Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 22 de junio de 2012

Iris (IV)



IRIS (IV)

por Hermann Hesse



En una ocasión volvió a visitar, en el tormento de su búsqueda impotente, la vieja patria. Volvió a ver sus bosques y calles, sus senderos y vallados, estuvo en el jardín de su niñez y sintió una agitación de olas en su corazón. El pasado lo envolvió como un sueño. Triste y silencioso regresó de ese lugar. Hizo correr la voz de que estaba enfermo y despidió a quienes se interesaban por su estado.
Uno, sin embargo, llegó hasta él. Era su amigo, al que no había vuelto a ver desde su petición de mano a Iris. Llegó y vio a Anselmo desaseado, sentado en su melancólica reclusión.

"Levántate", le dijo, "y ven conmigo. Iris quiere verte".

"¿Iris? ¿Qué le ocurre?... ¡Oh, ya lo sé, ya lo sé!"

"Sí", dijo el amigo, "ven conmigo. Va a morir, está enferma desde hace mucho tiempo".

Fueron a casa de Iris, quien, ligera y delgada como un niño, yacía en su lecho y sonreía luminosamente, con los ojos agrandados. Dio a Anselmo su leve y blanca mano de niño, que quedó como una flor en la de él, y su rostro estaba como iluminado.

"Anselmo", dijo. "¿Estás enojado conmigo? Te he impuesto una tarea difícil y veo que has permanecido fiel a ella. ¡Sigue buscando y ve por ese camino hasta que llegues a la meta! Creías seguirlo por mi causa, pero vas en él por tu propia causa. ¿Lo sabías?"

"Lo presentía", dijo Anselmo, "y ahora lo sé. Es un largo camino, Iris, y habría retrocedido hace mucho tiempo, pero no encuentro el camino de vuelta. No sé qué va a ser de mí".

Ella miró sus ojos tristes y sonrió con una sonrisa luminosa y consoladora; él se inclinó sobre su fina mano y lloró largo tiempo, de manera que la mano quedó humedecida por sus lágrimas.

"Lo que vaya a ser de ti", dijo ella con una voz que parecía la evocación de un recuerdo, "lo que vaya a ser de ti, no necesitas preguntarlo. Has buscado muchas cosas en tu vida. Has buscado honores, y la felicidad, y la sabiduría, y me has buscado a mí, a tu pequeña Iris. Todas han sido lindas imágenes, y te abandonaron, lo mismo que yo tengo que abandonarte ahora. Igual me sucedió a mí. Siempre he buscado, y siempre se trataba de imágenes bonitas y placenteras, pero siempre continuamente fueron decayendo y marchitándose. Ahora no sé de ninguna imagen, no busco nada más; he regresado y sólo me falta dar un paso pequeño para estar ya en mi casa. También tú llegarás allí, Anselmo, y entonces no habrá más arrugas en tu frente".

Estaba tan pálida que Anselmo, desesperado, exclamó: "¡Oh, espera todavía, Iris, no te marches aún! ¡Déjame una señal de que no te perderás para mí definitivamente!"

Ella asintió con la cabeza, y de un vaso que tenía al lado, tomó un lirio azul recién florecido y se lo dio.

"Ten mi flor, el iris, y no me olvides. Búscame, busca el iris, y después vendrás a mi casa".

Llorando tomó Anselmo la flor en sus manos y llorando se despidió. Y habiéndole más tarde enviado su amigo un aviso, regresó a la casa y ayudó a adornar con flores el ataúd de Iris y a darle sepultura.


Después su vida se derrumbó; no le parecía posible seguir hilando aquella hebra. Lo dejó todo, abandonó la ciudad y el cargo, y se perdió por el mundo. Fue visto aquí y allá; un día apareció en su tierra y se apoyó en el cercado del viejo jardín; pero cuando la gente llegó para hacerle preguntas y recibirlo, se volvió a marchar y desapareció.
Perduró su amor a los lirios. A menudo se inclinaba sobre alguno, y entonces ella se le hacía siempre visible, y cuando hundía largo tiempo su mirada en la corola, le parecía que desde las azuladas profundidades ascendían hasta él el aroma y el presentimiento de todo lo pasado y lo venidero, hasta que proseguía triste su camino, porque la consumación no llegaba. Era como si escuchase junto a una puerta que se hubiera quedado entreabierta y percibiese tras ella el aliento del secreto más encantador, y precisamente cuando creía que todo iba a dársele y cumplírsele en ese momento, la puerta se cerraba de golpe y el viento del mundo azotaba fríamente su soledad.

En sus sueños le hablaba su madre, cuya figura y rostro veía ahora tan claros y próximos como nunca en tantos largos años. Iris también le hablaba, de modo que cuando despertaba permanecía el sonido de sus palabras, y en ello se detenía a pensar toda la jornada. No tenía residencia fija; recorría, desconocido, los países; dormía en casas, dormía en bosques; comía pan o comía bayas; bebía vino o bebía el rocío de las hojas de los matorrales. De nada se daba cuenta. Para unos, era un loco; para otros, un mago. Muchos le temían, muchos se reían de él, muchos lo amaban. Aprendió a estar entre niños, cosa que nunca había sabido, y a participar en sus extraños juegos, a dialogar con una rama desgajada y con una piedrita. Inviernos y veranos desfilaron por delante de él; miraba dentro de las corolas de las flores, en los arroyos y los lagos.

"Alegorías", se decía de vez en cuando, "todo es alegoría".

