de la noche. Mientras caminaba, entre el humo de su cigarro, se podía observar una tenue sonrisa. Y casi se podía leer, incluso, algo de su pensamiento en el fulgor de su mirada, que parecía decir:
    «Yo sí puedo amar; sí puedo morir. ¡También vivir! En el laberinto de los días, en el curso de las horas y sus ecos, entre una y otra luz, siempre encontraré un camino y un puente, por pequeños que sean; una puerta abierta, una ventana por la que meter la mano para coger la manzana de la vida. Porque tengo madre, y se llama Magia.»

    No es difícil imaginar que esa misma noche, Alfonso Haya, cuando terminó su paseo por el jardín y las calles, poco después de que el frío volviera a bailar con las sombras y a enredarse en las farolas, comenzó a escribir una nueva historia...


Antonio Martín Bardán
(8 de enero, 2014)     
     
        

12 comentarios:

  1. Sin dudas para escribir hay que ser hijo de la magia. Profunda epifanía la de este escritor. Un relato lleno de esperanza y bellamente escrito.

    Un abrazo, Antonio.

    Fer

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  2. Así lo pienso yo también, amiga Fer. De alguna forma, escribir se convierte muchas veces en una especie de acto mágico. Me alegra que veas esperanza en este cuento. Desde luego, el escritor consiguió lo que necesitaba para seguir escribiendo: recuperar el vínculo perdido con su "madre". Que, por cierto, es un vínculo que se suele perder a menudo, entre la muchas veces absurda complejidad del mundo cotidiano.

    Gracias por tus palabras, Fer. Un abrazo.

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  3. Estuve leyendo las páginas de tu cuaderno nocturno, felicitaciones Antonio.
    Cariños.

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  4. Gracias por tu visita, Adriana. Me alegra saber que has encontrado en este cuaderno páginas que han sido de tu agrado.

    Un saludo.

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  5. Os invito a pasar por mis blogs: Disfrutando contigo, El colegio de los sueños y Sangre oculta.

    Saludos

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  6. Siempre me toca una fibra especial la mención de "Narciso y Goldmundo", que tan bien citas en este contexto. Es hermoso leerte, Antonio. Disculpa si no he venido últimamente.Ya había intentado dejarte antes un comentario aquí, pero no lo aceptó el Blogger... espero que ahora sí cuele, con un mágico abrazo para ti.

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  7. Comprendo muy bien, amiga Liz, que te lleguen especialmente esos dos personajes de la novela de Hesse, porque configuran los dos polos entre los que se mueven almas como la tuya. Un ámbito en el que también me encuentro.
    Me agrada mucho que te guste leerme. Y agradezco profundamente tu mágico abrazo.

    Un cariñoso saludo, amiga pintora de sueños, desde el árbol azul (que ahora azota el viento pero aguanta sin romperse, gracias al brillo de sus ramas y a la gracia de sus hojas.)

    Mil abrazos.

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  8. La mayor parte de las veces, uno se siente, como quiere sentirse... lo que significa, que por más que aprieten los 'elementos' o las circunstancias, casi siempre sabemos como encontrar ese 'punto de fuga' que nos permite salvarnos y regresar al camino escogido, por más momentáneo que nos parezca.

    Al fin y al cabo, así como la partícula más pequeña, contiene todo un Universo... un momento, puede ser asimismo, toda una eternidad. Magia y de la buena, la que nos ampara. Como una madre, claro que si!

    Oiga, Sr. Druída, esto está 'mu abandonao', así que, háganos vd. el favor de escribir y publicar algo nuevo, que ya toca!

    Abrazos, Antuán dlF& lL

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  9. Anda usted filosófica, amiga Crystal... Pero no puedo menos que estar de acuerdo con la mayor parte de lo que afirmas. Es muy cierto que ese "punto de huida" acabamos por encontrarlo en uno u otro lugar, cuando la propia actitud es la correcta. La magia supongo que siempre está ahí, pero hay que saber atisbar su brillo entre las múltiples sombras y los falsos reflejos. Como más o menos decía el poeta, saber escuchar la voz entre los ecos.
    Volveré a escribir y publicar cuando estos aires de ahora se disipen. Lo estoy deseando.

    Abrazos, amiga Hada.

