Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 30 de diciembre de 2009

Viejo año que se va...



Viejo año que se va, no se sabe a dónde.
En ti hubo un poco de todo: puentes brillantes entre soles y aguas turbulentas, túneles oscuros que engullían las horas, blandas esquinas de cera que regalaban sorpresas, destellos en la noche, mesas de luz y palabras, portales abiertos, truenos del mundo y amables silencios.
Por tus caminos andaron los sueños, las nubes y la luna. Hablaron los árboles y las aves, y las piedras escucharon... Todo se intentó, todo me pareció posible, en algún momento. Y todo lo sentí lejano en algún otro, cuando me vencía la bruma. Pero casi siempre hubo una estrella sonriendo y una voz que llamaba.

-El poeta dejó la huella de su amor sobre el papel, nombrando a lo invisible; el pintor cubrió de vivos colores su lienzo y puso rostro y figura a sus ilusiones, a sus visiones; el músico dio voz al silencio y consiguió que las estatuas bailaran; y el pensador encontró una nueva salida del laberinto, otra ventana, otra puerta.-

Remolinos que giran y giran, norias del tiempo, entre luces y sombras, entre días y noches, entre el bostezo y el suspiro, entre el brillo y la nada.

Viejo año que se va, no se sabe a dónde, gracias por tu presencia, tu paso y tu huella. Acepto tu huida hacia el horizonte. Pero no te lleves contigo a las estrellas, y deja que la luna me siga contando sus historias, sus viejos relatos de dama enamorada.
Mi ventana seguirá abierta el nuevo año, de par en par, con viento, lluvia o nieve, porque sigo esperando al pájaro del sueño...


Antonio Martín
(30 de diciembre, 2009)





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- "White Wings"
- música: Oystein Sevàg
- foto: "Invierno", regalo de mi amigo José Antonio Beorlegui

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Lluvia de luna




Mañana es esa noche que llaman "buena", una noche donde se supone que se reunen las familias y los amigos, con ánimo de fiesta, de alegre armonía, de buenos deseos y buenas promesas, con ánimo de reencuentro y de estrechar lazos. Noche de grandes comidas y grandes palabras, de risas y bailes, de besos y abrazos con sabor a vino y champán.
Bueno, en muchos casos será así, pero en otros no...

Los solitarios sólo pediremos a esa noche que tenga algún claro entre las nubes, que entre las olas de ruido haya alguna isla de silencio que nos permita leer y pensar, quizá escribir, o escuchar música auténtica, esa música que vuela...
Sólo que, a través de nuestra pequeña ventana, podamos ver caer algo de esa lluvia de luna que tanto necesitamos para seguir viviendo, para poder cruzar el puente entre la sombra y el sueño.
Y si eso no es posible, siempre nos quedará la mañana de "navidad", mañana silenciosa y tranquila, con calles vacías y abiertas, por donde el aire corre a sus anchas y hasta el sol se pregunta qué nuevo desierto está iluminando.


Antonio Martín
(23 de diciembre, 2009)


miércoles, 16 de diciembre de 2009

Extrañeza



Juan Muntañola había cumplido treinta y ocho años dos días antes, y esta tarde de otoño, mientras caminaba por el parque de vuelta a casa, bajo una fina lluvia y pisando el lecho de hojas caídas, lento y con la mirada un tanto perdida, comprendió que su vida se había llenado de extrañeza.
Iba recordando los detalles de ese día de anteayer; un día que debería haber sido alegre, por la visita de amigos y familiares, pero que se quedó en una especie de mala obra teatral, en la que no brillaba nada, el público no aplaudía y donde hasta el apuntador miraba constantemente el reloj entre bostezos.
Recordó que su madre le propuso hacer un viaje juntos a los valles de León en la próxima primavera, los valles en los que había transcurrido parte de su infancia y que él había querido conocer hace tiempo. Pero su respuesta fue negativa, dijo que estaba muy ocupado y no tenía tiempo para viajes ociosos. Eso fue lo que dijo, pero lo que sintió fue algo muy distinto...
Juan, ante esa invitación a la aventura sentimental, se quedó frío como el hielo. Sonrió, agradeció la idea, se disculpó, y notó que un vacío le mordía por dentro.

En aquel momento no entendió bien qué le pasaba, cual era la causa de su reacción. Pero lo entendía ahora, mientras caminaba despacio sobre las hojas caídas. Algo en su interior se había roto, un dique, antaño orgulloso y fuerte, se había derrumbado, y un mar de extrañeza había anegado su pequeño mundo personal. No sabía con exactitud el por qué, pero reconocía que ése era el paisaje que le rodeaba. Un paisaje vacío de destellos, oscuro, invadido por la distancia.
Al llegar a casa lo primero que hizo fue sentarse a su mesa y coger su viejo cuaderno, y allí escribió:

Hace un par de días cumplí treinta y ocho años. Ya son muchas sombras en la pared de mi tiempo. Azul, rojo y verde van cediendo ante el empuje triste del gris y el negro.
Vino a verme mi madre, y luego mi hermana me llamó por teléfono para felicitarme, y mi padre. Y más tarde vinieron de visita mi hermano y su novia. Hablé con voz ronca, me entregué un poco, sonreí otro tanto, sentí frío, sentí nada.
Sombras en la pared de mi tiempo... ¡Pero qué tonterías estoy diciendo! Ni sombras ni nada.
Sólo un par de vivos ojos asombrados.


Ya de noche, bajó a tomar café al bar habitual (se había convertido en una costumbre), y escuchó estas palabras de uno de los presentes:
-Yo aquí me siento en mi territorio. Esto es zona nacional...
Las palabras, el tono y la excesiva cercanía del citado presente, le impelieron a apurar su café y a salir rápidamente de su zona.
No es que sintiera temor, es que no quería castigar a su cansado estómago con una nueva náusea.
"La noche es mía", se dijo, "y voy sólo donde quiero".

De vuelta en casa, después de callejear un rato, se dedicó a mirar los libros, sus viejos amigos, pero no abrió ninguno. Sólo los miraba como desde lejos, desde muy lejos, quizá esperando alguna voz que le llamara. Pero no encontró más que silencio. Estaba claro que la extrañeza era ahora la dueña... Tan sólo llegó a coger uno de esos libros, El extranjero, de Albert Camus, miró su portada, le dió vueltas con la mano, como el que calibra un objeto cualquiera, pero tampoco lo abrió y volvió a dejarlo en su sitio.
Luego se puso a revolver entre sus papeles, como si buscara algo, pero sin tener una conciencia clara de por qué lo hacía. Y se encontró con una pequeña foto. Allí se veía a un joven de unos veintidós años, con el pelo largo, bigote y una tenue sombra de barba. Su expresión era seria, y sus ojos miraban con fuerza, intensamente, amorosamente, a no se sabe qué sueño lejano.
Juan buscó en su memoria, pero no logró dar con su identidad. Después fue a mirarse en un espejo, por si acaso, pero no, qué va, en absoluto, nada que ver, concluyó.
Así que se quedó con la duda: "¿Quién era ese joven?", se preguntaba, "¿y por qué tengo yo su fotografía?".

Todo, hasta su propia imagen del pasado, se le había vuelto extraño...


Antonio Martín
(16 de diciembre, 2009)

jueves, 10 de diciembre de 2009

Morlita *



Se supone que la tortuga tiene mucha paciencia, dada la lentitud de sus movimientos, pero hasta una tortuga puede cansarse de esperar, sobre todo si se ve encerrada y quiere salir afuera, que es donde está su mundo natural.
La tortuga sabe que es lenta, pero también que es segura. Y sabe asimismo que es mucho más rápida que el caracol, que su casa es más resistente y más fuerte su voluntad.
¿Conseguirá esta tortuga abrir la ventana y perderse entre la hierba y la lluvia?

Y ya que esto hoy va de tortugas, voy a poner un texto taoísta del amigo Chuang Tse:


LA TORTUGA

Chuang Tzu, con su caña de bambú,
pescaba en el río Pu.

El príncipe de Chu
mandó a dos vicecancilleres
con un documento oficial:
"Por la presente queda usted nombrado
primer ministro."

Chuang Tzu cogió su caña de bambú.
Observando aún el río Pu,
dijo:
"Tengo entendido que hay una tortuga sagrada,
ofrecida y canonizada
hace tres mil años,
que es venerada por el príncipe,
envuelta en sedas,
en un precioso relicario
sobre un altar,
en el Templo.

¿Qué creen ustedes:
es acaso mejor otorgar la propia vida
y dejar atrás una concha sagrada
como objeto de culto
en una nube de incienso
durante tres mil años,
o será mejor vivir
como una tortuga vulgar
arrastrando la cola por el cieno?"

"Para la tortuga", dijo el vicecanciller,
"será mejor vivir
y arrastrar la cola por el cieno."

"¡Váyanse a casa!", dijo Chuang Tzu.
"!Déjenme aquí
para arrastrar mi cola por el cieno!"


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- del libro "El Camino de Chuang Tzu" (o Chuang Tse)
- versión de Thomas Merton
- Ed. Debate (Madrid, 1999)

- (*) el nombre de "Morlita" quiere ser un pequeño homenaje a Michael Ende y su Historia Interminable.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

A. Martín



No tiene ninguna importancia, pero quiero dar aquí una breve explicación sobre mi cambio de nombre, al igual que hice en su momento con el cambio de imagen, cuando el lobo que aullaba a la luz de la luna se transformó en un señor con gafas...
El nombre y los apellidos nos los ponen al nacer, no los elegimos nosotros, pero pasado el tiempo podemos estar conformes o no con esa imposición. En mi caso, puedo afirmar que nunca estuve de acuerdo con el mío, no porque no me gustara, sino porque no tiene nada que ver conmigo. "Castellón" es un apellido que me pusieron cuando yo ya tenía nueve o diez años; es fácil imaginar la causa...
Y "Martín" formaba parte de mi nombre primitivo, el que me pusieron al nacer.

No se trata de buscarse a estas edades, ya avanzadas, un pseudónimo literario. Eso es algo que no me interesa, entre otras cosas porque no soy escritor. Pero, no sé, es como si me hubiera cansado de llevar un apellido postizo. Me siento mucho más a gusto con el de "Martín", un apellido muy corriente pero al que siento mucho más cerca.
Los que me habeis leído sabeis que ya he hablado aquí de un tal Martín, presentándole como un íntimo amigo, e incluso como un alter ego... Pues bien, desde ahora yo soy ese Martín.
Esto lo podría haber hecho desde el principio, cuando empecé con este Cuaderno Nocturno, y también hace veinte o treinta años, pero... las cosas suceden cuando suceden, ni antes ni después. Quizá cuando las partículas de energía se unen en una dirección concreta. Y a mí me ha tocado en este mes de diciembre.

Como decía al principio, esto no es importante, pero quería dejar constancia del pequeño cambio. Un nombre no es nada, lo que vale es el ser que hay detrás.


Antonio Martín
(9 de diciembre, 2009)

lunes, 30 de noviembre de 2009

Otoño



Para despedir este mes de noviembre me ha parecido apropiado poner aquí un precioso texto del poeta sevillano Luis Cernuda (1904-1963). Un texto que descubrí hace muy poco en uno de esos libros viejos que aún tengo a medio leer. Por un lado me siento culpable por no haberlo leído antes, pero por otro me alegro de haberlo encontrado, y más en estos momentos, en este tiempo otoñal.
Los libros son muchas veces como la misma vida: contienen joyas ocultas que no solemos ver en una primera mirada, pero que están ahí, guardadas y en silencio, esperando el momento propicio, el instante del encuentro.
Todo cuanto escribe Cernuda en este texto lo podría haber escrito yo mismo, si fuera poeta... Pero como no lo soy, me retiro respetuosamente detrás de la cortina y dejo hablar al maestro.


