Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 29 de diciembre de 2013

Al alba...



    Por la grieta más fina de la pared, se coló el rayo de luz... No había forma de saber si era o no cierto, pero allí estaba, presente como una columna de versos y aves de ensueño, escrita en el muro de la sombra, entre los perfiles de un tiempo sin figura y sin nombre. Más allá estaba la puerta, muy cerca, a pocos metros, brillando de un modo extraño, grabada con signos y palabras que no podía entender... No quise encender la lámpara, por si ello rompía el equilibrio de las horas, el embrujo de los minutos, que se deslizaba como un río silente y lúcido ante mi asombrada mirada.
    Desde un mar profundo, con olas de espuma nacarada, y un horizonte de montañas rotas, grises, rotundas, lejanas, pero luminosas y azuladas, algo me llamaba... El sol tenía un rostro grave, adusto, serio, con los brazos caídos, pero llenas las manos de regalos de alegría y una tierna lujuria. ¿Cómo podía ver el sol si la puerta estaba aún cerrada? Me aproximé, no sin cierto temor, y giré la llave de plata...
    El alba de una nueva vida me asaltó, como un paraíso. La visión me cegó, en un primer momento, los ojos, y una sensación de estar por fin en el hogar me llenó las venas, con sangre viva y cálida, fluida, vibrante, incluso sonora. Ví las casas verdes de mi infancia, con sus ventanas azules, con los pájaros que sonreían y los árboles de frutos dorados. Ví las alegres alas de los sueños, que cruzaban el cielo con su vuelo de risas y besos. Ví el prado de los abrazos perdidos, que se entrelazaban con las mínimas sombras de la hierba, en una poesía de luces, en una sinfonía de voces y ecos, dulces y amables. Ví a los amigos, que se acercaban, que me querían y querían estar conmigo...
    Entonces quise despertarme, incrédulo ante tanta maravilla. Y la diosa del sueño me susurró al oído, mientras me rodeaba tiernamente con su abrazo: «Quédate... No hay otro lugar al que quieras ir... Aquí estás en casa...»


Antonio Martín Bardán
(29 de diciembre, 2013)      

domingo, 22 de diciembre de 2013

La propia canción



    Hace un par de noches, leyendo la biografía íntima que Hugo Ball dedicó a su amigo Hermann Hesse, en 1927, me encontré con unas frases que me llegaron singularmente. En el capítulo en que habla de las circunstancias en que éste escribió su novela Siddharta. Recordemos que hubo una pausa de más de un año en la redacción de esta novela, entre su primera y segunda parte, por varios motivos... Porque a Hesse le fue fácil hablar del primer Siddharta, del joven que abandonaba la cómoda seguridad de la casa paterna, del buscador de la verdad, el caminante que se fue al bosque y se juntó con los samanas, que vivían ascéticamente a la intemperie, entre privaciones y fórmulas mentales, para superar la ilusión del mundo; pero no pudo, en un principio, hablar del Siddharta victorioso, del que encuentra, del que consigue dibujar el círculo de su vida y, a través de su propia verdad, contactar con el espíritu del universo.
    He aquí las mencionadas frases:  
    
    «Lo único que permanecía era la ternura, la capacidad de cambiar y seguir cambiando; el no haberse vuelto rígido, sino elástico. El seguir vivo, que la vida trajera de vez en cuando un encuentro fugaz y una alegría, que la propia canción aún pudiera gustarle a uno..., eso era un consuelo y contenía una invitación a una renovada curiosidad, a seguir avanzando. Y seguir sintiendo la llamada dentro de sí, y una nueva nostalgia; continuar en el camino y en camino; no haber encontrado aún la patria definitiva, que todavía no era visible ni se había vuelto imagen; conservar la sensación de no haber llegado aún, de no haber tocado tierra definitivamente..., ése era otro estímulo y una esperanza.»

    Estas palabras poseen, al menos para mí, una sustancia especial. En ellas veo reflejado aquello por lo que aún merece la pena vivir, y también el espíritu necesario, el ánimo, la actitud que hace de llave para enlazar con ese horizonte (cercano y lejano a un tiempo) que ha de vivirse. Ser elástico, en lugar de rígido, conservar la ternura, la delicada luz de los buenos sentimientos, la íntima sonrisa de antaño, la dulce mirada, pero asimismo estar atento al cambio, a las azarosas curvas del camino, a sus posibles sorpresas... Llevar siempre «la piedra mágica en el corazón», pero dejando que ésta sea tocada por el aire de la vida, que respire y se ilumine con el fluir de los días. En definitiva, mantener el afecto por los sueños, por los viejos y queridos sueños, pero ensanchando y enriqueciendo éstos con una mirada abierta y lúcida, despierta, sabiendo leer en el río de las horas, en el curso de los días y noches nuevas lecciones, y encontrando quizá nuevos abrazos. 
    La propia canción es aquella que nunca debemos olvidar. Sin ella, el ser se desdibuja en lo absurdo y se diluye en el caos. Pero ésta ha de conseguir unirse a la sinfonía de la vida, a las a veces extrañas melodías del tiempo, y saber mezclarse con ellas, sin perder la propia identidad.       
    Torpes palabras las mías, lo reconozco, pero es la voz de un caminante que, a pesar de no entender muchas veces los jeroglíficos de la sombra, sigue cantando a la luna... 


Antonio Martín Bardán
(22 de diciembre, 2013)

domingo, 15 de diciembre de 2013

Dos sueños...



(De «The Dreams of a Prophet»,  por Lord Dunsany)


    Yo dormía en el campo de amapolas de los dioses, en el valle de Alderon, adonde los dioses acuden a reunirse de noche cuando la luna está baja. Y soñé que éste era el Secreto.
    El Destino y el Azar habían estado jugando, y su juego había terminado y todo había concluido: las esperanzas y las lágrimas, los sufrimientos, deseos y tristezas, todas las cosas por las que lloraban los hombres y las cosas olvidadas, y los reinos y los pequeños jardines y el mar, y los mundos y las lunas y los soles. Y lo que quedaba no era nada, y no tenía ni color ni sonido.
    Entonces dijo el Destino al Azar: «Juguemos otra vez a nuestro viejo juego». Y jugaron nuevamente, utilizando a los dioses como piezas, como habían jugado a menudo otras veces. De manera que volverán a existir las cosas que existieron; y al pie de la misma loma, un súbito destello de sol, el mismo día de primavera, hará florecer de nuevo el mismo narciso, y lo cogerá el mismo niño, y no pesarán los mil millones de años que mediaron. Y se volverán a ver las mismas viejas caras, aunque no privadas de sus lugares familiares. Y tú y yo nos volveremos a encontrar en un jardín, una tarde de verano, cuando el sol se halle a medio camino entre su cenit y el mar, donde nos reuníamos antes. Pues el Destino y el Azar sólo juegan a un juego con movimientos idénticos, y lo juegan mientras transcurre la eternidad. 


