Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







viernes, 31 de octubre de 2008

Mañana gris (un viaje al país del sueño)


Mañana gris


Miró por la ventana de su cuarto de estudio y vio una mañana gris, unas nubes enormes que juntas tapaban el cielo, ocultando el limpio y alegre azul. Más abajo, los edificios de siempre, las feas casas anodinas de todos los días, que quizá contengan historias pero cuya voz no trasciende el umbral del silencio. Y un poco más abajo, en el suelo mojado por la lluvia de la noche, coches, muchos coches que iban y venían en todas direcciones, como si buscaran un destino que no acababan de encontrar, transmitiendo una sensación como de ansiedad, de desasosiego. Todos esos coches circulaban de prisa, sin aliento, nerviosos, y Alberto imaginaba, dentro de cada uno de ellos, a un ser sin aliento y nervioso que tenía una extraña prisa por llegar a algún sitio al que en realidad no quería llegar...

La vieja historia de casi siempre, pero que envuelta en el gris de la mañana adquiría un matiz más amargo, más crudo, más infeliz que otras veces. Era un mundo extraño, cuyo sentido se le escapaba, lo que ahora le miraba a los ojos con desprecio. Ese mundo que él sentía como irremediablemente absurdo parecía sentirse a gusto en medio de esta mañana opaca, de esta ausencia de luz y color, sin azul y sin música, Parecía ser su acuarela preferida, su fondo predilecto, y se diría que devoraba cada minuto con rabioso deleite, como un monstruo sucio y gris, de mirada de humo y voz estridente, que sólo existiera para comerse el tiempo, para anular la vida y dejar sólo un rastro irreconocible de lo que podía haber sido y no fue, por su culpa. Era como una gran sombra que transformaba el día en una falsa noche sin historia.

Alberto cerró los ojos, como queriendo borrar esa imagen, pero la mañana gris seguía allí, imperturbable, y llevaba un triste mundo sobre su espalda... No quiso mirar más, se fue a la cocina a prepararse un café; tenía frío, aunque había puesto la calefacción hacía más de una hora. Tal vez el frío no era real, tal vez lo que sentía era otra cosa: el gris de la mañana, que se le había metido dentro. Volvió al cabo de un rato a su cuarto y miró otra vez a través de la ventana. Había empezado a llover; diminutas perlas de agua se pegaban en el cristal y hacían que la mañana fuera aún más extraña y borrosa, más lejana y más oscura. Aún así, Alberto siguió mirando, quizá con el deseo inconsciente de encontrar algo, algún pequeño detalle que pudiera salvar la mañana con una leve sonrisa; el juego de un perro, el vuelo de un gorrión, el saludo cimbreante de un árbol...

II

Pero no encontró nada de eso. En su lugar, vio venir desde lejos a una figura pálida, una presencia entre las nubes que se acercaba lentamente. En seguida reconoció sus ojos tristes y apagados, su boca fruncida, el suave gesto de su mano abierta que parecía querer sujetar algo que ya no estaba entre sus dedos... Sí, era ella, volvía a él como si la hubiera llamado, como si le perteneciera. Salía del espejo de la mañana y le miraba con sus ojos heridos. Le lanzaba preguntas antiguas que no podía responder. Alberto se limitó a saludarla: “Hola, Melancolía, ¿qué haces aquí? No te he llamado, ¿por qué vienes? ¿Te ha traído esta mañana gris?”

Ella no respondía, sólo le miraba fijamente y en sus ojos empezó a arder un fuego extraño, una llama azul que le trajo viejos y dolorosos recuerdos.
“¡No, no lo hagas!” –exclamó Alberto, asustado y tembloroso; sabía bien lo que se le venía encima y no quería volver a pasar por ese trance. “¡No me mires así! No te he invocado. ¡Vete!”

Pero la dama triste seguía hiriendo con su mirada, cada vez con más fuerza, con más fuego, hasta que Alberto empezó a ver que la mañana se transformaba, que desaparecía el gris y la lluvia y ante él se abría un paisaje maravilloso, hermoso y apacible como un antiguo sueño de juventud.
Ya no veía el mundo conocido; no había gente nerviosa, ni feas casas anodinas, ni humo ni ruido. Ante él sólo había un valle espléndido rodeado de montañas azules, y un cielo abierto y luminoso donde un tranquilo sol conversaba con nubes blancas, donde resonaba el murmullo de un arroyo cercano y una suave brisa hacía danzar a las flores...