AM.

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EL OTOÑO


Encanto de tus otoños infantiles, seducción de una época del año que es la tuya, porque en ella has nacido.
La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi dolorosos, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de setiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal.
La voz de la madre decía: "Que descorran la vela", y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio), que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de planta con rumor rítmico sobre las losas de mármol.

De las hojas mojadas, de la tierra húmeda, brotaba entonces un aroma delicioso, y el agua de la lluvia recogida en el hueco de tu mano tenía el sabor de aquel aroma, siendo tal la sustancia de donde aquél emanaba, oscuro y penetrante, como el de un pétalo ajado de magnolia. Te parecía volver a una dulce costumbre desde lo extraño y distante. Y por la noche, ya en la cama, encogías tu cuerpo, sintiéndolo joven, ligero y puro, en torno de tu alma, fundido con ella, hecho alma también él mismo.


Luis Cernuda

- de "Ocnos" (1942-1963)

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vídeo: "Autumn"

música: "La Petite Fille de la Mer", de Vangelis



domingo, 29 de noviembre de 2009

La sombra




Después de una larga conversación, que se había extendido a lo largo de casi media noche, la sombra, desde un oscuro rincón del cuarto a donde no llegaba la luna, recostada sobre los libros viejos, le preguntó al poeta: "Entonces, ¿qué necesitas?"
Y el poeta respondió:

"Necesito asomarme a una amplia terraza que mire hacia poniente. Un cielo grande, ancho y profundo. Un sol dorado que se despida en el horizonte. Una masa de nubes amenazando tormenta. Un viento suave y fresco rozándome el alma...
Eso es lo que necesito."

"¿Y eso es todo?", replicó la sombra, mientras apoyaba una mano displicente en el Fausto. "Me pareces un ser muy simple en el fondo, un romántico, un pobre soñador..."

Entonces, el poeta apartó su mirada del rincón, se levantó y asomándose al pequeño balcón, bajo la suave luz de la luna amiga, dijo:

"Sombra, tú me conoces, pero no del todo. Yo bebo desde siempre en la fuente del aire, y mis mejores momentos tienen el sabor del viento. Soy simple en el fondo, sí, simple como la brisa, como la lluvia, como la luz que se inclina y besa, como el destello de la luna sobre el agua. Y tú, sombra, tú eres mi única complicación."

"Pues debes estarme agradecido", dijo la sombra.

"Sí, sombra, lo estoy, y te lo voy a demostrar con un regalo..."

El poeta fue hacia su mesa de trabajo y encendió la pequeña lámpara, luego se dirigió hacia la cercana pared y pulsó el interruptor de la otra lámpara del techo. El cuarto se inundó de luz, y la sombra huyó a esconderse entre los libros viejos.

"¿Dónde estás ahora, sombra? No puedo verte ni oírte."

Desde su escondite, la sombra susurró: "Volveré".



Antonio Martín
(29 de noviembre, 2009)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Triosonata de Pla



Para los amantes de la música barroca, un reciente descubrimiento de mi amigo José María, el incansable explorador.
Se trata de un compositor barroco español, del que de momento no tengo más datos, llamado Joan Baptista Pla.
Y el tema es la "Triosonata in D, No. 1".
Tocada en directo por tres jóvenes músicos, en noviembre de 2005: Francina Moll Salord, Heriberto Fonseca González y Arnau Orriols Miró.
Y para acompañar, una imagen de la catedral de Palma de Mallorca, con el arte de Miquel Barceló.

La verdad es que me encanta saber que en esta tierra también hubo otros Vivaldis, salvando las distancias que haya que salvar, si las hubiere...

martes, 24 de noviembre de 2009

La cuesta del tesoro



Hay aquí, en Madrid, una Feria del Libro permanente, abierta todos los días del año, excepto aquellos que no existen como tales, los días ciegos en los que no vemos nada, y nada nos ve...
En una suave pendiente llamada Cuesta de Moyano, que comienza en la Glorieta de Atocha y sirve de pasillo de entrada a una de las puertas del parque de El Retiro (que ahora llaman "Parque de Madrid"), muy cerca del Museo del Prado, hay una serie de viejas casetas de madera, repletas de libros antiguos y modernos, con sus correspondientes mesas delante, también llenas de libros, por supuesto.
Para mí, que la conozco desde hace unos cuarenta años, siempre ha sido como "la ruta del tesoro", o mejor aún, el tesoro mismo. En esta cuesta, que defino como maravillosa a pesar de su simple apariencia de viejo mercadillo, he encontrado muchos tesoros, muchos. Aquí empecé a montar mi biblioteca particular, que es como decir que empecé a "amueblar" mi mente... Mañanas enteras ojeando títulos, portadas y páginas me procuraron muchos gozosos encuentros. Libros de autores conocidos, y también otros descubrimientos, de gente a quien no conocía y cuyos libros elegía un poco al azar, y que luego se convirtieron en libros de cabecera.

De aquí me llevaba a casa los libros de Hesse, todos los que encontraba, y también los de Novalis o Hölderlin, Jean Paul, Hoffmann, Eichendorff, Tieck... Aquí escogía las novelas fantásticas de Dunsany o Lovecraft, lecturas nocturnas a la luz de la luna, la que entraba por la ventana de mi cuarto de entonces; aquí empecé a leer a Jung y a Erich Fromm, a Castaneda y Alan Watts...
En fin, que era como el umbral de mi casa... Toda una cuesta del tesoro, cuyo recorrido siempre me deparaba buenos encuentros. Unas veces sabía lo que buscaba, y otras muchas no, pero el resultado siempre era positivo.
Por esta cuesta solíamos subir mis amigos y yo, camino de El Retiro, cuando adolescentes... Lo cual temían un poco por mi culpa, ya que era inevitable que el amigo Antonio se quedara siempre "enganchado" en alguno de los puestos de libros, con el consiguiente retraso...

A lo largo de mi vida, ya más de medio siglo (qué fuerte suena esto), he conocido cien librerías, por no decir mil, pero esta Feria del Libro continua siempre fue la principal, la mejor de todas, mi "cuesta del tesoro" personal, una cuesta que, efectivamente, me costaba mucho subir, a pesar de su suavidad, porque a la fuerza tenía que detenerme ante las joyas que allí había... Luego seguía mi camino hacia el parque, pero ya no iba tan solo: un libro, un buen libro iba conmigo.

Y, en fin, resulta que he vuelto hace muy poco a este sitio, después de algunos años. Sigue tan vivo como antes, y he querido hacerle este pequeño homenaje. Es, como digo, mi librería preferida, una al aire libre, por la que he paseado en épocas muy diferentes de mi vida, bajo la lluvia, con sol, con viento, con nieve..., y que siempre conseguía transformar mi ánimo, y convertir cualquier sombra en luz, porque dentro de los buenos libros siempre hay una luz.
Una librería con encanto, llena de buenos recuerdos, y donde aún hoy se producen buenos encuentros...


Antonio Martín
(23 de noviembre, 2009)



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Una tarde inútil...



He grabado una cinta con música de Bach y Haendel, y ha quedado, creo, bastante bien. Al principio dediqué una cara a cada uno, pero mi idea de juntarlos no se expresaba así lo suficiente, así que me atreví a entremezclar temas de ambos en una misma cara, y el resultado es satisfactorio.
Lo que más me ha costado ha sido encontrar en cada ocasión un fragmento que enlazara con el anterior, que guardara cierta relación de tono y forma (más que una semejanza, lo que buscaba era que se acompañaran). Pero tampoco ha sido tan difícil. Según mi oído, Bach y Haendel se parecen mucho, por el estilo y por la época, que no siempre es lo mismo. Diferentes pero cercanos. Así que, aunque no dispongo de muchos discos, he podido juntar a los dos maestros sin demasiados problemas. De hecho, la mayor dificultad, quizá la única, procedía de mi nivel de atención y de mi paciencia... Por lo demás, ahora me cuesta un poco distinguir, en una primera audición, de quién es cada tema. O sea, que la unión funciona.
Los quería así, juntos, compartiendo una misma sala, escuchándose y aprobándose mutuamente. Al final, sólo gana la música. Eso es lo que buscaba.

Pero, ¿qué hace un individuo de esta otra época mezclando en una cinta magnetofónica músicas del siglo XVIII? Diría que está perdiendo gozosamente su tiempo. Es decir, lo pierde según determinado criterio de objetividad, unánimemente aceptado, y en otro sentido más íntimo lo gana. Este individuo siempre ha sido amigo de las cosas "inútiles", de esas pequeñas alegrías, como las llamaba Hesse, que aparentemente no sirven para nada.
En la vida hay muchas de estas pequeñas cosas, en las que el tiempo se recrea a sí mismo, pero a causa de la prisa, de la urgencia y de cierto sentido supuestamente práctico, nos suelen pasar inadvertidas. Sólo tiene uno que concederse el poder de reconocerlas para gozar de ellas, porque están siempre ahí, a mano, cerca, esperando en cualquier rincón de ese cuarto que tantas veces nos parece vacío.
Me atrevo incluso a conjeturar que este mundo no sería tan triste y conflictivo, si cada uno encontrase su personal relación con esas pequeñas cosas. No es la imagen de un mundo ocioso y banal la que veo, con gente inútil y tontamente satisfecha. No. Lo que veo es un mundo sereno, con gente que ha sabido pulsar la apropiada cuerda de la armonía y se encuentra libre, fuerte y dispuesta para seguir la aventura.

Un amigo me confesó el otro día que para él sería estupendo disponer de un pequeño taller, para perder allí el tiempo gozosamente fabricando muebles. Por supuesto que hacer una silla, una mesa o un armario no carece de utilidad, pero no es esto precisamente en lo que pensaba mi amigo José María cuando me hablaba del placer de trabajar la madera.
Hay otra forma de hacer las cosas que poco tiene que ver con lo que entendemos por sentido práctico. Se acerca más al sentido del juego, algo que es serio y gozoso a un tiempo, algo que me atrevo a definir como vital, porque nos hace sentirnos vivos, cosa que no conseguimos cuando trabajamos normalmente, siguiendo las reglas del mercado.

Hablo de otra forma de hacer, pero también de no hacer. Nos recordaba Lin Yutang, en su famoso libro La importancia de vivir, que "todo lo que se necesita es un temperamento artístico dedicado a buscar una tarde perfectamente inútil vivida de una manera perfectamente inútil".
En el fondo de todo esto, que en principio nos suena tan mal, hay un modo diferente de vivir, una forma distinta de pulsar las cuerdas, otra música, otra mirada. Si nos suena mal es sólo porque no encaja con el sistema, porque no está incluido en esa escala de valores que nos presentan como objetiva. Pero basta con experimentarlo una vez para darse cuenta de su utilidad. Quien logra perder así una tarde cualquiera, sabe que ha dado con una buena fórmula para ganar el tiempo.

