Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 31 de agosto de 2011

Un Buda



En Tokyo, durante la era Meiji, vivían dos prominentes maestros de caracteres opuestos. Uno de ellos, Unsho, instructor de Shingon (1), seguía los preceptos del Buda escrupulosamente. No probaba jamás bebidas alcohólicas, ni ingería alimento alguno a partir de las once de la mañana (2). Por el contrario, Tanzan, el otro maestro, profesor de filosofía en la Universidad Imperial, no respetaba nunca los preceptos. Comía cuando tenía hambre, y si le entraba sueño dormía durante el día.
Unsho decidió ir a visitar a Tanzan. Lo encontró bebiendo alegremente vino, del que se supone que ni una sola gota debe tomar la lengua de un budista.
"¡Hola, hermano!", le saludó Tanzan. "¿No quieres un trago?".
"¡Nunca bebo!", exclamó Unsho solemnemente.
"Alguien que no bebe no es siquiera humano", declaró Tanzan.
"¿Quieres decir que me consideras inhumano simplemente porque no consiento en beber líquidos embriagantes?", exclamó Unsho, irritado. "Si no soy humano, ¿qué soy entonces?".
"Un Buda", respondió Tanzan.

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(1) - Secta mística y ritualista del budismo que precedió en cuatro siglos a la aparición del Zen en el Japón.
(2) - Tal como hacían los monjes hindúes, que comían una sola vez al día. Si bien esta costumbre no persistió en la China y el Japón, debido al rigor de su clima, siempre quedaron algunos fanáticos que siguieron adaptados al modelo de la India.
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Carne de Zen - Huesos de Zen
Editorial Swan (Madrid, 1979)

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Don Juan Matus, el maestro de Castaneda, decía que en el mundo de los brujos sólo se bebe agua. Pero yo creo que exageraba, para educar a su discípulo y encauzar su mente, un tanto dispersa. No creo que beber de vez en cuando una copa de buen vino esté reñido con el conocimiento. Beber, con el debido control, es una de las buenas cosas de la vida, como comer, pasear, charlar, leer y mil cosas más. El secreto de todo ello está en la justa medida. Embriagarse no es beber, al igual que atiborrarse de comida no es comer. Todo tiene su punto, más allá del cual cualquier cosa que hagamos se deforma, pierde su gracia y su chispa y se convierte en perjudicial.
Quien lee un buen libro, por ejemplo, y lo hace despacio, saboreando cada página y deleitándose con la lectura, está viviendo ese libro, y seguro que acabará con una grata sensación, como si hubiera hecho un viaje a tierras extrañas, tal vez maravillosas, y se sentirá enriquecido. Pero no es lo mismo si leemos muchos libros a la vez, buscando frenéticamente un conocimiento, una información concreta, una acumulación de datos... En ese caso, la mente se satura y terminamos con una sensación como de mareo. Con el vino, como con muchas otras cosas, pasa lo mismo.
Una buena copa, en un buen momento, de calma, de sosiego, o de fiesta y alegría, solo o con amigos, es uno de esos pequeños placeres que tiene la vida, y no tenemos por qué impedírnoslo. Quien se emborracha no bebe, se emborracha, que no es lo mismo en absoluto, sino todo lo contrario. Más allá de la medida siempre está el caos.
Y, que yo sepa, el maestro Siddhartha Gautama, el llamado Buda, el iluminado que alcanzó el nirvana en esta tierra, bebía. De manera que Unsho estaba equivocado, y Tanzan se rió de él cuando le llamó Buda.

Es curioso esto de querer alcanzar el conocimiento forzándose a seguir unas normas de restricción, evitándose algunos sencillos placeres. Cuestión ésta que abunda mucho en las diversas religiones. Sinceramente, no creo en ello. Llegar a sentir plenamente la magia de la vida no pasa por limitarse, sino, quizá, por todo lo contrario: por abrirse, por navegar por todos los mares posibles. La conciencia lo que quiere es descubrir, no ocultarse, no encerrarse. Pero, cuidado, hablo de navegar, no de ahogarse... El timón siempre ha de estar bajo nuestro control. Repito lo de antes: más allá de la medida siempre está el caos.
Mi imagen de un sabio no es la de alguien rígido, hierático, con los ojos oscuros y un báculo en la mano, que mira fríamente al mundo... Sino la de alguien que sonríe abiertamente, relajado, tranquilo, con paz en el corazón y... ¿por qué no?, con una copa en la mano, brindando por la alegría de estar vivo.


Antonio H. M.

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foto: AHM.

martes, 16 de agosto de 2011

El melancólico...



