Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







lunes, 30 de noviembre de 2009

Otoño



Para despedir este mes de noviembre me ha parecido apropiado poner aquí un precioso texto del poeta sevillano Luis Cernuda (1904-1963). Un texto que descubrí hace muy poco en uno de esos libros viejos que aún tengo a medio leer. Por un lado me siento culpable por no haberlo leído antes, pero por otro me alegro de haberlo encontrado, y más en estos momentos, en este tiempo otoñal.
Los libros son muchas veces como la misma vida: contienen joyas ocultas que no solemos ver en una primera mirada, pero que están ahí, guardadas y en silencio, esperando el momento propicio, el instante del encuentro.
Todo cuanto escribe Cernuda en este texto lo podría haber escrito yo mismo, si fuera poeta... Pero como no lo soy, me retiro respetuosamente detrás de la cortina y dejo hablar al maestro.


AM.

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EL OTOÑO


Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.
La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de setiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal.
La voz de la madre decía: "Que descorran la vela", y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de planta con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.


Luis Cernuda

- de "Ocnos" (1942-1963)

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vídeo: "Autumn"

música: "La Petite Fille de la Mer", de Vangelis



domingo, 29 de noviembre de 2009

La sombra




Después de una larga conversación, que se había extendido a lo largo de casi media noche, la sombra, desde un oscuro rincón del cuarto a donde no llegaba la luna, recostada sobre los libros viejos, le preguntó al poeta: "Entonces, ¿qué necesitas?"
Y el poeta respondió:

"Necesito asomarme a una amplia terraza que mire hacia poniente. Un cielo grande, ancho y profundo. Un sol dorado que se despida en el horizonte. Una masa de nubes amenazando tormenta. Un viento suave y fresco rozándome el alma...
Eso es lo que necesito."

"¿Y eso es todo?", replicó la sombra, mientras apoyaba una mano displicente en el Fausto. "Me pareces un ser muy simple en el fondo, un romántico, un pobre soñador..."

Entonces, el poeta apartó su mirada del rincón, se levantó y asomándose al pequeño balcón, bajo la suave luz de la luna amiga, dijo:

"Sombra, tú me conoces, pero no del todo. Yo bebo desde siempre en la fuente del aire, y mis mejores momentos tienen el sabor del viento. Soy simple en el fondo, sí, simple como la brisa, como la lluvia, como la luz que se inclina y besa, como el destello de la luna sobre el agua. Y tú, sombra, tú eres mi única complicación."

"Pues debes estarme agradecido", dijo la sombra.

"Sí, sombra, lo estoy, y te lo voy a demostrar con un regalo..."

El poeta fue hacia su mesa de trabajo y encendió la pequeña lámpara, luego se dirigió hacia la cercana pared y pulsó el interruptor de la otra lámpara del techo. El cuarto se inundó de luz, y la sombra huyó a esconderse entre los libros viejos.

"¿Dónde estás ahora, sombra? No puedo verte ni oírte."

Desde su escondite, la sombra susurró: "Volveré".



Antonio Martín
(29 de noviembre, 2009)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Triosonata de Pla



Para los amantes de la música barroca, un reciente descubrimiento de mi amigo José María, el incansable explorador.
Se trata de un compositor barroco español, del que de momento no tengo más datos, llamado Joan Baptista Pla.
Y el tema es la "Triosonata in D, No. 1".
Tocada en directo por tres jóvenes músicos, en noviembre de 2005: Francina Moll Salord, Heriberto Fonseca González y Arnau Orriols Miró.
Y para acompañar, una imagen de la catedral de Palma de Mallorca, con el arte de Miquel Barceló.

La verdad es que me encanta saber que en esta tierra también hubo otros Vivaldis, salvando las distancias que haya que salvar, si las hubiere...

martes, 24 de noviembre de 2009

La cuesta del tesoro



Hay aquí, en Madrid, una Feria del Libro permanente, abierta todos los días del año, excepto aquellos que no existen como tales, los días ciegos en los que no vemos nada, y nada nos ve...
En una suave pendiente llamada Cuesta de Moyano, que comienza en la Glorieta de Atocha y sirve de pasillo de entrada a una de las puertas del parque de El Retiro (que ahora llaman "Parque de Madrid"), muy cerca del Museo del Prado, hay una serie de viejas casetas de madera, repletas de libros antiguos y modernos, con sus correspondientes mesas delante, también llenas de libros, por supuesto.
Para mí, que la conozco desde hace unos cuarenta años, siempre ha sido como "la ruta del tesoro", o mejor aún, el tesoro mismo. En esta cuesta, que defino como maravillosa a pesar de su simple apariencia de viejo mercadillo, he encontrado muchos tesoros, muchos. Aquí empecé a montar mi biblioteca particular, que es como decir que empecé a "amueblar" mi mente... Mañanas enteras ojeando títulos, portadas y páginas me procuraron muchos gozosos encuentros. Libros de autores conocidos, y también otros descubrimientos, de gente a quien no conocía y cuyos libros elegía un poco al azar, y que luego se convirtieron en libros de cabecera.

De aquí me llevaba a casa los libros de Hesse, todos los que encontraba, y también los de Novalis o Hölderlin, Jean Paul, Hoffmann, Eichendorff, Tieck... Aquí escogía las novelas fantásticas de Dunsany o Lovecraft, lecturas nocturnas a la luz de la luna, la que entraba por la ventana de mi cuarto de entonces; aquí empecé a leer a Jung y a Erich Fromm, a Castaneda y Alan Watts...
En fin, que era como el umbral de mi casa... Toda una cuesta del tesoro, cuyo recorrido siempre me deparaba buenos encuentros. Unas veces sabía lo que buscaba, y otras muchas no, pero el resultado siempre era positivo.
Por esta cuesta solíamos subir mis amigos y yo, camino de El Retiro, cuando adolescentes... Lo cual temían un poco por mi culpa, ya que era inevitable que el amigo Antonio se quedara siempre "enganchado" en alguno de los puestos de libros, con el consiguiente retraso...