“No, Melancolía, no me hagas esto. Lo que me muestras no existe, es sólo una imagen del pasado, un bello recuerdo de algo... muerto.” La voz de Alberto era sólo un susurro. Y sin dejar de mirar ese paisaje, comenzó a llorar. Sus lágrimas, largo tiempo guardadas, resbalaron en silencio por sus mejillas.

Entonces, oyó la voz; lejos al principio, pero cada vez más cerca: “¡Alberto! ¡Albertooo! ¿Dónde estás?”
Se restregó los ojos, apartó las lágrimas y miró a la lejanía... ¡Sí! ¡Era ella! ¡Ella! Quiso gritar su nombre, ¡Yolanda! ¡Yolanda!, pero no oía su propia voz, no tenía voz. La muchacha estaba ya cerca y pudo ver su cara, sus ojos castaños, su pelo largo y oscuro, su delgada boca que antaño había besado con pasión, esa boca en la que había visto la más dulce de las sonrisas, y esos ojos que le habían mirado a él, a Alberto, con el brillo del más sincero amor...

¡Esto no podía ser! ¡No esta locura! Alberto reunió toda la fuerza de que era capaz, apretó los puños y golpeó el cristal de la ventana mientras gritaba por fin: “¡Yolandaaaa!”


III


Pero su esfuerzo fue inútil. Todo lo que vio ante sí fue el rostro encendido de la Melancolía, que le seguía mirando fijamente a los ojos. Y detrás ya no estaba el hermoso valle, ni la magia que contenía. El sueño se había roto, como si fuera una película adherida al cristal de la ventana y se hubiera hecho añicos con ella.

Alberto comprendió... Había llegado la hora, su hora; ya era tiempo de hacer lo que debía hacer; no tenía sentido seguir alargando la espera. ¿Qué hacía él aquí? Este no era su mundo, aquí nunca iba a encontrar nada que le colmara, ninguna copa que saciara su sed. Andaba siempre a vueltas con el anhelo de lo infinito, de lo absoluto, y lo único que encontraba eran pequeñas migajas, restos que otros habían dejado en su camino y que no le servían para encontrar el suyo. Sólo eran viejos letreros en medio del bosque; ayudaban al caminante perdido, pero carecían de la fuerza para caminar. Los letreros no caminan, sólo indican el camino, un posible rumbo a seguir, pero es uno mismo el que tiene que caminar, y Alberto nunca había tenido la fuerza y el coraje necesarios para hacerlo.

Su anhelo del infinito no se traducía en nada espectacular y grandioso. Alberto no deseaba volar a las estrellas o conquistar un mundo; para él lo infinito podía encerrarse en un pequeño sueño, una esfera mágica donde la vida se hiciese redonda y pudiera amarse a sí misma. Esto le bastaba. Pero aún esto tan sencillo le resultaba imposible. Por todas partes crecían barreras, algunas tan altas como montañas, que le impedían llegar a la meta, que le cortaban el paso y le robaban hasta la más pequeña de las alegrías.

Estaba cansado de tantas sombras, harto de tanto dolor sin recompensa, de tanta lucha sin victoria. Todos los días eran breves batallas contra el monstruo del absurdo, y todas eran perdidas. Había noches en que conseguía dar algún paso, rescatar del vacío algo de valor, con lo que poder respirar un aire más puro y libre, un mínimo brillo en medio de la oscuridad, pero el día siguiente se encargaba siempre de destruirlo, lo convertía en arena entre las manos, quemaba con una dura luz cualquier rastro del sueño.

Y ya no quería más de esto. Ya era bastante, demasiado. Había tenido que venir la vieja dama triste para recordarle su camino, y estaba bien que así fuera. Esta mañana gris había sufrido su último dolor. Alberto se levantó y dirigió una última mirada a la dama del vestido de gasa y los ojos penetrantes, de los que había surgido la imagen de su perdido sueño. La miró un instante, sonrío y se marchó hacia otra parte de la casa.