Pero en su interior sentía un ser que no era alegoría y detrás del cual iba; ese ser le hablaba en ocasiones y su voz era la de Iris y la de su madre, y le traía consuelo y esperanza.

Le sucedían cosas asombrosas y no lo asombraban. Así, una vez, en invierno, caminaba por tierras cubiertas de nieve, y en su barba se había formado hielo. Y en la nieve se erguía, puntiagudo y esbelto, un tallo de iris, del que había brotado una hermosa flor única. Se inclinó hacia ella y sonrió, pues entonces cayó en la cuenta de aquello que el nombre de Iris le sugería incesantemente. Recordó su sueño de la infancia, y vio, entre varas de oro, la estriada ruta azul claro luminosa, que llevaba al misterio y al corazón de la flor; y supo que allí estaba lo que él iba buscando; allí estaba el ser que ya no es más imagen.
Y de nuevo le llegaron advertencias; sueños lo conducían. Fue a parar a una cabaña en la que había niños, y jugó con ellos; le contaron historias; le contaron que en el bosque, cerca de la cabaña de los carboneros, había ocurrido un milagro. Allí podía verse abierto el portal de los espíritus, que sólo se abre cada mil años. Él escuchaba y asentía con la cabeza a la imagen querida. Y prosiguió su camino; delante de él iba cantando un pájaro en la aliseda, un pájaro de voz dulce y extraña, como la voz de la fallecida Iris. Lo siguió; volaba y saltaba más allá, al otro lado del arroyo y hasta pleno bosque.

Cuando el pájaro calló y ya no lo veía ni oía, Anselmo se detuvo y miró en torno. Se hallaba en un profundo valle del bosque; bajo las verdes y anchas hojas corrían las aguas; todo lo demás estaba silencioso y en actitud de espera. Pero dentro de su pecho seguía cantando el pájaro con la voz amada, lo que le dio deseos de avanzar, hasta encontrarse frente a un muro rocoso en el que crecía el musgo y en cuyo centro se abría una grieta, la cual llevaba, con dificultad y estrechez, al interior de la montaña.
Un anciano, que estaba sentado ante la abertura, se levantó al ver venir a Anselmo, y exclamó:

"¡Atrás, oh mortal, atrás! Ésta es la puerta de los espíritus. Ninguno de los que entraron aquí ha regresado".

Anselmo alzó la vista y contempló el portal rocoso; por allí vio perderse en las honduras de la montaña un sendero azul, y a los dos costados se levantaban columnas de oro muy apretadas. El camino se hundía hacia el interior, descendiendo, como dentro del cáliz de una flor enorme.
El pájaro cantó claramente en su pecho, y Anselmo, pasando cerca del guardián, penetró por la hendidura y se adelantó entre las columnas doradas hacia el misterio azul del interior. Era Iris, en cuyo corazón estaba penetrando, y era el lirio del jardín materno, en cuyo cáliz azul entraba como flotando. Y mientras iba silenciosamente al encuentro del crepúsculo de oro, todos los recuerdos y todo el saber concurrieron al mismo tiempo en él; tocó su propia mano y era pequeña y blanda; en su oído sonaron, próximas y familiares, voces de amor; sonaban cálidas, y las doradas columnas resplandecían como en las primaveras de la infancia.

Y también su sueño estaba de nuevo allí, el que había soñado de niño, cuando descendía dentro del cáliz y detrás de él se deslizaba y lo acompañaba el mundo de las imágenes, y él se sumergía en el misterio que yace detrás de todas las imágenes.
Suavemente comenzó a cantar, y su camino suavemente descendía hacia la patria.


Hermann Hesse (1919)


(FIN)



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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- imagen: "Lilla-iris-randers" (de BIG)

martes, 19 de junio de 2012

Iris (III)




IRIS (III)


por Hermann Hesse




Muchos problemas había tenido que enfrentar en su vida, muchos los había solucionado; pero ninguno había sido extraño, de tanto peso y a la vez tan descorazonador como aquél. Días y días se los pasaba dando vueltas y pensando en él hasta el cansancio, y siempre llegaba un momento en que, desesperado y furioso, calificaba de maniático capricho de mujer todo ese asunto y lo alejaba de su mente. Pero más tarde, algo muy hondo en su interior le decía que no; era como un dolor muy sutil u oculto, una advertencia suavísima y apenas perceptible. Aquella delicada voz, que surgía de su propio corazón, le daba la razón a Iris y le hacía la misma recomendación que ella.
Pero aquel problema era demasiado difícil para el sabio. Debía de acordarse de algo olvidado mucho tiempo atrás; de entre la telaraña de los años sumergidos, debía apresar con sus manos alguna cosa y ofrecerla a su amada, fuera un apagado trino de pájaro, un dejo placentero o triste al escuchar una melodía, algo acaso más sutil, efímero e incorpóreo que una idea, más vano que el sueño de una noche, más incierto que la niebla de la mañana.