A lo largo de mi vida, ya más de medio siglo (qué fuerte suena esto), he conocido cien librerías, por no decir mil, pero esta Feria del Libro continua siempre fue la principal, la mejor de todas, mi "cuesta del tesoro" personal, una cuesta que, efectivamente, me costaba mucho subir, a pesar de su suavidad, porque a la fuerza tenía que detenerme ante las joyas que allí había... Luego seguía mi camino hacia el parque, pero ya no iba tan solo: un libro, un buen libro iba conmigo.

Y, en fin, resulta que he vuelto hace muy poco a este sitio, después de algunos años. Sigue tan vivo como antes, y he querido hacerle este pequeño homenaje. Es, como digo, mi librería preferida, una al aire libre, por la que he paseado en épocas muy diferentes de mi vida, bajo la lluvia, con sol, con viento, con nieve..., y que siempre conseguía transformar mi ánimo, y convertir cualquier sombra en luz, porque dentro de los buenos libros siempre hay una luz.
Una librería con encanto, llena de buenos recuerdos, y donde aún hoy se producen buenos encuentros...


Antonio Martín
(23 de noviembre, 2009)



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una tarde inútil...



He grabado una cinta con música de Bach y Haendel, y ha quedado, creo, bastante bien. Al principio dediqué una cara a cada uno, pero mi idea de juntarlos no se expresaba así lo suficiente, así que me atreví a entremezclar temas de ambos en una misma cara, y el resultado es satisfactorio.
Lo que más me ha costado ha sido encontrar en cada ocasión un fragmento que enlazara con el anterior, que guardara cierta relación de tono y forma (más que una semejanza, lo que buscaba era que se acompañaran). Pero tampoco ha sido tan difícil. Según mi oído, Bach y Haendel se parecen mucho, por el estilo y por la época, que no siempre es lo mismo. Diferentes pero cercanos. Así que, aunque no dispongo de muchos discos, he podido juntar a los dos maestros sin demasiados problemas. De hecho, la mayor dificultad, quizá la única, procedía de mi nivel de atención y de mi paciencia... Por lo demás, ahora me cuesta un poco distinguir, en una primera audición, de quién es cada tema. O sea, que la unión funciona.
Los quería así, juntos, compartiendo una misma sala, escuchándose y aprobándose mutuamente. Al final, sólo gana la música. Eso es lo que buscaba.

Pero, ¿qué hace un individuo de esta otra época mezclando en una cinta magnetofónica músicas del siglo XVIII? Diría que está perdiendo gozosamente su tiempo. Es decir, lo pierde según determinado criterio de objetividad, unánimemente aceptado, y en otro sentido más íntimo lo gana. Este individuo siempre ha sido amigo de las cosas "inútiles", de esas pequeñas alegrías, como las llamaba Hesse, que aparentemente no sirven para nada.
En la vida hay muchas de estas pequeñas cosas, en las que el tiempo se recrea a sí mismo, pero a causa de la prisa, de la urgencia y de cierto sentido supuestamente práctico, nos suelen pasar inadvertidas. Sólo tiene uno que concederse el poder de reconocerlas para gozar de ellas, porque están siempre ahí, a mano, cerca, esperando en cualquier rincón de ese cuarto que tantas veces nos parece vacío.
Me atrevo incluso a conjeturar que este mundo no sería tan triste y conflictivo, si cada uno encontrase su personal relación con esas pequeñas cosas. No es la imagen de un mundo ocioso y banal la que veo, con gente inútil y tontamente satisfecha. No. Lo que veo es un mundo sereno, con gente que ha sabido pulsar la apropiada cuerda de la armonía y se encuentra libre, fuerte y dispuesta para seguir la aventura.

Un amigo me confesó el otro día que para él sería estupendo disponer de un pequeño taller, para perder allí el tiempo gozosamente fabricando muebles. Por supuesto que hacer una silla, una mesa o un armario no carece de utilidad, pero no es esto precisamente en lo que pensaba mi amigo José María cuando me hablaba del placer de trabajar la madera.
Hay otra forma de hacer las cosas que poco tiene que ver con lo que entendemos por sentido práctico. Se acerca más al sentido del juego, algo que es serio y gozoso a un tiempo, algo que me atrevo a definir como vital, porque nos hace sentirnos vivos, cosa que no conseguimos cuando trabajamos normalmente, siguiendo las reglas del mercado.

Hablo de otra forma de hacer, pero también de no hacer. Nos recordaba Lin Yutang, en su famoso libro La importancia de vivir, que "todo lo que se necesita es un temperamento artístico dedicado a buscar una tarde perfectamente inútil vivida de una manera perfectamente inútil".
En el fondo de todo esto, que en principio nos suena tan mal, hay un modo diferente de vivir, una forma distinta de pulsar las cuerdas, otra música, otra mirada. Si nos suena mal es sólo porque no encaja con el sistema, porque no está incluido en esa escala de valores que nos presentan como objetiva. Pero basta con experimentarlo una vez para darse cuenta de su utilidad. Quien logra perder así una tarde cualquiera, sabe que ha dado con una buena fórmula para ganar el tiempo.

Según lo veo, este mundo engendra una tensión que nos impide gozar de la vida. Resulta insoportable tener que moverse continuamente bajo el peso de cosas tan graves como la obligación y la necesidad. No digo que éstas no sean importantes, pero ¿qué sitio dejamos para la alegría? Creo, sinceramente, que exageramos las cosas. No es posible vivir con la tortura de una tensión constante, porque entonces la vida se convierte en una pesadilla.
Quizá la razón de esto tenga que ver con aquello del sentimiento de culpa... No lo sé. Lo que sé es que cuando me ha atacado la fiebre de la "seriedad responsable", me he visto privado de la capacidad de alegría. Puedo poner como ejemplo mi relación con los libros: como buen solitario, siempre me ha gustado leer, pero cuando he estado bajo los efectos de esa fiebre difícilmente he sido capaz de abrir un libro, y cuando lo he hecho ha sido a regañadientes y con un ánimo muy pesado.
Sobre esto comentaba Lin Yutang que "no se lee para mejorar el espíritu, porque cuando se comienza a pensar en mejorar el espíritu o la mente, desaparece todo el placer de la lectura".