Arriba, en el viejo desván, escondía Alberto su secreto más valioso. Dentro de un arcón, envuelto en paños como si fuera una joya, estaba el libro.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


IV


Lo encontró hace mucho tiempo, mientras rebuscaba en una librería de anticuario, y nada más verlo, sin saber qué contenía, supo que debía ser suyo. Fue como si el libro le llamara... “Seguro que es un compendio de leyes o recetas del siglo XIX o a lo sumo del XVIII”, pensó, “pero me encanta su cubierta y esos adornos tan raros que exhibe...”

Se llevó el libro a casa por un precio que estimó aceptable, y una vez allí descubrió que no era ningún antiguo códice, escrito en latín y con exquisitas miniaturas que aún no habían perdido del todo su color, como vagamente dejaba sospechar, sino un libro moderno del siglo pasado, de 1902, escrito por un tal Joseph Howard, que se decía erudito en ciencias ocultas. Estaba escrito en inglés, aunque se adornaba con un pomposo título en latín, Somnus Limen. Por supuesto, no le importó y en seguida aceptó al libro como un pequeño tesoro. Lo interesante vino después...

Durante años, Alberto bajaba el libro del desván, donde prefería que estuviera para preservarlo de miradas indiscretas, y al abrigo de la noche, encerrado en su cuarto, leía con avidez y creciente interés lo que allí estaba escrito. Según se daba a entender, el autor no era precisamente un erudito, ni profesor de ciencia alguna, sino un viajero, un explorador de lo que él mismo denominaba simplemente como The Dream Land, el país del sueño.

Era emocionante seguir los distintos y jugosos capítulos donde Howard narraba sus “viajes” a ese país de maravilla, sus descubrimientos y extraordinarios hallazgos, pero lo más interesante era que este onírico viajero tuvo la inapreciable deferencia de explicar ciertas normas para quien quisiera seguir sus pasos y adentrarse en ese otro mundo. Algo así como una guía de viaje, que incluía fórmulas secretas que servían para abrir las puertas y poder pasar al otro lado...

En un principio, Alberto leyó todo esto como si se tratara de una novela de Verne, o una colección de cuentos de Hoffmann o Dunsany; pero alguna de esas noches se atrevió, movido por la curiosidad o por simple impulso lúdico, a poner en práctica las fórmulas detalladas por Howard.
Lo que ocurrió después fue para él un suceso de lo más extraño y fantástico que había vivido nunca. Alberto consiguió efectivamente traspasar esas puertas y “viajar” al país de los sueños.


Lo que esto significara realmente no le importaba lo más mínimo; lo valioso para él era que vivía intensamente esas experiencias, que sentía que estaba allí, en la tierra de los sueños, y que nunca antes se había sentido tan vivo.
La autenticidad de estos “viajes” era para sus sentidos algo que estaba fuera de toda duda. Y le parecía absolutamente irrelevante ponerse a discutir sobre ello. Lo que pudiera decir un psicólogo al respecto le daba igual; carecía de valor la opinión de nadie, por muy científico que fuera, en un mundo que ni siquiera tiene una consciencia cierta de su propia realidad, y que año tras año va cambiando su visión de la misma.

Así que Alberto se aficionó sin restricciones a esas lecturas nocturnas y a sus consecutivos “viajes”. Varios años estuvo usando la magia del libro; muchas y extraordinarias fueron sus vivencias. Y precisamente allí, en ese país del sueño, fue donde conoció a la mujer de su vida, a Yolanda.

Pero parece ser que es cierto lo que se dice de que toda felicidad es transitoria... Sin que mediara una razón poderosa para ello, pero tal vez influido por multitud de pequeñas razones que constantemente le asediaban, Alberto fue distanciándose paulatinamente de su actividad onírica. Cada vez subía menos al desván para tomar el libro y usarlo para sus propias incursiones en esa amada tierra ya no tan desconocida, pero siempre maravillosa y sorprendente.

En cierta ocasión, se atrevió a confesar todo esto a su amigo más íntimo, a Martín, que también era muy aficionado a los sueños y propenso a todo lo que oliera a fantasía, y éste le contestó que el problema venía de su amor por Yolanda. Esa relación era tan buena, tan perfecta, que la sombra del miedo se había aliado con el frío de la duda, porque la mente no podía aceptar que algo tan bueno fuera real.

