Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







jueves, 10 de septiembre de 2009

Cesco (I)




DE LA INFANCIA DE SAN FRANCISCO DE ASIS

(para Liz Hentschel)


por Hermann Hesse



-¡Cesco! -llamó la voz de la madre desde arriba.
Reinaba silencio y calor a última hora de una soñolienta tarde italiana.
Y otra vez la llamada atrayente y juguetona:
-¡Cesco!
El muchacho de doce años estaba sentado sobre las piedras polvorientas, en el rincón sombreado de al lado de la escalera, delante de la casa, casi dormido, las dos delgadas manos entrelazadas alrededor de sus rodillas puntiagudas, cayéndole un mechón de pelo castaño sobre la blanca frente infantil, en la que se dibujaba un entrelazado de finas venas.
¡Qué bien sonaba aquello! La voz maternal, tan dulce, ligera, alada, buena y amable, especial y distinguida como todo lo de la madre. Lleno de ternura seguía pensando Francesco en las llamadas maternas. Por un momento notó algo, como una sacudida, en las piernas; pareció que iba a levantarse de un salto, pero el débil movimiento se apagó rápidamente, y mientras aún sentía resonar la querida voz en la quietud soleada, sus pensamientos estaban ya lejos.

Cosas maravillosas había en el mundo. No todos los hombres probos estaban sentados como él, hundido en la sombra ante la escalera paterna, mimado por el padre y estimulado por la madre; desde todos los lados le miraban las casas vecinas, el pozo, el ciprés, los montes, siempre igual, siempre lo mismo. Había hombres que recorrían a caballo el mundo entero, Francia, Inglaterra y España, pasando por todos los castillos y ciudades, y dondequiera que pasaba algo malo, donde algún hombre piadoso era llevado a la muerte o donde estuviera alguna bella princesa encantada, allí aparecía el héroe, el caballero, el libertador, sacando su espada y haciendo el bien. Caballeros hubo que pusieron en fuga vergonzosa a todo un ejército moro. Navegando fueron hasta el fin del mundo, y delante de ellos proclamaba el huracán sus grandes y bizarros nombres y hechos por tierras y reinos. Así se lo había contado el día anterior Piero, el criado, de Orlando.

Guiñando los ojos miró Francisco por debajo de su mechón de pelo hacia el hueco al lado del tejado vecino, cubierto de musgo, donde entre los pilares de piedra de una pérgola de parra quedaba una estrecha perspectiva hacia la lejanía, sobre el llano bajo, la Umbría y los montes del otro lado, en cuya ladera se veía pegada una pequeña ciudad con su campanario blanco, infinitamente pequeña y lejana, y detrás el aire azul y una idea coloreada del mundo. ¡Cuán hermoso era aquello, y cuán torturador resultaba saber que todo allende el horizonte, todo, todo, ríos y puentes, ciudades y mares, castillos reales y campamentos de ejércitos, formaciones de jinetes con música, héroes a caballo y hermosas damas nobles, torneos y música de cítara, armaduras de oro y vestidos crujientes de seda, todo, estaba allá, infinitamente lejos del alcance de la vista, y sin embargo, allá esperaba, como una mesa puesta, preparado todo para el que viniera con valor a conquistarlo!

Sí, había que tener valor. Cabalgar acaso también a través de desiertos desconocidos, de noche, cuando todo rebosaba fantasmas y encantamientos hostiles y cuevas llenas de huesos humanos. ¿Tendría él, el hijo de Francesco Bernadene, tanto valor? ¿Y si caía prisionero y era llevado ante un rey moro henchido de ira? ¿Y si le encerraban, como castigo, en un castillo embrujado? No era fácil la empresa. Era inimaginable, difícil, tremendamente difícil, y pocos serían capaces de realizarla. ¿Tal vez su padre habría podido? Tal vez..., quién sabe. Pero si hubo alguna vez hombres que pudieron, si Roldán y Lanzarote y todos esos habían llevado a cabo sus gestas, ¿existía entonces para un joven otro camino que igualarse a ellos? ¿Podía uno jugar todavía con habichuelas o pepitas de calabaza, podía uno aspirar aún a ser artesano o comerciante, o sacerdote o cualquier otra cosa?