Recuerdo que hace un par de meses, cuando atravesaba unos momentos un tanto críticos y tenía a los libros bastante abandonados, me atreví inexplicablemente una noche a abrir un libro de relatos de Michael Ende. Digo 'inexplicablemente', porque no era esa precisamente la clase de libro que mi fiebre me indicaba como correcta. El caso es que abrí el libro y me detuve en una de sus historias, que está dedicada a Borges: "El pasillo de Borromeo Colmi". Leí con cierta avidez sus escasas páginas, y al final me asombré de cómo me sentía: ¡había desaparecido la fiebre!
De manera que entregándome a una actividad incorrecta, inútil y no constructiva, deslizándome hacia lo lúdico, había conseguido lo que necesitaba. No quiero decir que con ello solucionara mis problemas, pero sí que había logrado un estado de ánimo más propenso a encontrar soluciones, más dispuesto, más entero o, en definitiva, más abierto y alegre. Esto es lo notable: la alegría.
Pienso que no se puede trabajar adecuadamente cuando uno está obligado por esa tensión, porque las cosas pesan demasiado, nos sobrepasan y acaban derrumbándonos.
Me viene ahora a la memoria un breve poema del amigo Li Po:

Me preguntáis por qué estoy aquí, en la montaña azul.
Yo no contesto, sonrío simplemente, en paz el corazón.
Caen las flores, corre el agua, todo se va sin dejar huella.
Es éste mi universo, diferente del mundo de los hombres.


No es que sea especialmente ilustrativo sobre lo que estoy comentando, pero me ha venido a la memoria. Seguramente a causa de cierto aroma que sí guarda relación con esto. Quien se entrega gozosamente a una actividad inútil no anda muy lejos de esa montaña azul.
Puede que su valor no sea muy grande, mirado a través del cristal de la objetividad, pero lo que es seguro es que no aumentará en un ápice la gravedad y el conflicto de este mundo, sino más bien al contrario.
En fin, que seguiré grabando cintas y haciendo otras cosas por el estilo, como pintar pequeños paisajes, contemplar el cielo nocturno o escribir este cuaderno. Simplemente, porque me encanta hacerlo, porque me alegra la existencia. Es un campo que demuestra no ser tan inútil como parece.

A Alan Watts le fascinaba el tiro con arco, no para cazar animales, sino como deporte, como un arte o, simplemente, como un juego: "Lo que más me gusta es liberar la flecha como si fuera un pájaro. Asciende a mucha altura en el cielo y luego, de repente, gira y cae."


Antonio Martín
(miércoles, 2 de abril, 1997)

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lord Dunsany (II)



Para terminar este breve homenaje a la figura de Dunsany, pongo aquí una introducción escrita por alguien que le conoció personalmente: Pradaic Colum.
Mi deseo es que los anteriores relatos y este texto sirvan para que os sintáis atraídos por su obra. Lord Dunsany era un buen soñador, y un buen narrador de sueños... Si en algo ha servido mi humilde labor de transcriptor, me doy por satisfecho, porque merece la pena leer al barón de Dunsany.

AHM.

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INTRODUCCIÓN a los CUENTOS DE UN SOÑADOR

por Pradaic Colum


Un joven alto y ceñudo, cuyos ojos vivísimos y penetrantes miraban a través de incongruentes antiparras, disertaba en una sociedad literaria de Dublín. Alguien decía: "Parece un retrato de Robert Louis Stevenson"; y en verdad que había cierta semejanza en el esparcido mostacho, en la punzante mirada y en la sugestión del rostro. Hablaba de poesía, y su profundo interés por el propio tema dábale poder para fascinar al auditorio con el hechizo de la misma poesía. Todos los poemas que recitó eran inspirados. No empleaba ningún artificio, mas todos pudieron comprender que escuchaban a un orador nato.

Era Lord Dunsany, cuyas piezas dramáticas La Puerta Brillante y El Rey Argimiris y el guerrero desconocido habíanse presentado en el teatro Irlandés (en 1909 y 1911). Era oficial del Ejército Británico, notable criketer, buen cazador, y ya había pasado por una guerra. Mas podía observarse que prefería, por encima de todo, las cosas de imaginación.


Encomiaba la obra de un joven poeta de su mismo distrito de Irlanda, el condado de Meath. Hablaba de ese condado con tal afición, que se comprendía que el propio Dunsany anteponía el hecho de ser de Meath al de ser irlandés. Meath es el condado central de Irlanda. Su suelo es muy fértil, y, por esa razón, fué siempre ambicionado por todos los conquistadores que invadieron Irlanda. Antes que vinieran los normandos contaba ya Meath con mil años de historia. Eran los dominios de Ard-ri, el emperador de los estados célticos de Irlanda. En Meath está Tara, tan sagrada y venerable, que el rey que logró poseerla tuvo por vasallos a los otros reyes de la antigua Irlanda. Y Cuchullain, cuyo nombre evoca todo un ciclo de mito e historia, tuvo una parte de Meath por patrimonio. "Hasta el hombre que batió a Napoleón era de Meath", proclamaba Lord Dunsany. Pero esto no es exacto. Aunque descendiente de una familia de Meath, Wellington nació en otro condado de Irlanda.

Los progenitores de Lord Dunsany, los Plunkett, normando-irlandeses, o norse-irlandeses, pudieron arraigarse en este famoso, por no decir fabuloso, territorio de Irlanda. El primer conquistador fundó dos señoríos: el señorío de Fingall y el de Dunsany. Los dominios, los castillos y los títulos proceden del siglo XIII y forman la más antigua baronía de las Islas Británicas. Así que Lord Dunsany pertenece a una de las seis familias de la más elevada aristocracia británica actual que datan de la época normanda.

