Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 30 de diciembre de 2010

Mañana gris



Este cuento lo escribí hace dos años, y lo publiqué aquí, en este cuaderno nocturno, en su momento. Pero como creo que casi nadie lo ha leído, lo vuelvo a publicar, para despedir este año viejo que se va con una sonrisa y un beso. Es un cuento onírico, en el que las fronteras entre uno y otro mundo, el de la vigilia y el del sueño, se difuminan, y en el que se encuentran puentes que los enlazan.
Así me despido de este año, agradecido por todos los encuentros. Y ojalá que el año próximo nos sigamos leyendo, y cruzando puentes, pasarelas y caminos, con niebla o sin ella.
Un abrazo a todos, y feliz año nuevo.

AHM

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MAÑANA GRIS


Miró por la ventana de su cuarto de estudio y vio una mañana gris, unas nubes enormes que juntas tapaban el cielo, ocultando el limpio y alegre azul. Más abajo, los edificios de siempre, las feas casas anodinas de todos los días, que quizá contengan historias pero cuya voz no trasciende el umbral del silencio. Y un poco más abajo, en el suelo mojado por la lluvia de la noche, coches, muchos coches que iban y venían en todas direcciones, como si buscaran un destino que no acababan de encontrar, transmitiendo una sensación como de ansiedad, de desasosiego. Todos esos coches circulaban de prisa, sin aliento, nerviosos, y Alberto imaginaba, dentro de cada uno de ellos, a un ser sin aliento y nervioso que tenía una extraña prisa por llegar a algún sitio al que en realidad no quería llegar...

La vieja historia de casi siempre, pero que envuelta en el gris de la mañana adquiría un matiz más amargo, más crudo, más infeliz que otras veces. Era un mundo extraño, cuyo sentido se le escapaba, lo que ahora le miraba a los ojos con desprecio. Ese mundo que él sentía como irremediablemente absurdo parecía sentirse a gusto en medio de esta mañana opaca, de esta ausencia de luz y color, sin azul y sin música, Parecía ser su acuarela preferida, su fondo predilecto, y se diría que devoraba cada minuto con rabioso deleite, como un monstruo sucio y gris, de mirada de humo y voz estridente, que sólo existiera para comerse el tiempo, para anular la vida y dejar sólo un rastro irreconocible de lo que podía haber sido y no fue, por su culpa. Era como una gran sombra que transformaba el día en una falsa noche sin historia.

Alberto cerró los ojos, como queriendo borrar esa imagen, pero la mañana gris seguía allí, imperturbable, y llevaba un triste mundo sobre su espalda... No quiso mirar más, se fue a la cocina a prepararse un café; tenía frío, aunque había puesto la calefacción hacía más de una hora. Tal vez el frío no era real, tal vez lo que sentía era otra cosa: el gris de la mañana, que se le había metido dentro. Volvió al cabo de un rato a su cuarto y miró otra vez a través de la ventana. Había empezado a llover; diminutas perlas de agua se pegaban en el cristal y hacían que la mañana fuera aún más extraña y borrosa, más lejana y más oscura. Aún así, Alberto siguió mirando, quizá con el deseo inconsciente de encontrar algo, algún pequeño detalle que pudiera salvar la mañana con una leve sonrisa; el juego de un perro, el vuelo de un gorrión, el saludo cimbreante de un árbol...


II


Pero no encontró nada de eso. En su lugar, vio venir desde lejos a una figura pálida, una presencia entre las nubes que se acercaba lentamente. En seguida reconoció sus ojos tristes y apagados, su boca fruncida, el suave gesto de su mano abierta que parecía querer sujetar algo que ya no estaba entre sus dedos... Sí, era ella, volvía a él como si la hubiera llamado, como si le perteneciera. Salía del espejo de la mañana y le miraba con sus ojos heridos. Le lanzaba preguntas antiguas que no podía responder. Alberto se limitó a saludarla: “Hola, Melancolía, ¿qué haces aquí? No te he llamado, ¿por qué vienes? ¿Te ha traído esta mañana gris?”

Ella no respondía, sólo le miraba fijamente y en sus ojos empezó a arder un fuego extraño, una llama azul que le trajo viejos y dolorosos recuerdos.
“¡No, no lo hagas!” –exclamó Alberto, asustado y tembloroso; sabía bien lo que se le venía encima y no quería volver a pasar por ese trance. “¡No me mires así! No te he invocado. ¡Vete!”

Pero la dama triste seguía hiriendo con su mirada, cada vez con más fuerza, con más fuego, hasta que Alberto empezó a ver que la mañana se transformaba, que desaparecía el gris y la lluvia y ante él se abría un paisaje maravilloso, hermoso y apacible como un antiguo sueño de juventud.
Ya no veía el mundo conocido; no había gente nerviosa, ni feas casas anodinas, ni humo ni ruido. Ante él sólo había un valle espléndido rodeado de montañas azules, y un cielo abierto y luminoso donde un tranquilo sol conversaba con nubes blancas, donde resonaba el murmullo de un arroyo cercano y una suave brisa hacía danzar a las flores...