Puede que el amigo tuviera razón. El caso es que Alberto dejó una noche de bajar el libro, y poco a poco se fue olvidando de él. Su vida cambió, salía con gente a divertirse por las noches, se pasaba horas y horas hablando de temas intrascendentes, conoció a mujeres y tuvo algunas relaciones que aparentaban ser serias, pero que nunca terminaban de cuajar.
Pero después de unos meses, lentamente, sin que se diera cuenta, le desapareció esa fementida alegría, se volvió irascible y huraño. Se convirtió en un ser intratable que todos rehuían. Y a Alberto se le llenó de frío el corazón.

Ya casi no salía de casa, sólo lo imprescindible, y encerrado con sus pensamientos, a solas entre las cuatro paredes desde donde los libros, los viejos amigos, le miraban en silencio, una tarde triste y apagada de otoño le visitó por primera vez la dama del vestido de gasa y lánguidos ojos, la de la mano inerte que parecía aferrarse a un objeto inexistente. Y aquel encuentro le dolió en lo más hondo.
Pero la dama siguió viniendo, y pasaba un rato a su lado sin decir nada, y luego se iba; pero siempre, antes de marcharse, le dejaba un recuerdo sobre la mesa, cualquier cosa, una hoja seca, un verso, la estrofa de una canción, el dibujo de una gema de azul intenso, el pétalo de una flor, la huella de un beso...

Alberto no entendía al principio qué significaban aquellas cosas; las miraba sin comprender, las cogía y cerraba los ojos con fuerza intentando recordar, hasta que un susurro le venía desde muy lejos, como desde más allá del tiempo, como el eco perdido de un sueño, y ese susurro le dibujaba un nombre en el aire, un nombre de mujer: ...Yo...lan...da...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...


(continuará...)


Antonio H. Martín
(31 de octubre, 2008)

miércoles, 29 de octubre de 2008

Recuerdo de Nietzsche


En el Diccionario Filosófico de Fernando Savater, en el capítulo dedicado a la estupidez, encuentro esta cita de Nietzsche:

“Más que ser felices, los humanos quieren estar ocupados. Todo el que les procura ocupación es, por tanto, un bienhechor. ¡La huida del aburrimiento! En Oriente la sabiduría se acomoda al aburrimiento, hazaña que a los europeos les resulta tan difícil que sospechan que la sabiduría es imposible.”

Leyendo estas frases, no consigo entender cómo el león de montaña que era Nietzsche pudo volverse loco.
Aunque sí, quizá sí lo entienda: entre tanta estupidez no es demasiado difícil atravesar la frontera de la cordura y pasar al otro lado. Sería algo así como un involuntario e inconsciente abandono, una manera definitiva de descargarse el peso de la lucidez.
Como dijo el mismo Nietzsche:

“Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el estar circundado de luz.
¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz!”

Y me pregunto: ¿fue la locura la forma en que se volvió oscuro y nocturno? ¿Consiguió de esta extraña forma convertirse en amante de la luz? Aparentemente sus últimos años estuvieron envueltos en niebla, su mente parecía haberse descolgado del presente, quizá por haber caído de una montaña muy alta... Era el típico loco “ido”, que no reconoce, que no recuerda, que no reacciona, pero qué sabemos en realidad de lo que pasaba en su mente... ¿qué sabemos de lo que ocurría más allá de la laguna de la locura, en la otra orilla?

Nietzsche siempre deseó parecerse a una nube o a una pompa de jabón, y bailar alrededor del fuego de la vida.
Quiero creer que, a pesar de la triste apariencia, lo consiguió.


AHM
(29 de octubre, 2008)

lunes, 27 de octubre de 2008

Dentro y fuera




  No sé otras vidas, pero la mía es una constante tensión entre lo de dentro y lo de fuera. Por supuesto, estos no son conceptos absolutos: tanto uno como otro están fuertemente entrelazados; pero esta interrelación no impide una distinción de preferencias. Digamos que en el exterior predomina cierta tendencia que no concuerda en nada con la que manda en el interior.