Es de interés hacer notar que su padre fué notable orador y su tío el célebre estadista irlandés Sir Horacio Plunkett. Edward John Moreton Drax Plunkett, décimo octavo barón de Dunsany, cursó en una escuela pública inglesa y en una universidad inglesa; fué oficial de Guardias e hizo la guerra del Africa del Sur antes de empezar a escribir.



Como las antiguas literaturas, su obra comenzó por la mitología. Nos contó primero los dioses de los países en que habían de vivir sus reyes, sus sacerdotes y sus pastores. Los dioses de Pegana eran extraños y remotos; pero por debajo de ellos había mil dioses familiares: Roon, el dios de la Marcha, cuyos templos están más allá de los más lejanos montes; Kilulugung, el Señor del Humo; Jabim, que se sienta detrás de la casa a plañir las cosas rotas y abandonadas; Tribugie, el Señor de lo Obscuro, cuyos hijos son sombras; Pitsu, el que pega al gato; Hobith, el que aplaca al perro; Habinabah, el Señor del Rescoldo Encendido; el viejo Gribaun, que se sienta en el corazón del fuego y convierte la leña en ceniza.

"Y cuando cierra la noche, en la hora de Triburgie", dice en el capítulo de Los Dioses de Pegana que versa sobre los mil dioses lares, "surge calladamente de la selva Hish, el Señor del Silencio, cuya prole son los murciélagos, que han quebrantado el mandato de su padre, pero siempre en voz baja. Hish acalla al ratón y todos los susurros de la noche, y deja quedos todos los ruidos. Sólo el grillo se rebela. Pero Hish envía contra él tal hechizo, que luego de cantar mil veces, su voz se apaga y entra a formar parte del silencio."

Después de escribir Los Dioses de Pegana descubrió Lord Dunsany una figura más sugestiva para él que cualquiera de sus dioses: la figura del Tiempo. "De pronto, la atezada figura del Tiempo se alza ante los dioses; de sus manos gotea la sangre, y una roja espada cuelga perezosamente de sus dedos". El Tiempo había arrasado a Sardathrion, la ciudad que ellos habían levantado para su solaz, y cuando el más viejo de los dioses le preguntó, "el Tiempo le miró a la cara y avanzó hacia él, acariciando con sus dedos ensangrentados el puño de su ágil espada".
Una y otra vez narra de las ciudades que fueron maravilla antes de que el Tiempo prevaleciera contra ellas: Sardathrion, con su león de ónice, que asoma sus patas en la obscuridad; Babbulkund, llamada por quienes la amaban la Ciudad de Maravilla, y por quienes la aborrecían la Ciudad del Perro, donde, sobre las techumbres de palacio, "alados leones volaban como murciélagos, cada uno del tamaño de los leones de Dios, y las alas más anchas que ninguna de las creadas"; Bethmoora, cuyas ventanas vierten una tras otra a la sombra "la luz que espanta a los leones".
Todos nosotros hemos de lamentar que no figurasen esas historias de Dunsany entre las que leíamos en nuestra juventud:

"Si hubiera leído La Caída de Babbulkund o Días de Ocio en el País del Yann cuando era muchacho -dice W.B. Yeats-, tal vez hubiera cambiado a mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y, como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata".



De los cuentos ha pasado al poema teatral y ha llevado a la escena la impresionante sencillez de sus mitos y fábulas.
Sus reyes, mendigos y esclavos son sobremanera sencillos e inocentes; no tienen más que una pasión, o una visión, o una fe. Llegó al teatro con escaso conocimiento de lo que se llama "construcción teatral", pero con una pasmosa intuición para la situación dramática. Esta capacidad para el sentimiento de la situación es la que ha hecho de sus Dioses de la Montaña, su Rey Argimiris y el guerrero desconocido y su Noche en una posada verdaderas obras dramáticas.

Tan fundamental como el sentido de la situación debiera ser para los dramaturgos el del lenguaje exaltado. Hay palabras, palabras, palabras, pero no lenguaje; entendiendo por tal su exaltación en el teatro actual. Lord Dunsany, con W.B. Yeats y J.M. Synge, ha restaurado y potenciado el lenguaje teatral.

"¡Oh, espíritu guerrero!", exclama el Rey Argimiris apostrofando al muerto cuya espada ha encontrado en campo esclavo; "¡oh, espíritu guerrero, dondequiera que ahora vagues, cualesquiera que sean tus dioses, ya te castiguen o te bendigan; oh, espíritu caballeresco que dejaste aquí tu espada: mira cómo te adoro sin dioses a quienes adorar, porque el dios de mi pueblo ha sido roto en tres esta noche! Mi brazo está torpe por tres años de esclavitud y se ha olvidado de la espada. Pero guía tu espada hasta que haya matado a seis hombres y armado a los más fuertes esclavos, y tendrás todos los años el sacrificio de cien hermosos bueyes. Y erigiré en Ithara un templo a tu memoria, donde todo el que entre te recordará; y así serás honrado y envidiado entre los muertos, porque los muertos son muy celosos del recuerdo. Aunque hayas sido un bandido que arrancases vidas ilícitamente, raras hierbas se abrasarán en tu templo, y jóvenes vírgenes cantarán, y recién cortadas flores cubrirán las naves solemnes... ¡Oh, pero tiene una buena hoja esta vieja espada; no querrías verla errar el golpe; no querrías verla hendir sedienta el aire; una espada tan enorme necesita un buen hueso lleno de médula! ¡Ven a mi brazo derecho, oh, antiguo espíritu, oh, alma del desconocido guerrero! Y si te oyen algunos dioses, háblales contra Illuriel, el dios del rey de Darniak."

He aquí un parlamento dramático, realmente exaltado y noble. La elocuencia que le es natural cuando habla de cosas imaginarias, y que acaso le viene de herencia, alcanza sus más fina expresión en los parlamentos de sus dramas.