En muchas ocasiones, cuando, desanimado, había apartado de su mente todo eso y lo había abandonado de mal humor, al poco tiempo y de improviso llegaba a él una especie de soplo, como un aliento de jardines remotos: murmuraba entonces para sí el nombre de "Iris" diez y más veces, en voz baja y juguetonamente, como quien busca un tono en una cuerda tensa. "Iris", susurraba, "Iris"..., y sentía un dolor sutil, como algo que se moviera en su interior, al igual que cuando en una casa vieja y abandonada se abre una puerta o rechina un postigo sin que se sepa la causa. Buceaba en sus recuerdos, que creía tener bien ordenados, y realizaba descubrimientos tan asombrosos como desconcertantes. Su riqueza de recuerdos era infinitamente menor de lo que se había figurado. Cuando intentaba evocarlos, le faltaban años enteros que quedaban vacíos igual que páginas en blanco. Encontró que le costaba gran esfuerzo volver a representarse con claridad la imagen de su madre. Había olvidado totalmente cómo se llamaba una muchacha a la que, en su juventud, había perseguido con ardientes peticiones de mano. Se acordó sí de un perro que había comprado por capricho hacía mucho, cuando estudiante, y que lo había acompañado una larga temporada, pero necesitó días para volver a recordar el nombre del perro.

Dolorido, el pobre hombre fue observando con creciente tristeza y angustia, qué perdida y vacía quedaba detrás de él su vida pasada, ajena y sin relación con su propia persona, a la manera de algo que se ha aprendido de memoria en otro tiempo y de lo cual se consiguen reconstruir con mucho esfuerzo ciertos fragmentos solitarios. Empezó a escribir; quería fijar por escrito sus vivencias más importantes, año por año, para tenerlas así otra vez bajo su dominio. Pero, ¿dónde estaban sus vivencias principales? ¿Que había llegado a ser profesor? ¿Que una vez hizo el doctorado, que fue colegial, estudiante universitario? ¿O que en tiempos pasados le había gustado esta o aquella muchacha por una temporada? Aterrado alzaba la vista. ¿Era esto la vida? ¿Eso era todo? Y se golpeaba la frente y reía con violencia.

Entretanto, el tiempo corría, ¡jamás había corrido tan rápida e inexorablemente! Transcurrió un año, y le parecía que se hallaba todavía en el mismo punto que cuando se alejara de Iris. Sin embargo, en ese lapso había cambiado mucho, cosa de la que todo el mundo, excepto él, se daba cuenta. Había envejecido tanto como había rejuvenecido. Para sus conocidos se convirtió casi en un extraño; se lo hallaba distraído, voluble, raro; cobró fama de persona extravagante. Era una lástima... pero había quedado soltero demasiado tiempo. Llegó a ocurrir que se olvidara de sus obligaciones y que sus alumnos lo aguardaran en vano. A veces, sumido en cavilaciones, se deslizaba por las calles arrimado a las casas, y con el saco desastrado iba rozando las molduras y quitándoles el polvo. Algunos creían que había empezado a beber. Otras veces, empero, se detenía en medio de una disertación ante sus discípulos, intentaba acordarse de algo, sonreía de un modo infantil y cordial que nadie le había conocido antes, y continuaba con un acento cálido y emocionado que a muchos les tocaba el corazón.

El mucho tiempo de desesperada correría en pos de los perfumes y las borradas huellas de los años lejanos, le había otorgado un nuevo sentido, del que él mismo, no obstante, no se daba cuenta. Tenía la impresión, cada vez más frecuente, de que tras aquello que él había denominado sus recuerdos, existían otros recuerdos, lo mismo que en una pared con pinturas antiguas yacen, a veces debajo de las viejas imágenes, otras más antiguas todavía, que duermen ocultas por la más reciente. Quería traer a la memoria cualquier cosa, acaso el nombre de una ciudad en la que había pasado algunos días durante sus viajes, o la fecha del cumpleaños de un amigo, o cualquier otra cosa; y mientras escarbaba y desenterraba, como si fueran escombros, un pequeño trozo del pasado, se le aparecía de improviso algo completamente distinto a lo que buscaba. Lo sorprendía como un hálito, como el viento de una mañana de abril, o como un día nebuloso de setiembre; olía un perfume, gustaba su sabor, experimentaba oscuras y delicadas sensaciones en alguna parte, en la piel, en los ojos, en el corazón.

Y lentamente empezó a comprender: tuvo que haber existido un día azul, cálido o frío, gris o como quiera que fuese, y la esencia de ese día tuvo que haber penetrado en él, y luego habérsele adherido a modo de un oscuro recuerdo. En el pasado real no podía reencontrar ese día de primavera o de invierno que él olía y sentía nítidamente; faltaban nombres y cifras para ello; tal vez había sido en su época de estudiante, tal vez mucho antes, en la cuna; pero el aroma estaba allí, y él sentía vivir dentro de sí algo cuya naturaleza ignoraba y que no podía nombrar ni definir. A veces le parecía que aquellos recuerdos bien podían trascender desde el pretérito de una existencia anterior a la suya, aunque la ocurrencia le provocaba risa.

Muchas cosas encontró Anselmo en su peregrinaje desorientado a través de los abismos de la memoria. Muchas cosas encontró que lo enternecieron y conmovieron, y muchas que le produjeron angustia y terror; pero lo que no encontró fue eso que el nombre "Iris" significaba para él.


Hermann Hesse (1919)


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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- imagen: José A. Beorlegui (detalle)

jueves, 7 de junio de 2012

Iris (II)




(dedicado a Liz Hentschel, pintora de sueños)

Y he aquí la segunda parte de este cuento, que incluye unos interesantes diálogos. Según lo transcribía volvía a emocionarme como antaño, e incluso notaba que algunos matices me seguían tocando muy de cerca. El Tío Hermann siempre tan cercano...
Pronto llegará la tercera y última parte, para los que hayais tenido a bien leerlo.