Lord Dunsany

(«The Dreams of a Prophet» II - Time and the Gods - 1906)

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    Me encontraba de viaje en un mundo extraño y muy lejano. No recordaba el porqué ni el cómo, pero allí estaba, en un orbe tenebroso, de un color antiguo y místico, de leyenda, como hundido en la niebla del tiempo. Un mundo con grandes templos de pétreas columnas y paredes de sombra, que se alzaban en medio de lo que parecía un vasto desierto, con oscuros sacerdotes que vestían túnicas doradas de raros arabescos y bruñidas tiaras como de bronce. Y éstos, similares a los humanos, aunque muy distintos, de piel grisácea y con rasgos vagamente serpentinos, me mostraron una noche sin luna (a mí, su inexplicable huésped), a la luz de anchas hogueras como piras funerarias, sobre la gran plaza de arena que  había frente a uno de esos templos, un viejo ritual secreto, de índole sagrada, cuyo arcano sentido no me fue descifrado.
    De una engalanada jaula que había sobre un altar de piedra, empezaron a extraer y a soltar, una a una, pequeñas y preciosas aves verdiazules (cuyas formas, a pesar de su color y tamaño, recordaban mucho a las águilas), las cuales fueron alejándose lentamente hacia el profundo cielo de la noche. Al poco de comenzar el vuelo, de sus alas se desprendían brillos insólitos, como diminutas estrellas, que caían hacia la arena como los restos de los fuegos de artificio. Estaba maravillado contemplando esa visión e intentando comprender el enigma, cuando una de ellas, la tercera, se dio la vuelta, en lugar de desaparecer en la negrura como sus hermanas. Yo alcé entonces un brazo, con la mano abierta, en un gesto casi inconsciente, sin saber bien por qué lo hacía, y el ave se posó en ella...
    Aquellas gentes se quedaron muy sorprendidas por este hecho, y asintieron en silencio. Mientras que yo sentí una rara alegría, como si hubiese logrado, sin esperarlo, el fruto de algún desconocido y benefactor sortilegio. Y creo que ahí acabó mi sueño. Si sucedió algo más, ya no lo recuerdo.   


A. Martín Bardán
(15 de diciembre, 2013)

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imagen: Roger Dean
     

jueves, 14 de noviembre de 2013

La casa del viento


El jardín - II 

La casa del viento


    Andaba ocupado en pensamientos rutinarios, cuando inesperadamente le vino el recuerdo de un antiguo sueño. Le había sucedido otras veces: cuando menos lo esperaba, mientras estaba atareado en cosas cotidianas, calculando y sopesando cuestiones de poca importancia relativas a temas triviales, de improviso su mente le regalaba con una fugaz imagen que tenía que ver con su mundo más querido, con el íntimo y remoto mundo de sus sueños. En esta ocasión, la imagen procedía de un sueño muy viejo, de cuando era niño. Fue, como decía, una imagen fugaz, que duró tan sólo un breve instante, pero con la suficiente claridad y fuerza como para dejarlo paralizado en medio de su quehacer y romper el hilo de sus pensamientos. Lo que sintió fue como si una ventana se abriera en su mente, dejándole ver cosas olvidadas hacía mucho tiempo... 

    Tendría unos seis años de edad cuando entró por primera vez en aquella pequeña casa, que parecía estar muy en alto, casi como suspendida entre las nubes. No porque estuviera sobre una montaña, sino porque, al parecer, se encontraba al final de un edificio muy elevado. Tenía esa impresión porque desde sus ventanas sólo se veía el cielo azul, pequeñas nubes muy blancas y, a veces, el vuelo de algún ave.
    Seguramente había visitado más veces aquella casita de madera, pero sólo recordaba con nitidez una mañana luminosa, en que varios niños estaban reunidos en torno a una mesa, en una pequeña habitación, y charlaban contentos entre divertidos juegos. Mientras, junto con el radiante sol, un viento fresco y amigo entraba a raudales por las abiertas ventanas, cuyas cortinillas no paraban de moverse. Recordó también el detalle de que la casa a veces se mecía un poco, por efecto del fuerte viento, y la feliz sensación que tenían los pequeños era la de que estaban volando. 
    En ocasiones, según la extraña lógica de los sueños, era sólo un observador de la escena, que se complacía, desde una cierta distancia, en contemplar aquella reunión infantil; y en otras, él mismo formaba parte del grupo y era uno más de aquellos niños que, entre risas y juegos, celebraban sin saberlo el sencillo y jubiloso misterio de la existencia. 
    Intentó recordar más detalles de un sueño de hacía más de cincuenta años, pero sólo consiguió ver esa escena de unos niños riendo, mientras un viento amable y animoso entraba por las ventanas. La sensación de vida y de alegría de aquellos momentos la había buscado, inconscientemente, durante largos años en el mundo, sin encontrarla. Y ahora su imagen y su sentimiento venían hacia él, por un extraño camino de la memoria, acercando el brillo de un viejo sueño de su lejana infancia. 

    En esos gratos recuerdos andaba ensimismado Edwin, cuando oyó la voz susurrante del viejo Stephen:
    —¿Lo recuerda bien, amigo?
    Esas palabras le devolvieron a la realidad, o a lo que quiera que fuese que estaba sucediendo... Se hallaba de nuevo en su jardín, sentado en el banco junto al extraño anciano. Recordó vagamente que se habían metido en el interior del gran roble, por una especie de puerta oculta en el tronco, y después de la oscuridad inicial lo siguiente que recordaba era verse a sí mismo en el salón de su casa, ocupado con unos papeles, cuando le sobrevino la imagen de aquel antiguo sueño.
    —Pero... ¿qué es lo que ha pasado? ¿Cuando salimos del roble?
    —En realidad, aún estamos dentro, señor Edwin... —respondió el anciano con una media sonrisa.
    —¿Dentro? Pero si esto es mi jardín...
    —En parte sí, pero no del todo. Mire hacia donde se supone que está su casa.
    Edwin se volvió, esperando, obviamente, encontrar la vieja casa de piedra, pero en su lugar vio un alto edificio de madera, de tres pisos, coronado por lo que se asemejaba a una pequeña torre. A través de las ventanas de ésta, bajo una tenue luz, se veía moverse a unas pequeñas figuras desconocidas. Miró con más atención y, para su asombro, le pareció reconocer la casa de su sueño.
    —¿Pero... ¿cómo es posible? ¿Me estoy volviendo loco? ¿Dónde está mi casa? ¿Y cómo es que ahí... ahí está... mi sueño?
    —Tranquilo, amigo. Estamos en el país del sueño. Nada debe extrañarle aquí.
    —Le advertí que no creo en hadas ni en duendes, pero esto... esto escapa a mi entendimiento.
    —¿Se acuerda de Irene? —preguntó Stephen de repente.

