Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







martes, 30 de octubre de 2012

De sueños y sombras




Releyendo mis escritos, tengo que reconocer que mi lenguaje parece más bien limitado. Siempre estoy mencionando a los sueños y a las sombras...  Aunque también hablo de puentes, de nieblas, de brillos en la oscuridad y de otras cosas, los sueños y las sombras siempre están presentes. Supongo que forma parte indeleble de mi particular bagaje lingüístico, porque son expresiones que vengo usando desde hace ya muchos años. Tiene su sentido, por supuesto, pero creo que debería ampliar más el vocabulario.
Sin embargo, lo que sucede es que me identifico con esas palabras, y las elijo, aun inconscientemente, porque para mí están llenas de un significado muy personal.
Por "sueños" no entiendo sólo los viajes oníricos, sino sobre todo los anhelos, esas visiones plenas de sentimiento que a veces tenemos en medio del camino y que nos dejan entrever la figura de nuestros deseos más íntimos; esas ventanas especiales que se abren inopinadamente ante nuestros ojos y nos prenden la mirada... Y que son, en definitiva, las formas que adopta el horizonte ante nuestro ser, dibujando lo que el corazón quiere vivir, y ante las que llegamos a ver como una danza mágica entre la luna y las estrellas, entre la luz y el agua, como besos entre el vuelo del aire y el color de las nubes... En esos sueños nos parece incluso ver como la imagen de nuestro destino, o así se nos antoja cuando los miramos tocados por una especial emoción, que ninguna otra cosa de este mundo puede proporcionarnos. Se trata de lo más preciado, de lo más querido. Lo cual no quiere decir que sea cierto. Su realidad no está garantizada. Pero es, sin duda alguna, la voz que más fuerte nos llama a lo largo de nuestra vida, y cuando la seguimos es cuando más vivos y auténticos nos sentimos.
Y, en oposición, están las sombras... Las sombras son los puntos oscuros, esas áreas sin luz que nos persiguen en nuestro caminar, que nos atrapan a veces y no nos dejan avanzar en el sentido que deseamos. Forman intrincadas barreras, obstáculos, manchas en nuestra retina, y son capaces de oscurecer nuestra visión hasta el punto de perder el rumbo y abocarnos a un viaje a la deriva del que es muy difícil salir.
Las sombras son la otra cara de la moneda. El viento contrario. Aquello que debemos vencer, o al menos con lo que tenemos que entendernos para poder continuar el camino.
Supongo que hay otras muchas palabras para definir lo que quiero expresar con "sueños" y "sombras", pero para mí éstas son válidas. Así que, a pesar de la leve autocrítica de antes, creo que voy a seguir usándolas. Forman parte de mi lenguaje personal. Y como no soy escritor, no tengo por qué perder el tiempo buscando sinónimos, porque esas palabras tienen para mis oídos y mis ojos la sonoridad y la luz justa.

"Reencontrar lo perdido". Así titulé mi anterior escrito, aquí, en el cuaderno. Y me preguntaba esta misma mañana, mientras estaba leyendo nubes, qué es exactamente eso de "lo perdido"... La respuesta vino sola: lo perdido es el sueño, mi sueño. Y después me volvía a preguntar si yo aún, a mis años, tenía algún sueño... También la respuesta vino sola, aunque en esta ocasión tardó algo más en llegar. Y sí, a pesar del laberinto de sombras, mi sueño todavía está vivo, aún sigue conmigo, guardado en un pequeño cofre que tiene incrustada una preciosa gema azul.
Entre la gris hojarasca de las malas horas, de los vacíos, los olvidos y los desencuentros, luce aún esa diminuta flor, frágil pero intensa. Y a veces, sólo a veces, esa brisa fresca y extraña, que me gusta llamar magia, la despierta... Y entonces no hay ruido del mundo que me impida escuchar su música, ni telaraña de sombras que evite que me acerque a ella, lentamente, con suavidad exquisita, para dejar sobre alguno de sus pétalos un inclinado y lúcido beso.


Antonio H. Martín

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imagen: AHM 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Reencontrar lo perdido...