  Cuando era joven simplificaba esto llamando a lo interior “vida”, porque era lo que me hacía sentir vivo, y a lo exterior lo denominaba “mundo”, que es esa cosa enorme que nos rodea por doquier y nos presiona para que sigamos sus normas, ese gigante que intenta convertirnos, que de alguna manera quiere “matarnos” para que seamos como él desea que seamos, y de ninguna otra forma.

  Cuando conseguía que mis días se inclinaran hacia la vida, me sentía fuerte y alegre. En cambio, cuando el mundo y sus circunstancias pesaban demasiado sobre mí, mi interior se nublaba, se volvía oscuro, se detenía, y me convertía en un ser débil y enfermizo que rozaba la locura e incluso la muerte.

  Esto sigue siendo igual hoy en día, y no sé si es posible cambiarlo. Mi vida se mueve entre la tensión de esos dos poderes. La fuerza del mundo es aplastante y sus ataques son continuos, pero este pobre y pequeño caminante tiene también su fuerza, que se basa en su obstinación, en su amor a la vida, y se nutre de esos raros momentos, casi mágicos, en que logra acariciar levemente la piel de su más íntimo y querido sueño.

  Decía Jung que había que hacer las paces con el mundo para poder vivir, pero pienso que para eso hay que tener un alma muy grande, con un amplio sótano donde poder guardar a buen recaudo muchas cosas dolorosas. Mi alma es pequeña, y es muy poco lo que cabe en su sótano, así que ante la imposibilidad de llegar a esa paz, que sería como aceptar lo inaceptable, me armo de indiferencia y uso para defenderme, a veces, la daga del desprecio.

  Sobra decir que hay que ser consciente de lo que llaman “realidad” y vivir en ello. No estoy propugnando una huida de lo real, un escape imaginario al mundo de los sueños, aunque muchas veces pueda verlo como la única salida frente a la locura de un mundo absurdo. Lo que defiendo es mi necesidad de sentir al mundo de otra manera, de manejar un lenguaje diferente, de poder mirar desde el interior para ver las facetas ocultas de esa realidad y descubrir, quizás, algún tesoro escondido.

Antonio H. Martín
(27 de octubre, 2008)

Amigo




Hoy es un día de luz y viento. Sol y aire entran por mi ventana, invitándome a vivir. El amigo José se ha ido ya, está de viaje, de vuelta hacia sus montañas junto al mar. La casa regresa poco a poco a su tranquilidad de antes, a su tímido silencio, pero aún se nota la presencia del amigo, aún resuenan en algún sitio su risa y su voz.

Me acuerdo ahora, no sé por qué, de mi hermana y su hijo, de los que no tengo noticias desde hace tiempo, a pesar de que viven cerca. Las historias son así, pasajeras, caprichosas, vienen y se van, a veces vuelven y a veces no. La presencia es como una luz que se monta en el aire, y quién sabe adonde viajará hoy el aire y en qué lugar se va a detener.

Lentamente, minuto a minuto, las cosas vuelven a su sitio, se acomodan en el hueco que tienen asignado, el polvo se aquieta y los sonidos recuperan su ritmo familiar, al que estamos acostumbrados, ese ritmo pausado, en calma, que nos susurra al oído que estamos en casa. Sólo el viento que entra por la ventana es nuevo, y nos trae esta luz, este cielo abierto, este leve frío de otoño, señales claras de que éste es otro día, de que hoy no es ayer.

Afuera los pájaros esperan, un tanto impacientes, sus cotidianas migas de pan, pero aún nadie asoma su mano por la abierta ventana. Quizá crean que me he ido, que hoy no estoy en casa. No pueden saber que este caminante se ha parado un momento a escribir una de sus notas, que ha visto un breve agujero en el continuo del tiempo y se ha detenido a mirar. Dentro de poco les daré, por sorpresa, su esperado alimento, volarán raudos con la miga en el pico buscando un seguro rincón y luego desaparecerán en este aire nuevo de la mañana.

El amigo está ahora en el tren, camino de su casa, para reencontrarse con su propio sonido, con su propio silencio, con lo que conforma el espejo de su vida; pensando quizá en las risas que aquí volaron un instante, en los gestos cómplices, en los recuerdos que surgieron inesperados de ocultos sitios de la memoria, en las palabras que aquí se dijeron y las que no se llegaron a decir.
El tren viaja muy rápido, y el amigo está ya muy lejos, pero se lleva su recuerdo y yo me quedo con el mío. ¿Cuándo nos volveremos a ver, a intercambiar sonrisas y palabras, a construir otra vez ese leve puente entre una y otra orilla?