    La sola mención de ese nombre dejó a Edwin como hechizado. Un torbellino de viejos recuerdos, sepultados hacía mucho, se lanzó sobre él con fuerza, dejándole casi exhausto. Fue como si le golpease un torrente en pleno pecho. Cerró los ojos y bajó la cabeza, sumiéndose en la corriente de esos lejanísimos recuerdos, de los que creía no guardar memoria alguna. Todo volvió a él con claridad, como si hubiese sucedido ayer mismo. Irene era una niña que conoció muy temprano, más o menos en la época en que recordaba haber soñado con esa casa. Eran vecinos y solían compartir juegos con los otros niños de la misma calle. Se hicieron muy amigos y, según crecían, siguieron siéndolo. Hasta que, ya en la pubertad, llegaron a algo así como un enamoramiento mutuo. Muchas veces paseaban solos, cogidos de la mano, y en el barrio se decía, entre bromas y veras, que eran novios; lo que a ellos no parecía molestarles en absoluto, al contrario. Todo iba bien, con esa ilusionada luz de los primeros años, hasta que los padres de ella tuvieron que cambiarse a otra ciudad, y ya nunca más se volvieron a ver. Pero ahora le venía a la memoria un detalle importante: el día de su partida habían acordado que, cuando fueran adultos, se buscarían y volverían a encontrarse, para continuar su buena amistad. 
    Hasta ahí era una simple historia de niños que juegan a ser mayores. Pero, lo que impresionaba a Edwin en estos momentos no era sólo que recordase algo tan remoto y olvidado, sino que esa niña, Irene, estaba presente en esa casa de su sueño, la que ellos conocían entonces como la casa del viento. Y precisamente esa casa, sin saber cómo... ¡estaba ahora ahí, frente a él!
    Miró inquisitivamente al viejo Stephen, sin decir nada.
    —Sí, señor Edwin —dijo éste—: su amiga Irene está en la casa del viento. ¿Quiere verla?
    —¿Podría yo...?
    —Ahora no, amigo mío. No puede subir, porque usted mismo ya está dentro, en otro momento de su ser. No sería conveniente. Pero sí puede llamarla, si lo desea; ella escuchará su voz y se asomará.
    Y así lo hizo. Como medio en sueños, absorbido por el encanto de una música antigua muy querida, se acercó lentamente hacia la casa de madera. Se paró delante del altillo que parecía una pequeña torre, donde seguía viéndose el movimiento de pequeñas figuras, y desde el que le llegó como el sonido quedo de unas risas, y pronunció su nombre. Una, dos, hasta tres veces; y cada vez un poco más alto, pero sin atreverse a levantar demasiado la voz.
    —Irene... Irene...
    En el marco de una de las ventanas se recortó una pequeña silueta contra la suave luz de las velas. Una cabecita rubia con trenzas se asomó, y al hacerlo la luna iluminó un dulce rostro con unos bellos y grandes ojos. Al principio, la niña permaneció quieta, mirando a ese señor tan raro del jardín con curiosidad. Luego, Edwin la volvió a llamar. Y entonces ella, con una juguetona sonrisa, alzó una mano y lo saludó. Y al hacerlo, ya no parecía una niña, sino la joven Irene de la que tuvo que despedirse hacía tanto tiempo.
    En esto, otras figuras menudas se asomaron también por las otras ventanas. Y Edwin optó por retirarse y desaparecer bajo la sombra de un acebo cercano. Cuando los niños dejaron de mirar, se volvió hacia el centro del jardín.   
    —¡Stephen! ¡Stephen! ¡Ha ocurrido! ¡La he visto! ¡Era ella! —clamó.
    Pero no obtuvo respuesta. No había nadie sentado en el banco. El anciano se había ido sin despedirse. Edwin se sentó entonces, para meditar sobre el hecho extraordinario que acababa de suceder. Y al levantar de nuevo la cabeza y mirar hacia delante, volvió a ver su vieja casa de piedra... ¡No había ni rastro de la casa del viento! Por sobre el tejado, en el punto en que, en ese momento, se apoyaba la luna, le pareció ver el vuelo de un pájaro desconocido, cuyo claro plumaje brilló un instante, para desaparecer enseguida en lo umbrío del bosque de más allá del jardín.


Antonio Martín Bardán
(14 de noviembre, 2013)

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imagen: Jacek Yerka (detalle)

viernes, 25 de octubre de 2013

El jardín



    «Pero qué importaba dónde, si en todas partes significaba lo mismo que en ninguna. Todavía, al hacer algo con ella, no había convertido a cualquier parte en un lugar. No estaba todavía vivo; sólo soñaba que vivía.»

George MacDonald

("Lilith" - 1895)


