Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 14 de noviembre de 2013

La casa del viento


El jardín - II 

La casa del viento


    Andaba ocupado en pensamientos rutinarios, cuando inesperadamente le vino el recuerdo de un antiguo sueño. Le había sucedido otras veces: cuando menos lo esperaba, mientras estaba atareado en cosas cotidianas, calculando y sopesando cuestiones de poca importancia relativas a temas triviales, de improviso su mente le regalaba con una fugaz imagen que tenía que ver con su mundo más querido, con el íntimo y remoto mundo de sus sueños. En esta ocasión, la imagen procedía de un sueño muy viejo, de cuando era niño. Fue, como decía, una imagen fugaz, que duró tan sólo un breve instante, pero con la suficiente claridad y fuerza como para dejarlo paralizado en medio de su quehacer y romper el hilo de sus pensamientos. Lo que sintió fue como si una ventana se abriera en su mente, dejándole ver cosas olvidadas hacía mucho tiempo... 

    Tendría unos seis años de edad cuando entró por primera vez en aquella pequeña casa, que parecía estar muy en alto, casi como suspendida entre las nubes. No porque estuviera sobre una montaña, sino porque, al parecer, se encontraba al final de un edificio muy elevado. Tenía esa impresión porque desde sus ventanas sólo se veía el cielo azul, pequeñas nubes muy blancas y, a veces, el vuelo de algún ave.
    Seguramente había visitado más veces aquella casita de madera, pero sólo recordaba con nitidez una mañana luminosa, en que varios niños estaban reunidos en torno a una mesa, en una pequeña habitación, y charlaban contentos entre divertidos juegos. Mientras, junto con el radiante sol, un viento fresco y amigo entraba a raudales por las abiertas ventanas, cuyas cortinillas no paraban de moverse. Recordó también el detalle de que la casa a veces se mecía un poco, por efecto del fuerte viento, y la feliz sensación que tenían los pequeños era la de que estaban volando. 
    En ocasiones, según la extraña lógica de los sueños, era sólo un observador de la escena, que se complacía, desde una cierta distancia, en contemplar aquella reunión infantil; y en otras, él mismo formaba parte del grupo y era uno más de aquellos niños que, entre risas y juegos, celebraban sin saberlo el sencillo y jubiloso misterio de la existencia. 
    Intentó recordar más detalles de un sueño de hacía más de cincuenta años, pero sólo consiguió ver esa escena de unos niños riendo, mientras un viento amable y animoso entraba por las ventanas. La sensación de vida y de alegría de aquellos momentos la había buscado, inconscientemente, durante largos años en el mundo, sin encontrarla. Y ahora su imagen y su sentimiento venían hacia él, por un extraño camino de la memoria, acercando el brillo de un viejo sueño de su lejana infancia. 

    En esos gratos recuerdos andaba ensimismado Edwin, cuando oyó la voz susurrante del viejo Stephen:
    —¿Lo recuerda bien, amigo?
    Esas palabras le devolvieron a la realidad, o a lo que quiera que fuese que estaba sucediendo... Se hallaba de nuevo en su jardín, sentado en el banco junto al extraño anciano. Recordó vagamente que se habían metido en el interior del gran roble, por una especie de puerta oculta en el tronco, y después de la oscuridad inicial lo siguiente que recordaba era verse a sí mismo en el salón de su casa, ocupado con unos papeles, cuando le sobrevino la imagen de aquel antiguo sueño.
    —Pero... ¿qué es lo que ha pasado? ¿Cuando salimos del roble?
    —En realidad, aún estamos dentro, señor Edwin... —respondió el anciano con una media sonrisa.
    —¿Dentro? Pero si esto es mi jardín...
    —En parte sí, pero no del todo. Mire hacia donde se supone que está su casa.
    Edwin se volvió, esperando, obviamente, encontrar la vieja casa de piedra, pero en su lugar vio un alto edificio de madera, de tres pisos, coronado por lo que se asemejaba a una pequeña torre. A través de las ventanas de ésta, bajo una tenue luz, se veía moverse a unas pequeñas figuras desconocidas. Miró con más atención y, para su asombro, le pareció reconocer la casa de su sueño.
    —¿Pero... ¿cómo es posible? ¿Me estoy volviendo loco? ¿Dónde está mi casa? ¿Y cómo es que ahí... ahí está... mi sueño?
    —Tranquilo, amigo. Estamos en el país del sueño. Nada debe extrañarle aquí.
    —Le advertí que no creo en hadas ni en duendes, pero esto... esto escapa a mi entendimiento.
    —¿Se acuerda de Irene? —preguntó Stephen de repente.

