Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 7 de junio de 2012

Iris (II)




(dedicado a Liz Hentschel, pintora de sueños)

Y he aquí la segunda parte de este cuento, que incluye unos interesantes diálogos. Según lo transcribía volvía a emocionarme como antaño, e incluso notaba que algunos matices me seguían tocando muy de cerca. El Tío Hermann siempre tan cercano...
Pronto llegará la tercera y última parte, para los que hayais tenido a bien leerlo.

Ah, y aprovecho para dar las gracias a la entrañable amiga Liz, la pintora de sueños, de México -a quien este relato está dedicado-, por permitirme poner sus cuadros para ilustrarlo.


Antonio M.

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IRIS (II)


por Hermann Hesse



En la gran ciudad, donde ahora Anselmo enseñaba a los estudiantes y era considerado como un prestigioso erudito, se paseaba, se sentaba o se ponía de pie igual que tantos otros individuos en el mundo, con su elegante traje y su sombrero, serio o afable, con la mirada viva -a veces un tanto fatigada- y era todo un señor, un investigador, tal como lo había deseado. Ahora le pasaba algo similar a lo que le había pasado al término de su infancia. Notaba los muchos años que habían ido deslizándose a lo largo de su vida, y se hallaba extrañamente solo e insatisfecho en medio de aquel mundo al que siempre aspirara. No constituía realmente una felicidad ser un señor profesor, no había verdadero placer en ser saludado respetuosamente por burgueses y por estudiantes. Todo aquello estaba como marchito y cubierto de polvo y la felicidad yacía de nuevo lejos, en el futuro, y el camino hacia ella parecía sofocante, polvoriento y vulgar.

En aquella época Anselmo frecuentaba la casa de un amigo suyo, atraído por su hermana. Ya no corría fácilmente detrás de un lindo rostro -también en esto había cambiado-, y sentía que la felicidad tendría que venir hacia él de una manera particular, que no podía estar guardada tras cada ventana. La hermana de su amigo le agradaba mucho, y a menudo creía tener conciencia de que realmente la amaba. Pero ella era una joven singular: cada paso y cada palabra suya estaban coloreados y acuñados de un modo propio, y no siempre resultaba fácil ir con ella y acompañarla al mismo paso. Cuando Anselmo se paseaba a veces por las noches de un lado a otro en la soledad de su habitación, y escuchaba pensativo sus propios pasos en el cuarto, entonces luchaba consigo mismo a causa de su amiga. Ésta tenía más años de los que él hubiera deseado para su mujer; era muy especial, y resultaba difícil vivir a su lado y que ella le siguiese en su ambición de erudito, pues no quería oír hablar de esas cosas. Tampoco era muy fuerte ni gozaba de buena salud, y por ello difícilmente podría soportar la vida social de reuniones y fiestas. Ella prefería vivir entre flores y música y tal vez con algún libro, en una soledad callada; esperaba que alguien llegara hasta ella y dejaba que el mundo siguiese su marcha.

Era tan tierna y sensible, que muchas veces lo extraño le producía dolor y rompía en llanto con facilidad, después de lo cual irradiaba serenidad y delicadeza dentro de su felicidad solitaria. Y quien presenciaba todo esto, sentía lo difícil que sería dar algo a aquella hermosa y extraña mujer, y que ese algo fuera importante para ella. En ocasiones creía Anselmo que ella lo amaba; otras veces le parecía que no amaba a nadie, que simplemente era tierna y afectuosa con todos, y que no ansiaba del mundo más que vivir en paz y que la dejaran tranquila. Pero él pretendía otras cosas de la existencia, y de tener una esposa, soñaba con una casa donde hubiera vida, sucesos, hospitalidad.

"Iris", le decía. "querida Iris, ¡si el mundo estuviera organizado de otro modo! Si no existiese en absoluto nada más que tu bello y tierno mundo de flores, pensamientos y música, entonces ya no desearía más que pasar toda la vida a tu lado, escuchar tus relatos y participar en tus pensamientos. Ya de por sí tu nombre me hace bien; Iris es un nombre maravilloso, y no sé qué me recuerda".

"Pero tú sabes", dijo ella, "que los lirios azules y amarillos se llaman así".

"Sí", exclamó él con una sensación opresiva, "lo sé, y ya esa relación es muy hermosa. Pero siempre que pronuncio tu nombre, quiere recordarme, además, alguna otra cosa, no sé cuál, como si estuviera ligado a recuerdos muy profundos, remotos e importantes, y sin embargo no sé ni caigo en la cuenta de cuáles pueden ser".

Iris le sonrió, mientras él, perplejo, estaba ante ella y se pasaba la mano por la frente.

"A mí me sucede eso cada vez que huelo una flor", dijo ella con su ligera voz de ave. "Entonces mi corazón cree siempre que el aroma está vinculado a la memoria de algo sumamente preciado y hermoso que hace mucho tiempo fue mío y que perdí. Con la música me ocurre también lo mismo, y a veces también con la poesía... De pronto algo centellea, y por un instante es como si uno divisara abajo, en el valle, a sus pies, una patria perdida; luego, súbitamente, vuelve a desaparecer, volvemos a olvidar. Querido Anselmo, pienso que ése es el sentido de nuestra presencia en la tierra, esa meditación y búsqueda, ese escuchar de lejanas melodías perdidas; tras ellas se extiende nuestra verdadera patria".

"¡Qué hermoso es eso que acabas de decir!", la alagó Anselmo, al tiempo que sentía en su pecho una conmoción casi dolorosa, como si una brújula allí oculta señalara su remoto destino irremisible. Pero aquel destino era totalmente distinto del que había querido dar a su existencia, y eso dolía. ¿Era digno de él perder el tiempo de su vida en ensueños ocultos detrás de bonitos cuentos de hadas?