Según lo veo, este mundo engendra una tensión que nos impide gozar de la vida. Resulta insoportable tener que moverse continuamente bajo el peso de cosas tan graves como la obligación y la necesidad. No digo que éstas no sean importantes, pero ¿qué sitio dejamos para la alegría? Creo, sinceramente, que exageramos las cosas. No es posible vivir con la tortura de una tensión constante, porque entonces la vida se convierte en una pesadilla.
Quizá la razón de esto tenga que ver con aquello del sentimiento de culpa... No lo sé. Lo que sé es que cuando me ha atacado la fiebre de la "seriedad responsable", me he visto privado de la capacidad de alegría. Puedo poner como ejemplo mi relación con los libros: como buen solitario, siempre me ha gustado leer, pero cuando he estado bajo los efectos de esa fiebre difícilmente he sido capaz de abrir un libro, y cuando lo he hecho ha sido a regañadientes y con un ánimo muy pesado.
Sobre esto comentaba Lin Yutang que "no se lee para mejorar el espíritu, porque cuando se comienza a pensar en mejorar el espíritu o la mente, desaparece todo el placer de la lectura".

Recuerdo que hace un par de meses, cuando atravesaba unos momentos un tanto críticos y tenía a los libros bastante abandonados, me atreví inexplicablemente una noche a abrir un libro de relatos de Michael Ende. Digo 'inexplicablemente', porque no era esa precisamente la clase de libro que mi fiebre me indicaba como correcta. El caso es que abrí el libro y me detuve en una de sus historias, que está dedicada a Borges: "El pasillo de Borromeo Colmi". Leí con cierta avidez sus escasas páginas, y al final me asombré de cómo me sentía: ¡había desaparecido la fiebre!
De manera que entregándome a una actividad incorrecta, inútil y no constructiva, deslizándome hacia lo lúdico, había conseguido lo que necesitaba. No quiero decir que con ello solucionara mis problemas, pero sí que había logrado un estado de ánimo más propenso a encontrar soluciones, más dispuesto, más entero o, en definitiva, más abierto y alegre. Esto es lo notable: la alegría.
Pienso que no se puede trabajar adecuadamente cuando uno está obligado por esa tensión, porque las cosas pesan demasiado, nos sobrepasan y acaban derrumbándonos.
Me viene ahora a la memoria un breve poema del amigo Li Po:

Me preguntáis por qué estoy aquí, en la montaña azul.
Yo no contesto, sonrío simplemente, en paz el corazón.
Caen las flores, corre el agua, todo se va sin dejar huella.
Es éste mi universo, diferente del mundo de los hombres.


No es que sea especialmente ilustrativo sobre lo que estoy comentando, pero me ha venido a la memoria. Seguramente a causa de cierto aroma que sí guarda relación con esto. Quien se entrega gozosamente a una actividad inútil no anda muy lejos de esa montaña azul.
Puede que su valor no sea muy grande, mirado a través del cristal de la objetividad, pero lo que es seguro es que no aumentará en un ápice la gravedad y el conflicto de este mundo, sino más bien al contrario.
En fin, que seguiré grabando cintas y haciendo otras cosas por el estilo, como pintar pequeños paisajes, contemplar el cielo nocturno o escribir este cuaderno. Simplemente, porque me encanta hacerlo, porque me alegra la existencia. Es un campo que demuestra no ser tan inútil como parece.

A Alan Watts le fascinaba el tiro con arco, no para cazar animales, sino como deporte, como un arte o, simplemente, como un juego: "Lo que más me gusta es liberar la flecha como si fuera un pájaro. Asciende a mucha altura en el cielo y luego, de repente, gira y cae."


Antonio Martín
(miércoles, 2 de abril, 1997)

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lord Dunsany (II)



Para terminar este breve homenaje a la figura de Dunsany, pongo aquí una introducción escrita por alguien que le conoció personalmente: Pradaic Colum.
Mi deseo es que los anteriores relatos y este texto sirvan para que os sintáis atraídos por su obra. Lord Dunsany era un buen soñador, y un buen narrador de sueños... Si en algo ha servido mi humilde labor de transcriptor, me doy por satisfecho, porque merece la pena leer al barón de Dunsany.

AHM.

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INTRODUCCIÓN a los CUENTOS DE UN SOÑADOR

por Pradaic Colum


Un joven alto y ceñudo, cuyos ojos vivísimos y penetrantes miraban a través de incongruentes antiparras, disertaba en una sociedad literaria de Dublín. Alguien decía: "Parece un retrato de Robert Louis Stevenson"; y en verdad que había cierta semejanza en el esparcido mostacho, en la punzante mirada y en la sugestión del rostro. Hablaba de poesía, y su profundo interés por el propio tema dábale poder para fascinar al auditorio con el hechizo de la misma poesía. Todos los poemas que recitó eran inspirados. No empleaba ningún artificio, mas todos pudieron comprender que escuchaban a un orador nato.

Era Lord Dunsany, cuyas piezas dramáticas La Puerta Brillante y El Rey Argimiris y el guerrero desconocido habíanse presentado en el teatro Irlandés (en 1909 y 1911). Era oficial del Ejército Británico, notable criketer, buen cazador, y ya había pasado por una guerra. Mas podía observarse que prefería, por encima de todo, las cosas de imaginación.


Encomiaba la obra de un joven poeta de su mismo distrito de Irlanda, el condado de Meath. Hablaba de ese condado con tal afición, que se comprendía que el propio Dunsany anteponía el hecho de ser de Meath al de ser irlandés. Meath es el condado central de Irlanda. Su suelo es muy fértil, y, por esa razón, fué siempre ambicionado por todos los conquistadores que invadieron Irlanda. Antes que vinieran los normandos contaba ya Meath con mil años de historia. Eran los dominios de Ard-ri, el emperador de los estados célticos de Irlanda. En Meath está Tara, tan sagrada y venerable, que el rey que logró poseerla tuvo por vasallos a los otros reyes de la antigua Irlanda. Y Cuchullain, cuyo nombre evoca todo un ciclo de mito e historia, tuvo una parte de Meath por patrimonio. "Hasta el hombre que batió a Napoleón era de Meath", proclamaba Lord Dunsany. Pero esto no es exacto. Aunque descendiente de una familia de Meath, Wellington nació en otro condado de Irlanda.

Los progenitores de Lord Dunsany, los Plunkett, normando-irlandeses, o norse-irlandeses, pudieron arraigarse en este famoso, por no decir fabuloso, territorio de Irlanda. El primer conquistador fundó dos señoríos: el señorío de Fingall y el de Dunsany. Los dominios, los castillos y los títulos proceden del siglo XIII y forman la más antigua baronía de las Islas Británicas. Así que Lord Dunsany pertenece a una de las seis familias de la más elevada aristocracia británica actual que datan de la época normanda.

Es de interés hacer notar que su padre fué notable orador y su tío el célebre estadista irlandés Sir Horacio Plunkett. Edward John Moreton Drax Plunkett, décimo octavo barón de Dunsany, cursó en una escuela pública inglesa y en una universidad inglesa; fué oficial de Guardias e hizo la guerra del Africa del Sur antes de empezar a escribir.



Como las antiguas literaturas, su obra comenzó por la mitología. Nos contó primero los dioses de los países en que habían de vivir sus reyes, sus sacerdotes y sus pastores. Los dioses de Pegana eran extraños y remotos; pero por debajo de ellos había mil dioses familiares: Roon, el dios de la Marcha, cuyos templos están más allá de los más lejanos montes; Kilulugung, el Señor del Humo; Jabim, que se sienta detrás de la casa a plañir las cosas rotas y abandonadas; Tribugie, el Señor de lo Obscuro, cuyos hijos son sombras; Pitsu, el que pega al gato; Hobith, el que aplaca al perro; Habinabah, el Señor del Rescoldo Encendido; el viejo Gribaun, que se sienta en el corazón del fuego y convierte la leña en ceniza.

"Y cuando cierra la noche, en la hora de Triburgie", dice en el capítulo de Los Dioses de Pegana que versa sobre los mil dioses lares, "surge calladamente de la selva Hish, el Señor del Silencio, cuya prole son los murciélagos, que han quebrantado el mandato de su padre, pero siempre en voz baja. Hish acalla al ratón y todos los susurros de la noche, y deja quedos todos los ruidos. Sólo el grillo se rebela. Pero Hish envía contra él tal hechizo, que luego de cantar mil veces, su voz se apaga y entra a formar parte del silencio."

Después de escribir Los Dioses de Pegana descubrió Lord Dunsany una figura más sugestiva para él que cualquiera de sus dioses: la figura del Tiempo. "De pronto, la atezada figura del Tiempo se alza ante los dioses; de sus manos gotea la sangre, y una roja espada cuelga perezosamente de sus dedos". El Tiempo había arrasado a Sardathrion, la ciudad que ellos habían levantado para su solaz, y cuando el más viejo de los dioses le preguntó, "el Tiempo le miró a la cara y avanzó hacia él, acariciando con sus dedos ensangrentados el puño de su ágil espada".
Una y otra vez narra de las ciudades que fueron maravilla antes de que el Tiempo prevaleciera contra ellas: Sardathrion, con su león de ónice, que asoma sus patas en la obscuridad; Babbulkund, llamada por quienes la amaban la Ciudad de Maravilla, y por quienes la aborrecían la Ciudad del Perro, donde, sobre las techumbres de palacio, "alados leones volaban como murciélagos, cada uno del tamaño de los leones de Dios, y las alas más anchas que ninguna de las creadas"; Bethmoora, cuyas ventanas vierten una tras otra a la sombra "la luz que espanta a los leones".
Todos nosotros hemos de lamentar que no figurasen esas historias de Dunsany entre las que leíamos en nuestra juventud:

"Si hubiera leído La Caída de Babbulkund o Días de Ocio en el País del Yann cuando era muchacho -dice W.B. Yeats-, tal vez hubiera cambiado a mejor o peor, y considerado esa primera lectura como la creación de mi mundo; porque cuando somos jóvenes, cuanto menos circunstancial, cuanto más lejos está un libro de la vida vulgar, más conmueve nuestros corazones y más nos hace soñar. Somos perezosos, infelices, exorbitantes, y, como el joven Blake, no admitimos ciudad hermosa que no esté enlosada de oro y plata".



De los cuentos ha pasado al poema teatral y ha llevado a la escena la impresionante sencillez de sus mitos y fábulas.
Sus reyes, mendigos y esclavos son sobremanera sencillos e inocentes; no tienen más que una pasión, o una visión, o una fe. Llegó al teatro con escaso conocimiento de lo que se llama "construcción teatral", pero con una pasmosa intuición para la situación dramática. Esta capacidad para el sentimiento de la situación es la que ha hecho de sus Dioses de la Montaña, su Rey Argimiris y el guerrero desconocido y su Noche en una posada verdaderas obras dramáticas.

Tan fundamental como el sentido de la situación debiera ser para los dramaturgos el del lenguaje exaltado. Hay palabras, palabras, palabras, pero no lenguaje; entendiendo por tal su exaltación en el teatro actual. Lord Dunsany, con W.B. Yeats y J.M. Synge, ha restaurado y potenciado el lenguaje teatral.