    Edwin acababa de terminar la lectura de la fantástica novela de MacDonald y se quedó pensativo, hundido en su sillón azul oscuro, en la silenciosa biblioteca. Lamentaba ese inesperado final, en que el protagonista se veía obligado a abandonar la tierra de los sueños, a dejar atrás su alegre visita a la radiante ciudad celeste y, sobre todo, a dejar de sentir el contacto de la mano de su amada Lona... Pero la tarde de otoño fluía tranquila; el fuerte viento de la mañana había amainado y desde el jardín llegaban el gorjeo de los pájaros, el murmullo de la fuente y el susurro de una tenue brisa. Así que, sin darse apenas cuenta, dejó caer suavemente el libro y se quedó plácidamente dormido.  
    No pudo ver que poco después, sobre la ventana abierta, se posaba el pájaro del sueño. Y tampoco pudo observar cómo éste se transformaba en un niño de cabellos muy claros, casi blancos, y ojos como zafiros, que le miraba sonriente. De pronto, le pareció oír, medio en sueños, el sonido de una voz infantil y eso le despertó...
    —¿Quién eres y qué haces aquí? —le preguntó, intentando controlar su asombro.
    —Casi eso mismo le estaba preguntando, señor —contestó el niño.
    —Yo soy quien vive aquí; ésta es mi casa. Soy yo quien está en su derecho a preguntar eso.
    —No se enfade, señor. He venido porque ha terminado usted de leer el cuento y en lugar de salir al jardín a hablar con los árboles, se ha quedado aquí dormido, dándole vueltas al final de la historia, que al parecer no ha sido de su agrado. 
    —Pero, ¿cómo sabes tú eso?
    —Es fácil; vengo por aquí a menudo, aunque no suela verme, y le he observado muchas veces; sé lo que siente y cómo piensa. Incluso le he acompañado en más de una ocasión al País del Sueño.  
    —¿Y por qué nunca te he visto antes?
    —Sí lo ha hecho, pero en otras formas. Me gusta mucho cambiar.
    —Pero, ¿quién eres? —insistió Edwin.
    —Mi nombre no importa. Además, ¡tengo muchos! Llámeme como quiera. Lo importante es que puede considerarme su amigo.
    Edwin, ya muy entrado en años, de carácter juicioso y sosegado, no daba crédito a esta especie de aparición que tenía delante. Pensó vagamente que quizá sería un chiquillo vecino que había venido a gastarle una broma. El niño era, ciertamente, encantador; se expresaba con claridad y amablemente, y su sonrisa era contagiosa. Pero no acertaba a entender qué hacía en su casa. Se le quedó mirando, sin saber qué decir. 
    Mientras tanto, el niño paseaba su mirada por la biblioteca y a veces se acercaba a alguno de los libros y lo sacaba para leer su título.
    —Me gustan sus libros —dijo, sin dejar de sonreír—, y también muchos de sus sueños.
    —¿Qué puedes saber tú de mis sueños, pequeño?
    Al decir esto, el niño se puso a reír. Su risa sonó como el estallido de una música alegre que llenó la habitación y la hizo brillar; sonaba de modo parecido al fluir de un arroyo o al caer de las gotas de lluvia sobre las hojas en una mañana de primavera. Le trajo recuerdos de su propia infancia, de juegos olvidados en encendidas tardes de tiempos lejanos.
    —Ya le dije antes que a veces le he acompañado... Ahora, señor, he de irme. Pero me gustaría que nos volviéramos a ver esta noche. Quiero hablar con usted sobre el cuento. Si le parece bien, vendré a su bonito jardín cuando la luna esté en lo más alto.
    Edwin asintió casi sin palabras, y el niño, de un ágil salto, se subió a la ventana y desapareció de la vista, perdiéndose en el jardín. Al principio oyó claramente sus pisadas sobre la hierba, según se alejaba rápidamente, y luego le pareció, en cambio, oír como un batir de alas. Después, ya sólo los pájaros, la fuente y la brisa.
    Pensó que había sido como una alucinación. Quizá lo había soñado... ¿Cómo era posible que un niño tan raro se colara de esa manera en su casa, diciendo esas cosas tan sin sentido? Pero aún resonaba en sus oídos esa risa tan especial que, por un momento, le había alegrado el corazón. Sea como fuere, se dijo, la sensación que le había quedado del inesperado encuentro era de lo más grata. Así que saldría por la noche al jardín y esperaría a ese extraño niño, a ver qué era capaz de decirle sobre la historia que había leído.
    Volvía ya hacia su sillón, moviendo la cabeza, cuando se percató de que uno de los libros sobresalía mucho de su estante. Estaba seguro de que era uno de los que había sacado el niño para mirar el título. Fue a colocarlo, pero antes, por curiosidad, miró de qué libro se trataba. Comprobó que, sorprendentemente, el libro no era otro que la novela de Lilith, que había terminado de leer poco antes... Rápidamente fue hacia el sillón azul esperando encontrarlo allí, no sin pensar que era absurdo, porque no tenía dos libros iguales. Y así era: sobre el sillón no había ningún libro, ni tampoco estaba caído en el suelo. El libro era el que tenía en la mano, no había otro. ¿Pero cómo había llegado hasta la librería? En absoluto recordaba haberlo llevado a su anaquel... Luego, más tranquilo, se acordó que cuando abrió los ojos, después de su breve siesta, el niño ya estaba allí. ¿Pero por qué iba a haber cogido el niño el libro, haberlo puesto en su sitio (que, además, era el correcto) y luego sacarlo, delante de él, para ver su título? 
    Nada parecía tener sentido. Se sentó, por fin, en su sillón con el libro en la mano. ¡Qué cosa más curiosa! —pensó—. Tanto la aparición de ese niño tan extraño, con sus raras palabras, como ahora esta aparente sinrazón de lo del libro cambiado de lugar... ¿No había dicho el niño que había venido a preguntarle que por qué, después de leer el cuento, no había salido al jardín a hablar con los árboles? ¿Qué podía significar eso? ¿Y cómo sabía ese niño no sólo qué libro había estado leyendo sino además que no le había gustado el final? Lo primero quizá se explicase porque vio antes el libro en el sillón o caído en el suelo; pero lo segundo no tenía explicación alguna.
    Otra vez se sintió tentado a creer que todo había sido un sueño. Que probablemente él mismo, medio dormido, había colocado el libro en su lugar y luego había regresado al sillón para seguir durmiendo. Pero... lo que no encajaba era la presencia del niño y, sobre todo, que supiera lo que parecía saber. Sueño o realidad, lo que estaba claro para Edwin es que esperaba que llegase la noche, para volver a ver al niño.
      

    Hacía tiempo que la luna había ascendido por el cielo. Una luna llena que iluminaba amablemente la noche y que ya casi se encontraba en su cenit. Edwin se encontraba sentado en un banco del jardín, esperando la llegada del extraño niño alegre que había conocido esa tarde. Fumaba su cigarro un tanto impacientemente y pensaba en lo inaudito de esa cita nocturna. Él, un señor respetable, solitario desde hacía mucho y que vivía nada más que para sus libros y sus sueños, esperando a la luz de la luna el encuentro con un niño desconocido que decía ser su amigo, y que daba la impresión de saber cosas que no suelen saber los niños... El aire era fresco, casi frío, pero algo que no sabía explicar le impelía a seguir la espera. Tal vez, simple curiosidad; o quizá algo más.
    Al cabo de un tiempo, después de que la luna alcanzara su punto más alto, escuchó unos pasos lentos que venían del bosquecillo de robles y abedules cercano, que en nada se parecían a los pasos de un niño. Un hombre muy viejo, con chaqueta larga y sombrero, se presentó ante él y lo saludó.
    —Buenas noches, señor Edwin. He venido lo antes posible, y casi justo a la hora convenida. Mi andar es muy lento. Perdóneme si le he hecho esperar un poco.
    —¿Quién es usted? —le preguntó secamente, sin responder a su saludo.
    —Habíamos quedado aquí para hablar del cuento, ¿recuerda?
    —¿Pero qué dice, hombre? Yo a usted no le conozco de nada y nunca le había visto. A decir verdad, tampoco a quien esperaba; pero estaba citado en este jardín con un niño...
    —¿Con un niño de pelo casi blanco? —interrumpió el anciano—. Y se quitó el sombrero, dejando ver un abundante cabello blanquecino, mientras sonreía abiertamente.
    Edwin se quedó boquiabierto al reconocer inexplicablemente, en ese pelo y esa sonrisa, un indudable parecido con el niño que había conocido por la tarde en su biblioteca.
    —Pero, pero... ¿qué es esto? —balbuceó.
    —No se preocupe, amigo. Ésta es sólo otra de mis formas; ya le dije que suelo cambiar. Quizá prefiera usted la del simpático niño de esta tarde, pero esta noche soy, ante sus ojos, un viejo casi decrépito. Cosas de la luna llena... De todos modos, le aconsejo que nunca se fíe demasiado de las apariencias.
    —Entonces... ¿es usted...? ¿eres tú...? Discúlpeme, no acierto a encontrar las palabras.
    —Tranquilo, estimado señor Edwin. Usted ahora no puede saberlo, pero le aseguro que nos conocemos desde hace mucho tiempo y somos buenos amigos. Como le dije esta tarde, varias veces hemos viajado juntos al País del Sueño. Recordará usted esa región, ¿verdad?   
    —¡Por supuesto!
    —Sí, es usted un soñador, y de los buenos. Créame si le digo que lo sé de primera mano. Pero no me pregunte cómo; ahora no podría explicárselo de manera que lo entendiera. Además, hemos venido aquí a hablar de la obra de otro soñador, ¿no es cierto?