“No, Melancolía, no me hagas esto. Lo que me muestras no existe, es sólo una imagen del pasado, un bello recuerdo de algo... muerto.” La voz de Alberto era sólo un susurro. Y sin dejar de mirar ese paisaje, comenzó a llorar. Sus lágrimas, largo tiempo guardadas, resbalaron en silencio por sus mejillas.

Entonces, oyó la voz; lejos al principio, pero cada vez más cerca: “¡Alberto! ¡Albertooo! ¿Dónde estás?”
Se restregó los ojos, apartó las lágrimas y miró a la lejanía... ¡Sí! ¡Era ella! ¡Ella! Quiso gritar su nombre, ¡Yolanda! ¡Yolanda!, pero no oía su propia voz, no tenía voz. La muchacha estaba ya cerca y pudo ver su cara, sus ojos castaños, su pelo largo y oscuro, su delgada boca que antaño había besado con pasión, esa boca en la que había visto la más dulce de las sonrisas, y esos ojos que le habían mirado a él, a Alberto, con el brillo del más sincero amor...

¡Esto no podía ser! ¡No esta locura! Alberto reunió toda la fuerza de que era capaz, apretó los puños y golpeó el cristal de la ventana mientras gritaba por fin: “¡Yolandaaaa!”


III



Pero su esfuerzo fue inútil. Todo lo que vio ante sí fue el rostro encendido de la Melancolía, que le seguía mirando fijamente a los ojos. Y detrás ya no estaba el hermoso valle, ni la magia que contenía. El sueño se había roto, como si fuera una película adherida al cristal de la ventana y se hubiera hecho añicos con ella.

Alberto comprendió... Había llegado la hora, su hora; ya era tiempo de hacer lo que debía hacer; no tenía sentido seguir alargando la espera. ¿Qué hacía él aquí? Este no era su mundo, aquí nunca iba a encontrar nada que le colmara, ninguna copa que saciara su sed. Andaba siempre a vueltas con el anhelo de lo infinito, de lo absoluto, y lo único que encontraba eran pequeñas migajas, restos que otros habían dejado en su camino y que no le servían para encontrar el suyo. Sólo eran viejos letreros en medio del bosque; ayudaban al caminante perdido, pero carecían de la fuerza para caminar. Los letreros no caminan, sólo indican el camino, un posible rumbo a seguir, pero es uno mismo el que tiene que caminar, y Alberto nunca había tenido la fuerza y el coraje necesarios para hacerlo.

Su anhelo del infinito no se traducía en nada espectacular y grandioso. Alberto no deseaba volar a las estrellas o conquistar un mundo; para él lo infinito podía encerrarse en un pequeño sueño, una esfera mágica donde la vida se hiciese redonda y pudiera amarse a sí misma. Esto le bastaba. Pero aún esto tan sencillo le resultaba imposible. Por todas partes crecían barreras, algunas tan altas como montañas, que le impedían llegar a la meta, que le cortaban el paso y le robaban hasta la más pequeña de las alegrías.

Estaba cansado de tantas sombras, harto de tanto dolor sin recompensa, de tanta lucha sin victoria. Todos los días eran breves batallas contra el monstruo del absurdo, y todas eran perdidas. Había noches en que conseguía dar algún paso, rescatar del vacío algo de valor, con lo que poder respirar un aire más puro y libre, un mínimo brillo en medio de la oscuridad, pero el día siguiente se encargaba siempre de destruirlo, lo convertía en arena entre las manos, quemaba con una dura luz cualquier rastro del sueño.

Y ya no quería más de esto. Ya era bastante, demasiado. Había tenido que venir la vieja dama triste para recordarle su camino, y estaba bien que así fuera. Esta mañana gris había sufrido su último dolor. Alberto se levantó y dirigió una última mirada a la dama del vestido de gasa y los ojos penetrantes, de los que había surgido la imagen de su perdido sueño. La miró un instante, sonrío y se marchó hacia otra parte de la casa.

Arriba, en el viejo desván, escondía Alberto su secreto más valioso. Dentro de un arcón, envuelto en paños como si fuera una joya, estaba el libro.



IV



Lo encontró hace mucho tiempo, mientras rebuscaba en una librería de anticuario, y nada más verlo, sin saber qué contenía, supo que debía ser suyo. Fue como si el libro le llamara... “Seguro que es un compendio de leyes o recetas del siglo XIX o a lo sumo del XVIII”, pensó, “pero me encanta su cubierta y esos adornos tan raros que exhibe...”

Se llevó el libro a casa por un precio que estimó aceptable, y una vez allí descubrió que no era ningún antiguo códice, escrito en latín y con exquisitas miniaturas que aún no habían perdido del todo su color, como vagamente dejaba sospechar, sino un libro moderno del siglo pasado, de 1902, escrito por un tal Joseph Howard, que se decía erudito en ciencias ocultas. Estaba escrito en inglés, aunque se adornaba con un pomposo título en latín, Somnus Limen. Por supuesto, no le importó y en seguida aceptó al libro como un pequeño tesoro. Lo interesante vino después...

Durante años, Alberto bajaba el libro del desván, donde prefería que estuviera para preservarlo de miradas indiscretas, y al abrigo de la noche, encerrado en su cuarto, leía con avidez y creciente interés lo que allí estaba escrito. Según se daba a entender, el autor no era precisamente un erudito, ni profesor de ciencia alguna, sino un viajero, un explorador de lo que él mismo denominaba simplemente como The Dream Land, el país del sueño.