Quien es verdaderamente melancólico nunca vuelve en sí; cuando se da cuenta de que las cosas poseen una cara desconocida, siente una añoranza eterna por el paisaje ignoto hacia el que mira esa cara. La tristeza, ese "misterioso placer", ya no sólo se apodera de la persona de vez en cuando, sino que se convierte en su sombra. La tristeza, la inclinación a lo malo (al mal humor), no pueden remediarse mediante la razón, ni pueden explicarse a partir de la sociología, la antropología, la teología o la filosofía de la historia, porque el misterio del mal, de la nada, reside precisamente en que no puede definirse: encasillándolo en conceptos, nos estaríamos violentando a nosotros mismos. El melancólico no puede asirse a nada y tiene la sensación de haber sido expulsado por la existencia.
Considera su vida un fatídico error, un error del destino, por el que condena todo cuanto existe. El melancólico se distingue por esa misteriosa ingenuidad que lo incapacita para abstraer su propio yo de la existencia. Da igual lo que toque: todo lo remite a sí mismo; y cuando contempla su fuero interno, ve el reflejo reducido del mundo.
El vaciamiento infinito hace insoportable su soledad, pero sólo él sabe de qué ha sido despojado: para él, el defecto es una suerte de plenitud porque, perdiéndose, regresa a sí mismo con la forma de una copia cada vez más borrosa de su propio yo. Es como si nosotros, desorientados, quisiéramos comprobar a través de un catalejo si el mundo exterior tiene su continuación en nosotros o si somos nosotros los que miramos desde allí fuera nuestro yo que, perturbado, gira el catalejo. Pero demos la vuelta al catalejo: centrémoslo en la figura apenas perceptible del melancólico y posemos sobre él la mirada, para luego cambiar la perspectiva y mirar de nuevo al exterior, al mundo agrandado de tal manera que resulta opresivo.
¿Quién tiene razón? ¿El melancólico? ¿El mundo? En vano giramos el catalejo; como el navegante infatigable de Nietzsche, nunca estaremos en condiciones de decidir si vivimos la infinitud como prisión o como libertad.


László F. Földényi
("Melankólia" - Budapest, 1984)

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No es que esté melancólico, es que he leído en el blog de la amiga Inuit una definición de la nostalgia y me he acordado del libro de Földényi, cuyo final transcribo aquí. Ya sé que nostalgia y melancolía no son exactamente lo mismo, pero estoy seguro de que tienen mucho que ver. Quizá la diferencia sólo está en que la nostalgia es más concreta y la melancolía más abstracta. Es decir, que el melancólico siente una nostalgia indefinida, añora una patria que desconoce, un amor y una sensación de absoluto que nunca ha vivido, pero que anhela, como si alguna vez, quizá en sueños, hubiera estado allí...
Y acompaño esta entrada con una música que me parece muy apropiada: un tema del último álbum de John Foxx y Harold Budd. Y también con una fotografía reciente, de un acentuado sabor "retro", de mi amigo José A. Beorlegui. Así, texto, imagen y música conforman una figura bastante aproximada de esa niebla oscura y triste que llaman melancolía.


Antonio HM.

03 The Invisible Man
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imagen: José A. Beorlegui
música: The Invisible Man, por John Foxx y Harold Budd

viernes, 12 de agosto de 2011

Luna llena



Noche de agosto. El cielo, todo el día cubierto de nubes, se abre un poco para dejar ver a una luna llena, espléndida, que, como siempre, está cargada de sueños...
Un solitario, Anselmo, está sentado en un banco de madera, junto al río, respirando la paz del momento, dando un descanso al torbellino de sus pensamientos. Y ahora se acerca, como venido de la nada, otro solitario, Martín...

-Hola, Anselmo, ¿qué tal?
-Hola, Martín, ahora bien.
-¿Cómo que ahora bien? ¿Te ocurre algo?
-No, ahora no, pero llevo unos días difíciles...
-Cuenta, cuenta.
-No, amigo, prefiero callar y seguir mirando esta gran luna que ilumina la noche.
-Ya, entiendo. ¿Sabes?
-¿Qué?
-¿Sabes cuántas personas han mirado a la luna esta noche?
-Sí, y eso me hace sonreír.
-¿Por qué?
-Porque, que yo sepa, esas personas son tres: tú, amigo mío; yo, que soy un soñador lunático, y...
-¿Y quién?
-Y la mujer que amo.
-¿Cómo sabes eso?
-La misma luna me lo ha dicho.
-Bueno, seguro que hay muchas más...
-Para mí no, para mí sólo son tres.

Desde la distancia, sola en su cama oscura, rodeada de estrellas, la luna llena escucha y sonríe. Ya tiene otra pequeña historia que contar, de esas que les gusta oír a los caminantes nocturnos...


Antonio H. M.

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foto: AHM (12-Agosto-2011)