Todos somos hoy ficcionistas; Lord Dunsany era esa rara criatura: el fabulista. No pretende cultivar las formas impositivas de lo que llamamos realidad, graciosas, impresionantes o expresivas; propónese, por el contrario, transportarnos en absoluto fuera de esta realidad. Es como el hombre que viene a los refugios de los cazadores y dice: "Os maravilláis de la Luna. Yo os diré cómo y por qué se hizo la luna". Y luego de contarles de la Luna, sigue narrando de las maravillosas ciudades que están más allá del bosque, y del joyel que hay en el cuerno del unicornio. Si tal escritor fuese censurado por llenar a la gente de sueños y ociosos cuentos, podría contestar (si tuviera la necesaria filosofía): "He mantenido viva en su espíritu la capacidad de maravillarse, y maravillarse en el hombre es santidad".

Lord Dunsany podría decir de sí mismo, con Blake: "La imaginación es el hombre". Podría, creo, llegar hasta declarar que lo más digno que puede hacer la Humanidad es exaltar cada vez más la imaginación. Apenas si es posible sorprender en su obra una idea social. Hay una, sin embargo: la impecable hostilidad contra todo lo que empobrece la fantasía del hombre, contra las ciudades viles, contra los intereses comerciales, contra la cultura que dimana de la organización material.
El se cierne sobre las cosas que despiertan la imaginación: espadas y ciudades, templos y palacios, esclavos en revuelta y reyes en desgracia. Tiene la mentalidad de un creador de mitos, y puede dar a los barcos, a las ciudades y a los torbellinos, vastas y propias formas.

Fácil es encontrar sus orígenes literarios. Son la Biblia, Homero y Herodoto. Hizo de la Biblia, cuando joven, su libro de maravillas, inducido por la censura de su madre, que era enemiga, según él mismo nos cuenta, de que leyese periódicos vulgares y corrientes. La Biblia le ha dado su exaltada y rítmica prosa. También de ella ha tomado los temas que tanto ha repetido: lejanas e increíbles ciudades, con sus profetas y sus dioses paganos.
Gusta de Homero y de los relatos de Herodoto sobre las antiguas civilizaciones. No creo que sea muy aficionado a la literatura moderna, y estoy seguro de que no lee ninguna de las obras filosóficas, sociológicas y económicas que llenan hoy las librerías. No juzgará un libro por la cubierta; pero estoy seguro de que los juzgaría por su título.
Le he visto arrobarse con los títulos de dos libros que fueron reseñados a la vez. Era uno Los altos hechos de Finn, y el otro, La Historia del Imperio Romano Oriental desde la subida de Irene a la caída de Basilio III. (No estoy seguro de haber citado exactamente a los soberanos bizantinos.)

Tiene una imaginación pródiga. Le he visto abocetar un escenario para una obra, escribir una breve historia e inventar una docena de episodios de cuento en el espacio de una mañana, sin cesar de hablar fantásticamente. Piensa mejor, presumo, al aire libre, mientras tira o caza en torno a su castillo. Y despliega una graciosa hospitalidad en ese castillo del siglo XII, en el condado de Meath; y haría una larga caminata a pie, lo sé muy bien, para descubrir un buen interlocutor y traerlo a su círculo.
Hace mucho tiempo que un antiguo historiador de Irlanda escribió en los Anales de los Cuatro Señores: "Hay dos grandes ladrones barones en el camino a Drogheda: Dunsany y Fingall; y si conseguís libraros de las manos de Fingall, seguramente caeréis en las de Dunsany."


Pradaic Colum

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- del libro "Cuentos de un Soñador"
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)


miércoles, 11 de noviembre de 2009

El campo


EL CAMPO

Lord Dunsany


Cuando se han visto caer ya en Londres las flores de la primavera y cómo ha aparecido madurado y decaído el verano, con esa rapidez con que transcurre en las ciudades, y, sin embargo, se está en Londres todavía, entonces, en un momento imprevisto, el campo alza su cabeza florida y nos llama con su voz clara, urgente e imperiosa. Cerros y colinas parecen surgir como surgirían en el horizonte celestial las filas angélicas de un coro dedicado a rescatar a las almas empedernidas en el vicio, arrancándolas de sus tugurios.
El trajín callejero no hace suficiente ruido para ahogar su voz, ni las mil asechanzas londinenses podrían distraernos de su llamada. Una vez que se le ha oído, nos es imposible sujetar la fantasía, que se siente fascinada por el recuerdo de cualquier arroyuelo rural, con sus guijarros de colores... Londres entero cae vencido por aquel, como un Goliath metropolitano atacado de improviso.
De muy lejos vienen esas voces interiores, muy lejos en leguas y en remotos años, porque esos montes y colinas que nos solicitan son los montes que "fueron"; esa voz es la voz de antaño, cuando el rey de los duendecillos soplaba aún su cuerno.

Yo las veo ahora, aquellas colinas de mi infancia, porque ellas son las que me llaman, las veo con sus rostros vueltos hacia un atardecer de púrpura, cuando las frágiles figurillas de las hadas, asomándose entre los helechos, espían el caer de la tarde. Sobre las cumbres pacíficas no existen aún ni apetecibles mansiones ni regaladas residencias, que han echado hoy a las gentes del lugar, y las ha sustituido por efímeros inquilinos.
Cuando sentía interiormente la voz de las montañas, iba a buscarlas pedaleando en una bicicleta, carretera adelante, porque en el tren perdemos el efecto de verlas acercarse poco a poco y no nos da tiempo para sentir que vamos despojándonos de Londres como de un viejo y pertinaz pecado. Ni se pasa tampoco por las aldehuelas del camino, guardadoras de alguno de los últimos rumores de la montaña; ni nos queda esa sensación de maravilla de verlas siempre allí, siempre las mismas, conforme nos acercamos a sus faldas, mientras a lo lejos, distantes, sus santos rostros nos miran acogedores. En el tren nos las encontramos de improviso, al doblar una curva; de repente, allá se presentan todas, todas sentadas bajo el sol.