"¡Oh, espíritu guerrero!", exclama el Rey Argimiris apostrofando al muerto cuya espada ha encontrado en campo esclavo; "¡oh, espíritu guerrero, dondequiera que ahora vagues, cualesquiera que sean tus dioses, ya te castiguen o te bendigan; oh, espíritu caballeresco que dejaste aquí tu espada: mira cómo te adoro sin dioses a quienes adorar, porque el dios de mi pueblo ha sido roto en tres esta noche! Mi brazo está torpe por tres años de esclavitud y se ha olvidado de la espada. Pero guía tu espada hasta que haya matado a seis hombres y armado a los más fuertes esclavos, y tendrás todos los años el sacrificio de cien hermosos bueyes. Y erigiré en Ithara un templo a tu memoria, donde todo el que entre te recordará; y así serás honrado y envidiado entre los muertos, porque los muertos son muy celosos del recuerdo. Aunque hayas sido un bandido que arrancases vidas ilícitamente, raras hierbas se abrasarán en tu templo, y jóvenes vírgenes cantarán, y recién cortadas flores cubrirán las naves solemnes... ¡Oh, pero tiene una buena hoja esta vieja espada; no querrías verla errar el golpe; no querrías verla hendir sedienta el aire; una espada tan enorme necesita un buen hueso lleno de médula! ¡Ven a mi brazo derecho, oh, antiguo espíritu, oh, alma del desconocido guerrero! Y si te oyen algunos dioses, háblales contra Illuriel, el dios del rey de Darniak."

He aquí un parlamento dramático, realmente exaltado y noble. La elocuencia que le es natural cuando habla de cosas imaginarias, y que acaso le viene de herencia, alcanza sus más fina expresión en los parlamentos de sus dramas.



Todos somos hoy ficcionistas; Lord Dunsany era esa rara criatura: el fabulista. No pretende cultivar las formas impositivas de lo que llamamos realidad, graciosas, impresionantes o expresivas; propónese, por el contrario, transportarnos en absoluto fuera de esta realidad. Es como el hombre que viene a los refugios de los cazadores y dice: "Os maravilláis de la Luna. Yo os diré cómo y por qué se hizo la luna". Y luego de contarles de la Luna, sigue narrando de las maravillosas ciudades que están más allá del bosque, y del joyel que hay en el cuerno del unicornio. Si tal escritor fuese censurado por llenar a la gente de sueños y ociosos cuentos, podría contestar (si tuviera la necesaria filosofía): "He mantenido viva en su espíritu la capacidad de maravillarse, y maravillarse en el hombre es santidad".

Lord Dunsany podría decir de sí mismo, con Blake: "La imaginación es el hombre". Podría, creo, llegar hasta declarar que lo más digno que puede hacer la Humanidad es exaltar cada vez más la imaginación. Apenas si es posible sorprender en su obra una idea social. Hay una, sin embargo: la impecable hostilidad contra todo lo que empobrece la fantasía del hombre, contra las ciudades viles, contra los intereses comerciales, contra la cultura que dimana de la organización material.
El se cierne sobre las cosas que despiertan la imaginación: espadas y ciudades, templos y palacios, esclavos en revuelta y reyes en desgracia. Tiene la mentalidad de un creador de mitos, y puede dar a los barcos, a las ciudades y a los torbellinos, vastas y propias formas.

Fácil es encontrar sus orígenes literarios. Son la Biblia, Homero y Herodoto. Hizo de la Biblia, cuando joven, su libro de maravillas, inducido por la censura de su madre, que era enemiga, según él mismo nos cuenta, de que leyese periódicos vulgares y corrientes. La Biblia le ha dado su exaltada y rítmica prosa. También de ella ha tomado los temas que tanto ha repetido: lejanas e increíbles ciudades, con sus profetas y sus dioses paganos.
Gusta de Homero y de los relatos de Herodoto sobre las antiguas civilizaciones. No creo que sea muy aficionado a la literatura moderna, y estoy seguro de que no lee ninguna de las obras filosóficas, sociológicas y económicas que llenan hoy las librerías. No juzgará un libro por la cubierta; pero estoy seguro de que los juzgaría por su título.
Le he visto arrobarse con los títulos de dos libros que fueron reseñados a la vez. Era uno Los altos hechos de Finn, y el otro, La Historia del Imperio Romano Oriental desde la subida de Irene a la caída de Basilio III. (No estoy seguro de haber citado exactamente a los soberanos bizantinos.)

Tiene una imaginación pródiga. Le he visto abocetar un escenario para una obra, escribir una breve historia e inventar una docena de episodios de cuento en el espacio de una mañana, sin cesar de hablar fantásticamente. Piensa mejor, presumo, al aire libre, mientras tira o caza en torno a su castillo. Y despliega una graciosa hospitalidad en ese castillo del siglo XII, en el condado de Meath; y haría una larga caminata a pie, lo sé muy bien, para descubrir un buen interlocutor y traerlo a su círculo.
Hace mucho tiempo que un antiguo historiador de Irlanda escribió en los Anales de los Cuatro Señores: "Hay dos grandes ladrones barones en el camino a Drogheda: Dunsany y Fingall; y si conseguís libraros de las manos de Fingall, seguramente caeréis en las de Dunsany."


Pradaic Colum

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- del libro "Cuentos de un Soñador"
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)


miércoles, 11 de noviembre de 2009

El campo


EL CAMPO

Lord Dunsany


Cuando se han visto caer ya en Londres las flores de la primavera y cómo ha aparecido madurado y decaído el verano, con esa rapidez con que transcurre en las ciudades, y, sin embargo, se está en Londres todavía, entonces, en un momento imprevisto, el campo alza su cabeza florida y nos llama con su voz clara, urgente e imperiosa. Cerros y colinas parecen surgir como surgirían en el horizonte celestial las filas angélicas de un coro dedicado a rescatar a las almas empedernidas en el vicio, arrancándolas de sus tugurios.
El trajín callejero no hace suficiente ruido para ahogar su voz, ni las mil asechanzas londinenses podrían distraernos de su llamada. Una vez que se le ha oído, nos es imposible sujetar la fantasía, que se siente fascinada por el recuerdo de cualquier arroyuelo rural, con sus guijarros de colores... Londres entero cae vencido por aquel, como un Goliath metropolitano atacado de improviso.
De muy lejos vienen esas voces interiores, muy lejos en leguas y en remotos años, porque esos montes y colinas que nos solicitan son los montes que "fueron"; esa voz es la voz de antaño, cuando el rey de los duendecillos soplaba aún su cuerno.

Yo las veo ahora, aquellas colinas de mi infancia, porque ellas son las que me llaman, las veo con sus rostros vueltos hacia un atardecer de púrpura, cuando las frágiles figurillas de las hadas, asomándose entre los helechos, espían el caer de la tarde. Sobre las cumbres pacíficas no existen aún ni apetecibles mansiones ni regaladas residencias, que han echado hoy a las gentes del lugar, y las ha sustituido por efímeros inquilinos.
Cuando sentía interiormente la voz de las montañas, iba a buscarlas pedaleando en una bicicleta, carretera adelante, porque en el tren perdemos el efecto de verlas acercarse poco a poco y no nos da tiempo para sentir que vamos despojándonos de Londres como de un viejo y pertinaz pecado. Ni se pasa tampoco por las aldehuelas del camino, guardadoras de alguno de los últimos rumores de la montaña; ni nos queda esa sensación de maravilla de verlas siempre allí, siempre las mismas, conforme nos acercamos a sus faldas, mientras a lo lejos, distantes, sus santos rostros nos miran acogedores. En el tren nos las encontramos de improviso, al doblar una curva; de repente, allá se presentan todas, todas sentadas bajo el sol.

Creo yo que si uno escapase al peligro de algún enorme bosque tropical, las bestias salvajes decrecerían en número y en crueldad conforme nos alejásemos, las tinieblas se irían disipando poco a poco y el horror del lugar terminaría por desaparecer. Pues bien: conforme uno se aproxima a los límites de Londres y las crestas de las montañas comienzan a dejar sentir su influencia sobre nosotros, nos parece que las casas urbanas aumentan en fealdad, las calles en abyección, la oscuridad es mayor y los errores de la civilización se muestran más a lo vivo al desprecio de los campos.
Donde la fealdad alcanza su apogeo, en el sitio más hórrido y miserable, nos parece oír gritar al arquitecto: "¡Ya he alcanzado la cumbre de lo horrible! ¡Bendito sea Satanás!". En aquel instante, un puentecillo de ladrillos amarillentos se nos presenta como puerta de afiligranada plata, abierta sobre el país de la maravilla.
Entramos en el campo.
A derecha e izquierda, todo lo lejos que la vista alcanza, se extiende la ciudad monstruosa. Pero ante nosotros los campos cantan su vieja, eterna canción.

Una pradera hay allá llena de margaritas. Al través de ella, un arroyuelo corre bajo un bosquecillo de juncos. Tenía la costumbre de descansar junto a aquel arroyuelo antes de continuar mi larga jornada por los campos, hasta acercarme a las laderas de las montañas.
Allí acostumbraba yo a olvidarme de Londres, calle tras calle. Algunas veces cogía un ramo de margaritas y se lo mostraba a las montañas.
Frecuentemente venía aquí. En un principio no noté nada en aquel campo, sino su belleza y la sensación de paz que producía.
Pero a la segunda vez que vine pensé que algo ominoso se ocultaba en aquellas praderas.
Allí abajo, entre las margaritas, junto al somero arroyuelo, sentí que algo terrible podía acontecer. Allí precisamente, en aquel mismo sitio.
No me detuve mucho en ese lugar. Quizá, pensé, tanto tiempo pasado en Londres me había despertado estas mórbidas fantasías. Y me fuí a las colinas tan de prisa como pude.
Varios días estuve respirando el aire campesino, y cuando tuve que volverme fuí de nuevo a aquel campo a gozar del pacífico lugar antes de entrar en Londres. Pero algo siniestro se ocultaba todavía entre los juncos.

Un año entero pasó antes de volver por allí. Salía de la sombra de Londres al claro sol, la verde hierba relucía y las margaritas resplandecían en la claridad; el arroyuelo cantaba una cancioncilla alegre. Mas en el momento en que avancé en el campo, mi antigua inquietud renació; y esta vez peor que en las anteriores. Me parecía notar como si entre la sombra se cobijase algo terrible, algún espantoso acontecimiento futuro, que el transcurso de un año habría acercado.
Quise tranquilizarme haciendo el razonamiento de que tal vez el ejercicio de la bicicleta era malo y que en el momento en que se toma descanso se despertaría ese sentimiento de inquietud.
Poco después volvía a pasar ya de noche por aquella pradera. La canción del arroyo en medio del silencio me atrajo hacia ella. Y entonces me vino a la fantasía el pensar lo terriblemente frío que sería aquel lugar para quedarse allí, bajo la luz de las estrellas, si por cualquier razón uno se viese herido, sin posibilidad de escapar.

Conocía a un hombre que estaba informado al detalle de la historia de la localidad. Fuí a preguntarle si había ocurrido algo histórico alguna vez en aquel lugar. Cuando me estrechaba a preguntas para que le explicase la razón de las mías, le contesté que aquella pradera me había parecido un buen sitio para celebrar una fiesta. Pero me dijo que nada de interés había ocurrido allí, nada absolutamente.
Así, pues, era del futuro de donde procedía la inquietud.
Durante tres años hice visitas más o menos frecuentes a esa campiña, y cada vez con más claridad presagiaba cosas nefastas, y mi desasosiego se agudizaba cada vez que me entraba el deseo de descansar entre su fresca hierba, junto a los hermosos juncos.
Una vez, para distraer mis pensamientos, intenté calcular la rapidez con que corría el arroyuelo, pero me asaltó la conjetura de si correría tan de prisa como la sangre.
Y comprendí que sería un lugar terrible, algo como para volverse loco, si de improviso se empezase a oír voces.