Era emocionante seguir los distintos y jugosos capítulos donde Howard narraba sus “viajes” a ese país de maravilla, sus descubrimientos y extraordinarios hallazgos, pero lo más interesante era que este onírico viajero tuvo la inapreciable deferencia de explicar ciertas normas para quien quisiera seguir sus pasos y adentrarse en ese otro mundo. Algo así como una guía de viaje, que incluía fórmulas secretas que servían para abrir las puertas y poder pasar al otro lado...

En un principio, Alberto leyó todo esto como si se tratara de una novela de Verne, o una colección de cuentos de Hoffmann o Dunsany; pero alguna de esas noches se atrevió, movido por la curiosidad o por simple impulso lúdico, a poner en práctica las fórmulas detalladas por Howard.
Lo que ocurrió después fue para él un suceso de lo más extraño y fantástico que había vivido nunca. Alberto consiguió efectivamente traspasar esas puertas y “viajar” al país de los sueños.


Lo que esto significara realmente no le importaba lo más mínimo; lo valioso para él era que vivía intensamente esas experiencias, que sentía que estaba allí, en la tierra de los sueños, y que nunca antes se había sentido tan vivo.
La autenticidad de estos “viajes” era para sus sentidos algo que estaba fuera de toda duda. Y le parecía absolutamente irrelevante ponerse a discutir sobre ello. Lo que pudiera decir un psicólogo al respecto le daba igual; carecía de valor la opinión de nadie, por muy científico que fuera, en un mundo que ni siquiera tiene una consciencia cierta de su propia realidad, y que año tras año va cambiando su visión de la misma.

Así que Alberto se aficionó sin restricciones a esas lecturas nocturnas y a sus consecutivos “viajes”. Varios años estuvo usando la magia del libro; muchas y extraordinarias fueron sus vivencias. Y precisamente allí, en ese país del sueño, fue donde conoció a la mujer de su vida, a Yolanda.

Pero parece ser que es cierto lo que se dice de que toda felicidad es transitoria... Sin que mediara una razón poderosa para ello, pero tal vez influido por multitud de pequeñas razones que constantemente le asediaban, Alberto fue distanciándose paulatinamente de su actividad onírica. Cada vez subía menos al desván para tomar el libro y usarlo para sus propias incursiones en esa amada tierra ya no tan desconocida, pero siempre maravillosa y sorprendente.

En cierta ocasión, se atrevió a confesar todo esto a su amigo más íntimo, a Martín, que también era muy aficionado a los sueños y propenso a todo lo que oliera a fantasía, y éste le contestó que el problema venía de su amor por Yolanda. Esa relación era tan buena, tan perfecta, que la sombra del miedo se había aliado con el frío de la duda, porque la mente no podía aceptar que algo tan bueno fuera real.

Puede que el amigo tuviera razón. El caso es que Alberto dejó una noche de bajar el libro, y poco a poco se fue olvidando de él. Su vida cambió, salía con gente a divertirse por las noches, se pasaba horas y horas hablando de temas intrascendentes, conoció a mujeres y tuvo algunas relaciones que aparentaban ser serias, pero que nunca terminaban de cuajar.
Pero después de unos meses, lentamente, sin que se diera cuenta, le desapareció esa fementida alegría, se volvió irascible y huraño. Se convirtió en un ser intratable que todos rehuían. Y a Alberto se le llenó de frío el corazón.

Ya casi no salía de casa, sólo lo imprescindible, y encerrado con sus pensamientos, a solas entre las cuatro paredes desde donde los libros, los viejos amigos, le miraban en silencio, una tarde triste y apagada de otoño le visitó por primera vez la dama del vestido de gasa y lánguidos ojos, la de la mano inerte que parecía aferrarse a un objeto inexistente. Y aquel encuentro le dolió en lo más hondo.
Pero la dama siguió viniendo, y pasaba un rato a su lado sin decir nada, y luego se iba; pero siempre, antes de marcharse, le dejaba un recuerdo sobre la mesa, cualquier cosa, una hoja seca, un verso, la estrofa de una canción, el dibujo de una gema de azul intenso, el pétalo de una flor, la huella de un beso...

Alberto no entendía al principio qué significaban aquellas cosas; las miraba sin comprender, las cogía y cerraba los ojos con fuerza intentando recordar, hasta que un susurro le venía desde muy lejos, como desde más allá del tiempo, como el eco perdido de un sueño, y ese susurro le dibujaba un nombre en el aire, un nombre de mujer: ...Yo...lan...da...