Ah, y aprovecho para dar las gracias a la entrañable amiga Liz, la pintora de sueños, de México -a quien este relato está dedicado-, por permitirme poner sus cuadros para ilustrarlo.


Antonio M.

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IRIS (II)


por Hermann Hesse



En la gran ciudad, donde ahora Anselmo enseñaba a los estudiantes y era considerado como un prestigioso erudito, se paseaba, se sentaba o se ponía de pie igual que tantos otros individuos en el mundo, con su elegante traje y su sombrero, serio o afable, con la mirada viva -a veces un tanto fatigada- y era todo un señor, un investigador, tal como lo había deseado. Ahora le pasaba algo similar a lo que le había pasado al término de su infancia. Notaba los muchos años que habían ido deslizándose a lo largo de su vida, y se hallaba extrañamente solo e insatisfecho en medio de aquel mundo al que siempre aspirara. No constituía realmente una felicidad ser un señor profesor, no había verdadero placer en ser saludado respetuosamente por burgueses y por estudiantes. Todo aquello estaba como marchito y cubierto de polvo y la felicidad yacía de nuevo lejos, en el futuro, y el camino hacia ella parecía sofocante, polvoriento y vulgar.

En aquella época Anselmo frecuentaba la casa de un amigo suyo, atraído por su hermana. Ya no corría fácilmente detrás de un lindo rostro -también en esto había cambiado-, y sentía que la felicidad tendría que venir hacia él de una manera particular, que no podía estar guardada tras cada ventana. La hermana de su amigo le agradaba mucho, y a menudo creía tener conciencia de que realmente la amaba. Pero ella era una joven singular: cada paso y cada palabra suya estaban coloreados y acuñados de un modo propio, y no siempre resultaba fácil ir con ella y acompañarla al mismo paso. Cuando Anselmo se paseaba a veces por las noches de un lado a otro en la soledad de su habitación, y escuchaba pensativo sus propios pasos en el cuarto, entonces luchaba consigo mismo a causa de su amiga. Ésta tenía más años de los que él hubiera deseado para su mujer; era muy especial, y resultaba difícil vivir a su lado y que ella le siguiese en su ambición de erudito, pues no quería oír hablar de esas cosas. Tampoco era muy fuerte ni gozaba de buena salud, y por ello difícilmente podría soportar la vida social de reuniones y fiestas. Ella prefería vivir entre flores y música y tal vez con algún libro, en una soledad callada; esperaba que alguien llegara hasta ella y dejaba que el mundo siguiese su marcha.

Era tan tierna y sensible, que muchas veces lo extraño le producía dolor y rompía en llanto con facilidad, después de lo cual irradiaba serenidad y delicadeza dentro de su felicidad solitaria. Y quien presenciaba todo esto, sentía lo difícil que sería dar algo a aquella hermosa y extraña mujer, y que ese algo fuera importante para ella. En ocasiones creía Anselmo que ella lo amaba; otras veces le parecía que no amaba a nadie, que simplemente era tierna y afectuosa con todos, y que no ansiaba del mundo más que vivir en paz y que la dejaran tranquila. Pero él pretendía otras cosas de la existencia, y de tener una esposa, soñaba con una casa donde hubiera vida, sucesos, hospitalidad.

"Iris", le decía. "querida Iris, ¡si el mundo estuviera organizado de otro modo! Si no existiese en absoluto nada más que tu bello y tierno mundo de flores, pensamientos y música, entonces ya no desearía más que pasar toda la vida a tu lado, escuchar tus relatos y participar en tus pensamientos. Ya de por sí tu nombre me hace bien; Iris es un nombre maravilloso, y no sé qué me recuerda".

"Pero tú sabes", dijo ella, "que los lirios azules y amarillos se llaman así".

"Sí", exclamó él con una sensación opresiva, "lo sé, y ya esa relación es muy hermosa. Pero siempre que pronuncio tu nombre, quiere recordarme, además, alguna otra cosa, no sé cuál, como si estuviera ligado a recuerdos muy profundos, remotos e importantes, y sin embargo no sé ni caigo en la cuenta de cuáles pueden ser".

Iris le sonrió, mientras él, perplejo, estaba ante ella y se pasaba la mano por la frente.

"A mí me sucede eso cada vez que huelo una flor", dijo ella con su ligera voz de ave. "Entonces mi corazón cree siempre que el aroma está vinculado a la memoria de algo sumamente preciado y hermoso que hace mucho tiempo fue mío y que perdí. Con la música me ocurre también lo mismo, y a veces también con la poesía... De pronto algo centellea, y por un instante es como si uno divisara abajo, en el valle, a sus pies, una patria perdida; luego, súbitamente, vuelve a desaparecer, volvemos a olvidar. Querido Anselmo, pienso que ése es el sentido de nuestra presencia en la tierra, esa meditación y búsqueda, ese escuchar de lejanas melodías perdidas; tras ellas se extiende nuestra verdadera patria".

"¡Qué hermoso es eso que acabas de decir!", la alagó Anselmo, al tiempo que sentía en su pecho una conmoción casi dolorosa, como si una brújula allí oculta señalara su remoto destino irremisible. Pero aquel destino era totalmente distinto del que había querido dar a su existencia, y eso dolía. ¿Era digno de él perder el tiempo de su vida en ensueños ocultos detrás de bonitos cuentos de hadas?