Por fin fuí allá con un poeta a quien yo conocía. Le desperté de sus quimeras y le expuse el caso concreto. El poeta no había salido de Londres durante todo aquel año. Era necesario que fuese conmigo a ver aquella pradera y decirme qué era lo que estaba próximo a acontecer en ella. Era a fines de julio. El suelo, el aire, las casas y el polvo estaban tostados por el verano; se oía a lo lejos, monótonamente, el trajín londinense, arrastrándose siempre, siempre, siempre. El sueño, abriendo sus alas, se remontaba en el aire y, huyendo de Londres, se iba a pasear tranquilamente por los lugares campestres.
Cuando el poeta vió aquel prado se quedó como en éxtasis; las flores brotaban en abundancia a lo largo del arroyo; después se acercó al bosquecillo cercano. A la orilla del arroyo se detuvo y pareció entristecerse mucho. Una o dos veces miró arriba y abajo, con melancolía; se inclinó y miró las margaritas, una primero, luego otra, muy detenidamente, moviendo la cabeza.

Durante un gran rato estuvo silencioso, y, entretanto, todas mis antiguas inquietudes volvieron con mis presagios para lo futuro.
Entonces le dije: "¿Qué clase de campo es este?".
Y él movió la cabeza con pesadumbre.
"Es un campo de batalla", dijo.



Lord Dunsany

(A Dreamer's Tales, 1910)
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- "Cuentos de un Soñador"
- trad.: Amparo Nieto Bort
- Francisco Arellano, Editor (Madrid, 1977)

lunes, 2 de noviembre de 2009

John Ottis Adams



Mi viejo amigo José María, que es un incansable explorador de la red, constantemente me regala buenos descubrimientos musicales que encuentra por ahí, de piezas clásicas, barrocas o jazzísticas, pero esta vez me ha sorprendido.
Se trata de la obra de un pintor impresionista americano al que no conocía: John Ottis Adams (1851-1927).
Y es para mí un placer compartir con vosotros este descubrimiento.



Y además el vídeo está acompañado por un fragmento del tema "Appalachian Spring", de Aaron Copland, una música que va muy bien con estos cuadros de paisajes.
Espero que el conjunto sea de vuestro agrado.





        

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imágenes 1 y 2: pinturas de John Ottis Adams
imagen 3: retrato de Aaron Copland

La ventana maravillosa




LA VENTANA MARAVILLOSA


Lord Dunsany



La policía estaba haciendo circular al viejo de indumentaria oriental, y eso fue lo que hizo que se fijase en él, y en el paquete que llevaba debajo del brazo, el señor Sladden, quien se ganaba el sustento en los almacenes de los Sres. Mergin y Chater, o sea en su establecimiento.
El señor Sladden tenía fama de ser el joven más atontado para los negocios: un asomo -un simple atisbo- de fantasía hacía que se quedase con la mirada perdida, como si las paredes de la tienda fuesen de gasa y Londres mismo fuese una pura ficción, en lugar de atender a los clientes.
El solo hecho de que el mugriento papel que envolvía el paquete del viejo estuviera cubierto de letras árabes bastó para suscitar en el señor Sladden ideas de aventura, y siguió tras él hasta que se dispersó la pequeña multitud, y el extranjero se detuvo en el bordillo de la acera, desenvolvió el paquete, y se dispuso a vender su contenido. Era una ventanita de madera vieja con pequeños cristales emplomados; tenía como un pie de ancho, y menos de dos pies de alto. El señor Sladden jamás había visto vender una ventana en la calle, así que preguntó el precio.

-Su precio es todo lo que usted tenga -dijo el viejo.
-¿De dónde la ha sacado? -dijo el señor Sladden, porque era una ventana muy rara.
-Di por ella todo lo que tenía, en las calles de Bagdad.
-¿Y tenía mucho? -dijo el señor Sladden.
-Tenía cuanto quería -dijo-, menos esta ventana.
-Debe ser una buena ventana -dijo el joven.
-Es una ventana mágica -dijo el viejo.
-Yo sólo llevo encima diez chelines; pero en casa tengo quince, y seis peniques.
El viejo meditó un momento.
-Entonces, el precio de la ventana es de veinticinco chelines y seis peniques -dijo.

Sólo cuando quedó cerrado el trato, y pagó los diez chelines, y le acompañaba el extraño viejo para cobrar sus quince chelines y seis peniques y colocarle la mágica ventana en su única habitación, se le ocurrió al señor Sladden que no necesitaba ninguna ventana. Pero ya estaban en la puerta de la casa donde tenía alquilada la habitación, y parecía demasiado tarde para entrar en explicaciones.
El extranjero pidió que le dejase solo mientras colocaba la ventana, así que el señor Sladden se quedó delante de la puerta, al final de un pequeño tramo de crujientes escalones. No oyó ruido de martillazos.
Poco después salió el extraño viejo con su descolorida túnica amarilla y su larga barba, y con la mirada perdida en la lejanía. "Ya está", dijo; y se despidieron él y el joven. Y si siguió en Londres como una mancha de color y un anacronismo, o regresó a Bagdad, y qué oscuras manos pusieron en circulación sus veinticinco chelines y seis peniques, son cosas que el señor Sladden no llegó a saber jamás.

El señor Sladden entró en la habitación de desnudo entarimado donde dormía y pasaba todas sus horas de recogimiento desde que cerraban hasta que abrían los Sres. Mergin y Chater. Para los penates de tan desastrada habitación, su impecable levita debía de ser objeto de constante admiración. El señor Sladden se la quitó y la dobló cuidadosamente; y allí, en la pared, un poco alta, estaba la ventana del viejo. Hasta ese momento no había habido ninguna ventana en esa pared, ni otro adorno que una pequeña alacena; así que cuando el señor Sladden hubo guardado con todo esmero su levita, echó una mirada por su nueva ventana. Ocupaba el sitio donde había estado antes la alacena en la que guardaba los cacharros del té: ahora los tenía encima de la mesa. Cuando el señor Sladden miró por su nueva ventana declinaba ya la tarde de ese día de verano: las mariposas habrían cerrado sus alas hacía rato, aunque aún no habrían salido los murciélagos a hacer sus recorridos... Pero esto era Londres: las tiendas habían cerrado, aunque aún no habían encendido las luces de las calles.

El señor Sladden se frotó los ojos, después frotó la ventana, y vio todavía un cielo azul intenso; y allá abajo, a una distancia desde la que no le llegaban ni el ruido ni el humo de las chimeneas, percibió una ciudad medieval erizada de torres. Techumbres marrones, calles empedradas, y luego blancas murallas y contrafuertes; y más allá, campos verdes y minúsculos riachuelos. En lo alto de las torres había arqueros recostados, y piqueros a lo largo de las murallas; de vez en cuando, alguna carreta recorría una calle vetusta, cruzaba pesadamente la puerta de la ciudad, y salía al campo; de vez en cuando, entraba alguna que otra, también, procedente de la bruma que iba cubriendo los campos con el atardecer. A veces, la gente asomaba la cabeza a sus ventanas enrejadas; otras, se ponía a cantar algún trovador ocioso, y nadie tenía prisa ni se atribulaba por nada. Aunque la altura era enorme y vertiginosa -porque el señor Sladden se encontraba, al parecer, más alto que una gárgola de catedral-, sin embargo, percibió con toda claridad un detalle clave: las banderas que ondeaban en cada torre, por encima de los indolentes arqueros, ostentaban pequeños dragones dorados sobre un campo blanco puro.
Por la otra ventana le llegaba el estruendo de los autobuses y el vocear de los vendedores de periódicos.





El señor Sladden se volvió más soñador que nunca, después de eso, en el establecimiento de los Sres. Mergin y Chater. Pero en un asunto se reveló lúcido y alerta: hacía constantes y minuciosas indagaciones acerca de una bandera blanca con dragones de oro, y no hablaba con nadie sobre su maravillosa ventana. Llegó a saberse las banderas de todos los reyes de Europa, se interesó incluso por la historia, e hizo averiguaciones en los comercios familiarizados con la heráldica; pero en ninguna parte consiguió descubrir el menor rastro de pequeños dragones de oro sobre campo argén. Y considerando que aquellos dorados dragones ondeaban para él solo, llegó a quererlos como un exiliado en el desierto puede querer los lirios de su tierra natal, o un enfermo a las golondrinas cuando sabe que no es fácil que viva otra primavera.
En cuanto los Sres. Mergin y Chater echaban el cierre, el señor Sladden regresaba a su sórdida habitación, a mirar por la maravillosa ventana, hasta que oscurecía y pasaba la guardia, linterna en mano, haciendo la ronda de las murallas, y surgía la noche como si fuese de terciopelo, cuajada de estrellas desconocidas. Otro dato clave intentó obtener una noche, trazando en un papel las figuras de las constelaciones; pero tampoco le llevó esto a ninguna parte, ya que no se parecían en nada a las que brillaban en uno y otro hemisferio.

Todos los días, en cuanto se despertaba, lo primero que hacía era ir a la ventana maravillosa: y allí estaba la ciudad, diminuta por la distancia, brillando a la luz matinal, con los dragones de oro danzando al sol, y los arqueros estirándose o balanceando los brazos en las torres azotadas por el viento. La ventana no se abría, de manera que no oía las canciones que los trovadores cantaban al pie de los dorados balcones; ni siquiera oía los carillones de los campanarios, aunque a cada hora veía salir disparadas de sus nidos a las cornejas. Y lo primero que hacía él siempre era echar una ojeada a las torres que descollaban por encima de las murallas, para ver si seguían volando los pequeños dragones de oro sobre sus banderas. Y cuando los veía ondear en cada torre sobre blancos pliegues, contra el azul intenso y maravilloso del cielo, se vestía contento y, tras una última ojeada, se marchaba al trabajo con el espíritu radiante. Les habría sido difícil a los clientes de los Sres. Mergin y Chater adivinar la exacta ambición del señor Sladden mientras les atendía con su elegante levita: ser hombre de armas o arquero para luchar, bajo los pequeños dragones de oro que tremolaban sobre una bandera blanca, en favor de un rey desconocido de una ciudad inaccesible. Al principio, el señor Sladden solía dar vueltas y vueltas en torno a la calleja miserable donde vivía, pero no consiguió averiguar nada; y no tardó en advertir que debajo de su ventana maravillosa soplaban aires muy distintos de los del otro lado de la casa.

En agosto, las tardes comenzaron a acortar -ése fue precisamente el comentario que le hicieron los otros empleados de los almacenes, por lo que casi temió que sospecharan su secreto-, y tuvo mucho menos tiempo para dedicar a la ventana maravillosa, ya que había pocas luces abajo, y las apagaban temprano.
Una mañana de finales de agosto, antes de salir para el trabajo, el señor Sladden vio que una compañía de piqueros corría por la calle empedrada en dirección a las puertas de la ciudad medieval, la Ciudad de los Dragones de Oro solía llamarla él, pero sólo en su pensamiento, ya que nunca hablaba de ella con nadie. Lo siguiente que observó fue que los arqueros de las torres hablaban vivamente entre sí y se repartían manojos de flechas, además de las que llevaban en las aljabas. En las ventanas se asomaban más cabezas de lo habitual; una mujer salió corriendo, llamó a unos niños y los metió en casa; pasó un caballero calle abajo, y a continuación aparecieron más piqueros en las murallas; y las cornejas estaban todas en el aire. En la calle no cantaba ningún trovador. El señor Sladden echó una mirada a las torres para comprobar que seguían izadas las banderas, y que ondeaban al viento los dorados dragones. Luego tuvo que irse al trabajo.