V



Alberto cerró la puerta del desván con llave desde dentro. No quería ninguna interrupción. Vivía solo y nadie iba a molestarle, pero así se sintió más seguro. Después corrió las pesadas cortinas y en el desván se hizo la noche; encendió la pequeña lámpara del antiguo escritorio para poder moverse entre tanto trasto sin tropezar y se dirigió hacia el viejo arcón. Allí estaba el libro, el grimorio que tantas veces, en un pasado más feliz, había usado como una llave hacia otros mundos.
Mucho tiempo lo había tenido olvidado y ahora había llegado el momento de volver a su magia, pero no para hacer un viaje más, no para embarcarse en otra fantástica aventura en el país del sueño, no. Esta vez no iba a ser un viaje de ida y vuelta... Alberto sintió todo el peso de lo que iba a hacer, la duda y el temor a equivocarse estaban ahí, junto a él, intentando detenerle, pero era inútil: la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Buscó la página que quería y dejó el libro abierto sobre la mesa. Volvió a leer la seria advertencia del principio, donde se avisaba al desprevenido soñador de que aquello no era una empresa más y que, de seguir adelante, se enfrentaba a un cambio definitivo de su propio destino. Aquí el amigo Howard era muy claro y directo; se notaba que sabía bien de qué estaba hablando, no porque él hubiera llevado a cabo ese último viaje –dado que volvió a este mundo, escribió el libro y lo hizo publicar-, pero parece que conocía a alguien que sí lo había hecho y se sentía en la obligación de avisar sobre el carácter irreversible de ese paso.
Pero Alberto ya estaba subido a la nube y no pensaba bajar. Se sentó frente al libro y a la débil luz de la lámpara empezó a leer en voz alta el hechizo...
Sabía de esta fórmula mágica desde hace tiempo, pero nunca pensó en usarla. Ahora era diferente. Su voz ronca resonaba extrañamente en el silencio del desván; parecía que esas antiguas palabras flotaran en el aire con entidad propia. Alberto cerró los ojos y siguió repitiendo la fórmula, que ya guardaba en su memoria. En su oscuridad el sonido de las palabras se iba transformando en imágenes, en formas confusas y borrosas que se movían. Abrió un instante los ojos, para comprobar si era fruto de su imaginación, pero aquellas formas seguían presentes ante él, oscilando y retorciéndose por el aire del desván, como extrañas figuras de otro mundo.
Al cabo de un tiempo, Alberto vio por fin la cueva, la oscura cueva en la que había estado otras veces y que era como la antesala de sus viajes al país del sueño. Siguió el camino conocido y ante sus ojos, pequeña y lejana al principio, apareció la luz; un brillo azul que relucía allá en el fondo de la cueva, entre espesas sombras. Caminó hacia ella y llegó a un espacio más amplio. Allí estaba, como siempre, la vieja puerta por la que había entrado en múltiples ocasiones al país del sueño. Estuvo tentado de tocar la brillante gema azul que hacía las veces de llave; sabía bien que sólo con poner su mano sobre ella la puerta se abriría y el camino hacia los sueños estaría abierto. Pero esta vez no había venido con esa intención, buscaba algo más, mucho más. Quería nada menos que cambiar de mundo, y quedarse allí para siempre...

Pasados unos minutos, que le parecieron interminables y en los que llegó a sospechar que el hechizo no funcionaba, consiguió encontrar lo que quería: la otra puerta. No era fácil verla porque su color se confundía con el de las paredes de la cueva, y porque en ella no brillaba gema alguna. Sobre la antigua madera sólo resaltaban unos extraños signos que no pudo descifrar. Pero daba igual, tenía la certeza de que esa era la puerta que buscaba, porque en anteriores incursiones, y después de explorar a fondo la cueva, nunca había visto otra puerta, sólo la de la gema azul. Y éste era el efecto del hechizo: hacía visible la otra puerta, la entrada definitiva.
Alberto sintió que el pulso se le aceleraba ante esta puerta, que no sólo significaba el paso a otro mundo, también a otra vida. ¿Cómo se abría esta puerta? El libro no decía nada sobre eso... Puso sus manos abiertas sobre la vieja madera arañada por el tiempo, y dejó que su corazón se inundara de sentimientos. Recordó el valle, las montañas azules, la brisa y, sobre todo, la mirada y la sonrisa de Yolanda.

Parece que eso hubiera servido de llave, porque a continuación se abrió ante él un torbellino de luces y fuerzas que le atrajo hacia el interior. La puerta había desaparecido y Alberto sintió que caía vertiginosamente en lo que parecía un pozo sin fondo. A su alrededor podía ver imágenes cambiantes, miles de figuras, entre las que reconoció escenas de su propia vida... ¿No era esto lo que decían que pasaba cuando uno se acercaba a la muerte? ¿Se habría equivocado de puerta? Pero ya no había vuelta atrás, el regreso era imposible, y Alberto seguía cayendo en esa tiniebla circundada de luces indescriptibles y figuras de otros tiempos. Un raro sonido, como el zumbido del vuelo de muchas aves mezclado con el tronar de una cascada lejana, acompañaba esta caída hacia lo desconocido. Pero a Alberto le pareció oír también retazos de música conocida, que había escuchado y gozado en su vida normal, en su mundo ahora ya perdido y lejano.

Logró ver una última imagen antes de hundirse en la más absoluta negrura. Era el rostro de la vieja dama triste, la melancolía. Le miraba con sus grandes ojos fijos, pero esta vez algo había cambiado. Su mirada era brillante, luminosa, alegre. ¿Cómo podía ser? Inevitablemente, le recordó otros ojos, otra mirada...
Después, se hundió en la sombra.



