Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 21 de junio de 2013

La libertad y el fatum



     «La libertad de la voluntad, que en sí misma no es otra cosa que libertad del pensamiento, está limitada de la misma manera que la libertad de pensar. El pensamiento no puede ir más allá del horizonte hasta el que se extienden las ideas; sin embargo, éste se basa en las percepciones que se van adquiriendo y puede ampliarse conforme lo hace. Asimismo, la libertad de la voluntad puede expandirse también hasta ese mismo punto, si bien, dentro de tales confines, es ilimitada. Otra cosa distinta es el obrar de la voluntad; la facultad de hacerlo se nos impone de manera fatalista.
    En la medida en que el fatum se le aparece al hombre en el espejo de su propia personalidad, la libre voluntad y el fatum individual son dos contrincantes de idéntico valor. Nos encontramos con que los pueblos que creen en un fatum destacan por su fortaleza y el poder de su voluntad, y que, en cambio, hombres y mujeres que dejan fluir las cosas tal y como van, ya que "lo que Dios ha hecho bien hecho está", se dejan llevar por las circunstancias de manera ignominiosa. En general, "la entrega a la voluntad de Dios" y la "humildad" no son más que las coberturas del temor de asumir con decisión el propio destino y enfrentarse a él.
    Ahora bien, por más que se nos aparezca el fatum en su condición de delimitador último como más potente que la libre voluntad, no debemos olvidar dos cosas: la primera, que fatum es tan sólo un concepto abstracto, una fuerza sin materia, que para el individuo sólo hay un fatum individual, que el fatum no es otra cosa que una concatenación de acontecimientos, que el hombre determina su propio fatum en cuanto que actúa, creando con ello sus propios acontecimientos, y que éstos, tal y como conciernen al hombre, son provocados de manera consciente o inconsciente por él mismo, y a él deben adaptarse.»

Friedrich Nietzsche


    Después de leer estos apretados párrafos en el comienzo de una obra filosófica —que hasta entonces desconocía— de un joven Nietzsche, no esperó a continuar la lectura. Se levantó de la silla y fue directamente a mirarse en el espejo...
    Allí se encontró Alfredo Mergal con su mirada de lobo estepario de casi siempre, pero también —más allá de la mirada, en algún ignoto rincón del fondo—  llegó a ver un destello nuevo y extraño... Se quedó mirando cerca de un minuto y ese brillo no desapareció. Era más que un destello, se quedaba allí, fijo en sus ojos, retando a las sombras, y venía a ser como una afirmación que respondía a las preguntas que danzaban en su pensamiento: ¿había él mismo, de alguna forma, provocado los últimos acontecimientos de su vida? Y si, extrañamente, así era, ¿por qué a veces se quejaba y adoptaba una simple y cómoda postura fatalista? ¿Tan inconsciente era su deseo y su poder, que no era capaz de reconocerlo?
    Recordó entonces que en una ocasión, a raíz de cierto suceso, alguien conocido le había tachado de "dramático". A lo que él asintió con un escueto "sí, es mi forma de ser"... Y ahora caía en la cuenta de la posible importancia de esas palabras, que creyó haber dicho en aquel momento simplemente como defensa y muestra de orgullo. Empezó a sospechar que algo podía haber de cierto en ello. 
    Buscó en los cajones de la mesa su pequeña libreta de notas, donde hacía tan sólo unas horas había esbozado un pensamiento —de esos que intentaban, de alguna manera, ser poéticos— que se le había ocurrido esa misma mañana mientras paseaba. Y leyó:
    
      «Pararse en medio del camino, cualquiera de esos días o noches en que el remolino parece estar más agitado y turbio que de costumbre, y poder sentir el corazón... Es todo cuanto se necesita para seguir caminando con una sonrisa, porque de esa presencia surge la alegría y la fuerza que alimenta nuestros pasos. Parece sencillo, y lo es, pero no siempre ocurre. Muchas veces el ruido de la mente no nos permite escuchar.
    Los sentidos miran y oyen constantemente, evalúan, calculan volúmenes y distancias, perciben formas y colores, detectan sonidos, exploran el paisaje, miden el mundo... E incluso perfilan el tembloroso discurrir del tiempo, esa figura evanescente que camina a nuestro lado como una sombra. Y todo ello lo conjugan con el propio pensamiento, en un incesante flujo y reflujo que nos da el concepto del entorno y nos sitúa, dando forma a una determinada realidad. Y en ocasiones ese diálogo interno nos impide la correcta comunicación con la esencia que más nos importa.
    Se puede objetar a esto que no tiene por qué ser el movimiento de la mente un impedimento a la hora de sentir el corazón... Y precisamente ese es el quid de la cuestión. En efecto, el diálogo de la mente no es, en esencia, una barrera que nos dificulte hallar ese sentimiento que necesitamos. Pero es que me estoy refiriendo a un caso en particular: cuando la mente se encuentra invadida por una percepción de la realidad que contraría a ese sentir... »