 
 
Últimamente, con el objeto de poner las etiquetas que faltan, dedico un tiempo a revisar las viejas entradas de este cuaderno. Y a veces me encuentro con alguna grata sorpresa, con algo que ya tenía olvidado pero que enlaza positivamente con lo actual. Como estas letras que escribí en diciembre del 2010, en las que hablo de esos momentos oscuros en que perdemos el brillo de la mirada, como ocurre ahora, pero añadiendo un final favorable, una puerta abierta por la que se deja entrever la luz perdida.
Sinceramente, leer este texto de hace casi dos años me ha sentado bien. Me ha comunicado con lo que sentí entonces, cuando lo escribí, y eso, de alguna forma, ha despertado en mí una muy buena sensación. La de que, después de un caminar agobiante por interminables cuartos de sombra, uno alcanza por fin un punto de salida, una vía abierta por la que llega a reencontrarse con aquello que había perdido, y puede respirar de nuevo aquel aire y ver aquella luz que tanto echaba de menos.
Así pues, me place volver a publicarlo. Releerlo, en esta noche de viento, me ha hecho sonreír, y eso, en este señor tan serio, es muy de agradecer.


Antonio H. M.

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Hay muchos momentos en las galerías del tiempo, de nuestro tiempo, entre los múltiples azares de la vida, en que perdemos el contacto con aquello que nos sustenta anímicamente. Eso que es como un lazo o un puente de magia a través del cual encontramos la fuerza y la alegría de vivir.
Son momentos difíciles, en los que llegamos a sentirnos vacíos y como perdidos en medio de un laberinto, solos y a la deriva en alta mar, sin brújula ni estrellas ni viento... Momentos en los que caminamos por la misma senda sin ver aquello que ayer nos hacía vibrar, en que nos miramos al espejo y no sabemos reconocer al extraño que allí se refleja... Momentos fríos, oscuros, en los que no nos llega el abrazo de la luna, como si hubiéramos tropezado con alguna sombra del camino, como si hubiese cambiado el rumbo del aire, dejándonos confusos y sin aliento.
En momentos así, se adueña de nosotros lo que suelo llamar "la mirada del mundo", esa mirada dura, material y escéptica, que nos enfrenta a un panorama desolador y caótico, a un desierto sin ilusiones ni promesas, a un vacío sin alma. Es como caer en el pozo de la noche...
Y entonces no queremos nada, ni a nadie. La compañía se vuelve gris, y la soledad huele a tristeza. Buscamos por todos lados las viejas señales, los letreros que indicaban el camino, pero... una lluvia ácida ha borrado sus letras, y no hay huellas que seguir en ninguna parte. Los árboles duermen, la luna calla, y las estrellas se ven tristes y lejanas.
Es como si algún extraño poder nos hubiera transportado a otro mundo, desconocido y hostil.

Pero siempre vuelve aquello... Lo perdido regresa, más tarde o más temprano, pero regresa. Es la hora del reencuentro, y todo retorna a su orden, al viejo y querido sentido, a la música antigua que escuchamos hace tanto tiempo, esa que nos enamoró para siempre... Y entonces ventanas y puertas se abren, los sueños recuperan sus alas, el aire su rumbo y los árboles su mirada.
Gracias, amiga magia, por volver.


Antonio H. Martín

"El reencuentro"
(6 de diciembre, 2010)

domingo, 14 de octubre de 2012

La llave de su templo...




Viendo que mi entrada de "La diosa del absurdo" lleva varios días apareciendo en el apartado de 'entradas populares', me ha apetecido volver a leerla, y allí me he encontrado con muy buenos comentarios. Entre ellos escojo y copio el primero, que es de la amiga Cristalook, al cual añado mi contestación. Y lo hago porque tanto mi escrito, que es de hace más de veinte años, como los comentarios que siguen, dan en la diana de este presente que ahora me toca vivir.
Es cuando menos curioso comprobar que, después de tantos años, ciertos asuntos vitales se repiten. Seguramente porque no han sido resueltos y vuelven una y otra vez, reclamando una solución. La verdad es que no es nada fácil escapar a esa rueda del absurdo. En mi entrada escribía lo siguiente:

"Reconozco en mí la existencia de dos fuerzas antagónicas que, logicamente, chocan entre sí. Una quiere romper, la otra conservar. Una quiere saltar las barreras e intentar un vuelo imposible y mágico sobre el abismo. La otra, sin embargo, quiere guardar las formas, el grato y pacífico sabor de lo conocido, y mantener una vida sedentaria y tranquila, sin grandes problemas, amante del detalle, de lo delicioso y lo bueno, pero temerosa de todo aquello que brilla en medio de la noche de una forma extraña e inquietante."