    Poco a poco, entre los dos hombres, sentados ya juntos en el mismo banco, se fue extendiendo una atmósfera afable, disipándose la lógica distancia inicial. Edwin se encontraba a gusto en su compañía, empezaba a sentirse como con un viejo amigo, aunque nunca le hubiera visto antes. Había algo en ese anciano (como lo había también en el niño) que le atraía muy especialmente. Le daba igual si era el padre o el abuelo del niño, o si era el mismo niño transformado por algún tipo de magia que no alcanzaba a comprender. 
    Pasada una media hora, a Edwin le pareció que estarían mejor en su casa, porque ya hacía frío y en su salón podrían calentarse con el hogar y, si se terciaba, con un buen caldo. El viejo estuvo de acuerdo y se metieron en la casa. Allí continuaron con la conversación.
    En un momento de la misma, al dueño de la casa se le volvió a ocurrir que debería saber el nombre de su invitado. Pero el viejo dijo lo mismo que el niño, que eso no era importante y que podía llamarle como más le gustara.
    —Bien —consintió Edwin—, pues entonces... ¿qué le parece si le llamo con el nombre de... Peter? 
    El viejo-niño sonrió y estuvo de acuerdo. Peter estaba bien, dijo. Pero luego, Edwin pensó que ese nombre le iba mejor a su faceta de niño, y que en esta de anciano se requería un nombre más..., con otra sonoridad. Y concluyó que el nombre sería Stephen, lo que al anciano también le pareció bien.
    —De acuerdo entonces, sir Stephen, sigamos pues...
    El anciano rió de buena gana.
    —A veces, amigo, se comporta usted como un auténtico niño. ¿Qué más da el nombre? Hablemos de lo nuestro; no sé cuánto tiempo más podré quedarme esta noche. 
    Y sin más paréntesis, volvieron al tema de antes.               
    —Sé, amigo Edwin, por qué quedó usted insatisfecho con el final de Lilith, pero me gustaría que lo explicara con sus propias palabras.
    —Pues mire, eh... Stephen: lo que sucede con ese final es que me duele. Después de pasar su personaje por un largo camino de penalidades y peligros, y de casi ahogarse en el pozo de la soledad; después de superar todo eso y conseguir reunirse con lo que amaba, la mano del destino le vuelve a empujar hacia afuera, le devuelve al mundo del que había huido. Aparte de que no me gusta, no entiendo bien la causa. Entrar en el Paraíso y tener que salir poco después, sin una clara y cercana posibilidad de regreso... ¿Por qué ese lamentable final?
    —Recuerde, amigo, aquel antiguo adagio que citaba Helena von Hahn al principio de su gran libro —intervino el viejo Stephen.
    —¿Quién es esa señora?
    —Se la conocía como Madame Blavatsky.
    —Ah, sí. ¿Y qué decía el adagio?
    —Dice así: «El error se precipita por un plano inclinado, mientras que la verdad tiene que ir penosamente cuesta arriba.»           
    —Ya entiendo.
    —¿De verdad lo entiende?
    —Creo que sí; es el viejo y angosto camino de siempre. El camino difícil, que nadie quiere recorrer, porque es mucho más cómodo quedarse en el valle de lo amable, prendado de las pequeñas luces que ahí brillan; placenteramente adormecido por lo que es acogedor, amistoso y risueño. La verdad siempre exige duras pruebas. Es la ciudad más hermosa, la más brillante, pero no es nada fácil el camino que lleva hacia ella. Hay que subir solo por empinadas laderas, donde no hay casi asideros ni refugios, y afrontar fuertes vientos y vacíos de vértigo que amenazan a cada paso. Muchos lo intentan, luchan por conseguirlo, pero el frío termina mordiendo sus almas y los precipita de nuevo hacia abajo... 
    —¡Bien! Yo mismo no lo hubiera expresado mejor. 
    —De todas formas, es triste. La mayoría sólo somos simples seres humanos, que lo único que desean es vivir.
    —Así es, amigo. Pero recuerde que a los que han nacido soñadores y caminantes les es imposible conformarse demasiado tiempo con ese valle de pequeñas ilusiones. Algo que llevan muy dentro siempre termina tirando de ellos hacia el horizonte.
    —En fin...
    —Amigo Edwin, no se desanime. Lo que le ocurre al personaje de la novela de Lilith es que continúa soñando, y su sueño está incompleto y es, en el fondo, falso. Lo que necesita es despertar realmente a la vida; por eso es devuelto al mundo. No se puede vivir si no se está totalmente despierto. ¿Recuerda que el cuento termina con unas frases de Novalis?
    —No, ahora mismo no. Lo he leído hace tan sólo unas horas, pero no me acuerdo de esas frases.
    —Son estas: «Nuestra vida no es un sueño, pero debería serlo y quizá alguna vez lo sea». 
    —Pero entonces... ¿debemos o no soñar? ¿Son buenos o malos los sueños? El personaje del cuento debe despertar de su sueño, y Novalis dice que la vida debería ser un sueño... No lo entiendo. 
    —Sí, amigo Edwin, sí lo entiende. Es usted un buen soñador y sabe bien de qué estamos hablando. Pero ahora quizá no es el momento de darse cuenta. En el fondo es muy simple...
    —Pues explíquemelo, se lo ruego.
    —La vida que vivimos normalmente se compone de falsos sueños, ilusiones que no nos dejan ver la realidad. Y cuando soñamos por las noches, a veces lo que en verdad hacemos es despertar... Nuestros viajes al País del Sueño no son sino atisbos de la auténtica vida. Quien así logra soñar, se acerca mucho a lo que es en realidad vivir.
    »Venga, salgamos de nuevo al jardín. Hay algo maravilloso que quiero mostrarle.
    —Le advierto, Stephen, que no creo en hadas ni en duendes...
    —¡Jajajaja! Entonces, ¿por qué ha leído ese cuento?         
    —Siempre me han gustado ese tipo de historias. Supongo que uno necesita beber de vez en cuando de esa mágica fuente, aunque sólo sea con la imaginación; la propia y la de otros. Al menos, para la gente como yo es como el aire y el agua. Pero de eso a creer en hadas y duendes..., hay una gran distancia.
    —No se preocupe, amigo Edwin, que no le voy a mostrar esta noche a ninguno de mis otros amigos... Usted sólo sígame ahora y observe atentamente.
    Salieron al jardín, bañado por la luz de la luna; lo cruzaron y al llegar hasta su límite norte, tras el cual comenzaba el bosquecillo de robles y abedules, el viejo Stephen se detuvo.
    —¿Ve con claridad ese roble grande de ahí? —dijo, señalando con el dedo un viejo roble que había al principio del pequeño bosque.
    —Sí; es hermoso. Lo he visto otras veces, cuando salgo a pasear, y me gusta saludarlo con la mirada.
    —Pues justo ahí, en su añoso tronco, hay una puerta al país del sueño. Si quiere, podemos cruzarla ahora mismo y así podré mostrarle algo maravilloso, que disipará esas dudas que aún le rondan por la mente como sombras. 

    Poco tiempo después, la luna miraba a un jardín vacío, donde sólo se oía el murmullo de la fuente y la caricia de la brisa sobre las hojas. Juntos entonaban una queda canción, cuyo estribillo parecía decir:

Encuentra tu sueño; 
encuentra tu sueño, caminante,
y despierta en él...