Llegó luego un día en que, habiendo regresado Anselmo de un viaje solitario, se sintió tan fría y abrumadoramente recibido por su desnuda habitación de erudito, que corrió a casa de su amigo, dispuesto a solicitar la mano de la hermosa Iris.

"Iris", le dijo, "no puedo seguir viviendo así. Siempre has sido mi buena amiga y debo confesártelo todo. Necesito una esposa, de lo contrario tendría la sensación de llevar una vida vacía y sin sentido. ¿Y a quién debo desear por esposa, sino a ti, mi amada flor? ¿Quieres, Iris? Tendrás flores, tantas como pueda haber; tendrás el más bello jardín. ¿Quieres venir a mi casa?"

Iris lo miró larga y serenamente a los ojos; no sonrió ni se ruborizó. Su voz fue firme al contestarle:

"Anselmo, tu pregunta no me ha extrañado. Te quiero, aunque nunca he pensado en convertirme en tu mujer. Pero, querido amigo, exijo mucho del que haya de ser mi marido; exijo mucho más que la mayoría de las mujeres. Me has ofrecido flores, y tu intención es buena. Pero yo puedo vivir sin flores y también sin música; podría prescindir de ésas y de muchas otras cosas si fuera necesario. Sin embargo, hay una cosa de la que no puedo ni quiero prescindir; tampoco podría vivir un solo día sin ella, pues la música de mi corazón es lo esencial para mí. Si he de convivir con un hombre, debe ser con uno cuya música interior armonice perfecta y delicadamente con la mía; su única aspiración debe consistir en que su propia música sea pura y suene de acuerdo con la mía. ¿Eres capaz de hacerlo, amigo mío? Con ello probablemente no te harás muy célebre ni obtendrás honores; tu casa será silenciosa y las arrugas de tu frente, que conozco hace varios años, habrán desaparecido. ¡Ay Anselmo, esto no marchará! Mira, tú eres de tal condición que nuevas arrugas vendrán constantemente a surcar tu frente y te crearás continuamente nuevas preocupaciones; amas, sin duda, lo que yo pienso y soy y lo encuentras atractivo, pero para ti, como para los demás, se trata apenas de un juguete delicado. ¡Oh, escúchame bien! Todo esto que representa para ti un juguete, es para mí la vida misma y también debería serlo para ti; y todo a lo que tú te dedicas con esfuerzo y con cuidado, es para mí un juguete y, según mi juicio, no es digno de que uno viva para ello. Yo ya no cambiaré, Anselmo, porque vivo de acuerdo a una ley que está dentro de mí. ¿Podrías tú convertirte en otro? Porque sólo de ese modo podría yo transformarme en tu mujer".

Anselmo guardó silencio, sorprendido por la voluntad de aquella que él había juzgado débil y juguetona. Callaba y en la excitada mano estrujaba una flor que había tomado de la mesa.
Iris le quitó suavemente la flor de la mano -esto le llegó al corazón como un serio reproche- y luego, de improviso, sonrió luminosa y afectuosamente, como si del modo más inesperado hubiera encontrado un camino en medio de la oscuridad.

"Tengo una idea", dijo a media voz, y se sonrojó al decirlo. "La hallarás rara, te parecerá un capricho. Pero no lo es. ¿Quieres escucharla? ¿Podrás admitirla como algo decisivo entre nosotros?"

Sin comprender, Anselmo miraba a su amiga con la preocupación reflejada en el pálido semblante. La sonrisa de ella lo subyugó de tal manera que cobró confianza y asintió.

"Quisiera proponerte una prueba", dijo Iris, y enseguida volvió a ponerse muy seria.

"Hazlo, estás en tu derecho", se sometió su amigo.

"Se trata de algo serio para mí", dijo ella, "de mi última palabra. ¿Querrás tomar esto como cosa que me brota del alma, sin regatear, aunque no lo comprendas en un primer momento?"

Anselmo lo prometió. Entonces ella, mientras se levantaba y le daba la mano, dijo:

"Muchas veces me has dicho que al pronunciar mi nombre invariablemente evocabas alguna cosa olvidada que fue importante y sagrada para ti hace mucho tiempo. Ésta es una señal, Anselmo, y la misma ha hecho que te sintieras atraído hacia mí todos estos años. También yo creo que en el fondo de tu alma has perdido y olvidado algo importante y sacro, que tiene que volver a despertar para que puedas hallar la felicidad y alcanzar lo que te ha sido destinado. ¡Vete con Dios, Anselmo! Te doy mi mano y te ruego que partas y trates de recuperar en tu memoria eso que mi nombre te evoca. El día que lo hayas vuelto a encontrar, me iré contigo, como tu mujer, a donde quieras y no tendré otros deseos que los tuyos".

Estupefacto y confuso, intentó Anselmo replicarle y considerar como un capricho esa demanda; pero ella le recordó su promesa con una mirada terminante de advertencia, y él se calló. Con los ojos bajos tomó la mano de ella, se la llevó a sus labios y se marchó.