Creo yo que si uno escapase al peligro de algún enorme bosque tropical, las bestias salvajes decrecerían en número y en crueldad conforme nos alejásemos, las tinieblas se irían disipando poco a poco y el horror del lugar terminaría por desaparecer. Pues bien: conforme uno se aproxima a los límites de Londres y las crestas de las montañas comienzan a dejar sentir su influencia sobre nosotros, nos parece que las casas urbanas aumentan en fealdad, las calles en abyección, la oscuridad es mayor y los errores de la civilización se muestran más a lo vivo al desprecio de los campos.
Donde la fealdad alcanza su apogeo, en el sitio más hórrido y miserable, nos parece oír gritar al arquitecto: "¡Ya he alcanzado la cumbre de lo horrible! ¡Bendito sea Satanás!". En aquel instante, un puentecillo de ladrillos amarillentos se nos presenta como puerta de afiligranada plata, abierta sobre el país de la maravilla.
Entramos en el campo.
A derecha e izquierda, todo lo lejos que la vista alcanza, se extiende la ciudad monstruosa. Pero ante nosotros los campos cantan su vieja, eterna canción.

Una pradera hay allá llena de margaritas. Al través de ella, un arroyuelo corre bajo un bosquecillo de juncos. Tenía la costumbre de descansar junto a aquel arroyuelo antes de continuar mi larga jornada por los campos, hasta acercarme a las laderas de las montañas.
Allí acostumbraba yo a olvidarme de Londres, calle tras calle. Algunas veces cogía un ramo de margaritas y se lo mostraba a las montañas.
Frecuentemente venía aquí. En un principio no noté nada en aquel campo, sino su belleza y la sensación de paz que producía.
Pero a la segunda vez que vine pensé que algo ominoso se ocultaba en aquellas praderas.
Allí abajo, entre las margaritas, junto al somero arroyuelo, sentí que algo terrible podía acontecer. Allí precisamente, en aquel mismo sitio.
No me detuve mucho en ese lugar. Quizá, pensé, tanto tiempo pasado en Londres me había despertado estas mórbidas fantasías. Y me fuí a las colinas tan de prisa como pude.
Varios días estuve respirando el aire campesino, y cuando tuve que volverme fuí de nuevo a aquel campo a gozar del pacífico lugar antes de entrar en Londres. Pero algo siniestro se ocultaba todavía entre los juncos.

Un año entero pasó antes de volver por allí. Salía de la sombra de Londres al claro sol, la verde hierba relucía y las margaritas resplandecían en la claridad; el arroyuelo cantaba una cancioncilla alegre. Mas en el momento en que avancé en el campo, mi antigua inquietud renació; y esta vez peor que en las anteriores. Me parecía notar como si entre la sombra se cobijase algo terrible, algún espantoso acontecimiento futuro, que el transcurso de un año habría acercado.
Quise tranquilizarme haciendo el razonamiento de que tal vez el ejercicio de la bicicleta era malo y que en el momento en que se toma descanso se despertaría ese sentimiento de inquietud.
Poco después volvía a pasar ya de noche por aquella pradera. La canción del arroyo en medio del silencio me atrajo hacia ella. Y entonces me vino a la fantasía el pensar lo terriblemente frío que sería aquel lugar para quedarse allí, bajo la luz de las estrellas, si por cualquier razón uno se viese herido, sin posibilidad de escapar.

Conocía a un hombre que estaba informado al detalle de la historia de la localidad. Fuí a preguntarle si había ocurrido algo histórico alguna vez en aquel lugar. Cuando me estrechaba a preguntas para que le explicase la razón de las mías, le contesté que aquella pradera me había parecido un buen sitio para celebrar una fiesta. Pero me dijo que nada de interés había ocurrido allí, nada absolutamente.
Así, pues, era del futuro de donde procedía la inquietud.
Durante tres años hice visitas más o menos frecuentes a esa campiña, y cada vez con más claridad presagiaba cosas nefastas, y mi desasosiego se agudizaba cada vez que me entraba el deseo de descansar entre su fresca hierba, junto a los hermosos juncos.
Una vez, para distraer mis pensamientos, intenté calcular la rapidez con que corría el arroyuelo, pero me asaltó la conjetura de si correría tan de prisa como la sangre.
Y comprendí que sería un lugar terrible, algo como para volverse loco, si de improviso se empezase a oír voces.

Por fin fuí allá con un poeta a quien yo conocía. Le desperté de sus quimeras y le expuse el caso concreto. El poeta no había salido de Londres durante todo aquel año. Era necesario que fuese conmigo a ver aquella pradera y decirme qué era lo que estaba próximo a acontecer en ella. Era a fines de julio. El suelo, el aire, las casas y el polvo estaban tostados por el verano; se oía a lo lejos, monótonamente, el trajín londinense, arrastrándose siempre, siempre, siempre. El sueño, abriendo sus alas, se remontaba en el aire y, huyendo de Londres, se iba a pasear tranquilamente por los lugares campestres.
Cuando el poeta vió aquel prado se quedó como en éxtasis; las flores brotaban en abundancia a lo largo del arroyo; después se acercó al bosquecillo cercano. A la orilla del arroyo se detuvo y pareció entristecerse mucho. Una o dos veces miró arriba y abajo, con melancolía; se inclinó y miró las margaritas, una primero, luego otra, muy detenidamente, moviendo la cabeza.

Durante un gran rato estuvo silencioso, y, entretanto, todas mis antiguas inquietudes volvieron con mis presagios para lo futuro.
Entonces le dije: "¿Qué clase de campo es este?".
Y él movió la cabeza con pesadumbre.
"Es un campo de batalla", dijo.



Lord Dunsany

(A Dreamer's Tales, 1910)
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- "Cuentos de un Soñador"
- trad.: Amparo Nieto Bort
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)

lunes, 2 de noviembre de 2009

John Ottis Adams



Mi viejo amigo José María, que es un incansable explorador de la red, constantemente me regala buenos descubrimientos musicales que encuentra por ahí, de piezas clásicas, barrocas o jazzísticas, pero esta vez me ha sorprendido.
Se trata de la obra de un pintor impresionista americano al que no conocía: John Ottis Adams (1851-1927).
Y es para mí un placer compartir con vosotros este descubrimiento.