Bien, pues estas dos fuerzas siguen ejerciendo la misma influencia sobre mi vida. Con lo cual me sigo encontrando en medio del campo de batalla, sin que ésta termine de decantarse ni un sentido ni en otro. Llego a comprender que la solución, la paz entre estas dos fuerzas, vendría de la mano de eso que llaman "armonía entre contrarios", o algo así. Pero esta paz aún, a pesar del tiempo transcurrido, sigue sin llegar. Y la culpa de esto seguro que tiene que ver con esa otra fuerza, la tercera, de la que también hablo en mi escrito de 1990.
No, aparte de ciertos momentos especiales, no he descubierto aún dónde guarda la diosa del absurdo la llave de su templo. Seguro que está oculta en algún viejo y oscuro pliegue, entre una sombra y otra del laberinto, y es muy difícil de encontrar. Pero debo hacerlo, debo arrancarle del pecho la medalla de su poder. Sólo entonces podré tener una vida tranquila y amable, pero sin temor a cruzar el puente, sin miedo ante el vuelo de lo imposible...


Antonio H. Martín 

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 Cristal00k dijo...

Dejando aparte la calidad literaria de tus textos, que siempre raya la excelencia, los tienes como este, que sobrecogen el ánimo, amigo.
Creo que todos, del primero al último de los que por aquí nos acercamos, hemos tenido en algún momento, ese sentimiento ambivalente de vida derramada en el abismo de los días sin sentido, mientras parece que a lo lejos se vislumbra ese mágico puente que mencionas en tu escrito de hoy y que siempre parece estar fuera de nuestro alcance.
Vivimos, la mayor parte de las veces, aprisionados en un presente que sueña con un futuro ideal que siempre está y estará por llegar. Y mientras "no llega", se suceden los días, los años, la vida... tal como dices.
Leía no hace mucho en algún sitio que ahora no recuerdo, que no sé porque habríamos de preocuparnos del sábado, si no sabemos si llegaremos al viernes. Y me pregunto ¿qué extraño mecanismo emocional del ser humano, a pesar de saber esto, nos induce a actuar pensando en el capítulo posterior al que estamos escribiendo?
Pero sea como sea, a pesar de la limitada percepción humana, la consciencia de ese estado es quizás un primer y tímido paso para arrancarle esa medalla a tu diosa del absurdo y atravesar ese puente sin que nos atenace el miedo del "intento baldío". Nos atrapa, la certidumbre de una mal entendida seguridad, que ni siquiera nos sustrae de esa sensación de fracaso que tan bien describes. ¿Porqué entonces, no cruzar ese, y todos los puentes que se nos presenten para abandonar las sombras?
Inexplicable ¿verdad?
Espléndida y lúcida entrada, Antonio.

(9 de febrero de 2011)

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 Antonio H. Martín dijo...