    La sola mención de ese nombre dejó a Edwin como hechizado. Un torbellino de viejos recuerdos, sepultados hacía mucho, se lanzó sobre él con fuerza, dejándole casi exhausto. Fue como si le golpease un torrente en pleno pecho. Cerró los ojos y bajó la cabeza, sumiéndose en la corriente de esos lejanísimos recuerdos, de los que creía no guardar memoria alguna. Todo volvió a él con claridad, como si hubiese sucedido ayer mismo. Irene era una niña que conoció muy temprano, más o menos en la época en que recordaba haber soñado con esa casa. Eran vecinos y solían compartir juegos con los otros niños de la misma calle. Se hicieron muy amigos y, según crecían, siguieron siéndolo. Hasta que, ya en la pubertad, llegaron a algo así como un enamoramiento mutuo. Muchas veces paseaban solos, cogidos de la mano, y en el barrio se decía, entre bromas y veras, que eran novios; lo que a ellos no parecía molestarles en absoluto, al contrario. Todo iba bien, con esa ilusionada luz de los primeros años, hasta que los padres de ella tuvieron que cambiarse a otra ciudad, y ya nunca más se volvieron a ver. Pero ahora le venía a la memoria un detalle importante: el día de su partida habían acordado que, cuando fueran adultos, se buscarían y volverían a encontrarse, para continuar su buena amistad. 
    Hasta ahí era una simple historia de niños que juegan a ser mayores. Pero, lo que impresionaba a Edwin en estos momentos no era sólo que recordase algo tan remoto y olvidado, sino que esa niña, Irene, estaba presente en esa casa de su sueño, la que ellos conocían entonces como la casa del viento. Y precisamente esa casa, sin saber cómo... ¡estaba ahora ahí, frente a él!
    Miró inquisitivamente al viejo Stephen, sin decir nada.
    —Sí, señor Edwin —dijo éste—: su amiga Irene está en la casa del viento. ¿Quiere verla?
    —¿Podría yo...?
    —Ahora no, amigo mío. No puede subir, porque usted mismo ya está dentro, en otro momento de su ser. No sería conveniente. Pero sí puede llamarla, si lo desea; ella escuchará su voz y se asomará.
    Y así lo hizo. Como medio en sueños, absorbido por el encanto de una música antigua muy querida, se acercó lentamente hacia la casa de madera. Se paró delante del altillo que parecía una pequeña torre, donde seguía viéndose el movimiento de pequeñas figuras, y desde el que le llegó como el sonido quedo de unas risas, y pronunció su nombre. Una, dos, hasta tres veces; y cada vez un poco más alto, pero sin atreverse a levantar demasiado la voz.
    —Irene... Irene...
    En el marco de una de las ventanas se recortó una pequeña silueta contra la suave luz de las velas. Una cabecita rubia con trenzas se asomó, y al hacerlo la luna iluminó un dulce rostro con unos bellos y grandes ojos. Al principio, la niña permaneció quieta, mirando a ese señor tan raro del jardín con curiosidad. Luego, Edwin la volvió a llamar. Y entonces ella, con una juguetona sonrisa, alzó una mano y lo saludó. Y al hacerlo, ya no parecía una niña, sino la joven Irene de la que tuvo que despedirse hacía tanto tiempo.
    En esto, otras figuras menudas se asomaron también por las otras ventanas. Y Edwin optó por retirarse y desaparecer bajo la sombra de un acebo cercano. Cuando los niños dejaron de mirar, se volvió hacia el centro del jardín.   
    —¡Stephen! ¡Stephen! ¡Ha ocurrido! ¡La he visto! ¡Era ella! —clamó.
    Pero no obtuvo respuesta. No había nadie sentado en el banco. El anciano se había ido sin despedirse. Edwin se sentó entonces, para meditar sobre el hecho extraordinario que acababa de suceder. Y al levantar de nuevo la cabeza y mirar hacia delante, volvió a ver su vieja casa de piedra... ¡No había ni rastro de la casa del viento! Por sobre el tejado, en el punto en que, en ese momento, se apoyaba la luna, le pareció ver el vuelo de un pájaro desconocido, cuyo claro plumaje brilló un instante, para desaparecer enseguida en lo umbrío del bosque de más allá del jardín.


Antonio Martín Bardán
(14 de noviembre, 2013)

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imagen: Jacek Yerka (detalle)