    Antuán de Lakeness

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  10. Decía un celebrado escritor de canciones, un bardo de nuestro tiempo que, para componer poesía y cantarla, hace falta asumir un cierto grado de psicosis controlada, de desdoblamiento de personalidad: una parte de nosotros debe continuar arrastrándose en lo cotidiano, en lo estéril, incapaz de levantar el vuelo; pero la otra parte está siempre dispuesta a elevarse, aunque a veces, para desgracia nuestra, no seamos capaces de verlo.

    Para todo hay una época, un tiempo para cada propósito bajo el cielo… (Eclesiastés 3)

    Saludos.

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  11. En primer lugar, gracias por tu comentario, *Entangled*. Anda uno últimamente (por circunstancias) charlando demasiado con pobres idiotas de muy diversos colores y calibres, y palabras inteligentes y sensibles como las tuyas son bienvenidas.
    No caigo ahora en qué bardo contemporáneo dice eso de la "psicosis controlada" (¿quizá Aute? ¿quizá Dylan?), pero, lógicamente, me suena mucho a aquello que mencionaba el misterioso Carlos Castaneda (a quien he dedicado aquí varias entradas) sobre el "desatino controlado" o "locura controlada"; y, por supuesto, estoy de acuerdo con lo que implica y significa.
    No sé por qué, pero este mundo parece estar diseñado para obligarnos a vivir entre la tensión de esa falsa dicotomía: por un lado, lo vulgar y cotidiano, lo "a ras de suelo", y por otro el vuelo mental (y sentimental, por supuesto) de lo que me gusta denominar como magia, y que es de donde suele surgir la música y la poesía.
    Lo que ocurre es que a veces (como le sucede al protagonista de este cuentito) lo cotidiano presiona de tal forma que esa otra sensibilidad se bloquea, y es entonces muy difícil acceder a la esfera del arte. El que "no seamos capaces de verlo", como bien dices, responde a ese bloqueo.
    Por supuesto que el vuelo está siempre ahí y es siempre posible, porque la magia es inherente (así lo creo) a la misma vida, pero resulta muy difícil que alguien con problemas de visión pueda contemplar y gozar la sugerente y romántica belleza de un atardecer, o que con problemas de oído pueda apreciar como se merece una vibrante y apasionada sinfonía. Primero debe solucionar (como buenamente pueda) esas taras o conflictos sensoriales, o todo se le volverá ruidos y sombras.
    Hay unas palabras del I Ching que se parecen a las que mencionas del Eclesiastés:

    "El movimiento es circular, cíclico. No hace falta, pues, precipitarse artificialmente en ningún sentido. Todo llega por sí mismo tal como el tiempo lo requiere."

    Pero, ay, la tan humana impaciencia nos enreda muchas veces en un laberinto insoluble; y quien no sabe esperar, se golpea una y otra vez contra la misma pared... La opacidad y estridencia del mundo ayudan mucho en eso. La solución está, ciertamente, en asumir esa "psicosis controlada", pero para ello hay que alcanzar primero un determinado nivel de silencio, una cierta paz mental. A partir de ahí es cuando uno puede seguir actuando (incluso "arrastrándose") en el plano cotidiano normal y además poder acceder al vuelo de lo mágico, y escribir entonces canciones, cuentos o poemas.
    Y es curioso observar (lo tengo comprobado) cómo desde esa laguna de silencio es fácil que se transforme la mirada, y aquel rincón que ayer nos parecía opaco y anodino brille de un modo especial.
    En fin, quizá no esté del todo claro lo dicho, pero es mi torpe forma de expresarlo. Lo que está claro es que "la madre magia" siempre está cerca, muy cerca, esperando en cualquier esquina del tiempo, en cualquier oscuro rincón, a que cambiemos nuestro modo de mirar. De lo que se trata es de ser capaces de percibir su presencia. Es entonces cuando el arte está asegurado. Y no me refiero sólo a obras artísticas, como músicas, cuadros, o libros de poesía, narrativa o ciencia, sino al propio arte de vivir. Cuando eso se consigue, incluso lo cotidiano se transforma y deja de ser estéril, caótico, triste y gris. Aunque esto último pueda parecernos, hoy como ayer, algo impensable.

    Un saludo, *Entangled*, y de nuevo gracias por tu comentario.

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