Antonio Martín Bardán
(25 de octubre, 2013)

viernes, 27 de septiembre de 2013

El espejo de niebla



    Poco sabemos de la vida del escritor Arthur J. Strange, más allá de algunos pocos datos. Sabemos, por ejemplo, que durante bastantes años vivió en una acogedora casa en el pequeño y tranquilo pueblo alpino de Grindelwald, en el cantón bernés de Oberland; desde donde hay una magníficas vistas del Eiger, el Mönch y la Jungfrau (el llamado "Techo de Europa"). Su situación económica debió ser bastante holgada, porque allí residió durante unos veinte años (desde 1979 hasta finales de los noventa). Desde ese lugar es desde donde remitía sus originales a la editorial, de ahí el conocimiento del dato. Pero más allá de los noventa, a principios del año 2000, dejó de enviar sus obras desde allí y se le pierde el rastro.
    Desde entonces, los textos originales (más espaciados en el tiempo) eran recibidos por la editorial desde diversos puntos del globo, muy alejados entre sí. Por ello, se ha pensado que Strange se dedicó a viajar por el mundo y no tuvo ya domicilio fijo. Pero esto entra dentro del terreno de las conjeturas. Sabido es que Strange era muy celoso de su intimidad: durante su estancia en Suiza nunca concedió entrevista alguna. Así que es muy probable que los lugares desde donde eran remitidos sus escritos no se correspondieran con ocasionales domicilios personales, sino que el autor encargase a otras personas (supuestamente, amigos) que hiciesen los envíos en su nombre.
    Esto último es lo más plausible, y encaja con su personalidad de solitario acérrimo y un tanto excéntrico. No hay que olvidar que de este escritor no conocemos ni siquiera el nombre auténtico, porque es de suponer que el apellido "Strange" no era sino un seudónimo literario. En algunos círculos se cree que era oriundo de Huntly, Escocia (porque él mismo así lo dejó dicho en más de una ocasión, en sus breves cartas a los editores), pero este dato no ha podido ser confirmado. Y tenemos razones para dudar de su veracidad, porque coincide, sospechosamente, con el lugar de nacimiento de otro conocido escritor del siglo antepasado. Todo lo referente a este autor está envuelto en una bruma difusa.
    En cualquier caso, lo que nos interesa de Strange no es su biografía (aunque, evidentemente, nos gustaría conocerla), sino su obra. Y es por ella por lo que escribimos estas líneas. Hablamos de él siempre en pasado, porque se cumplen ya diez años de la recepción de su último original (la novela corta "El espejo de niebla"), de lo que se deduce que Strange ha dejado de existir. Pero incluso esto queda en el terreno de la conjetura: puede que, debido quizá a su avanzada edad, lo que haya dejado sea, simplemente, de escribir. 

    En El espejo de niebla, Strange nos vuelve a introducir en ese mundo extraño (haciendo honor a su nombre literario) al que nos tenía acostumbrados. Sin ánimo de hacer una sinopsis de la novela (suficientemente conocida por sus lectores), ni mucho menos una crítica exhaustiva de la misma, nos permitimos señalar, no obstante, el interesante detalle de que esta narración entra de lleno en la esfera de lo puramente fantástico. En anteriores relatos, Strange tocaba siempre esa esfera, pero sólo levemente, dejando que la fantasía se quedase en simple premonición, en vaga sospecha, como una tenue e inquietante figura silueteada en el umbral, a contraluz, sin suficiente claridad directa para definirla.
    Sus otros relatos forman parte de lo que Italo Calvino denominaba simplemente (siguiendo la teoría de Todorov) como "cuentos fantásticos"; en los cuales la aparición de la fantasía deja, a pesar de la lógica perplejidad inicial, una puerta abierta a la explicación racional. Lo increíble desarma a quien lo contempla, dejándole atónito y sin argumentos, pero queda prefigurada (vagamente apuntada) una posible aclaración, según los términos de lo real. Sin embargo, en El espejo..., esa supuesta racionalidad se torna imposible, porque el relato entra ya plenamente, como hemos dicho, en la esfera de lo irracional e inexplicable, en el ámbito de lo "maravilloso".
    Sin dejar de ser, al principio, un cuento "a lo Hoffmann" (donde las figuras y el paisaje, a pesar de su apariencia fantástica, son susceptibles de una transposición realista), El espejo de niebla, hacia la mitad de sus páginas, escapa a los límites de cualquier doble sentido en relación a ambos mundos, y entra a formar parte de otro tipo de cuento, mucho más en la línea de un Dunsany o un MacDonald. No es factible, pues, esa clase de interpretación, porque los hechos que se narran están transubstanciados; pertenecen a otro mundo absolutamente extraño, de reglas desconocidas e inaprensibles. No hay coalescencia con la realidad: lo narrado se mueve en tan extrañas coordenadas que tendríamos que hablar más bien de una total escisión de la misma. Quizá, aventurándonos más, pueda decirse que la acción se transforma en una especie de insólito viaje esotérico a través de un entramado de universos paralelos, en el que no hay ningún posible asidero para la razón, tal como la conocemos. Se entra ya, en profundidad, en la caótica e inasible dimensión de lo onírico.
    Hacemos hincapié en este punto, debido a la extrañeza que nos produce este singular cambio en el modo de escribir de nuestro autor. Máxime cuando se trata de su última obra, tras de la cual nos ha quedado sólo el silencio y el albur de las conjeturas (algunas de ellas de lo más peregrinas, como veremos más adelante). No pretendemos servirnos aquí de ningún tipo de hermenéutica para interpretar esta última obra de Arthur J. Strange; no es exactamente interpretar lo que buscamos. Puede que algún experto en literatura lo haga en su momento; o incluso que algún agudo psicoanalista junguiano, aficionado a la narrativa fantástica, intente dilucidar los contenidos subjetivos que se ocultan tras sus páginas y vierta luz sobre lo que ahora nos parece inefable. Pero a nosotros lo que nos mueve es únicamente el deseo de hallar la supuesta relación entre este último cuento y el destino personal de quien lo escribió.
    Se trata sólo de una hipótesis, evidentemente, pero nos inclinamos a creer que algo hay de fundamento en ella. Aparte de en una intuición o presentimiento (que no sabríamos valorar objetivamente), nos basamos en el hecho de la curiosa coincidencia entre la remisión de ese escrito postrero y la inmediata desaparición de su autor. 
    Lo que a algunos de sus lectores se nos ocurre pensar (y que motiva estas notas) es que el escritor no se limitó, en El espejo de niebla, a crear otra de sus habituales fábulas (dotándola de ese sorprendente cambio de rumbo sólo por dar un tinte diferente a su despedida), sino que hay algo más, velado en ese relato. Creemos que Arthur J. Strange quiso dejarnos un mensaje oculto en su historia... Suena aventurado, sí, pero no deja de ser asombrosa esa coincidencia, que señalábamos antes, con su entrada en la invisibilidad más absoluta. En poco tiempo, Strange pasó de ser un autor muy poco accesible a penetrar de facto en el oscuro círculo de la nada. Se nos antoja, cuando menos, una clase de "muerte" bastante extraordinaria, que deja un amplio margen a la especulación. Y lo más curioso de todo es que en el propio relato sucede algo parecido. 
    Cuando Austen, el protagonista del cuento, gracias al poder de un conjuro, traspasa el umbral del nebuloso espejo (de forma similar al conocido personaje de Carroll) y penetra en ese alucinante y confuso mundo, cargado de fantasía y misterio, hallamos razones para imaginar que hay una relación concreta y directa entre ficción y realidad... Cuando regresa a este mundo, a la normal sala de su casa, Austen se dedica casi toda la noche a escribir sobre lo que acababa de experimentar, sobre su insólito y maravilloso viaje, y después (usando la misma mágica fórmula de antes) vuelve a cruzar la densa niebla del espejo y desaparece para siempre. Este es el abrupto final del relato. No hay nada más escrito, a modo de conclusión, despedida o epílogo. De hecho, sus últimas palabras hacen referencia al deseo del protagonista de volver inmediatamente al espejo. Y precisamente ahí termina la narración. Lo que hace sospechar (a algunos lectores osados e imaginativos, entre los que modestamente me incluyo), que fue el propio Arthur J. Strange quien se internó en el mundo de más allá del espejo, justo después de concluir improvisadamente su relato. 
    Lo creemos así como atrevidos o fantasiosos lectores, ávidos de entender su sorpresiva e inexplicable consunción, sin tener muy en cuenta las extrañas implicaciones de esta hipótesis. Y nos inclinamos, asimismo, a imaginar que el escritor habría dejado previamente instrucciones a alguien conocido, para que el relato fuese enviado convenientemente a la editorial. De esa manera, Strange se aseguraría su publicación y difusión, con el deseo de legarnos la narración de una experiencia real (bajo el aspecto de una de sus ficciones), dejando a la perspicacia de cada uno de sus lectores el dar o no con la solución al enigma de su desaparición. Y añadimos, como notable detalle complementario que apoya nuestra teoría, que las últimas páginas originales no estaban mecanografiadas, como era su costumbre, sino manuscritas. Como si el autor hubiera estado bajo la tensión de alguna desconocida premura que le impidió terminar su tarea como solía hacerlo.
    No entramos en la controversia de si esto es o no posible. El tema es lo bastante raro (tocando lo sobrenatural) como para querer pronunciarse en uno u otro sentido, dado que sería entrar en un terreno ciertamente resbaladizo. Por ello, nos limitamos a dejar constancia de nuestra sospecha. Como también lo hacemos de esta otra, más trivial (de otra rama de lectores), que viene a decir que todo se reduce a un ágil montaje del escritor para elevar la venta de su libro, y de paso dejar en el aire ese olor a extrañeza y misterio del que tanto gustaba rodearse. Los que piensan así, creen que Strange sigue viviendo, oculto en algún lugar remoto, y disfrutando del tipo de vida tranquilo y anónimo que es de su preferencia.
    Tampoco sobre esta otra teoría podemos pronunciarnos con claridad, exceptuando el apunte de que, en principio, no nos parece estimable: puesto que Strange no tenía ninguna necesidad de esa clase de montaje para mejorar su ya bien aseada situación. Aparte de que no nos parece de recibo en alguien tan especial y exquisito como él, al que había muchas veces que insistirle e incluso rogarle para que enviara sus nuevos originales. Y en cuanto a su gusto por la extrañeza y el misterio, lo reconocemos como cierto, pero era una imagen ya lo bastante afianzada como para no precisar de ningún nuevo aditamento. 