Hermann Hesse (1919)

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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- pintura: "El Jardín de Ken", por Liz Hentschel

lunes, 4 de junio de 2012

Iris (I)



(dedicado a Liz Hentschel, pintora de sueños)


Empiezo este mes de junio con otro relato del maestro Hesse, un märchen (cuento de hadas) de 1919. Me emocionó en su momento, hace ya muchos años, y lo sigue haciendo, aunque uno se emociona ya de diferente manera. Según el crítico José María Carandell, en este relato Hesse hablaba, parabólicamente, de su fallido matrimonio con Mia Bernoulli, su primera mujer, y de los desencuentros entre ambos. Y otro crítico, el traductor e introductor de la obra en castellano, Rodolfo E. Modern, comenta: "Su romanticismo esencial se saca de encima las circunstancias inmediatas y efímeras para bucear, a través del sueño, o mediante los muy modernos procesos analíticos del psicoanálisis que son su consecuencia (el cuento "Iris" ilustra acabadamente esta afirmación), en el descubrimiento de las verdades fundamentales capaces de otorgar a la vida una significación plena, noble y libre."
Para mí, que no soy crítico, este breve cuento es un pequeño ejemplo de bildungsroman (novela de aprendizaje o formación). Y narra algo que me suena mucho y muy de cerca: el confuso camino que va desde una prístina unión con la magia de la vida -que generalmente ocurre en la infancia-, pasando por el largo trecho intermedio de la relación con el mundo, hasta la vuelta, hasta el regreso al auténtico hogar.
De niños, y también de adolescentes, podemos introducirnos en el cáliz de una flor y ver en una mínima extensión de hierba todo un bosque. Yo mismo lo he hecho y, aun a riesgo de parecer loco, diré que en ciertas paredes de piedra he visto hasta montañas... Recuerdo, por ejemplo, un desván que descubrí una vez en una casa abandonada, en medio del campo, y allí, inexplicablemente, mi mirada se empequeñecía y paseaba con la imaginación por un mundo enorme, lleno de rincones secretos y tesoros. Sólo eran unos pocos metros cuadrados, pero mis ojos veían otra cosa, todo un universo...
Pero no es esta visión lo importante, no se trata de fantasear y convertir lo pequeño en grande, sino en sentir que allí, en lo que tenemos delante de los ojos está el secreto de la misma vida. Eso es lo valioso, y eso es precisamente lo que perdemos según nos vamos haciendo adultos. Y a lo que algunos, con suerte, vuelven después de muchas vueltas y revueltas por el mundo racional. El regreso a la magia...
De eso nos habla este cuento de Hesse. Quien vuelve nunca es el mismo, tras su viaje por el mundo, pero merece la pena el regreso si consigue volver a enlazar con aquello que de niño o de joven vió y sintió como la puerta que llevaba al sentido de la vida, de su vida. Nada que explicar, ningún argumento racional para justificar esto. Es nada más y nada menos que... un sentimiento.


Antonio Martín



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IRIS


por Hermann Hesse



En la primavera de su infancia, Anselmo correteaba por el verde jardín. Una flor entre las flores que su madre cultivaba y que había recibido el nombre de lirio, le era particularmente grata. Arrimaba sus mejillas a sus hojas altas, de color verde claro, apretaba con cuidado los dedos contra las puntas agudas, y miraba largamente en su interior aspirando su floración grande y maravillosa. Había allí largas ringleras de dedos amarillos que brotaban desde el pálido fondo azulado de la flor: entre las mismas se alejaba una vereda luminosa que, bajando por el cáliz, se adentraba en el remoto misterio azul de la flor. Anselmo la quería mucho, pasaba largo tiempo mirándola por dentro y contemplaba los delicados órganos amarillos que le parecían de oro como el cerco de un jardín real, o como una doble avenida de bellos árboles de ensueño a los que ningún viento movía y entre los que corría límpido, veteado por animadas arterias de suaves transparencias, el secreto camino que llevaba a su interior. Era prodigioso ver cómo se dilataba la bóveda; hacia atrás, el camino infinitamente profundo se perdía, entre árboles dorados, en abismos inconcebibles. Sobre él se curvaba la bóveda violeta con gesto soberano y arrojaba una tenue sombra encantada sobre la maravilla inmóvil y a la espera. Anselmo sabía que ésa era la boca de la flor, que tras la magnificencia de esa planta amarilla, tras su garganta azul, moraban el corazón y los pensamientos de la flor. Y que por aquel hermoso, claro, transparente camino estriado entraban y salían su aliento y sus sueños.
Y al lado de la flor grande existían otras más pequeñas, no abiertas aún. Sostenidas por pedúnculos firmes y jugosos, dentro de su pequeño cáliz de una piel verde pardusca, emergería de ellas la flor recién nacida, tranquila y vigorosa, sólidamente envuelta en lila y verdeclaro. De sus finos picos asomaba, enrollado con suave tirantez, un flamante e intenso violeta. También en estos pétalos nuevos, todavía firmemente enrollados, había vetas y centenares de dibujos para observar.