Esa tarde cogió el autobús para volver y subió la escalera corriendo. No parecía ocurrir nada especial en la Ciudad de los Dragones de Oro, aparte de haber una multitud en la calle empedrada que se dirigía a las puertas de la ciudad; los arqueros parecían seguir indolentemente recostados en sus torres, como de costumbre; luego arriaron una bandera blanca con sus dragones dorados. No se dio cuenta el señor Sladden, al pronto, de que los arqueros estaban todos muertos. La multitud venía en riada hacia él, hacia el altísimo muro desde donde observaba: los de la bandera blanca cubierta de dragones retrocedían poco a poco, acosados por unos hombres que portaban otra bandera, una bandera en la que había un gran oso rojo. Arriaron otra bandera de una torre. Entonces lo comprendió todo: los dragones de oro... sus pequeños dragones de oro, estaban siendo derrotados. Los hombres del oso habían llegado al pie de su ventana; cualquier cosa que les arrojase desde esa altura caería con fuerza tremenda: los hierros de la chimenea, carbón, su reloj, lo que fuese; pero tenía que luchar por sus pequeños dragones de oro.

De una de las torres brotó una llamarada que lamió los pies de un arquero reclinado: no se movió. Seguidamente, dejó de ver el estandarte extranjero, que se había situado justo debajo de él. El señor Sladden rompió los cristales de la ventana maravillosa y desprendió con el atizador el plomo que los sujetaba. En el instante mismo de romperse el cristal, vio tremolar aún una bandera cubierta de dragones de oro; luego, al dar un paso atrás para arrojar el atizador, le llegó un aroma de especias misteriosas; pero no había nada allí, ni siquiera claridad; porque tras los fragmentos de la ventana maravillosa no estaba sino la pequeña alacena donde guardaba los cacharros del té.

Y aunque el señor Sladden es hoy más viejo, y conoce más el mundo, y hasta tiene su propio negocio, jamás ha podido comprar otra ventana igual ni, desde entonces, ha logrado averiguar una sola palabra, por los libros o los hombres, sobre la Ciudad de los Dragones de Oro.


Lord Dunsany


- "The Wonderful Window"
- (The Book of Wonder; 1912)

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- del libro En el País del Tiempo
- traducción: Francisco Torres Oliver
- Ediciones Siruela, Madrid 1988

viernes, 30 de octubre de 2009

Lord Dunsany




La próxima entrada de este cuaderno será un cuento de Lord Dunsany, uno titulado "La ventana maravillosa", de su libro The Book of Wonder, de 1912.
Pero antes quiero poner aquí, como presentación, una breve semblanza que le dedicó un escritor muy conocido, llamado Borges...




La literatura, nos dicen, empieza por cosmogonías y mitos; Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, ensayó con felicidad ambos géneros en The Gods of Pegana (1905) y Time and the Gods (1906).
Se ha comparado la cosmogonía de Dunsany con la de William Blake, anterior en un siglo. Hay una diferencia esencial: la de Blake corresponde a una renovación total de la ética, que procede de Swedenborg y que Nietzsche prolongará; la de Lord Dunsany, a un libre y gozoso juego de la imaginación.
Matthew Arnold, en 1867, había declarado que lo esencial de la literatura celta es el sentimiento mágico de la naturaleza; la obra de Dunsany confirmaría espléndidamente esa aseveración.
En 1921 manifestó: "No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado".


Jorge Luis Borges

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Imágenes:

- Castillo de Dunsany
- Lord Dunsany

miércoles, 28 de octubre de 2009

La llave de plata




LA LLAVE DE PLATA


H. P. Lovecraft


    Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños. Anteriormente había compaginado la insulsez de la vida cotidiana con excursiones nocturnas a extrañas y antiguas ciudades situadas más allá del espacio, y a hermosas e increíbles regiones de unas tierras a las que se llega cruzando mares etéreos. Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río Oukranos, hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna, hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil.

    Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad.
    Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo. Cuando se lamentó y sintió deseos imperiosos de huir a las regiones crepusculares donde la magia moldeaba hasta los más pequeños detalles de la vida, y convertía sus meras asociaciones mentales en paisaje de asombrosa e inextinguible delicia, le encauzaron en cambio hacia los últimos prodigios de la ciencia, invitándole a descubrir lo maravilloso en los vórtices del átomo y el misterio en las dimensiones del cielo. Y cuando hubo fracasado, y no encontró lo que buscaba en un terreno donde todo era conocido y susceptible de medida según leyes concretas, le dijeron que le faltaba imaginación y que no estaba maduro todavía, ya que prefería la ilusión de los sueños al mundo de nuestra creación física.

    De este modo, Carter había intentado hacer lo que los demás, esforzándose por convencerse de que los sucesos y las emociones de la vida ordinaria eran más importantes que las fantasías de los espíritus más exquisitos y delicados. Admitió, cuando se lo dijeron, que el dolor animal de un cerdo apaleado, o de un labrador dispéptico de la vida real, es más importante que la incomparable belleza de Narath, la ciudad de las cien puertas labradas, con sus cúpulas de calcedonia, que él recordaba confusamente de sus sueños; y bajo la dirección de tan sabios caballeros fomentó laboriosamente su sentido de la compasión y de la tragedia.
    De cuando en cuando, no obstante, le resultaba inevitable considerar cuán triviales, veleidosas y carentes de sentido eran todas las aspiraciones humanas, y cuán contradictoriamente contrastaban los impulsos de nuestra vida real con los pomposos ideales que aquellos dignos señores proclamaban defender. Otras veces miraba con ironía los principios con los cuales le habían enseñado a combatir la extravagancia y artificiosidad de los sueños; porque él veía que la vida diaria de nuestro mundo es en todo igual de extravagante y artificiosa, y muchísimo menos valiosa a este respecto, debido a su escasa belleza y a su estúpida obstinación en no querer admitir su propia falta de razones y propósitos. De este modo, se fue convirtiendo en una especie de amargo humorista, sin darse cuenta de que incluso el humor carece de sentido en un universo estúpido y privado de cualquier tipo de autenticidad.

    En los primeros días de esta servidumbre, se refugió en la fe mansa y santurrona que sus padres le habían inculcado con ingenua confianza, ya que le pareció que de ella nacían místicos senderos que le ofrecían alguna posibilidad de evadirse de esta vida. Sólo una observación más cuidadosa le hizo comprender la falta de fantasía y de belleza, la rancia y prosaica vulgaridad, la gravedad de lechuza y las grotescas pretensiones de inquebrantable fe que reinaban de manera aplastante y opresiva entre la mayor parte de quienes la profesaban; o le hizo sentir plenamente la torpeza con que trataban de mantenerla viva, como si aún fuera el intento de una raza primordial por combatir los terrores de lo desconocido. A Carter le aburría la solemnidad con que la gente trataba de interpretar la realidad terrenal a partir de viejos mitos, que a cada paso eran refutados por su propia ciencia jactanciosa. Y esta seriedad inoportuna y fuera de lugar mató el interés que podía haber sentido por las antiguas creencias, de haberse limitado a ofrecer ritos sonoros y expansiones emocionales con su auténtico significado de pura fantasía.
    Pero cuando comenzó a estudiar a los filósofos que habían derribado los viejos mitos, los encontró aún más detestables que quienes los habían respetado. No sabían esos filósofos que la belleza estriba en la armonía, y que el encanto de la vida no obedece a regla alguna en este cosmos sin objeto, sino únicamente a su consonancia con los sueños y los sentimientos que han modelado ciegamente nuestras pequeñas esferas a partir del caos. No veían que el bien y el mal, y la felicidad y la belleza, son únicamente productos ornamentales de nuestro punto de vista, que su único valor reside en su relación con lo que por azar pensaron y sintieron nuestros padres; y que sus características, aun las más sutiles, son diferentes en cada raza y en cada cultura. En cambio, negaban todas estas cosas rotundamente, o las explicaban mediante los instintos vagos y primitivos que todos compartimos con las bestias y los patanes; de este modo, sus vidas se arrastraban penosamente por el dolor, la fealdad y el desequilibrio; aunque , eso sí, henchidas del ridículo orgullo de haber escapado de un mundo que en realidad no era menos sólido que el que ahora les sostenía. Lo único que habían hecho era cambiar los falsos dioses del temor y de la fe ciega por los de la licencia y de la anarquía.

    Carter apenas gozaba de estas modernas libertades, porque resultaban mezquinas e inmundas a su espíritu amante de la belleza única; por otra parte, su razón se rebelaba contra la lógica endeble mediante la cual sus paladines pretendían adornar los brutales impulsos humanos con la santidad arrebatada a los ídolos que acababan de deponer. Veía que la mayor parte de la gente, como el mismo clero desacreditado, seguía sin poder sustraerse a la ilusión de que la vida tiene un sentido distinto del que los hombres le atribuyen, ni establecer una diferencia entre las nociones de ética y belleza, aun cuando, según sus descubrimientos científicos, toda la naturaleza proclama a los cuatro vientos su irracionalidad y su impersonal amoralidad. Predispuestos y fanáticos por las ilusiones preconcebidas de justicia, libertad y conformismo, habían arrumbado el antiguo saber, las antiguas vías y las antiguas creencias; y jamás se habían parado a pensar que ese saber y esas vías seguían siendo la única base de los pensamientos y de los criterios actuales, los únicos guías y las únicas normas de un universo carente de sentido, de objetivos estables y de hitos fijos. Una vez perdidos estos marcos artificiales de referencia, sus vidas quedaron privadas de dirección y de interés, hasta que finalmente tuvieron que ahogar el tedio en el bullicio y en la pretendida utilidad de las prisas, en el aturdimiento y en la excitación, en bárbaras expansiones y en placeres bestiales. Y cuando se hallaron hartos de todo esto, o decepcionados, o la náusea les hizo reaccionar, entonces se entregaron a la ironía y a la mordacidad, y echaron la culpa de todo al orden social. Jamás lograron darse cuenta de que sus principios eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus mayores, ni de que la satisfacción de un momento es la ruina del siguiente. La belleza serena y duradera sólo se halla en los sueños; pero este consuelo ha sido rechazado por el mundo cuando, en su adoración de lo real, arrojó de sí los secretos de la infancia.

    En medio de este caos de falsedades e inquietudes, Carter intentó vivir como correspondía a un hombre digno, de sentido común y buena familia. Cuando sus sueños fueron palideciendo por la edad y su sentido del ridículo, no los pudo sustituir por ninguna creencia; pero su amor por la armonía le impidió apartarse de los senderos propios de su raza y condición. Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar. Viajar era sólo una burla; ni siquiera la Guerra Mundial le conmovió gran cosa, aunque participó en ella desde el principio en la Legión Extranjera de Francia. Durante cierto tiempo trató de buscar amigos, pero no tardó en darse cuenta de que todos ellos eran groseros, banales y monótonos, y demasiado apegados a las cosas terrenales. Se alegraba vagamente de no tener trato con sus familiares, porque ninguno le habría sabido comprender, excepto, quizá, su abuelo y su tío abuelo Christopher; pero hacía tiempo que ambos habían muerto.
    Entonces comenzó a escribir libros de nuevo, cosa que no hacía desde que los sueños le habían abandonado. Pero tampoco encontró en ello ninguna satisfacción ni desahogo, porque aún sus pensamientos eran demasiado mundanos, y no podía pensar en cosas hermosas, como antes. Los destellos de humor irónico echaban abajo los alminares fantasmales que su imaginación erigía, y su terrenal aversión por todo lo inverosímil marchitaba las flores más delicadas y fascinantes de sus maravillosos jardines. La religiosidad convencional que adjudicaba a sus personajes los impregnaba de un sentimentalismo empalagoso, en tanto que el mito del realismo y de la necesidad de pintar acontecimientos y emociones vulgarmente humanos, degradaban toda su elevada fantasía, convirtiéndola en un fárrago de alegorías mal disimuladas y superficiales sátiras de la sociedad. Así, sus nuevas novelas alcanzaron un éxito que jamás habían conocido las de antes; pero al comprender cuán insulsas debían ser para agradar a la vana muchedumbre, las quemó todas y dejó de escribir. Eran unas novelas triviales y elegantes, en las que se sonreía educadamente de los propios sueños que apenas si describía por encima; pero se dio cuenta de que eran artificiosas y falsas, y carecían de vida.