La blanca frente se plegó en profundas arrugas, los ojos se escondieron bajo las cejas fruncidas. ¡Dios mío, era difícil decidirse! Cuántos lo habrían intentado, fracasando y pereciendo ya en los comienzos, escuderos jóvenes y caballeros de cuya existencia jamás se enteró princesa alguna, a los que no aludía ninguna canción, de los que ningún mozo de caballos hablaba en sus relatos nocturnos. Desaparecieron, fueron muertos, envenenados o ahogados, despeñados desde alguna roca, comidos por dragones, encerrados a piedra y lodo en cuevas. ¡Emprendieron la marcha para nada; en vano soportaron privaciones y tormentos!

Francisco se estremeció. Se miró las manos, finas y bronceadas. Tal vez se las cortarían un día los sarracenos, tal vez clavadas con clavos en una cruz, tal vez devoradas por los buitres. Era horrible. Si uno pensaba cuántas cosas buenas había en la tierra, bellas, agradables, sabrosas... ¡Oh, qué cosas tan buenas! En otoño un fuego en la chimenea, asando castañas, y una fiesta de flores en la primavera, con las hijas de los nobles vestidas de blanco. O un caballo joven domesticado, como el que su padre había prometido regalarle cuando tuviera catorce años. Pero también había otras cosas mucho más sencillas, cien y mil, que eran hermosas y deleitables. Por ejemplo, estar sentado en la penumbra, con el sol en la punta de los pies, la espalda apoyada contra el muro fresco. O estar por la noche en la cama, sin sentir nada más que el suave calor blando y el dulce crepúsculo del sueño. O escuchar la voz de la madre, sentir su mano en el cabello. Y así había mil cosas, lo mismo estando despierto que dormido, por la noche o por la mañana. ¡Por doquier tanto aroma y delicados sones, tantos colores, tantas cosas amables y halagadoras!
¿Era preciso despreciar todo aquello, sacrificarlo todo, arriesgarlo todo? ¿Sólo por vencer a un dragón (o ser despedazado por él) o ser nombrado duque por un rey? ¿Tenía que ser así? ¿Estaba bien eso?

No se le ocurrió al muchacho pensar que nadie en el mundo, ni padre ni madre, le exigía tal cosa, que sólo su propio corazón le hablaba de ello, soñaba con ello y lo anhelaba. El sentía el reto. Un ideal se erguía ante él, una llamada le reclamaba, un fuego estaba encendido en él. Pero ¿por qué era tan difícil, tan pesado lo que más bello le parecía, el heroísmo? ¿Por qué había que elegir, sacrificarse, decidirse? ¿No podía uno hacer sencillamente lo que más le agradara? Mas, ¿qué era lo que le gustaba a uno? Todo y nada, todo por un instante, nada para siempre. ¡Ah, aquella sed! ¡Ah, aquel afán devorador! ¡Y con tanto tormento y secreto miedo!

Furioso, golpeó sus rodillas con la cabeza. Ea, sea, pues... El quería ser caballero. Que le mataran, que pereciera de hambre y sed en un desierto de arena: él quería ser caballero. Ya verían Marietta y Piero, y también la madre y sobre todo el tonto del profesor de latín. El volvería montado en un blanco corcel, con un yelmo de oro, adornado de plumas españolas, una gran cicatriz en la frente.
Con un suspiro se reclinó, mirando por entre las frondas de parra la lejanía envuelta en una bruma rojiza, donde cada sombra azul era un ensueño y una promesa. Desde el interior del almacén le llegaba el ruido que hacía Piero con las piezas de tela. La franja de sombra a su lado se había ensanchado, penetrando con marcados contornos en la calle soleada. Por encima de las colinas lejanas, el cálido cielo se volvía suave y dorado.