    Y esto es todo. Queda a la deliberación de próximos lectores el decidirse, o no, sobre cualquier vertiente de este indudablemente enigmático tema. De todos modos, a la espera de la eventual conclusión a que se llegue en un futuro, nos resta mientras tanto el alivio de poder seguir disfrutando (los que somos aficionados incondicionales al género fantástico, en una u otra de sus ramas) de las buenas obras de este autor, por el que algunos hemos llegado a sentir auténtica admiración. Y lo único lamentable es que no podamos esperar, al parecer, ninguna novedad al respecto.
    Nos gusta imaginar que, ya sea en este mundo conocido o en el del otro lado del espejo, el viejo Arthur Jansen Strange continúa existiendo de una manera serena y gozosa. Por aquello de que hay ocasiones en que algunas personas privilegiadas logran atravesar el extraño y esquivo puente que une a la realidad con la dimensión de los sueños. En este caso, un espejo de niebla. 


Antonio Martín Bardán
(27 de septiembre, 2013)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sortilegio de otoño



    «Sabed que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, y todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo.»


Joseph von Eichendorff

("Sortilegio de otoño")


    Ayer, sobre el final de la tarde, salí a pasear con un librito de cuentos guardado en la chaqueta (algo poco habitual en mí, que prefiero dedicarme en mis paseos a contemplar el paisaje y a pensar, y que reservo los tiempos de lectura para la intimidad de mi cuarto), con la sana intención de irme hacia las afueras del pueblo y leerlo allí tranquilamente, lejos del bullicio que provoca este tiempo aún soleado y caluroso. El librito forma parte de una buena antología de cuentos fantásticos del siglo XIX ("Lo fantástico visionario", es su título), editada en diez pequeños volúmenes, preparada y extensamente comentada por el escritor Italo Calvino. Y el cuento que elegí, para comenzar la lectura, es uno de Eichendorff (a quien llamaban el "cantor del bosque alemán"), el primero que escribió, cuando sólo tenía veinte años, "Sortilegio de otoño". La verdad es que me ha gustado mucho (a pesar de notarse algo su joven inexperiencia), y me ha trasladado de tal manera a su interior que cuando alzaba los ojos del libro y veía, agradecido, que las nubes habían aparecido, por fin, sobre el verde horizonte, me sentía dentro de un paisaje romántico; como si estuviese, por ejemplo, en la vereda de una serena campiña, muy cerca de los bosques de la Selva Negra alemana. Así de caprichosa y de grata es a veces la imaginación.
    El cuento, tal como explica Calvino en su introducción, es una versión de una antigua leyenda medieval. Y ha sido para mí muy placentero volver a leer un cuento de hadas, uno de esos maravillosos (y misteriosos) cuentos que siempre me han encantado. Aunque esta historia tiene su indudable parte oscura, un cierto patetismo poco saludable (como el que resulta de escuchar, en determinadas circunstancias, algunos nocturnos de Chopin, por ejemplo)... Comprensible, si tenemos en cuenta que su tema principal es la pasión amorosa, pero enredada en extraños conflictos. Aún así, en seguida me he sentido atraído por ese paisaje típico de leyenda: de montañas, valles y castillos, de brisas susurrantes y músicas en la lejanía. Y, sobre todo, por el seductor aliento de lo  maravilloso, que suele acompañar a este tipo de relatos; sin olvidar, por supuesto, la inquietante (y a veces sombría) presencia de lo mistérico y numinoso que incluye esa calidad de maravilloso. 
    Son lecturas que me resultan muy agradables y de las que salgo siempre con la sensación de haber conectado de nuevo con viejas y queridas aficiones; esas tendencias antiguas (a veces olvidadas o relegadas, en aras de lo contemporáneo) que entroncan con lo más íntimo y personal del caminante lector que aquí suscribe. Ahora, por las noches, no me duermo sin antes leer algunos pasajes de Lilith (de 1895), una de las fantásticas novelas del escocés George MacDonald (maestro de Lewis Carroll y de Tolkien, entre otros). Son lecturas que predisponen a la mente a tener esas noches muy interesantes y sentidos sueños.
    Transcribo aquí el sustancioso cuento de Eichendorff, aparte de que porque imagino que no es muy conocido, porque me gustaría que os acercárais a su viejo y peculiar encanto; el cual, como ya apunté antes, no está exento de cierta oscuridad sentimental con su consiguiente dramatismo. Pero posee, asimismo, todos los buenos ingredientes del género, y creo que bien merece la pena leerlo, como muchos otros de aquella exquisita época en que floreció el romanticismo alemán; rico en maravillas, mitos y leyendas (con sus interesantes reflexiones filosóficas), que alimentan, aún hoy en día, la sed de algunas mentes saturadas de tantas banalidades, como las que abundan en este mediocre mundo moderno de ahora, plagado de ubicuos deportes de masas, necios concursos televisivos y musiquillas de moda, ruidosas e insustanciales.
    Así que, para los que seais aficionados a los cuentos de hadas (es decir, amantes de la fantasía y el misterio), aquí teneis una buena muestra del entonces joven e inexperto Eichendorff, en la que ya apuntaba, no obstante, como el maestro que después fue.