    Después de estos intentos se dedicó a cultivar el ensueño deliberado, y ahondó en el terreno de lo grotesco y de lo excéntrico, como buscando un antídoto contra los anteriores lugares comunes. Estos campos no tardaron, sin embargo, en poner de manifiesto su pobreza y su esterilidad; y pronto se dio cuenta de que las habituales creencias ocultistas son tan escasas e inflexibles como las científicas, aunque desprovistas de toda verosimilitud. La estupidez grosera, la superchería y la incoherencia de las ideas no son sueños, ni ofrecen a un espíritu superior ninguna posibilidad de evadirse de la vida real. Así, pues, Carter compró libros aun más extraños, y buscó escritores más profundos y terribles, de fantástica erudición; se sumergió en los arcanos menos estudiados de la conciencia, ahondó en los profundos secretos de la vida, de la leyenda y de la remota antigüedad, y aprendió cosas que le dejaron marcado para siempre. Decidió vivir a su modo y amuebló su casa de Boston de forma que pudiera armonizar con sus cambios de humor. Consagró una habitación a cada uno de ellos, y las pintó con los colores adecuados, disponiendo en ellas los libros convenientes y dotándolas de objetos y aparatos que le proporcionasen las sensaciones requeridas en cuanto a luz, calor, sonidos, sabores y aromas.

    Una vez oyó hablar de un hombre al cual, allá en el Sur, le rehuían y le temían todos por las cosas blasfemas que leía en arcaicos libros y en tabletas de arcilla que había conseguido traer clandestinamente de la India y de Arabia. Y fue a visitarlo, y vivió con él, y compartió sus estudios durante siete años, hasta que una noche les sorprendió el horror en un viejo cementerio desconocido, del que, de los dos que habían entrado, sólo uno regresó. Entonces volvió a Arkham, la ciudad terrible y embrujada de Nueva Inglaterra, donde habían vivido sus antepasados, y allí hizo experiencias en la oscuridad, entre sauces venerables y ruinosos tejados, que le hicieron sellar para siempre ciertas páginas del diario de uno de sus predecesores, de una mentalidad excepcionalmente tenebrosa. Pero estos horrores sólo le llevaron hasta los límites de la realidad; y no pudiendo traspasarlos, no llegó a la auténtica región de los sueños por la que él había vagado durante su juventud. De este modo, cuando cumplió los cincuenta años, perdió toda esperanza de paz o de felicidad, en un mundo demasiado atareado para percibir la belleza y demasiado intelectual para tolerar los sueños.
    Habiendo comprendido al fin la fatalidad de todas las cosas reales, Carter pasó sus días en soledad, recordando con añoranza los sueños perdidos de su juventud. Consideró que era una estupidez seguir viviendo de esa manera, y por mediación de un sudamericano, conocido suyo, consiguió una poción muy singular, capaz de sumirle sin sufrimiento en el olvido de la muerte. La desidia y la fuerza de la costumbre, no obstante, le hicieron aplazar esta decisión, y siguió languideciendo sin resolverse a poner fin a su vida, y vagando por el mundo de sus recuerdos. Quitó las extrañas colgaduras de las paredes y volvió a arreglar la casa como en sus primeros años de juventud: repuso las cortinas purpúreas, los muebles victorianos y todo lo demás.

    Con el paso del tiempo, casi llegó a alegrarse de haber diferido su determinación, ya que sus recuerdos de juventud y su ruptura con el mundo hicieron que la vida y sus sofisterías le pareciesen muy distantes e irreales, tanto más cuanto que a ello se añadió un toque de magia y esperanza que ahora empezaba a deslizarse en sus descansos nocturnos. Durante años, en sus noches de ensueño, sólo había visto los reflejos deformados de las cosas cotidianas, tal como las veían los más vulgares soñadores; pero ahora comenzaba a vislumbrar de nuevo el resplandor de un mundo extraño y fantástico, de una naturaleza confusa aunque pavorosamente inminente, que adoptaba la forma de escenas nítidas de sus tiempos de niñez y le hacía recordar hechos y cosas intrascendentes, largo tiempo olvidados. A menudo se despertaba llamando a su madre y a su abuelo, cuando hacía ya un cuarto de siglo que ambos descansaban en sus tumbas.
Luego, una noche, su abuelo le recordó la llave. Aquel sabio de cabeza encanecida, con la misma apariencia de vida que en sus buenos tiempos, le habló larga y seriamente de su rancia estirpe y de las extrañas visiones que habían tenido aquellos hombres refinados y sensibles que eran sus antepasados. Le habló del cruzado de ojos llameantes, y de los crueles secretos que éste aprendió de los sarracenos durante el tiempo que lo tuvieron en cautiverio; del primer sir Randolph Carter, que estudió artes mágicas en tiempos de la reina Isabel. Asimismo, le habló de Edmund Carter, que estuvo a punto de ser ahorcado con las brujas de la ciudad de Salem, y que había guardado en una caja una gran llave de plata que había recibido de manos de sus mayores. Antes que Carter despertara, su etéreo visitante le dijo dónde encontraría la caja y que se trataba de un cofrecillo de prodigiosa antigüedad, cuya tosca tapa, tallada en madera de roble, no había abierto mano alguna desde hacía doscientos años.

    Entre el polvo y las sombras del desván lo encontró, remoto y olvidado en el último cajón de una enorme cómoda. El cofrecillo era como de un pie cuadrado, y tenía unos bajorrelieves góticos tan tenebrosos, que no se extrañó de que nadie se hubiera atrevido a abrirlo desde los tiempos de Edmund Carter. No sonó nada dentro al sacudirlo, pero despidió místicos perfumes de especias olvidadas. Lo de que contenía una llave no era, sin duda alguna, más que una oscura leyenda. Ni siquiera el padre de Randolph Carter había sabido nunca que existiese tal cofrecillo. Estaba reforzado con tiras de hierro herrumbroso y no parecía haber medio alguno de abrir su imponente cerradura. Carter tenía el vago presentimiento de que dentro encontraría la llave de la perdida puerta de los sueños, pero su abuelo no le había dicho una sola palabra de cómo y dónde usarla.
    Un viejo criado suyo forzó la tapa esculpida; y al hacerlo, las horribles caras les miraron desde la madera ennegrecida. En el interior, un pergamino descolorido envolvía una enorme llave de plata deslustrada, labrada con misteriosos arabescos; pero no había allí explicación legible de ninguna clase. El pergamino era voluminoso, y estaba cubierto de extraños jeroglíficos pertenecientes a una lengua desconocida, trazados con un antiguo junco. Carter reconoció en ellos los mismos caracteres que había visto en cierto rollo de papiro que perteneciera al terrible sabio del Sur, el que desapareció una noche en determinado cementerio de remota antigüedad. Aquel hombre se estremecía siempre que consultaba el rollo, y Carter tembló ahora también.
    Pero limpió la llave y la conservó esa noche a su lado, metida en su aromático estuche de roble viejo. Entre tanto, sus sueños se fueron haciendo más vívidos y, aunque en ellos no aparecía ninguna de aquellas extrañas ciudades, ni los increíbles jardines de sus viejos tiempos, fueron adquiriendo un significado definido cuya finalidad no dejaba lugar a dudas. Era llamado en sueños desde un pasado remoto, y se sentía arrastrado por las voluntades unidas de todos sus antepasados hacia alguna fuente oculta y ancestral. Entonces comprendió que debía penetrar en el pasado y confundirse con las viejas cosas; y día tras día pensó en las colinas del norte, donde se hallan la encantada ciudad de Arkham y el impetuoso Miskatonic, y la rústica y solitaria morada de su familia.

    Bajo la lívida luz del otoño, Carter emprendió el viejo camino a través de un mágico panorama de colinas onduladas y de prados cercados de piedra, y atravesó el valle lejano de laderas cubiertas de bosque, recorrió la serpeante carretera, pasó junto a las abrigadas granjas y bordeó los meandros cristalinos del Miskatonic, cruzado aquí y allá por rústicos puentecillos de madera o de piedra. En una de sus curvas vio el grupo de olmos gigantescos donde había desaparecido misteriosamente uno de sus antepasados hacía ciento cincuenta años, y se estremeció al sentir el viento que soplaba de modo significativo entre sus troncos. Luego apareció la casa solitaria y ruinosa del viejo Goody Fowler, el brujo, con sus ventanucos endemoniados y su gran tejado que descendía casi hasta el suelo por la parte de atrás. Pisó el acelerador al pasar por delante, y no moderó la marcha hasta haber coronado la colina donde había nacido su madre, y los padres de su madre, en un blanco y viejo caserón que todavía conservaba su imponente aspecto desde la carretera, colgado sobre un paisaje trágico y maravilloso de rocosas pendientes y valles verdeantes, en cuyo horizonte se divisaban los lejanos campanarios de Kingsport, y aún más allá se adivinaba la presencia de un mar arcaico y henchido de sueños.
    Luego vino la ladera de monte bajo donde se alzaba la mansión que Carter no había visitado desde hacía cuarenta años. Caía ya la tarde cuando llegó al pie del lugar, y a mitad de camino se detuvo a contemplar la extensa comarca dorada y celestial, inundada por la luz sesgada del sol poniente. Toda la fantasía y el anhelo de sus sueños recientes parecían encarnar en este paisaje apacible y extraño que le sugería la ignorada soledad de otros planetas. Recorrió con la mirada el tapiz desierto de los prados que se estremecía entre tapias derruidas y mágicos macizos de bosque que destacaban por encima del ondulado perfil de las colinas, y el valle espectral, poblado de árboles, que se precipitaba entre sombras hacia los húmedos bordes de los riachuelos cuyas aguas sollozaban al discurrir gorgoteantes entre hinchadas y retorcidas raíces.

    Algo le dijo que su automóvil no pertenecía a este universo, así que lo dejó junto al límite del bosque y, metiéndose la enorme llave en el bolsillo de la chaqueta, siguió subiendo a pie por la cuesta. Se internó en lo profundo del bosque, aun a sabiendas de que el edificio estaba en lo alto de una loma totalmente despejada de árboles, excepto por el norte. Se preguntó qué aspecto ofrecería la casa, puesto que estaba vacía y abandonada, en parte por culpa suya, desde la muerte de su extraño tío abuelo Christopher, ocurrida hacía treinta años. Durante su niñez había pasado largas temporadas allí, y había descubierto extrañas maravillas en los bosques que se extendían al otro lado del huerto.
    Las sombras se hicieron más densas a su alrededor, porque la noche estaba cerca. A su derecha, se abrió entre los árboles un calvero, de suerte que, durante un momento, pudo distinguir leguas y leguas de praderas bañadas de luz crepuscular; y al fondo, el campanario de la Congregación, que se alzaba sobre la Colina Central de Kingsport. Arrebolados con el último resplandor del día, los cristales redondos de las lejanas ventanitas parecían despedir llamaradas de fuego. Sin embargo, al sumergirse de nuevo en las sombras, recordó de pronto, con un sobresalto, que esta visión fugaz no podía proceder sino de algún trasfondo de su memoria infantil, ya que hacía mucho tiempo que la iglesia había sido derruida para construir en su lugar el Hospital de la Congregación. Había leído la noticia con interés, ya que el periódico hablaba además de las extrañas galerías o pasadizos que se habían encontrado en la roca, bajo sus cimientos.