VI




Una fuerte lluvia golpeaba con obstinación el tejado de la casa. Alberto la oía como un sonido lejano y extraño que no lograba identificar, y se le mezclaba con el zumbido insistente de su cabeza. Se sentía mareado y confuso... ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado?
Abrió lentamente los ojos y se encontró tirado en el suelo del desván. Ante él estaba la mesa y sobre ella el libro abierto, mudo testigo de su reciente aventura sin final, de su viaje a ninguna parte... La cruda realidad le cayó encima como una pared de sombras, como un pozo de silencio.
“No ha funcionado, sigo aquí.”

Alberto pronunció esas palabras sin dar todavía crédito a lo que veían sus ojos. Era muy duro para él tener que aceptar que todo había sido en vano. ¿Qué había hecho mal? ¿En qué se había equivocado?
Recordaba haber atravesado la puerta secreta, haber caído en un largo túnel rodeado de imágenes y sonidos y luego... la nada. Y aquí estaba ahora, en medio de la nada, mirando como un idiota las cuatro paredes del viejo desván y, sobre todo, la mesa con el libro abierto, con el libro inútil que no le había servido para consumar el viaje que con tanta fuerza había soñado...

Se sintió preso de una densa telaraña, incapaz de moverse, de pensar con claridad, como un insecto al que sólo le queda resignarse a su suerte... Pronto vendría la hacedora de la red, con sus ocho ojos fríos, y le inocularía su veneno. Se incorporó y volvió a fijar su mirada en cada detalle, en cada objeto, en cada resquicio de luz, en cada sombra. Sí, no había ninguna duda, estaba en el desván, en su casa, nada se había movido, todo estaba igual.
Poco a poco su conciencia se fue templando y recuperó el tono triste de los últimos tiempos, triste pero seguro en su frialdad. Era la actitud que le acompañaba y a la que se había acostumbrado. Le servía de tabla para seguir a flote en medio de un mundo que no podía amar. Era su patético seguro de vida.
Alberto se acercó a la mesa, miró el libro, que seguía abierto en esa página de “la otra puerta”, y observó un detalle en el que no había reparado antes: junto a las extrañas palabras del hechizo había unos signos, y le pareció que eran los mismos que vio impresos sobre la puerta. Pero qué importaba ya eso. Ahí estaban los signos, indescifrables, seguramente mágicos, pero su vida estaba aquí, donde siempre. Y su sueño de amor existía en algún lugar lejano al que ya no tenía acceso. Había perdido la gracia de viajar, y quizá por eso el embrujo de los signos y las palabras no había funcionado con él. Cuando el alma se endurece, se cierran las puertas...

Cerró el libro y volvió a guardarlo en el viejo arcón. Seguramente no volvería a abrirlo. ¿Para qué? Ni siquiera pensó en usar la puerta de antes, la de la gema azul, e intentar un último encuentro. En su situación actual no soportaría volver a tocar el cielo con las manos durante un breve lapso de tiempo para luego tener que regresar a lo gris. No, sería demasiado cruel.
Pero, ¿y ella? ¿No vería con buenos ojos un nuevo encuentro? ¿Aunque fuera el último, la despedida? No, pensó, era inútil y absurdo. ¿Para qué alargar el sufrimiento? Si lo imposible era imposible, cualquier cosa que se hiciera al respecto no haría sino añadir más piedras a la muralla, ensanchar más la distancia... ¿Qué diferencia hay entre querer viajar a una estrella como Sirio, que está a ocho años luz, o a otra como Betelgeuse, a más de quinientos años luz? La diferencia es ninguna, porque ambos destinos son imposibles.
Así pues, que otros se dedicaran a fantasear. Él ya estaba en su sitio. Había viajado al país del sueño muchas veces y había visto maravillas sin nombre; había incluso rozado el paraíso, pero todo eso acabó. Se sentía agradecido por lo vivido pero no quería volver, porque la flor del sueño es demasiado... bella para poder olvidarla, demasiado buena para que el corazón pueda soportar la separación y la distancia. Es mejor dejar que el tiempo cubra los recuerdos con el polvo de los días, con el peso de los años... Y aprender a vivir en este presente que no nos gusta y al que odiamos a veces, pero guardando siempre el brillo azul de ese recuerdo, sabiendo que es verdad que en algún lugar del desierto hay un pozo escondido...



VII



Después de salir del desván, bajando las escaleras hacia su cuarto, Alberto iba pensando en esta última experiencia con el libro, en este viaje fallido. Aún estaba algo aturdido, pero los recuerdos iban aclarándose en su mente por momentos; volvía a ver las imágenes fugaces que presenció durante su caída, volvía a escuchar el estruendo mezclado con música que le acompañaba y... sí, también aquella última imagen de la melancolía sonriendo. A la vista de los hechos, se le escapaba el sentido de aquella sonrisa. Pero, bueno, ya estaba bien de mezclar la realidad con los sueños. ¿Sentido? No tenía por qué tener un sentido. Los sueños manejan un lenguaje diferente al de la vigilia, y es muy difícil entenderlo.