Antonio Martín Bardán
(25 de septiembre, 2013) 
      
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Sortilegio de otoño

(Die Zauberei im Herbst, 1808-1809)

por Joseph von Eichendorff


Eichendorff (1788-1857), narrador y poeta, es uno de los autores más brillantes del romanticismo alemán; su obra más representativa es la breve novela Historia de un holgazán (1826). En la novela corta que incluyo aquí, la primera que escribió —a los veinte años—, aunque fue publicada póstuma, Eichendorff nos da una versión romántica de una famosa leyenda medieval: la de la estancia de Tannhäuser en el paraíso pagano de Venus, visto como el mundo de la seducción y del pecado. Esta leyenda —que Wagner transformaría después en ópera— será también la inspiración de otro cuento de Eichendorff, La estatua de mármol (1819), de ambiente italiano. Pero aquí el país del pecado es una especie de doble de nuestro mundo, un mundo paralelo, sensual y angustioso a la vez. Pasar de un mundo a otro es fácil, y volver a nuestro mundo no es imposible: pero el hombre que, después de haber sufrido el encantamiento y haber escapado, quería expiar sus culpas haciéndose ermitaño, al cabo opta por el mundo encantado y sucumbe ante él. 


Italo Calvino

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Sortilegio de otoño


El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una barba tupida y descuidada.
    Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Con el día, añadió, le indicaría la única manera de salir de auqellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.
    Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada una yacija de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué le había llevado hasta allí.
    —No indagues quién soy —respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo.
    Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en la yacija que le había ofrecido su huésped y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.
    A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:


        Me arrastra fuera de la cueva el temor.
        Me llaman viejas melodías.
        Dulce pecado, déjame
        o póstrame en el suelo
        frente al embrujo de esta canción,
        ocultándome en las entrañas de la tierra.
    
        ¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
        mas las imágenes del mundo siempre
        se interponen entre nosotros,
        y el rumor de los bosques
        me llena de terror el alma.
        ¡Severo Dios, te temo!

        ¡Oh, rompe también mis cadenas!
        Para salvar a todos los hombres
        sufriste tú una amarga muerte.
        Estoy perdido ante las puertas del infierno.
        ¡Qué desamparado estoy!
        ¡Jesús, ayúdame en mi angustia!


    Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.
    Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. Pronto alcanzaron la cima del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente sorprendido:
    —¡Ah, qué hermoso es el mundo! —exclamó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques.
    Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo. 

    La curiosidad le empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño le recibió esta vez sombrío y silencioso.
    Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.
    Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerle para que le acompañara a su castillo.
    Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al caballero.
    —Vos sois feliz —dijo—, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo respeto; vivís sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domináis con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las sirenas. Junto a vos me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la sobriedad!
    Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.
    —Si me prometéis —dijo finalmente— mantener eternamente en secreto lo que voy a contaros y me permitís omitir los nombres, lo haré.
    El caballero levantó la mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.
    Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido. Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la siguiente manera:


    «El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!
    »Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.
    »También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con horror, y salió al galope.»
    

    Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:
    

    «Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón. 
    »Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano, a través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.
    »De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del viento:


        Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
        se van los pájaros volando.
        Los pensamientos vagan sin consuelo
        ¡ay de mí, que no encuentran refugio!
        Y las oscuras quejas de los cuernos,
        golpean el corazón solitario.

        ¿Ves el perfil de los azules montes
        que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
        y los arroyos que en el valle silencioso
        se alejan susurrantes?
        Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
        todo se junta allá a lo lejos.

        Mis rizos de oro ondean
        y florece mi joven cuerpo dulcemente.
        Pronto sucumbe la belleza;
        igual que el esplendor se apaga del verano
        debe la juventud inclinar sus flores.
        Callan alrededor todos los cuernos.

        Esbeltos brazos para abrazar,
        y roja boca para el dulce beso,
        el cobijo del blanco seno,
        y el cálido saludo de amor,
        te ofrece el eco de los cuernos de caza.
        Dulce amor, ven, antes de que callen.


    »Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que, confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
    »Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las últimas estrellas del verano, brillaban allí con sus múltiples destellos. El sol poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.
    »Me dí cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a desmontar.
    »Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre la frente.
    »Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo: 
    »—¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.
    »Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.
    »Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.
    »—Debes saber —dijo— que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.
    »Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.
    »Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido por extraños pensamientos.
    »Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.
    »El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.
    »Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se manifestó delante de mí.
    »En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hierba y juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.
    »Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.
    »La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.
    »A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.
    »Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma tamién una piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí a mi amigo, el prometido de mi amada.
    »Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré.  Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.
    »De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.
    »Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del castillo:
    »—¡Abre! —gritaba fuera de mí—, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!
    »La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.
    »No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los brazos de la doncella.»


    En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el corazón.
    —Tranquilizaos —dijo el caballero—. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.
    Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de antes:


    «Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como recién creados.
    »Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas las damas se habían ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que, finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. El sol se ocultó detrás de los montes e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron involuntariamente. Caí adormecido y soñé.
    »Cuando me desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente, como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto, igual que cuando me había dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. Me acerqué a la ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre. Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.
    »Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.
    »Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de primavera.
    »—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado—. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?
    »Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaban los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi vida perdida.
    »No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en mi pasado era claro para mí.
    »Así viví todo un año hasta que me encontré con vos. Cada día elevaba ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. El sonido de las campanas de la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. Sabed que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, y todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo.»


    —¡Pobre Raimundo! —exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.
    —¡Por Dios! ¿Quién sois que conocéis mi nombre? —preguntó el ermitaño levantándose como herido por un rayo.
    —Dios mío —respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño—. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. Te he reconocido sólo cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. Ella tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía. Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para ti [sic]. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.
    A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.
    —¡Perdido, todo perdido! —exclamó trágicamente.
    Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.
    —Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión —decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas.
    Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.
    Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.
    Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.
    Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.
    Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.
    Raimundo, enloquecido, salió al jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto del pájaro.
    A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.

        Mis rizos de oro ondean
        y florece mi joven cuerpo dulcemente,

oyó, como si fuera un eco de la lejanía...

        y los arroyos que en el valle silencioso,
        se alejan susurrantes.

    Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.

        Y el cálido saludo de amor,
        te ofrece el eco de los cuernos de caza.
        ¡Dulce amor, ven antes de que callen!

resonó una vez más.
    Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde entonces nadie le ha vuelto a ver.


Joseph von Eichendorff
(1808-1809)


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- "Lo fantástico visionario" (al cuidado de Italo Calvino)
- trad.: V. Pérez Gil
- Ediciones Siruela (1987)