Subiendo por la callejuela iba acercándose un pequeño cortejo de niños, seis u ocho niños y niñas, marchando de dos en dos y jugando a procesión, con coronas de hojas alrededor de las nucas, y vestiditos polvorientos, y flores pratenses en las manos, ranúnculos y margaritas, geranios y salvia, arrancadas sin cuidado, medio tronchadas y ya casi marchitas, con hierbas entremezcladas. Los pies desnudos palmoteaban blandamente sobre el pavimento de piedra; un muchacho algo mayor patullaba al lado del cortejo, marcando el compás con sus zuecos. Cantaban todos a coro un pequeño verso mutilado, resonancia desfigurada de una canción de iglesia, con el refrán:

mille fiori, mille fiori

a te, Santa Maria


La pequeña peregrinación iba acercándose, y con ella entró un soplo de sonido y color en la callejuela muerta. Una chiquilla iba a la cola, haciendo una de sus trenzas, mientras sujetaba la otra juntamente con las flores con la boca, sin dejar por ello de canturrear. Algunas flores caídas yacían en el polvo detrás del cortejo.
Francisco acompañó inmediatamente la conocida melodía, canturreándola a su vez. También él había jugado a aquel juego muchísimas veces; durante mucho tiempo había sido su juego predilecto. Ahora -desde que se contaba entre los chicos mayores, participando de vez en vez en las fechorías prohibidas- hallábase distanciado de la primera inocencia infantil y también de aquel juego devoto, y él era uno de esos niños hipersensibles que, en los primeros cambios del alma, perciben ya, con un tono de advertencia entristecedor, la canción de lo perecedero de las alegrías. Aquel día sobre todo, después de tomar la decisión de ser un héroe, el juego infantil debió de parecerle una bagatela y una fruslería.
Con indiferente altivez iba contemplando a los pequeños a su paso. De pronto se fijó en que al lado de la niña del moño a medio hacer marchaba un chiquillo de unos seis años que con ambas manos llevaba muy en alto una sola flor tronchada; aunque casi jadeaba de fatiga, andaba con la solemnidad de un portaestandarte, y por más que desafinara al cantar, sus ojos resplandecían de unción y entrega llena de fe.

-Mille fiori -cantó fervorosamente-, mille fiori a te, Santa Maria.

Al verle Francisco, le sobrecogió de repente, caprichoso como era, la belleza y la devoción de este juego de flores, o más bien el recuerdo marchito de entusiasmos que había sentido en otro tiempo, cuando él hacía lo mismo. De un salto apasionado alcanzó a los niños: con un gesto de mando hizo que se acercaran y les ordenó esperar un momento ante la casa.
Ellos obedecieron -Francisco estaba acostumbrado al caudillaje, siendo además hijo de familia rica y respetada- y esperaron, con sus residuos de flores en las manos. El canto había enmudecido.

(...)


Hermann Hesse
(1920)

_________________________

- de "Libro de Fábulas"
- Hermann Hesse
- trad.: Mariano S. Luque
- Ed. Aguilar, 1961
_________________________

Vídeo:
- tema musical de "Hermano Sol, Hermana Luna"
- imágenes de "Spirit"

18 comentarios:

  1. ¡Ay, Antonio!

    Tú, siempre develando tesoros nuevos, riquezas ocultas que sacas a la luz para mostrárnoslas. Eres increíble, sensible y generoso.

    He admirado y querido siempre a Hermann Hesse (eso lo sabes bien), y desde niña he amado la figura de Francisco de Asís, el Fraticello, el Poverello... Lo empecé a querer desde chiquita, cuando mi abuela me contaba que él hablaba con los animales. Y de ahí en adelante así seguí, leyendo más sobre él, conociendo su vida y su obra, hasta la fecha. Me ha tocado leer varias biografías suyas, desde la de Chesterton hasta la de la Pardo Bazán... pero nunca antes sospeché siquiera que Hesse le hubiera dedicado este Relato.
    Qué belleza, siempre, leer su prosa. Me es tan familiar y entrañable, que lo siento muy familiar.
    Pues vaya sorpresa me das al mostrar ahora esta obra suya, que es casi como un cuento.
    Resulta fácil imaginar a aquél chiquillo, en sus soliloquios, intentando dilucidar su misión en la vida, como cualquier otro de su edad. Me emocionó mucho, y me clavé especialmente en estas frases: "Él sentía el reto. Un ideal se erguía ante él, una llamada le reclamaba, un fuego estaba encendido en él... ¡Ah! Aquella sed!". Y se debatía entre las ansias de ser un héroe guerrero combatiendo a los sarracenos o volover a la inocencia infantil, con toda su pureza...