Abrió la puerta de su cuarto. Allí seguían sus libros, su mesa, su sillón. Todo como esperando su presencia para recobrar la vida. Se sentó y cerró los ojos para descansar un poco. No tenía la certeza de haber viajado realmente; puede que la visión de la cueva, las puertas y la caída sólo fuera eso, una visión, pero se sentía muy cansado, como si hubiera caminado durante muchos kilómetros. Así que el cuerpo agradeció la postura, y Alberto se quedó profundamente dormido.

Al despertar, al cabo de una o dos horas, sintió frío y entonces se acordó de la ventana. ¿Cómo no se había acordado antes? Seguro que había entrado la lluvia y había mojado hasta los libros... Fue en busca de un cartón para taparla y cuando volvió se quedó estupefacto... La ventana estaba intacta. Recordaba muy bien haberla hecho añicos hacía poco, cuando vio por última vez a...
Abrió la ventana, que estaba en perfecto estado, y se asomó al exterior. Ya no llovía, pero la mañana seguía siendo gris, estaba envuelta en niebla. No se veía nada más allá de unos pocos metros. Alberto volvió al sillón e intentó poner en orden sus pensamientos. ¿Por qué la ventana estaba bien? ¿No la había roto de un golpe hacía poco? ¿O es que todo, todo había sido un sueño?
El libro, el hechizo, la cueva, la puerta de la gema azul, la otra puerta oculta, la caída hacia lo desconocido entre luces, formas y sonidos... ¿todo había sido un largo y extraño sueño?

Alberto no esperó más y subió corriendo hacia el desván. Descorrió las pesadas cortinas y una tenue luz gris iluminó débilmente la estancia. No tenía tiempo para encender la pequeña lámpara. Abrió el arcón, lo cual le costó cierto esfuerzo porque parecía que hubiera permanecido cerrado durante años, y ante él se mostró... el vacío.
¡El libro no estaba! ¡Allí no había nada, salvo unas cuantas telas viejas!
Se dejó caer en el suelo, preso de la confusión. Otra vez en el aire, sin saber qué había pasado... ¿Por qué no estaba el libro? Los pensamientos corrían por su mente a velocidad de vértigo y no conseguía encontrar un punto seguro donde detenerlos.
Si el libro no estaba puede que también fuera parte del sueño, como la ventana rota, y entonces... ¿todos sus anteriores viajes al país del sueño habían sido sólo imaginaciones? Eran conclusiones muy rotundas que no podía aceptar fácilmente sin sentirse herido en lo más hondo. Todas esas experiencias maravillosas, ¿sólo sueños subjetivos...? ¿el producto de una simple siesta? Todo, tan vívido, tan real ¿era sólo una fabulación de la mente para ocupar y entretener un descanso cotidiano?
¿Yolanda era sólo... un sueño?

Pero la evidencia golpeaba sus sentidos con fuerza: el libro no estaba, y daba la impresión de que nunca había estado allí, de que nunca había existido... Alberto bajó la cabeza y, en silencio, lloró amargamente.


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VIII



Epílogo.

No se sabe cuánto tiempo siguió Alberto postrado en el desván, ante un arcón vacío. Pero sí sabemos bien lo que aconteció después. Se irguió, agotadas ya las lágrimas, y se encaminó hacia la gran ventana circular, siguiendo un rayo de luz que penetraba a su través. Se había levantado la niebla y la mañana gris terminaba convertida en una apacible y luminosa tarde de otoño.
Alberto observó asombrado el paisaje que se extendía risueño ante sus ojos. Las calles con sus coches ruidosos y humeantes y las feas casas anodinas habían desaparecido, y en su lugar pudo contemplar un hermoso valle rodeado de montañas azules.
Pero en el corazón del amigo Alberto ya no había cabida para la sorpresa, ni tampoco para la duda ni el desaliento. Simplemente, sonrió ante la escena que se le mostraba y la aceptó sin más. Ni se le ocurrió pensar que aquello que veía pudiera ser solamente un sueño. Y si lo fuese, tampoco le hubiera importado. Porque había aprendido lo caprichosa que puede ser la línea que separa uno y otro mundo, y que los seres y las cosas se mueven constantemente entre las esferas, en una danza interminable y gozosa.

Pasados unos largos minutos de contemplación, en los que disfrutó respirando el limpio aire del valle, Alberto llegó a ver una figura lejana que le saludaba desde la distancia. Una mujer, con larga melena castaña y un vestido claro, le hacía señas desde el camino que había junto al arroyo.
No lo pensó ni un segundo. ¡Era ella! El pecho se le llenó de alegría y bajó corriendo las escaleras del desván.

“¡Yolanda!”
“Alberto, sabía que encontrarías la forma de volver...”
“Yo...”
“¿Te quedarás?”

La respuesta de Alberto no se hizo esperar y aquellos dos seres, que parecían destinados el uno para el otro, se fundieron en un cálido y tierno abrazo. Cuando se besaron me pareció, a mí, que observaba la escena desde una prudente distancia, que un brillo azul surgía de la unión de sus labios, y eso me recordó la gema de la puerta; sí, la puerta que yo mismo descubrí hace mucho tiempo, la fabulosa entrada al país del sueño...
Y, debo confesarlo, me sentí orgulloso de haber escrito aquel libro.