¿Nostalgia? No. Que vuelva el tren cuando quiera; lo vivido nos dejó su huella. Y hoy es un día de luz y viento. El sol y el aire entran por mi ventana, invitándome a vivir.


AC. (25 de octubre, 2008)

lunes, 20 de octubre de 2008

Indian Summer


Un tema lleno de vida, que te anima a caminar...

Indian Summer

Friedemann

domingo, 12 de octubre de 2008

Movimiento






Movimiento

Ahora mismo, en este preciso instante en que empiezo a escribir estas líneas, estamos viajando... Todo está viajando siempre, pero eso se reduce a un dato demasiado amplio para un individuo normal, algo que no le sirve para sentirse en movimiento. Nuestra conciencia personal no es consciente de ese gran movimiento cósmico en que estamos inmersos; a lo sumo puede imaginarlo, “saberlo”, pero no sentirlo.

Y ocurre que necesitamos de una conciencia directa del movimiento, sin intermedios ni lejanías, porque eso nos transmite la sensación de estar vivos. En el viejo Oriente puede que esto no fuera necesario, pero nuestra mentalidad occidental requiere esa premisa de la movilidad para encontrar sentido a la existencia. Para nosotros el movimiento se traduce en vida y la quietud, la inmovilidad nos recuerda demasiado a la muerte, como si fuera su sombra. Seguramente es por eso por lo que nos esforzamos en estar siempre activos, corriendo de acá para allá y haciendo cien cosas distintas, para tener esa sensación de estar vivos, de ser, de que estamos eludiendo al vacío.

Cuando era joven formaba parte del típico grupo de amigos que van siempre juntos a todas partes, que siempre se cuentan sus cosas y comparten sus experiencias. Y recuerdo que lo que más nos interesaba, dentro del grupo, era la fuerza que algún compañero podía transmitir en determinado momento; el entusiasmo con que nos contaba su experiencia nos hacía partícipes de la misma y nos “movía”, aunque estuviéramos cómodamente sentados en sillones o butacas. De manera que el movimiento puede ser inducido por simples gestos o palabras, y además ser algo mental y no sólo físico. Lo importante, entonces, es el sentimiento.

En otras muchas ocasiones en que no aparecía el brillo del entusiasmo, nos dedicábamos a pasear sin rumbo por las calles, buscando inconscientemente algo que nos moviera por dentro; siempre intentando escapar de esa ciénaga llamada aburrimiento.
Aburrirse es como estar parado en medio de un mundo detenido y vacío. Nada nos divierte ni nos entretiene, nada nos llama la atención, nada nos dice nada..., nada nos mueve. Es una sensación desagradable, molesta y hasta angustiosa: “¿Qué me está pasando? O ha llegado el fin del mundo, o yo estoy muerto...”
Sabemos que la vida tiene sentido, porque recordamos otros momentos en que así lo sentíamos, pero el aburrimiento es la desconexión de la vida, una especie de abismo que se abre entre la vida y la conciencia, y se hunde lenta y silenciosamente en la nada.

Necesitamos el movimiento tanto como el aire. Y, como decía, no nos sirve de nada ver otro movimiento que no sea el nuestro. Saber que algo ahí afuera se mueve, que el universo entero se mueve, sólo importa si nos ayuda a movernos. Al igual que nadie puede respirar por nosotros, es imprescindible que sintamos el movimiento, que lo hagamos nuestro; en cualquier caso, el movimiento debe ser interior, individual, consciente.

Echando una breve mirada sobre el lejano Oriente, se me presenta la figura del venerable Buda; creo que él solía afirmar que estaba totalmente quieto, que no se movía ni un milímetro, porque había escapado a la presión de la rueda del Samsara, porque estaba fuera de esa rueda y podía ver y sentir el mundo directamente, más allá del velo de Maya. Pero seguro que si pudiéramos mirar en su interior encontraríamos que dentro del venerable Siddharta Gotama había mil universos danzando con la música del infinito...
El movimiento no precisa de la apariencia para ser lo que es; quien se mueve por dentro puede parecer una piedra y, sin embargo, estar lleno de vida.

