Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 16 de agosto de 2013

El espíritu del caminante



    A veces parece que quiera volverme el animoso espíritu del caminante, y entonces empiezo a ver las cosas como en otros tiempos, de una manera mucho más directa, sensata y gozosa. Me entran ganas de ascender por las cercanas montañas en días de bruma; de caminar por senderos diferentes, inexplorados; de contemplar el sonoro espejo de la lluvia, que se junta con el del río, en una lúdica sonata de luz y agua; de concentrarme, como antaño, en el silencio para escuchar la deliciosa música del aire... Y hasta mi actual cueva de lobo estepario venido a menos adquiere esas veces un color distinto y se convierte en la cueva con tesoros de una nueva aventura... 
   En este sentido me viene muy bien leer, a ratos, el libro de Robert M. Pirsig "Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta / Una indagación sobre los valores" (que me regaló una buena amiga hace casi tres años), y encontrarme con párrafos como éste:

    «Las montañas deberían escalarse haciendo el menor esfuerzo posible y sin ansias. La realidad de tu naturaleza debería determinar la velocidad. Si te sientes inquieto, date prisa. Si te falta el aliento, ve más despacio. Tienes que subir en un claro equilibrio entre inquietud y cansancio. Entonces, cuando dejas de anticiparte con el pensamiento, cada paso no es sólo un medio para conseguir un fin sino un evento único en sí mismo. Esta hoja tiene bordes dentados. Esta roca parece estar suelta. Desde este lugar la nieve es menos visible aunque está más cercana. Estas son las cosas que en todo caso deberías observar. Vivir sólo teniendo una meta futura es superficial. Son las faldas de la montaña las que sostienen la vida, no la cumbre. Aquí es donde las cosas crecen.
    »Pero, por supuesto, sin la cima no puedes tener laderas. Es la cumbre la que define las laderas. Así que sigamos... nos queda un largo camino... no hay prisa... sólo un paso tras otro... con un poquito de Chautauqua para entretenernos... La reflexión mental es mucho más interesante que la televisión. Es una pena que no haya más gente que la sintonice. Probablemente piensan que lo que oyen allí carece de importancia, pero jamás es así.»

    Por supuesto que no tengo ni idea de qué es el Chautauqua*... Imagino que alguna bebida refrescante, tal vez algo espiritosa..., o algún alimento especial, energético, que ayuda en la escalada... Pero entiendo bien la observación sobre las laderas y la cumbre. Digamos que la cima es como el ideal, ese destino que nos llama desde el horizonte, ese ensueño que anhelamos. Y bajo él se extienden las laderas, que es donde están los caminos por los que hemos de andar. Tener sólo presente la imagen nebulosa del ideal, sin atender a los caminos inmediatos, es como estar perdido en un laberinto insoluble, colgado de una nube incierta y difusa, que nos impide el movimiento, que nos paraliza. No se puede llegar arriba sin antes pasar por abajo. No somos aves. Y si lo fuéramos, asimismo deberíamos primero transitar por los senderos del aire para llegar a la cumbre.
    Es éste un error habitual en algunos caminantes. Y de tanto caer en él, muchos incluso dejan de ser caminantes para convertirse en una especie de fantasmas de sí mismos. Son (y hay temporadas en que debería incluirme en este apartado) los zombis del camino. Se acostumbran a fijar su mirada en la lejanía y desprecian todo lo que tienen cerca, porque, en un desorbitado ejercicio de comparación, todo lo de aquí les parece nimio e inútil ante la imagen excelsa de lo de allí
    Pero hay veces, como decía, en que a uno parecen abrírsele un poco más los ojos, y entonces ve las cosas cercanas de una manera mucho más interesante y atractiva. Entre los hierbajos de la cotidianidad, casi siempre triviales y fastidiosos, descubrimos de pronto pequeñas flores brillantes que permanecían ocultas ante nuestro incompleto y afectado modo de mirar. Y esas flores exhalan una fragancia que nos hace sonreir. Incluso los propios hierbajos terminan por revelarnos su valor y vemos que en sus formas mediocres danza también el espíritu de la vida.
    En definitiva, tomamos conciencia de que estamos rodeados por multitud de caminos posibles, con una extensa variedad de tonos, colores y tamaños. Y de que, sin necesidad de nave espacial alguna, podemos acercarnos, poco a poco, a la estrella que amamos, a esa cumbre que llevamos casi toda la vida soñando y anhelando.
    A esto me refería al principio. Éste es el espíritu del caminante que tanto he echado de menos y que ahora parece que quiere volver. Nada mejor podría pasarme. Tener ese espíritu sería regresar al camino, al viejo camino intenso y alegre, y volver a sentir la vida como la sentía antes de las sombras, antes de pasar por los oscuros y tediosos abismos de la insensibilidad y la amargura. 
    No es que uno se aproxime en esas ocasiones a alguna especie de satori, ni nada parecido. No hay ninguna iluminación extraordinaria, ningún despertar prodigioso. Es sólo una leve apertura en la mirada lo que sucede. Y ante esa apertura (que me hace recordar a la estimada mirada del sueño de mi juventud) el mundo se transforma un poco, sólo un poco. Lo suficiente para que nos crezca por dentro una singular sonrisa y comencemos a actuar de una manera diferente, animados por una pequeña pero brillante e íntima alegría. Es un tenue cosquilleo en la palma de las manos, que nos hace jugar con las cosas y manejarlas de un modo más amable y gozoso. Unas ganas de doblar las esquinas de otra forma, como danzando. Un deseo de cantar en voz baja ante cualquier árbol, animal o estrella, ante la presencia de cualquier ser vivo, al que, sin saber por qué, sentimos en esos momentos como si fuese nuestro amigo.
    No es ninguna euforia pasajera de lo que estoy hablando. Es el espíritu del caminante, que parece acercarse nuevamente a esta figura que ya parecía un poco medio rota y como perdida, y que muchas horas andaba dando tumbos sin sentido entre las sombrías y tensas calles del mundo, errático en su laberinto de pensamientos circulares. Y para dejar constancia de ello, diré que este mismo anochecer hasta me ha parecido que la luna me guiñaba un ojo... Ya sé que la luna no suele hacer esas cosas, ya lo sé. Pero tener esa sensación, mientras se camina por las calles solitario y abstraído, buscando los rincones más apartados, en un pueblo plagado de gente ruidosa que pasea incesante sus aburridas vacaciones... me parece de lo más interesante.  
     