J.H.


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Antonio H. Martín


16 comentarios:

  1. Oooh, ¡me ha encantado! ¡Qué comienzo más gris y angustioso, qué desarrollo tan exquisitamente surrealista y qué final tan inesperado! Y es que a veces tenemos miedo de traspasar ciertas líneas aunque sepamos que tras ellas está lo que nuestro corazón realmente anhela...

    Un placer haberlo leído, me has dejado con muy buen sabor de boca.

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  2. Ha sido un viaje apasionante el leer tu relato de principio a fin. Traspasar esa frontera etérea que separa la realidad de los sueños. Deslizarse cuesta abajo hacia lugares que están más allá de la conciencia.

    En todo momento he sentido esa atmófera, casi agobiante, que rezumaba melancolía por todas partes, pero también un deseo poderoso de buscar salidas, de encontrar algo o alguien a quien asirse para borrar la tristeza.

    Me ha encantado leerte una vez más, Antonio.

    Un abrazo lleno de buenos deseos.

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  3. Uno de los tópicos de la narrativa fantástica es el escape de la realidad. ¿Qué es lo que no nos gusta de la realidad? Desde luego, todos quisiéramos extraer lo bello y lo bueno y expulsar de este mundo lo feo y lo malo. O pasar a otra dimensión, alterar nuestro estado de conciencia, dejar atrás la sordidez que nos consume día a día.

    Hemos perdido la fe, ya ni siquiera queremos transformar este mundo, no creemos que las utopías sean posibles. Y sin embargo lo que nos dicen todos los escritos sagrados es que el hombre sabio vive una vida corriente, en un mundo corriente, sin prodigios, sin visiones luminosas…

    No me sorprende el instinto de huída de Alberto, en una ciudad gris con un clima de perros. El blues del solsticio de invierno. Considerar su encuentro con una dama como el summum de la felicidad le da un delicioso aire de escrito de juventud, happy end a la americana, con un toque de Poe. Yo cambiaría el nombre de Yolanda (¿Ligeia? ¿Beatriz?), pero esto, más que crítica literaria son manías personales.

    Feliz año, amigo. Cuidado con esas lecturas…

    P.D. Una técnica narrativa más que correcta. Te felicito.

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  4. Buen rescate esperanzador para un cambio de año.
    Un abrazo y Feliz 2011

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  5. Laura, tus palabras son un buen regalo de año nuevo. Gracias.
    El miedo existe, amiga, es innegable, pero hay que cruzar esas líneas, porque si no nuestra vida será algo pobre y sin brillo.

    Un abrazo. Feliz año nuevo.

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  6. Gracias, Cristal, por seguir este personal viaje, que surgió en un par de noches de insomnio.
    Recuerdo que en principio no tenía nada claro cómo se iba a desarrollar la historia, pero fueron precisamente ellos, los protagonistas, quienes me guiaron. O quizá la historia misma. No sé.

    Sí, amiga, melancolía y esperanza, una agobiante tristeza junto a un poderoso deseo de encontrar una salida al laberinto, esa es la mezcla que se respira aquí. Y de nosotros depende, de nuestra fuerza, hacer que de esa mezcla surja algo positivo.

    Un abrazo, Cristal, y que tus buenos sueños se cumplan en este año nuevo.

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  7. Tienes razón, Entangled, ese que mencionas es un tópico de este tipo de narrativa. Es como una huida desde la realidad a los sueños.
    Pero cuando se escribe así no se piensa -al menos, no en mi caso- en qué tópicos se están usando. Ni siquiera sé qué historia va a salir cuando escribo. Simplemente me dejo llevar por el sentimiento, y digamos que... la historia me lleva de la mano.
    Si me sale así será porque yo soy así. Cada uno encaja con lo que de verdad le atrae y le llama.

    La "realidad" es un término muy fuerte y amplio, lleno de múltiples sentidos y matices. Cuando dices eso de que... "el hombre sabio vive una vida corriente, en un mundo corriente, sin prodigios, sin visiones luminosas...", me haces recordar a ciertas personas especiales, monjes zen, taoístas o santos, que viven la vida de una forma aparentemente normal, pero sin ser para nada normales.
    Porque cualquier asunto vivido por estos seres nunca es "corriente". O sí, pero en otro sentido muy distinto.

    Y en cuanto a la narrativa fantástica, recuerda aquel principio que defendía el amigo Hoffmann: escribir "a la manera de Callot". Que consiste en presentar "las figuras de la vida ordinaria con una vestimenta extraña, maravillosa". Es decir, que cuando en uno de sus cuentos ocurre algo fuera de lo normal, algo fantástico, no es que la acción se haya transportado a un ámbito mágico, fuera de la realidad, sino que se debe a una interpretación fantástica de esa misma realidad.
    (Theodore Ziolkowski dixit)

    Elegir el nombre de Yolanda puede no parecer muy literario, pero no es casual. Elegí ese nombre, porque así se me apareció en un sueño.

    Muchas gracias, amigo por tus palabras, pero sobre todo por esas que dicen... "con un toque de Poe".

    Feliz año nuevo. Un abrazo.

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  8. Sí, Virgi, es esperanzador, como dices.
    Y así es como recibo a este nuevo año.