Por las mañanas, cuando Anselmo salía de casa, del sueño y el ensueño, y regresaba a su extraño mundo, allí estaba el jardín, siempre nuevo, aguardándolo como de costumbre. Y donde ayer contemplara con detenimiento un duro botón azul densamente enrollado, ahora, bajo su verde cubierta, tenue y azul como el aire, un tierno pétalo pendía, similar a una lengua y a unos labios, buscando a tientas la forma y la convexidad largo tiempo soñadas; y en la parte interior, donde proseguía la lucha silenciosa con la envoltura, se adivinaban, ya dispuestos, las finas florescencias amarillas, los claros caminos veteados y las remotas y perfumadas cimas del alma. Tal vez al mediodía, tal vez por la noche, el botón se abriría, desplegaría su abovedada tienda de campaña de seda azul sobre el dorado bosque de sueños, y sus primeros ensueños, pensamientos y canciones surgirían apacibles, alentados por el impulso de aquel abismo mágico.
Llegó un día en que, entre la hierba, no brotaron más que campanillas azules. Llegó un día en que, de pronto, hubo una resonancia nueva, un perfume nuevo en el jardín: sobre el follaje rojizo y asoleado pendía, blanda y bermeja, la primera rosa té. Llegó el día en que desaparecieron los lirios. Se habían ido; ningún sendero entre cercos dorados bajaba ya suavemente al fragante misterio; era extraño encontrar esas hojas rígidas, frescas y terminadas en pico. Pero había bayas maduras en los matorrales, y encima de los narcisos revoloteaban, libre y juguetonamente, nuevas e inexplicables mariposas de color pardo rojizo y dorso nacarado, así como esfinges zumbadoras de alas cristalinas. Anselmo hablaba con las mariposas y con los guijarros; tenía por amigos al escarabajo y a la lagartija; los pájaros le contaban historias de pájaros; los helechos le dejaban ver sus pardas y concentradas semillas escondidas bajo la cubierta de las gigantescas hojas; trozos de vidrio verde y cristalino apresaban para él los rayos del sol y se convertían en palacios, jardines y centelleantes cámaras de tesoros. Los lirios se habían ido, pero en cambio florecían las capuchinas; si las rosas té se marchitaban, maduraban las moras; todas las cosas se desplazaban, aparecían, duraban, se desvanecían y a su tiempo volvían a aparecer; inclusive esos días temibles y caprichosos, cuando el viento frío alborotaba entre los abetos y el follaje marchito crujía macilento y agónico en todo el jardín, traían también consigo una canción, una experiencia, una historia, hasta que todo nuevamente declinaba; la nieve caía ante las ventanas y bosques de palmeras crecían junto a los vidrios; ángeles con campanas de plata volaban en la noche; el zaguán y el desván olían a frutas desecadas. Jamás se extinguían la amistad ni la confianza en aquel universo de bondad. Y si en alguna ocasión, de repente, brillaban las campanillas blancas entre las negras hojas de la hiedra y volaban los primeros pájaros por las alturas nuevamente azules, era como si todo hubiera sido siempre así. Hasta que otro día, inesperadamente, pero siempre en el instante preciso y deseado, volvía a mirar la primera yema azulada desde uno de los tallos del lirio.

Todo era lindo para Anselmo, todas las cosas eran familiares y amistosas, a todas les daba la bienvenida; pero el momento supremo del milagro y la gracia era, para el muchacho, cada año, el del primer lirio. En su cáliz -una vez, en sus sueños infantiles más tempranos- había leído por primera vez en el libro de las maravillas; su aroma y su azul ondulante y múltiple habían significado para él llamada y clave de la Creación. Así lo acompañó el lirio a través de todos sus años de inocencia, renovándose cada verano y haciéndose más enigmático y conmovedor. También otras flores tenían boca, también de otras flores emanaban fragancia y pensamientos, y otras atraían asimismo abejas y escarabajos a sus pequeñas y dulces cámaras. Pero el lirio azul era la flor más importante para el muchacho y aquella a la que amaba más entre todas: se convirtió en símbolo y ejemplo de todo lo prodigioso y digno de reflexión. Cuando miraba dentro de su cáliz y seguía mentalmente absorto aquel diáfano sendero de ensueño por entre los extraños cogollos amarillos hasta la crepuscular intimidad de la flor, entonces su alma veía en ese pórtico en el que la apariencia se convierte en enigma y la visión en presentimiento. Algunas veces, de noche, soñaba con ese cáliz, lo veía enormemente grande y abierto ante él, como la puerta abierta de un palacio celestial; ingresaba a caballo o volando en un cisne; y con él volaba y montaba y se deslizaba sin ruido el mundo entero, atraído por arte de magia hacia la hermosa garganta, hacia abajo, donde la espera debía cumplirse y el presentimiento volverse verdad.
Todo fenómeno sobre la tierra es un símbolo, y todo símbolo es una puerta abierta, por la que el alma, si está preparada, puede entrar en la intimidad del mundo, donde el tú y el yo, el día y la noche, son uno. Ante cada hombre, alguna vez en su vida, aparece la puerta abierta en el camino; en cada hombre aletea en una ocasión la idea de que todos los objetos visibles son símbolos y de que, tras cada símbolo, habitan el espíritu y la vida eterna. Pocos pasan, es cierto, por esa puerta y renuncian a las bellas apariencias a cambio de la presentida realidad de lo íntimo.