Antonio Martín Bardán
(16 de agosto, 2013)

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 *Esta mañana me enteré, buscando en el libro, de que el término "chautauqua" es precisamente la reflexión mental, haciendo referencia a unas charlas culturales y filosóficas que solían prodigar los indios Chautauquas por los pueblos de la vasta geografía norteamericana, en los tiempos en que aún no existían ni la radio ni la televisión. A Robert Pirsig se le ocurrió que era un buen nombre para definir las reflexiones que se desarrollan en su libro.

 imagen: Amb (marzo-2012) 


    

2 comentarios:

  1. Dice un viejo proverbio chino, que seguro conoces, que un viaje de mil kilómetros, comienza con un primer paso.

    Y celebro que, a pesar de los años y esas sombras que últimamente te acompañan, tu mirada del sueño te envuelva de nuevo, para llevarte al camino real... El del viento en la cara y la lluvia que nos moja y nos da empuje para seguir ascendiendo por no importa la ladera a la que nos haya llevado la vida.

    Lo único importante del camino es dar el 'próximo' paso y levantarse una y mil veces si se resbala o tropieza... porque para llegar hasta aquí, hubo que pasar por allí... Pero ese hecho, el de alcanzar la meta o la cumbre... en el fondo, es lo de menos, el auténtico placer o las enseñanzas en su caso... está en todos y cada uno de los pasos que damos. Aunque tantas veces, no sepamos verlo más que 'a posteriori'

    Así que... buen viaje! caminante.

    P.D.: Tiene buen gusto tu amiga :)

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  2. Sí, amiga, por eso dice Pirsig lo de que "cada paso no es sólo un medio para conseguir un fin sino un evento único en sí mismo". Es una vieja verdad, y se puede encontrar en muchos proverbios, refranes, sentencias... ¡Incluso aquí, en este cuaderno! (Jajaja)
    Sé que no se trata de nada nuevo, y si hablo de ello es porque a este caminante le ha tocado últimamente esa verdad.
    Sentir el viento en la cara y el roce de la lluvia forma parte de las sensaciones más gratas de una lista ciertamente extensa, casi interminable. Pero el evento es cuando deja de pertenecer sólo a una lista consabida y entra a formar parte de la propia experiencia. Cuando eso sucede, este caminante en seguida lo escribe y lo publica, desde la alegría, desde el entusiasmo.
    Creo, sinceramente, que si vivimos consciente e intensamente cada paso, éste se convierte en la cumbre. Es decir, que hay una vivencia directa de esa cumbre, de esa meta, en cada uno de ellos. Con lo que llegar arriba del todo -como bien dices- no es estrictamente necesario.
    En saber vivir está la clave. No sólo en teoría, claro, sino en la experiencia diaria. Sucede que el barro de que muchos estamos hechos a veces se ablanda ante el poder de una lluvia demasiado intensa, y entonces se derrumba temporalmente. Pero más tarde ese barro se endurece con la fuerza de nuevos soles...
    Gracias por tu comentario, Crystal, como siempre tan acertado y animoso. Un abrazo, hada.

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    P.D.: Mi amiga tiene buen gusto "pató". Una auténtica suerte haberla conocido. :)

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