Moverse es vivir, la vida es movimiento; pero cuántas veces estamos metidos hasta el cuello en un remolino de actividades, enredados en cien cosas diferentes, sin conseguir “movernos” realmente del sitio. Cuántas veces toda esa múltiple y frenética actividad no es más que un laberinto insoluble que nos detiene y nos encierra.
¿Es movimiento el alocado y absurdo vuelo de una mosca?

Moverse, vivir en definitiva, no es dar manotazos al aire ni serpentear en el agua densa de las cosas. Moverse es simple y llanamente abrir el pecho y percibir el aire y la luz de la vida, llenarse con su sabor, con su aroma y caminar al son de su música.
Moverse es dejarse llevar por ese viento.


AC. (12 de octubre, 2008)

viernes, 10 de octubre de 2008

Seraphim (música de ensueño)


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La música de Michael Nyman



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martes, 7 de octubre de 2008

El poder de la música



Esta noche he vuelto a descubrir algo que tenía olvidado: el poder positivo de la música; el otro, el negativo, lo sufro a diario gracias a una gente rarísima que confunde la música con el ruido, y que si tuviera en sus manos un violín lo usaría para marcar el ritmo golpeándolo contra una mesa.

Y este descubrimiento, este afortunado reencuentro me ha venido de la mano de Michael Nyman. Su música puede parecer quizá al principio demasiado simplista, pobre y reiterativa (de hecho, es música minimalista), pero hay que volver a escucharla con atención y darse cuenta de que está llena de vida. No soy un experto musical para explicar los detalles de sus evoluciones sonoras, sólo puedo decir algo tan sencillo como que su música me agarra y me levanta del suelo.

Escuchar, por ejemplo, su tema ‘Dreams of a Journey’ significa para mí ponerme directamente de viaje, un viaje alegre e intenso; y su ‘Abandoning’ me empieza hiriendo con un frío aire de melancolía, de un dolor resignado y oscuro, para al final regalarme una inesperada paz, un retorno de lo bueno, una amable sonrisa que no sé de donde viene ni por qué pero tiene la virtud de voltearme el corazón, y todo esto en sólo tres minutos y medio. También está ‘Trysting Fields’, que es como el sonido de agua rota de la súplica, del ruego temeroso, que parece decir “no te vayas... no me dejes solo...”, para acabar rozando la desesperación y el vacío.

Pero no podía terminar con ese tema, necesitaba algo positivo, favorable, vital, y lo he encontrado en ‘The Promise’ (el tema principal, creo, de la película El Piano). Una veloz carrera a caballo en busca del paraíso, una clara esperanza brillando en la mirada, un fuego interior que empuja hacia adelante con fuerza, porque tiene la certeza de que más allá del horizonte que ahora ve está el final del desierto y el principio de su sueño...

Pequeños tesoros como estos tiene el lado positivo de la música, y en esta bendita hora los he encontrado de nuevo, después de mucho tiempo de ruido y silencio. El pájaro de la emoción me ha visitado esta noche.


AHM.
(6 de octubre, 2008)

domingo, 5 de octubre de 2008

Kuan


KUAN

Tengo por costumbre abrir de vez en cuando el I Ching al azar, quizá porque creo en eso de la sincronicidad de Jung y se me ocurre que de alguna forma hay una relación entre mi estado de ánimo y la página que va a ser mostrada. Ya sé que para hacer una consulta seria a este libro hay que seguir un procedimiento, con varillas de bambú o simplemente con monedas, pero no se trata de una consulta, sino sólo de abrir el libro para ver con qué me encuentro.
Es una bonita edicción de bolsillo que suelo tener sobre la mesa, y esta mañana al abrirlo el librito me ha enseñado estas palabras mágicas...


"Los efectos producidos por la vida son los que ofrecen una imagen que nos autoriza a decidir qué es progreso o retroceso.
El autoconocimiento no consiste en ocuparse de los propios pensamientos, sino de los efectos que emanan de uno."