    Lo mismo te deseo. Un abrazo.

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  9. Hola, Antonio:

    Escribir caminando por el filo de la realidad hacia el sueño y viceversa, si no es en clave de pesadilla "chunga", es casi siempre terapéutico, además de apasionante, y dice mucho del talante del autor ante determinados eventos vitales, sobre todo si se deja llevar por alguno de los personajes de la historia, o por la historia misma... (aunque luego nada tenga que ver con él, ni se reconozca en ella). Este tipo de historias, aunque a posteriori se "retoquen", se escriben casi siempre, un poco en "arrebato" ¿verdad?

    Creo además que en literatura fantástica como la de tu cuento, se produce un curioso fenómeno que T.Todorov (por citar a un especialista distinto al tuyo) referencia como una interacción entre el autor, el personaje ficticio y el lector implícito, al que transporta a un estado de inquietud que le abre un mundo de posibilidades totalmente diferentes a su epistemología habitual. Algo, en mi opinión, muy estimulante. Pero esto, no deja de ser un punto de vista muy personal. Yo también soy una apasionada de ese tipo de escritura, que tantas páginas memorables ha dado a la literatura en general.

    Como sea, escribir, aún sobre lo más tedioso o prosaico tiene siempre ese "punto" de análisis que nos revela un poco (y a veces un mucho...) ante el lector. Y es siempre un acto de creación que nos posee a nosotros y no al revés, por eso te entiendo bien cuando dices que una vez comienzas... nunca sabes exactamente... que va a salir de ahí.

    Eeeeh, ya termino, amigo, que estoy volviendo por mis antiguos fueros en este espacio jeje!

    Para mí, tu cuento, en tu más "pura" línea, está más cerca de Dunsany, (no en vano lleva su nombre este espacio) o de Hoffman, totalmente de acuerdo contigo, incluso de Howard... pero también reconozco en él ese "toque de Poe" que dice Entangled, casi siempre tan acertado en sus comentarios ¿verdad?. Y en otra cosa estoy de acuerdo con él, tu técnica narrativa es mucho más que correcta, es excelente Antonio.

    Te sigo.


    P.D.: Ah! y Feliz año!

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  10. Me he tomado mi tiempo, 'lo he creado' y he podido disfrutar de este soberbio cuento.
    Envolvente, emocionante y bello.
    Gracias Antonio.
    El otro día buscaba en la RAE la palabra esperanza:
    ''Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.''

    Pues eso: hagamos posible lo que deseamos

    Un beso

    PD: El video lo encontré hoy y creo que te gustará :)
    http://vimeo.com/3245120

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  11. ¡Feliz año nuevo Antonio!... Para mi ha sido un buen comienzo poder leer tu relato: tan onírico , tan de huida, tan nostálgico tan...fantástico. Me lo leí ayer del tirón, y hoy de nuevo con más tranquilidad; me ha gustado todo, la narrativa fluida e impecable y la trama mágica, no me extraña que los personajes te llevaran por el camino que quisieron, así suele suceder cuando éstos se crean "redondos" y así sucedió en tu caso y por ello me has hecho pasar un rato delicioso.

    Gracias y un besito volado

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  12. Sí, amiga Crystal, así es como se escriben este tipo de textos, un poco como en "arrebato", tal y como dices.
    Pero es que uno no es muy consciente de lo que escribe, sino que hay como unas voces y unas escenas, que oyes y que ves, que son las que conforman el relato.
    Uno comienza movido por una idea, por un cuadro de la imaginación, pero el desarrollo se desenvuelve por sí solo.
    Yo, la verdad es que nunca sé qué va a pasar mientras escribo. No quiero exagerar, ni quiero decir aquello de que "otras voces lejanas me inspiran el relato", pero... algo de eso hay.

    Escribir, amiga, siempre habla de nosotros mismos, a no ser que seamos "escritores de encargo o de oficio", pero no creo que eso se dé aquí.

    ¿Dunsany, Hoffmann, Howard? Ejem, ejem, eso es mucho decir. Yo solo soy un aficionado, nada más.

    Gracias por seguirme, y feliz año.

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  13. Muchas gracias, amiga Gárgola, por crear tu tiempo y usar parte de él para leerme.
    Tienes razón, este relato está cuajado de esperanza.
    Y gracias por ese precioso vídeo, que me ha recordado a cierta escena del Cascanueces de la "Fantasia" de Disney, película que disfruté mucho en mi infancia y también en mi juventud.

    Besos, amiga poeta.

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  14. Deliciosas tus palabras, Brujita.

    No voy a decir que escribí en trance este relato, jeje. Pero recuerdo que no era muy consciente de nada, en el aspecto literario. Simplemente me metí en la historia, como si fuera un espectador de algo ya vivido. Algo así.

    Feliz año nuevo, amiga de haikus.

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  15. Hola !!
    Vaya que entre grises me veo":D
    Me ha encantado la foto de tu ventana, me la prestarìas?
    prometo darle buen uso.

    De antemano gracias...!!
    Hasta pronto.

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  16. Hola, Amanecer.

    No te la presto, te la regalo. Seguro que sabrás acompañarla de algún bello poema.

    Un abrazo.

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