     Ahí terminaban las notas, que pensaba continuar más tarde. Pero ahora se encontraba con ese denso texto de Nietzsche sobre el fatum y eso actuaba como una llave que abría una puerta inesperada. Muchas veces había creído en un destino, muchas veces había perseguido esa figura de sí mismo que se le aparecía en los ensueños... Pero, ¿qué había de real en todo eso? ¿Y por qué a veces el diálogo de la mente era un obstáculo para sentir el corazón?
     ¿Era su fatum el resultado de una equívoca mirada? ¿Había una sombra que le perseguía y oscurecía su vida? Sabía que la propia vida era, en gran parte, la consecuencia de un modo de ser, de una postura ante el mundo. ¿Pero era bueno esto, si ese modo de ser, esa inclinación le impedía sentir el corazón? 
    Alfredo dirigió su mirada hacia esa fina lluvia que le envolvía, y hacia el horizonte de un mundo que a veces le parecía extraño y otras veces amigo. Entornó los ojos, e intentó sentir su corazón, como quien busca una joya lejana que le perteneció en otro tiempo. El más oscuro vacío fue la respuesta. Entre el mundo y él, entre el paisaje y su sentir había un abismo insalvable. La puerta estaba cerrada, el puente se había roto...
    Bueno, no pasaba nada, se dijo, en un intento de quitar hierro al asunto. Mañana, seguramente, volvería a lucir el sol. Las puertas cerradas pueden volver a abrirse. Los puentes rotos pueden ser reconstruidos. Y si él era el creador de su fatum, entonces era asimismo quien tenía las llaves... Sólo había que hacer una cosa: encontrar la armonía interior necesaria para emplear el poder de su libertad. La clave estaba, por supuesto, en saber pararse y llegar a sentir su corazón.
    Sí, no había duda alguna, mañana volvería a lucir el sol.

       Y con este argumento, que el deseo y la necesidad convertían en certeza, y al que no le faltaba parte de razón, Alfredo Mergal salió de nuevo a pasear, bajo la fina lluvia, con su cuadernito y el libro de Nietzsche bien protegidos dentro de los bolsillos del gabán. Y de tanto en tanto, se atrevía a saludar a algunos de los árboles que flanqueaban el camino, como haciendo un leve guiño a ese sentir del pasado, esa magia del ayer, buscando un eco cómplice en el frío mundo que le rodeaba aquella tarde, ya cerca del anochecer.
    Tenía que empezar a rastrear las huellas de sol en medio del gris de la lluvia. Algo le decía, quizá un tenue susurro del aire, que tras la capciosa armadura del frío y la sombra, se hallaban los hilos ocultos que podían mover las figuras de su fatum. Había que comenzar a reconstruir el puente. Su corazón, al igual que el propio sol, tenía que estar en alguna parte...
    Esto, que él siempre había llamado, con cierta simpleza, magia, es lo que fue a buscar aquella vieja y extraña tarde de verano.
     

Antonio H. Martín    

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imagen: Eyvind Earle

4 comentarios:

  1. un final desolador, en el oscuro vacío
    saludos (buen relato)

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  2. Así es, Omar: un final desolador. Aunque también está esa mínima ventana abierta hacia un mañana más positivo.
    No sé si el relato es bueno. Gracias por decirlo. Yo, sinceramente, lo veo algo caótico. Quizá porque el protagonista (el tal Alberto) no tiene muy clara su situación...

    Saludos, y gracias por leer y comentar.

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  3. Lo que está claro, es que los finales felices, ni abundan... ni casan en absoluto con la lucidez de los protagonistas de tu Fatum.

    Pero la magia, siempre está...

    Abrazos!

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  4. Sí, así es, amiga: "la magia siempre está", sepamos o no verla. Y tú sabes bien que no es el final feliz lo que busca un caminante, sino, ante todo, el sentido de su caminar. Lo del final es lo de menos...

    Así que a estar atentos a esa mágica presencia, para no perder ninguna oportunidad.

    Un abrazo, Hada de la fabulosa Neverland.

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