Y además el vídeo está acompañado por un fragmento del tema "Appalachian Spring", de Aaron Copland, una música que va muy bien con estos cuadros de paisajes.
Espero que el conjunto sea de vuestro agrado.





        

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imágenes 1 y 2: pinturas de John Ottis Adams
imagen 3: retrato de Aaron Copland

La ventana maravillosa




LA VENTANA MARAVILLOSA


Lord Dunsany



La policía estaba haciendo circular al viejo de indumentaria oriental, y eso fue lo que hizo que se fijase en él, y en el paquete que llevaba debajo del brazo, el señor Sladden, quien se ganaba el sustento en los almacenes de los Sres. Mergin y Chater, o sea en su establecimiento.
El señor Sladden tenía fama de ser el joven más atontado para los negocios: un asomo -un simple atisbo- de fantasía hacía que se quedase con la mirada perdida, como si las paredes de la tienda fuesen de gasa y Londres mismo fuese una pura ficción, en lugar de atender a los clientes.
El solo hecho de que el mugriento papel que envolvía el paquete del viejo estuviera cubierto de letras árabes bastó para suscitar en el señor Sladden ideas de aventura, y siguió tras él hasta que se dispersó la pequeña multitud, y el extranjero se detuvo en el bordillo de la acera, desenvolvió el paquete, y se dispuso a vender su contenido. Era una ventanita de madera vieja con pequeños cristales emplomados; tenía como un pie de ancho, y menos de dos pies de alto. El señor Sladden jamás había visto vender una ventana en la calle, así que preguntó el precio.

-Su precio es todo lo que usted tenga -dijo el viejo.
-¿De dónde la ha sacado? -dijo el señor Sladden, porque era una ventana muy rara.
-Di por ella todo lo que tenía, en las calles de Bagdad.
-¿Y tenía mucho? -dijo el señor Sladden.
-Tenía cuanto quería -dijo-, menos esta ventana.
-Debe ser una buena ventana -dijo el joven.
-Es una ventana mágica -dijo el viejo.
-Yo sólo llevo encima diez chelines; pero en casa tengo quince, y seis peniques.
El viejo meditó un momento.
-Entonces, el precio de la ventana es de veinticinco chelines y seis peniques -dijo.

Sólo cuando quedó cerrado el trato, y pagó los diez chelines, y le acompañaba el extraño viejo para cobrar sus quince chelines y seis peniques y colocarle la mágica ventana en su única habitación, se le ocurrió al señor Sladden que no necesitaba ninguna ventana. Pero ya estaban en la puerta de la casa donde tenía alquilada la habitación, y parecía demasiado tarde para entrar en explicaciones.
El extranjero pidió que le dejase solo mientras colocaba la ventana, así que el señor Sladden se quedó delante de la puerta, al final de un pequeño tramo de crujientes escalones. No oyó ruido de martillazos.
Poco después salió el extraño viejo con su descolorida túnica amarilla y su larga barba, y con la mirada perdida en la lejanía. "Ya está", dijo; y se despidieron él y el joven. Y si siguió en Londres como una mancha de color y un anacronismo, o regresó a Bagdad, y qué oscuras manos pusieron en circulación sus veinticinco chelines y seis peniques, son cosas que el señor Sladden no llegó a saber jamás.

El señor Sladden entró en la habitación de desnudo entarimado donde dormía y pasaba todas sus horas de recogimiento desde que cerraban hasta que abrían los Sres. Mergin y Chater. Para los penates de tan desastrada habitación, su impecable levita debía de ser objeto de constante admiración. El señor Sladden se la quitó y la dobló cuidadosamente; y allí, en la pared, un poco alta, estaba la ventana del viejo. Hasta ese momento no había habido ninguna ventana en esa pared, ni otro adorno que una pequeña alacena; así que cuando el señor Sladden hubo guardado con todo esmero su levita, echó una mirada por su nueva ventana. Ocupaba el sitio donde había estado antes la alacena en la que guardaba los cacharros del té: ahora los tenía encima de la mesa. Cuando el señor Sladden miró por su nueva ventana declinaba ya la tarde de ese día de verano: las mariposas habrían cerrado sus alas hacía rato, aunque aún no habrían salido los murciélagos a hacer sus recorridos... Pero esto era Londres: las tiendas habían cerrado, aunque aún no habían encendido las luces de las calles.

El señor Sladden se frotó los ojos, después frotó la ventana, y vio todavía un cielo azul intenso; y allá abajo, a una distancia desde la que no le llegaban ni el ruido ni el humo de las chimeneas, percibió una ciudad medieval erizada de torres. Techumbres marrones, calles empedradas, y luego blancas murallas y contrafuertes; y más allá, campos verdes y minúsculos riachuelos. En lo alto de las torres había arqueros recostados, y piqueros a lo largo de las murallas; de vez en cuando, alguna carreta recorría una calle vetusta, cruzaba pesadamente la puerta de la ciudad, y salía al campo; de vez en cuando, entraba alguna que otra, también, procedente de la bruma que iba cubriendo los campos con el atardecer. A veces, la gente asomaba la cabeza a sus ventanas enrejadas; otras, se ponía a cantar algún trovador ocioso, y nadie tenía prisa ni se atribulaba por nada. Aunque la altura era enorme y vertiginosa -porque el señor Sladden se encontraba, al parecer, más alto que una gárgola de catedral-, sin embargo, percibió con toda claridad un detalle clave: las banderas que ondeaban en cada torre, por encima de los indolentes arqueros, ostentaban pequeños dragones dorados sobre un campo blanco puro.
Por la otra ventana le llegaba el estruendo de los autobuses y el vocear de los vendedores de periódicos.