Estoy de acuerdo, amiga Crystal:
el de la consciencia es un primer paso, no sé si tímido o no, pero desde luego absolutamente imprescindible. Quien no es consciente de su estado, de su carencia, de su encierro, nunca imaginará siquiera la necesidad de dar ese paso, y, por supuesto, nunca lo dará.
Creo que eso que denominas "extraño mecanismo emocional" tiene su razón de ser en la circunstancia de que no vivimos el presente de forma satisfactoria. Es decir, nuestro presente no nos llena, sentimos que se nos escapa de entre las manos como agua, y por eso nos gusta imaginarlo en un futuro más o menos cercano... Es nuestro modo, muchas veces desesperado, de creer en un sentido de nuestra vida, más allá del absurdo cotidiano que nos embarga.
Es muy cierto que desconocemos si vamos a llegar al viernes, pero aun así nos preocupamos del sábado y hasta del domingo. ¿Por qué? Porque lo necesitamos. Necesitamos creer en una extensión temporal lo bastante larga para que quepan en ella las mejores posibilidades, y su realización. Eso que el crudo presente parece negarnos continuamente.
Los seres humanos, cada uno en su nivel personal, tenemos el íntimo deseo de conseguir lo que anhelamos, y elegimos creer en que algún día la vida se fijará en nosotros, y que de una forma u otra lo lograremos. Ante la fuerza de este deseo, nos importa muy poco el calendario de la incertidumbre. Y nos decimos: si no es hoy, será mañana o pasado mañana.
No creer en ello, mirar a la vida estadísticamente, asumir la no consecución del sueño, dejarse derrotar por el vacío devenir de los días, es entrar en un vórtice peligroso que suele llevar a la destrucción; a eso que algunos llaman "muerte en vida".
Así que, amiga, aun a riesgo de parecer ilusos, nos gusta mucho pensar en ese sábado que no sabemos si llegará.
Está en la naturaleza humana el "cruzar puentes"...
Gracias por tus palabras, Crystal, pero la verdad es que me suenan muy raros términos como "calidad literaria" o "rayar la excelencia" en referencia a mis escritos. Sinceramente, no creo que mis letras se merezcan ni de lejos esas calificaciones. Es más: te aseguro que nunca he escrito nada con pretensiones de literatura, y si alguna vez ha dado esa impresión alguno de mis textos, sería porque andaba un poco jugando con las palabras y dí en la diana por casualidad.
En cambio, lo que sí te acepto y me emociona es eso que dices de que "sobrecogen el ánimo". Así entiendo yo mis escritos, como un diálogo íntimo que intenta remover el fondo en busca del tesoro.
Un gran abrazo, hada.

(9 de febrero de 2011)

viernes, 12 de octubre de 2012

La despedida

 


Hay que aprender a despedirse. La vida es una despedida casi continua, nos guste o no. De nada sirve aferrarse a la orilla, por muy bella que nos parezca, porque el río seguirá su curso inexorablemente, y el mandato de la vida es navegar con el río.
Podemos dejar pasar el tren y quedarnos en la estación, como queriendo detener el tiempo en una etapa que nos es grata, pero pronto descubriremos que la pulsión y el aliento de la vida se fueron en ese tren, y que la estación está vacía. Que donde antes corría un aire fresco y limpio ahora sólo hay humo quieto y gris.
Podemos silbar e intentar entonar las viejas melodías, pero la auténtica música ya se fue, y lo que queda en la estación es sólo un grave silencio que en vano nos empeñamos en adornar con los pinceles de la memoria, violines rotos que han perdido su voz.
Es otoño. Después vendrá el invierno y más tarde una nueva primavera. Pero para alcanzarla, hay que subirse al tren y seguir el curso del río, seguir el curso del tiempo, que es la corriente de la vida.


Antonio H. Martín




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música: "The Parting" - Michael Hoppe & Vangelis

lunes, 8 de octubre de 2012

La casa de la colina

 
 
En uno de mis ensueños de juventud, uno de los más estimados, disfrutaba de una casa en lo alto de una suave colina. Esta casa tenía una amplia terraza en su parte posterior, desde la que podía observar las últimas luces del atardecer, mientras soplaba una fresca brisa que venía de las montañas del oeste. Era para mí una imagen muy querida, como digo, y en ella me sentía feliz. Una imagen que seguramente bebió en la fuente de algún sueño, influido por ciertos cuentos de Dunsany, así como por alguna de las primeras historias de Lovecraft, cuando aún mezclaba lo puramente estético con lo numinoso.
De esa casa sólo recuerdo lo de salir a la terraza a ver la ígnea pintura del ocaso, esa grieta entre los mundos, y quedarme allí hasta bien entrada la noche. Estaba en ese sereno lugar durante horas, en silencio, embelesado por el espectáculo de la luna y las estrellas. La escena parecía estar tocada por un encanto especial que no necesitaba de ningún nombre, de ninguna simbología. Era como contemplar las líneas del infinito; un infinito amable, que parecía sonreír desde ese fondo de misterio de que está hecha la vida. Me apoyaba en la balaustrada y más tarde me sentaba en una silla, y miraba, sólo miraba... Sin que el tiempo fuese peso ni expectativa, porque allí no existían ni el ayer ni el mañana.
Es así el aire de ciertos sueños... El lenguaje indescifrable se vuelve diáfano como el cristal del agua en un charco de lluvia recién caída. Y el enigma se disuelve y transparenta, nos habla con claridad, en un lenguaje que no entendemos pero que sentimos. No vemos entonces ningún laberinto de signos complejos y oscuros, sino la sinfonía de las esferas, la música en su estado más puro, la figura luminosa de la magia, danzando ante nuestros asombrados ojos como una diosa.
Eso es lo que recuerdo de aquel ensueño que me acompañó en mi juventud. Así que haré lo posible por recuperarlo. Quiero volver a aquella casa de la colina.