    Espero la continuación del Relato, no tanto por curiosidad de ver qué sucede al final, sino por seguir disfrutando de la atmósfera tan deliciosa que el Tío Hermann sabe crear para nuestro deleite como lectores.

    Y la música, es cuestión aparte. Conocía la versión de Donovan, tan famosa por la película de Zeffirelli, pero no esta tan linda en italiano.

    ¡Gracias, amigo del alma! Me has dado mucha felicidad con esta lectura.
    Un ramillete de besos como margaritas silvestres.

    (Te enviaré fotos de algunos de los cuadros que he pintado de este gran hombre; al menos he realizado 6 o 7 a lo largo de mi vida).

    ResponderEliminar
  2. Me alegra mucho, Liz, que te haya gustado.
    Imaginaba que este cuento de Hesse sobre el niño Francesco te iba a llegar.
    Quizá debí poner otro vídeo para acompañar el texto, pero es que las imágenes animadas de "Spirit" me encantan, y me lo pusieron en bandeja.
    Francisco, como muchos de nosotros fue un niño "raro", que buscaba otras respuestas a la vida.

    No sé si te has dado cuenta que esta entrada está dedicada a ti.
    Y si me envías fotos de esos cuadros tuyos dedicados a Francisco, las usaré aquí (si me lo permites, claro) para darle más luz a este cuento.
    La continuación saldrá en breve.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. No conocía este relato del tío Hermann.
    Te agradezco el habérmelo revelado.

    (y yo quiero ver las pinturas que Liz te mande...)

    Besosmiles,Antonio!



    Pd:estuve releyendo "La jarra".

    ResponderEliminar
  4. Me alegra ver que a Liz le ha gustado este texto de Hesse.
    Como bien dice ella, es siempre una belleza releer su prosa. Claro, que aquí hay much@ incondicional de tu tío Hermann.

    Esteee, yo también anduve releyendo la jarra... jajaja!

    Un abrazo Sr.Brujo.

    ResponderEliminar
  5. Vaya! Que bueno tu blog, exquisita lectura, Gracias por aportar este post a la blogueosfera, Te seguiré leyendo sin duda.

    ResponderEliminar
  6. Es, sin duda alguna, el mejor de los escritores, si de describir conflictos se trata. El conflicto está siempre latiendo en su obra y es admirable como logra transmitirlo.
    Gracias por compartir.

    ResponderEliminar
  7. Hola, amiga Silviyuela.

    Lo que más me alegra son dos cosas: que te guste el cuento y ser yo quien te lo ha "revelado".

    Alguna de las pinturas de Liz se verá aquí, acompañando a la segunda parte del cuento, porque ya tengo su permiso.

    En "La Jarra" ya he dejado mis respuestas.

    Un abrazo, estrella "intercaladora", jeje.

    ResponderEliminar
  8. Hola, Cristal.

    Ya lo ha explicado Liz: es una incondicional de Francisco de Asis (y también de Hesse), por eso mi dedicatoria.

    También a ti te dejé mi respuesta en la dichosa "jarra", jeje.
    Espero que no te disguste...

    Un abrazo, hada cuántica.

    ResponderEliminar
  9. Hola, Vico.

    Quizá para eso el mejor era Dostoievski, pero a Hesse tampoco se le daba nada mal, jeje.
    "El conflicto está siempre latiendo en su obra", como dices, porque Hesse era un ser conflictivo, un lobo estepario.
    Dentro de muy poco pondré la continuación.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  10. Mi querido Druida,

    S. Francisco de Asís es una persona que tiene todos mis respetos, porque tenía una vida cómoda y recorrió la Umbria caminando. Porque supo ver que todo era Uno y que tod@s éramos uno con el todo.Porque sin duda alguna él mejor que nadie supo lo que significaba la "llamada del tirano interior!