El señor Sladden se volvió más soñador que nunca, después de eso, en el establecimiento de los Sres. Mergin y Chater. Pero en un asunto se reveló lúcido y alerta: hacía constantes y minuciosas indagaciones acerca de una bandera blanca con dragones de oro, y no hablaba con nadie sobre su maravillosa ventana. Llegó a saberse las banderas de todos los reyes de Europa, se interesó incluso por la historia, e hizo averiguaciones en los comercios familiarizados con la heráldica; pero en ninguna parte consiguió descubrir el menor rastro de pequeños dragones de oro sobre campo argén. Y considerando que aquellos dorados dragones ondeaban para él solo, llegó a quererlos como un exiliado en el desierto puede querer los lirios de su tierra natal, o un enfermo a las golondrinas cuando sabe que no es fácil que viva otra primavera.
En cuanto los Sres. Mergin y Chater echaban el cierre, el señor Sladden regresaba a su sórdida habitación, a mirar por la maravillosa ventana, hasta que oscurecía y pasaba la guardia, linterna en mano, haciendo la ronda de las murallas, y surgía la noche como si fuese de terciopelo, cuajada de estrellas desconocidas. Otro dato clave intentó obtener una noche, trazando en un papel las figuras de las constelaciones; pero tampoco le llevó esto a ninguna parte, ya que no se parecían en nada a las que brillaban en uno y otro hemisferio.

Todos los días, en cuanto se despertaba, lo primero que hacía era ir a la ventana maravillosa: y allí estaba la ciudad, diminuta por la distancia, brillando a la luz matinal, con los dragones de oro danzando al sol, y los arqueros estirándose o balanceando los brazos en las torres azotadas por el viento. La ventana no se abría, de manera que no oía las canciones que los trovadores cantaban al pie de los dorados balcones; ni siquiera oía los carillones de los campanarios, aunque a cada hora veía salir disparadas de sus nidos a las cornejas. Y lo primero que hacía él siempre era echar una ojeada a las torres que descollaban por encima de las murallas, para ver si seguían volando los pequeños dragones de oro sobre sus banderas. Y cuando los veía ondear en cada torre sobre blancos pliegues, contra el azul intenso y maravilloso del cielo, se vestía contento y, tras una última ojeada, se marchaba al trabajo con el espíritu radiante. Les habría sido difícil a los clientes de los Sres. Mergin y Chater adivinar la exacta ambición del señor Sladden mientras les atendía con su elegante levita: ser hombre de armas o arquero para luchar, bajo los pequeños dragones de oro que tremolaban sobre una bandera blanca, en favor de un rey desconocido de una ciudad inaccesible. Al principio, el señor Sladden solía dar vueltas y vueltas en torno a la calleja miserable donde vivía, pero no consiguió averiguar nada; y no tardó en advertir que debajo de su ventana maravillosa soplaban aires muy distintos de los del otro lado de la casa.

En agosto, las tardes comenzaron a acortar -ése fue precisamente el comentario que le hicieron los otros empleados de los almacenes, por lo que casi temió que sospecharan su secreto-, y tuvo mucho menos tiempo para dedicar a la ventana maravillosa, ya que había pocas luces abajo, y las apagaban temprano.
Una mañana de finales de agosto, antes de salir para el trabajo, el señor Sladden vio que una compañía de piqueros corría por la calle empedrada en dirección a las puertas de la ciudad medieval, la Ciudad de los Dragones de Oro solía llamarla él, pero sólo en su pensamiento, ya que nunca hablaba de ella con nadie. Lo siguiente que observó fue que los arqueros de las torres hablaban vivamente entre sí y se repartían manojos de flechas, además de las que llevaban en las aljabas. En las ventanas se asomaban más cabezas de lo habitual; una mujer salió corriendo, llamó a unos niños y los metió en casa; pasó un caballero calle abajo, y a continuación aparecieron más piqueros en las murallas; y las cornejas estaban todas en el aire. En la calle no cantaba ningún trovador. El señor Sladden echó una mirada a las torres para comprobar que seguían izadas las banderas, y que ondeaban al viento los dorados dragones. Luego tuvo que irse al trabajo.

Esa tarde cogió el autobús para volver y subió la escalera corriendo. No parecía ocurrir nada especial en la Ciudad de los Dragones de Oro, aparte de haber una multitud en la calle empedrada que se dirigía a las puertas de la ciudad; los arqueros parecían seguir indolentemente recostados en sus torres, como de costumbre; luego arriaron una bandera blanca con sus dragones dorados. No se dio cuenta el señor Sladden, al pronto, de que los arqueros estaban todos muertos. La multitud venía en riada hacia él, hacia el altísimo muro desde donde observaba: los de la bandera blanca cubierta de dragones retrocedían poco a poco, acosados por unos hombres que portaban otra bandera, una bandera en la que había un gran oso rojo. Arriaron otra bandera de una torre. Entonces lo comprendió todo: los dragones de oro... sus pequeños dragones de oro, estaban siendo derrotados. Los hombres del oso habían llegado al pie de su ventana; cualquier cosa que les arrojase desde esa altura caería con fuerza tremenda: los hierros de la chimenea, carbón, su reloj, lo que fuese; pero tenía que luchar por sus pequeños dragones de oro.

De una de las torres brotó una llamarada que lamió los pies de un arquero reclinado: no se movió. Seguidamente, dejó de ver el estandarte extranjero, que se había situado justo debajo de él. El señor Sladden rompió los cristales de la ventana maravillosa y desprendió con el atizador el plomo que los sujetaba. En el instante mismo de romperse el cristal, vio tremolar aún una bandera cubierta de dragones de oro; luego, al dar un paso atrás para arrojar el atizador, le llegó un aroma de especias misteriosas; pero no había nada allí, ni siquiera claridad; porque tras los fragmentos de la ventana maravillosa no estaba sino la pequeña alacena donde guardaba los cacharros del té.

Y aunque el señor Sladden es hoy más viejo, y conoce más el mundo, y hasta tiene su propio negocio, jamás ha podido comprar otra ventana igual ni, desde entonces, ha logrado averiguar una sola palabra, por los libros o los hombres, sobre la Ciudad de los Dragones de Oro.


Lord Dunsany


- "The Wonderful Window"
- (The Book of Wonder; 1912)

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- del libro En el País del Tiempo
- traducción: Francisco Torres Oliver
- Ediciones Siruela, Madrid 1988