Llegó luego un día en que, habiendo regresado Anselmo de un viaje solitario, se sintió tan fría y abrumadoramente recibido por su desnuda habitación de erudito, que corrió a casa de su amigo, dispuesto a solicitar la mano de la hermosa Iris.

"Iris", le dijo, "no puedo seguir viviendo así. Siempre has sido mi buena amiga y debo confesártelo todo. Necesito una esposa, de lo contrario tendría la sensación de llevar una vida vacía y sin sentido. ¿Y a quién debo desear por esposa, sino a ti, mi amada flor? ¿Quieres, Iris? Tendrás flores, tantas como pueda haber; tendrás el más bello jardín. ¿Quieres venir a mi casa?"

Iris lo miró larga y serenamente a los ojos; no sonrió ni se ruborizó. Su voz fue firme al contestarle:

"Anselmo, tu pregunta no me ha extrañado. Te quiero, aunque nunca he pensado en convertirme en tu mujer. Pero, querido amigo, exijo mucho del que haya de ser mi marido; exijo mucho más que la mayoría de las mujeres. Me has ofrecido flores, y tu intención es buena. Pero yo puedo vivir sin flores y también sin música; podría prescindir de ésas y de muchas otras cosas si fuera necesario. Sin embargo, hay una cosa de la que no puedo ni quiero prescindir; tampoco podría vivir un solo día sin ella, pues la música de mi corazón es lo esencial para mí. Si he de convivir con un hombre, debe ser con uno cuya música interior armonice perfecta y delicadamente con la mía; su única aspiración debe consistir en que su propia música sea pura y suene de acuerdo con la mía. ¿Eres capaz de hacerlo, amigo mío? Con ello probablemente no te harás muy célebre ni obtendrás honores; tu casa será silenciosa y las arrugas de tu frente, que conozco hace varios años, habrán desaparecido. ¡Ay Anselmo, esto no marchará! Mira, tú eres de tal condición que nuevas arrugas vendrán constantemente a surcar tu frente y te crearás continuamente nuevas preocupaciones; amas, sin duda, lo que yo pienso y soy y lo encuentras atractivo, pero para ti, como para los demás, se trata apenas de un juguete delicado. ¡Oh, escúchame bien! Todo esto que representa para ti un juguete, es para mí la vida misma y también debería serlo para ti; y todo a lo que tú te dedicas con esfuerzo y con cuidado, es para mí un juguete y, según mi juicio, no es digno de que uno viva para ello. Yo ya no cambiaré, Anselmo, porque vivo de acuerdo a una ley que está dentro de mí. ¿Podrías tú convertirte en otro? Porque sólo de ese modo podría yo transformarme en tu mujer".

Anselmo guardó silencio, sorprendido por la voluntad de aquella que él había juzgado débil y juguetona. Callaba y en la excitada mano estrujaba una flor que había tomado de la mesa.
Iris le quitó suavemente la flor de la mano -esto le llegó al corazón como un serio reproche- y luego, de improviso, sonrió luminosa y afectuosamente, como si del modo más inesperado hubiera encontrado un camino en medio de la oscuridad.

"Tengo una idea", dijo a media voz, y se sonrojó al decirlo. "La hallarás rara, te parecerá un capricho. Pero no lo es. ¿Quieres escucharla? ¿Podrás admitirla como algo decisivo entre nosotros?"

Sin comprender, Anselmo miraba a su amiga con la preocupación reflejada en el pálido semblante. La sonrisa de ella lo subyugó de tal manera que cobró confianza y asintió.

"Quisiera proponerte una prueba", dijo Iris, y enseguida volvió a ponerse muy seria.

"Hazlo, estás en tu derecho", se sometió su amigo.

"Se trata de algo serio para mí", dijo ella, "de mi última palabra. ¿Querrás tomar esto como cosa que me brota del alma, sin regatear, aunque no lo comprendas en un primer momento?"

Anselmo lo prometió. Entonces ella, mientras se levantaba y le daba la mano, dijo:

"Muchas veces me has dicho que al pronunciar mi nombre invariablemente evocabas alguna cosa olvidada que fue importante y sagrada para ti hace mucho tiempo. Ésta es una señal, Anselmo, y la misma ha hecho que te sintieras atraído hacia mí todos estos años. También yo creo que en el fondo de tu alma has perdido y olvidado algo importante y sacro, que tiene que volver a despertar para que puedas hallar la felicidad y alcanzar lo que te ha sido destinado. ¡Vete con Dios, Anselmo! Te doy mi mano y te ruego que partas y trates de recuperar en tu memoria eso que mi nombre te evoca. El día que lo hayas vuelto a encontrar, me iré contigo, como tu mujer, a donde quieras y no tendré otros deseos que los tuyos".

Estupefacto y confuso, intentó Anselmo replicarle y considerar como un capricho esa demanda; pero ella le recordó su promesa con una mirada terminante de advertencia, y él se calló. Con los ojos bajos tomó la mano de ella, se la llevó a sus labios y se marchó.


Hermann Hesse (1919)

(...)

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- Ediciones Librerías Fausto (Buenos Aires, 1975)
- traducción: Rodolfo E. Modern
- pintura: "El Jardín de Ken", por Liz Hentschel

2 comentarios:

  1. He tardado en entrar por estos lugares asi que he leido la primera y la segunda parte todo a la vez.
    Interesante y muy ameno de leer.
    Besos

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  2. Me alegro, Malú.

    La tercera parte quizá la ponga esta misma noche.

    Un abrazo.

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