    Muaks!

    ResponderEliminar
  11. Pues le has descrito muy bien, amiga Bruja.
    Así era en efecto este maravilloso loco.
    Alguna vez nos encontramos por los senderos de la Umbría, e hicimos juntos crunch-crunch (o crash-crash), y recuerdo que se paraba a menudo y se extasiaba con cada criatura, saludando a diestro y siniestro. Le avisé que no hiciera lo mismo con las avispas, pero no me hizo caso...
    ¡Y no le picaron! Sin duda era especial.

    Un abrazo, malvada Bruja franciscana.

    ResponderEliminar
  12. Herman Hesse es una caja de sorpresas. Creía que había leído mucho de él, y siempre me sorprendía su capacidad para el cambio de registro, esa multiplicidad de voces, aunque en el fondo siempre resonara la suya, pero esta obra no la conocía. Muchas gracias por traerlo, por mostrárnoslo. Tiene razón Lirio, eres sensible y generoso.
    ¿Sabes? Hace unos días me acordaba de ti por una discusión que tuvimos una vez. Tú me dijiste que yo era Nietszchiana (y apolínea, creo) y yo no estaba de acuerdo, sobre todo porque había leído poco a N. y de entrada no me lo parecía en absoluto. Bien, este verano he tenido que leerlo más a fondo (otro día te explico por qué) y va a resultar que sí, que algo de eso hay...
    Un abrazo grande.

    ResponderEliminar
  13. Gracias, Bel M.

    Dicen los críticos que Hesse era escritor de un solo libro, porque todo lo que escribía hablaba siempre de lo mismo.
    Pero, ay, éste "lo mismo" era muy rico y múltiple. Y eran mil o más las voces que sabía emplear en sus historias. El verdadero artista lo es por tener sus sentidos bien abiertos a lo que pasa, por dentro, por fuera, y entre medias...

    A ver: recuerdo bien ese comentario, fue en "la luz inclinada", donde tú dijiste que no estabas de acuerdo porque preferías el sol y la luz recta. Pero aunque eso se denomine como "apolíneo", recuerda que lo que más defendía Nietzsche era lo "dionisíaco".
    Aquí me pierdo (porque parece contradictorio), pero recuerdo que tú dijiste preferir la luminosidad del cénit, que es el punto de luz que Nietzsche, en su Zarathustra, señalaba como la luz de la realidad...
    Quizá es simplemente porque te atrae la luz del Mediterráneo, consideraciones filosóficas aparte.

    Un abrazo, amiga "gordita, fea y con moño", jeje.

    ResponderEliminar
  14. Qué placer he sentido, inmenso placer, al leer estas líneas. A veces, sueño con poder entrar en la mente de un niño con tal sensibilidad, ser capaz de transcribir los sueños de héroes y princesas; de cientos de aventuras con dragones y destierros y regresos victoriosos en corceles blancos. No debería significar la madurez la pérdida de esos recuerdos tan limpios, desposeídos de toda la lacra con la que laceramos la visión de lo que fuimos.

    Precioso. Gracias por traernos estos párrafos divinos de Hesse.
    Un abrazo
    Chuff!!

    ResponderEliminar
  15. Hola, Zen.

    Me alegro mucho de que te haya gustado, y más por la manera en que lo cuentas.
    A la inevitable madurez hay que defenderla de muchos ataques; en nuestras manos está que sigan viviendo dentro nuestro aquellos caballeros que quisimos ser. Nada es fácil, pero creo que lo que fué siempre será. Y si conservamos el amor por los sueños, éstos siguen vivos en el interior.

    Un abrazo, amigo.

    ResponderEliminar
  16. Hesse siempre me ha entusiasmado... pero esto no lo conocía. Muchas gracias Antonio.

    ResponderEliminar
  17. Hola, June.
    Me alegra verte por aquí.
    Hay muchos buenos cuentos de Hesse que no son muy conocidos. Haré lo que pueda para ir sacándolos del baúl. Créeme si te digo que hay verdaderas joyas.

    Un saludo.

    ResponderEliminar