    A través de su confusión, le pareció oír una voz aflautada, y al reconocer su acento familiar después de tantos años, sintió un nuevo escalofrío. Benjiah Corey, el antiguo criado de su tío Christopher, era ya un anciano en aquella época lejana de su niñez en que venía a pasar temporadas enteras al viejo caserón. Ahora tendría más de ciento cincuenta años; pero aquella voz cascada no podía ser de nadie más. Carter no pudo distinguir lo que decía, pero el tono era inconfundible y obsesionante. ¡Quién iba a decir que el “Viejo Benjy” aún estaba vivo!
    -¡Señorito Randy! ¡Señorito Randy! ¿Dónde estás? ¿Quieres matar de un disgusto a tu tía Martha? ¿No te dijo que no te alejaras de la casa cara a la noche, y que volvieras antes de oscurecer? ¡Randy! ¡Ran...dyyy! En mi vida he visto un chiquillo que le guste tanto corretear por el bosque; se pasa el día merodeando por esa maldita caverna de serpientes... ¡Eh, Ran...dyyy!
    Randolph Carter se paró en la densa oscuridad y se restregó los ojos con la mano. Era muy extraño. Algo no andaba bien. Se encontraba en un paraje donde no debía estar; se había extraviado en unos lugares muy apartados, adonde no debía haber ido, y ahora era imperdonablemente tarde. No había mirado la hora en el reloj del campanario de Kingsport, aun cuando podía haberla visto fácilmente con su catalejo de bolsillo; pero sabía que su retraso era algo muy extraño y sin precedentes. No estaba seguro de haberse traído consigo el catalejo, y se metió la mano en el bolsillo de la blusa para cerciorarse. No, no lo traía; pero en cambio llevaba una llave de plata que había encontrado en alguna parte, dentro de una caja. Tío Chris le dijo una vez algo muy raro acerca de una arqueta cerrada donde había una llave, pero tía Martha le hizo callar bruscamente, diciendo que no debía contar historias de ese género a un muchacho que ya tenía la cabeza demasiado llena de quimeras. Entonces intentó recordar exactamente dónde había encontrado la llave, pero todo era muy confuso. Se preguntó si no sería en el desván de su casa de Boston, y se acordó vagamente de haber sobornado a Parks con el sueldo de media semana para que le ayudara a abrir la caja, y guardara silencio después; pero al evocar la escena, la cara de Parks le resultó muy extraña, como si las arrugas de innumerables años hubieran hecho presa de pronto en el vivo y menudo cockney.
    -¡Ran... dyyy! ¡Ran... dyyy! ¡Eh! ¡Eh! ¡Randy!
    Una linterna oscilante apareció por la curva oscura, y el viejo Benjiah se arrojó sobre la silueta silenciosa y perpleja de Carter.
    -¡Maldito crío, ahí estabas tú! ¿No tienes lengua en la boca, que no contestas? ¡Hace media hora que te estoy llamando, y me has tenido que oír hace rato! ¿Es que no sabes que tu tía Martha está la mar de preocupada por tu culpa? ¡Espera y verás, cuando se lo diga a tu tío Chris! ¡Deberías saber que estos bosques no son lugar a propósito para andar por ahí a estas horas! Te puedes tropezar con cosas malas, de las que nada bueno puedes esperar, como mi abuelo sabía muy bien antes que yo. ¡Vamos, señorito Randy, o Hanna no nos guardará la cena!

    De este modo, Carter se vio arrastrado cuesta arriba, hacia donde brillaban fascinantes las estrellas a través de los altos ramajes otoñales. Y oyeron ladrar a los perros, y vieron la luz amarillenta de las ventanas tras la última revuelta del camino, y contemplaron el parpadeo de las Pléyades por encima del calvero donde se erguía un gran tejado negro contra el agonizante crepúsculo de poniente. Tía Martha estaba en el umbral, y no regañó demasiado al pequeño tunante cuando Benjiah lo hizo entrar. Demasiado bien sabía por tío Chris que estas cosas eran propias de los Carter. Randolph no le enseñó la llave, sino que cenó en silencio y sólo protestó cuando llegó la hora de acostarse. El solía soñar mejor despierto, y por otra parte, quería utilizar la llave aquella.

    A la mañana siguiente, Randolph se levantó temprano, y habría echado a correr hacia la arboleda de arriba, si su tío Chris no le hubiera cogido, obligándole a sentarse a desayunar. Impaciente, paseó la mirada a su alrededor, por aquella estancia de suelo inclinado, por la alfombra andrajosa, por las descubiertas vigas del techo y por los pilares angulares, y sólo sonrió cuando las ramas del huerto arañaron los cristales de la ventana del fondo. Los árboles y las colinas estaban allí cerca, a su lado, y constituían las puertas de aquel reino intemporal que era su verdadera patria.
    Luego, cuando le dejaron libre, se tentó el bolsillo de la blusa para ver si tenía la llave; y al ver que sí, cruzó el huerto y echó hacia arriba, por donde el monte se elevaba hasta por encima del calvero. El suelo del bosque estaba tapizado de musgo y de misterio. Los grandes peñascos cubiertos de líquenes se erguían vagamente, bajo la luz difusa, como enormes monolitos druidas entre los troncos inmensos y retorcidos de un bosque sagrado. A mitad de su ascenso, Randolph cruzó un torrente cuyas cascadas, un poco más abajo, cantaban misteriosos sortilegios a los faunos escondidos, a los egipanes y a las dríadas.

    Luego llegó a la extraña cueva que se abría en la falda del monte, a la temible Caverna de las Serpientes que la gente del campo solía rehuir, y de la que pretendía mantenerle alejado Benjiah. La cueva era profunda, más profunda de lo que cualquiera habría sospechado, porque Randolph había descubierto una hendidura en el rincón más profundo y oscuro, que daba acceso a otra gruta más grande aún: a un espacio secreto y sepulcral cuyas graníticas paredes daban la impresión de haber sido trabajadas por un ser inteligente. Esta vez entró reptando, como en las demás ocasiones, y alumbrándose con las cerillas que había cogido del cuarto de estar, y se deslizó por la grieta del final con una ansiedad inexplicable para sí mismo. No sabía por qué razón se aproximó a la pared del fondo con tanta resolución, ni por qué sacó instintivamente la gran llave de plata. Pero siguió adelante; y cuando, aquella noche, regresó excitado a casa, no dio ninguna explicación por su tardanza, ni prestó la más mínima atención a la regañina que se ganó por haber ignorado totalmente la llamada de cuerno que anunciaba la comida de mediodía.


    Hoy coinciden todos los parientes lejanos de Randolph Carter en que, cuando éste tenía diez años, ocurrió algo que despertó su imaginación. Su primo Ernest B. Aspinwall, de Chicago, es diez años mayor que él, y recuerda muy bien el cambio operado en el muchacho después del otoño de 1883. Randolph había contemplado paisajes fantásticos, como nadie los ha contemplado en la vida; pero más extraños aún eran algunos de los poderes que mostró en relación con cosas muy reales. Parecía, en suma, haber adquirido el don singular de la profecía, y a veces reaccionaba de un modo extraño ante cosas que, pese a carecer totalmente de importancia en aquel momento, justificaban más tarde sus singulares actitudes. En el curso de los decenios subsiguientes, a medida que se inscribían nuevos inventos, nuevos nombres y nuevos acontecimientos en el libro de la historia, la gente podía recordar sorprendida cómo Carter se había referido años antes a cosas que de algún modo, pero inequívocamente, se relacionaban con ellos. El mismo no comprendía sus propias palabras, ni sabía por qué ciertas cosas le producían determinada emoción, aunque suponía que ello era debido seguramente a algún sueño que a la sazón no lograba recordar. A principios de 1897, cuando cierto viajero mencionó el pueblo francés de Belloy-en-Santerre, se puso pálido, y sus amigos lo recordaron después porque, en 1916, durante la Guerra Mundial, recibió en ese pueblo una herida que estuvo a punto de costarle la vida.

    Los parientes de Carter hablan a menudo de todo esto, porque él ha desaparecido recientemente. Su viejo criado, el menudo Parks, que durante muchos años había soportado con paciencia sus extravagancias, fue el último que le vio aquella mañana en que cogió el coche y se fue con una llave que acababa de encontrar. Parks le había ayudado a sacar la llave del antiguo cofrecillo que la contenía, y se sentía singularmente impresionado por los grotescos relieves que adornaban dicha arqueta, y por alguna otra causa que no le era posible referir. Cuando Carter se marchó, dejó dicho que iba a los alrededores de Arkham a visitar la comarca de sus antepasados.
    A mitad de la cuesta del Monte del Olmo, por la carretera que va hacia las ruinas de la morada solariega de los Carter, encontraron el coche cuidadosamente aparcado en la cuneta. Dentro encontraron un cofrecillo de aromática madera, adornado con unos relieves que llenaron de pavor a los campesinos que dieron con el vehículo. Este cofrecillo contenía tan sólo un pergamino, cuyos caracteres no pudieron descifrar ni lingüistas ni paleógrafos. La lluvia había borrado las huellas de sus pasos, pero parece que la policía de Boston podría haber dicho mucho sobre el desorden que reinaba entre las vigas derrumbadas de la mansión de los Carter. Era, según dijeron, como si alguien hubiera andado revolviendo entre las ruinas recientemente. Encontraron, algo más allá, un pañuelo blanco de bolsillo entre las rocas del bosque, pero no pudieron demostrar que pertenecía al desaparecido.

    Entre los herederos de Randolph Carter se habla de repartir sus bienes, pero yo pienso oponerme firmemente a ello porque no creo que haya muerto. Existen repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía y en la realidad, que sólo un soñador puede adivinar; y, por lo que sé de Carter, creo que lo que ha sucedido es que ha descubierto un medio de atravesar estos nebulosos laberintos. Si volverá o no alguna vez, es cosa que no puedo afirmar. El buscaba las perdidas regiones de sus sueños y sentía nostalgia por los días de su niñez. Después encontró una llave, y me inclino a creer que logró utilizarla para sus extraños fines.
Se lo preguntaré cuando le vea, porque espero encontrarlo en cierta ciudad soñada que ambos solíamos frecuentar. Se dice en Ulthar, comarca que se extiende al otro lado del río Skai, que un nuevo rey ocupa el trono de ópalo de Ilek-Vad, la ciudad fabulosa de infinitos torreones que se asienta en lo alto de los acantilados de cristal que dominan ese mar crepuscular donde los Gnorri, seres barbudos con aletas natatorias, construyen sus singulares laberintos; y creo que sé cómo interpretar este rumor. Ciertamente, espero con impaciencia el momento de contemplar esa gran llave de plata, porque en sus misteriosos arabescos pueden estar simbolizados todos los designios y secretos de un cosmos ciegamente impersonal.



Howard Phillips Lovecraft




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- "The Silver Key" (1929), por H. P. Lovecraft
- edición de Rafael Llopis
- traductor: F. Torres Oliver
- Alianza Editorial (Madrid, 1971)