Así, el muchacho Anselmo creía que el cáliz de su flor era como una pregunta abierta y silenciosa que, en medio de vislumbres borboteantes, instaba a su alma a dar una respuesta feliz. Después volvía a tironear de él la deliciosa multiplicidad de las cosas: hablaba y jugaba con la hierba y con las piedras, raíces, arbustos, bichos y todas las amistades de su mundo. A menudo se sumía en profundas meditaciones respecto de sí mismo; sentado, examinaba las peculiaridades de su cuerpo; sentía con los ojos cerrados al tragar, cuando cantaba o respiraba, extraños movimientos, sensaciones y percepciones en la boca y en el cuello; sentía también que allí estaban el camino y la puerta por los que un alma puede llegar a otra; observaba con admiración las significativas figuras coloreadas que se le aparecían con frecuencia desde la purpúrea oscuridad de sus ojos cerrados; manchas y semicírculos de azul y rojo subido, con claras líneas cristalinas entrelazadas. Muchas veces advertía Anselmo, con una emoción entre regozijada y temerosa, las conexiones múltiples y sutiles entre ojo y oído, olfato y tacto; durante bellos y fugaces instantes percibía sonidos, acentos, letras vinculadas entre sí y similares al rojo y al azul, a lo duro y a lo blando; o se admiraba al oler una planta o un trozo de verde corteza arrancada, o de lo extrañamente próximos que están el olfato y el gusto, y cuán a menudo uno se cambia en otro o se convierten en algo único.
Todos los niños tienen esa sensibilidad, si bien no todos la desarrollan con la misma fuerza y sutileza, y en muchos de ellos pronto desaparece, aun antes de haber aprendido las primeras letras, como si nunca la hubiesen tenido. En otros subsiste largo tiempo ese misterio de la infancia; y llegan a conservar para sí un resto y eco de él hasta la época de los cabellos blancos y los fatigados días postreros. Todos los niños, en tanto que están en el secreto, se ocupan de continuo y con toda el alma del único asunto importante, vale decir, de sí mismos y de las enigmáticas conexiones existentes entre su propia persona y el mundo circundante.

Buscadores de la verdad y sabios retornan con los años de madurez a estas ocupaciones, pero la mayor parte de los hombres olvidan y abandonan desde temprano este mundo interior de lo verdaderamente trascendental y vagan a lo largo de su existencia por los laberintos confusos de las preocupaciones, los deseos y los objetivos, ninguno de los cuales vive en lo íntimo ni los volverá a conducir a su intimidad y a su morada.
Los veranos y otoños de la infancia de Anselmo llegaban suavemente y se marchaban sin ser oídos; una y otra vez florecían y se marchitaban las campanillas blancas, las violetas, los alelíes amarillos, las siemprevivas, rosas y lirios, hermosos y abundantes como siempre. Convivía con ellos; la flor y el pájaro le hablaban; el árbol y la fuente lo escuchaban; llevó consigo, según la vieja costumbre, las primeras letras escritas en su cuaderno, los primeros disgustos con sus amiguitos, el jardín, su madre, el arriate adornado de coloridas piedras.

Pero una vez llegó cierta primavera que no olía ni sonaba como las anteriores; el mirlo cantaba, pero no la vieja canción; se abrió el lirio azul, y por el sendero de su cáliz, flanqueado con cercos de oro, no entraban ni salían ensueños ni historias legendarias. Reían las frutillas escondidas en su verde sombra; las mariposas revoloteaban brillantes sobre las altas umbelas; pero ya no era como antes y otras cosas empezaban a interesar al muchacho, que ahora discutía mucho con su madre. Él mismo no sabía qué le pasaba ni la razón de su sufrimiento, ni la causa de aquellos disgustos continuos. Únicamente veía que el mundo había cambiado, que las amistades de otrora se alejaban y lo dejaban solo.
Así transcurrió un año, y otro; Anselmo ya no era un niño. Los variados guijarros que rodeaban el arriate se habían vuelto fastidiosos, y las flores estúpidas; guardaba los escarabajos clavados con alfileres en una caja; su alma había iniciado el largo y duro rodeo, y los antiguos amigos se habían secado y agostado.

Impetuosamente irrumpió el joven en la vida, que sólo ahora creía que comenzaba. Borracho y olvidado quedó el mundo de las alegorías; nuevos deseos y caminos le atraían. Aún permanecía suspendida de él la niñez como una fragancia en la mirada azul y en el cabello suave, pero no le agradaba que le recordasen esos años. De esta manera se hizo cortar el pelo al rape y puso en la mirada tanta audacia y experiencia como le fue posible. Se precipitó con veleidad a través de aquellos inquietos años de espera, ora como buen estudiante y amigo, ora solitario y huraño, unas veces enfrascado en los libros, hasta por las noches, otras indómito y estrepitoso en las primeras orgías juveniles. Tuvo que abandonar su patria y sólo volvió a verla raras veces en cortas visitas, cuando, transformado, alto y bien vestido, visitaba a su madre. Traía consigo amigos, libros, siempre diferentes los unos y los otros, y cuando cruzaba el viejo jardín, éste parecía pequeño y callaba ante su mirar distraído. Nunca más volvió a leer historias en las vetas coloreadas de las piedras y las hojas, no volvió a ver jamás a Dios y a la eternidad habitando en el misterio floral del iris azul.

Anselmo fue colegial, fue estudiante; volvió a la ciudad natal con una gorra roja, luego con otra amarilla, con bozo encima de los labios y luego con barba incipiente. Trajo libros en idiomas extranjeros; una vez un perro; y en una cartera de cuero que guardaba junto al pecho llevaba poesías reservadas, o copias que contenían una sabiduría muy antigua, o retratos y cartas de lindas muchachas. Regresó de nuevo; había estado lejos en tierras extranjeras y había estado embarcado en grandes buques surcando los mares. Y otra vez regresó. Ya era un joven sabio, traía sombrero negro y guantes oscuros; y sus antiguos vecinos se quitaban el sombrero para saludarlo y le daban el nombre de profesor, aunque todavía no lo era. Vino otra vez, y esbelto y grave en su traje negro, caminó tras el lento carruaje que llevaba a su madre anciana, yacente en un ataúd engalanado. Después volvió en muy contadas ocasiones.


Hermann Hesse (1919)


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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- pintura: "La Verja", por Liz Hentschel (1997)