Antonio H. Martín

sábado, 6 de octubre de 2012

Mi futuro...



"No tengo futuro, sé que mis días se acaban, el presente no es agradable, sólo consiste en cosas que se quedan por hacer."

  Leonard Cohen


Estas letras de una canción de Cohen, que acabo de encontrar citadas en un periódico, me colocan una vez más en esa línea oscura, pero evidente, de esta última realidad. Lo que dicen es simple, sí, pero al mismo tiempo aplastante. Lo de no tener futuro, lo de que los días se terminan inevitablemente, que el presente no es grato y que sólo se compone de cosas que nunca llegarán a puerto..., es una sensación muy vívida en estos últimos tiempos. Tiempos intensos, pero asimismo vacíos, aburridos y oscuros.
Pero, hay algo extraño en mí, algo que me mantiene, algo que me sujeta, una última cuerda de buenos sueños, quizá, que no deja que me pierda en la tiniebla. No sé lo que aguantará aún esta cuerda, pero de momento está aquí, rodeando mi cintura y mi mirada, como un salvavidas, como una tabla en medio del océano.
Futuro, seguro que no tengo. Al menos, soy incapaz hoy de verlo. Pero creo, no sé bien por qué, en un mañana distinto a este presente gris. Es como una especie de intuición, que me dice que el final será de otra manera... Supongo que la mente se fragua sus propios sueños, en base a los deseos que nos hacen sentir. Supongo que el pulso por la vida hace que nos neguemos a creer en un final absurdo. ¿Quién quiere ver su final como una reiteración de lugares comunes, vacíos y sin sentido?
Pero esta realidad, como una galería de espejos rotos, de flores sin aire ni luz, continúa en el tiempo, larga y cansada, y un día tras otro nos escupe su veneno. Las noches carecen de color, de voces, de sonrisas, y la luna permanece, casi siempre, en silencio, mirando hierática al perdido caminante... Son cada vez menos las historias, los cuentos enmudecieron, y los sueños nocturnos no son ya sueños, sino pasillos de sombras, pasillos de locura...
Y aun así, aquí estoy. Observando el cristal empañado de las horas e intentando leer en medio de la oscuridad. Futuro no creo que tenga, el presente es indeseable. Muchas cosas quedarán por hacer... Pero entre un día y otro, envuelto en noches frías y sin música, a vueltas con los interminables minutos de silencio, horas y horas larguísimas y mudas, este caminante seguirá mirando hacia su interior. Porque siente, inexplicablemente, que en alguna parte podrá hallar una fisura en el entramado, un atajo en el laberinto, un hueco en la pegajosa tela de araña, y encontrar el camino de regreso...


Antonio H. Martín  

miércoles, 3 de octubre de 2012

Nadie

 
 
Nadie, no soy nadie... Los últimos acontecimientos de mi vida me colocan en esa situación. Nunca fui importante, y ahora aún menos. Pero, una tarde en el jardín del balneario, entre los árboles centenarios, un pasear por los senderos del valle o conducir con el coche por los caminos de montaña me devuelven la imagen de mí mismo, la vieja imagen enamorada de los sueños. Al fin y al cabo, son muy básicas las cosas de las que estamos hechos. Una sonrisa, un atardecer, una voz amiga, un libro, una música, una caricia de la brisa, algún brillo en el espejo del río... Con estas cosas sigo viviendo. Y estas cosas configuran mi destino, y mi vida. La verdad es que no me quejo de nada. A pesar de que nada es como esperaba, nada me sorprende. Todo sigue su curso. Y yo lo sigo, fielmente, para ver a dónde me lleva... Sigue habiendo nubes en el cielo. Por la noche se siguen viendo estrellas. Y la luna, a veces, me sigue contando historias. ¿Qué más puedo necesitar?


 AHM.