Este comentario se corresponde con el hexagrama número veinte (Kuan / La observación), y tengo que reconocer que ha pasado lo mismo que otras veces: tiene que ver conmigo y mucho. Mis últimas notas, por ejemplo, son un tanto pesadas y espesas... No porque se alarguen demasiado o empleen términos abstrusos, sino porque dan vueltas a cuestiones personales sin relevancia. Si me considero escritor o no es algo que no le interesa a nadie, ni siquiera a mí mismo; y el hecho de descubrir una aficción inesperada en cierto estimado barón no significa nada.

Uno aborda esas cuestiones por un afán de expresión y las cuenta como si conversara con un amigo, pero al mismo tiempo hay como un deseo inconsciente de delimitar, de definir aquello que se supone que uno es y que, según parece, aún anda descubriendo... Lo que hago con esas notas es agregar un archivo más a la memoria, lo que da la sensación de que la estoy enriqueciendo y que poco a poco me voy conociendo en profundidad. Pero no son más que un simple comentario, casi como hablar del tiempo con alguien. No tienen mayor importancia.

El verdadero conocimiento, tal y como apunta el Libro del Cambio, está en la misma vida. Los ecos de nuestros actos son las señales inequívocas del rumbo que llevamos. Eso es lo importante, lo que nos refleja, lo que dice quiénes somos, y no las mil vueltas que podamos dar a un tema cualquiera.

El espejo de la vida nunca miente ni se equivoca. Nosotros puede que sí.


AC. (4 de octubre, 2008)

Dunsany




Me entero de que mi estimado Lord Dunsany era, aparte de capitán del ejército inglés, un gran aficionado a la caza mayor, lo que le llevó a viajar por tierras lejanas de África y la India... No importa, pero caigo en la cuenta de que se hace uno unas ideas muy equivocadas sobre las personas que quiere y admira.

Imaginaba al señor Dunsany como un hombre más bien tranquilo, pacífico, que acostumbraba a dar largos paseos por el campo y luego, al anochecer, se encerraba en su castillo a escribir cuentos maravillosos. Me lo figuraba como un maestro de la fantasía, como un veterano viajero que conocía bien la tierra de los sueños. Y seguramente era así en realidad, pero, como todos los hombres, poseía también otras facetas, otras inclinaciones...

Lo de capitán lo entiendo, por la presión de las circunstancias --en este caso la guerra mundial--, pero lo de apasionado de la caza mayor me descoloca un poco. Y la culpa, por supuesto, no es de Dunsany, sino de esta manía que tengo de imaginar a los otros como prefiero que sean, sin molestarme primero en indagar cómo fueron realmente.

Mi manía es comprensible, pero no tiene disculpa, porque lo que hago con ella es recortar la realidad para que se ajuste a mis deseos. El paisaje queda muy bonito y agradable después de este recorte pero, lamentablemente, es un paisaje falso.

Seguiré evocando la figura del estimado Dunsany, maestro de sueños, a mi manera, pero con el añadido de nuevos datos que, por otra parte, para nada ensombrecen su buena imagen. Y para demostrar que aquí no ha pasado nada, esta misma noche voy a leer su cuento de La Ventana Maravillosa.

AHM.

Escritor...



No hace falta decir que no soy escritor, sino sólo un simple anotador, y además mediocre. No hace falta decirlo pero lo hago, por si me quedaba alguna duda. No me considero escritor, ni bueno ni malo, entre otras cosas porque no escribo. Si lo hiciera, tendría una base sobre la que hacer una valoración, pero no es el caso.
Se me ocurren ahora dos causas por las que no escribo. En primer lugar, para hacerlo es necesario tener una buena atención y una buena memoria, y carezco de ambas cosas. Soy más bien despistado y en seguida olvido los detalles. Recuerdo lo que he vivido sólo vagamente, por lo general asociado a determinada sensación, a una escena en concreto, relacionado con cierta palabra, gesto o color del ambiente, pero sin tener nunca una clara idea del conjunto. A veces pienso que mi forma de vivir es la de un viajero que siempre está de paso y con prisa, y no presta más que una mínima atención a lo que le rodea.
En segundo lugar, para escribir es imprescindible saber hacerlo, y mis torpes notas no dicen mucho a favor de esto. Más que escribir lo que hago es intentar explicarme, juntar las cuatro palabras necesarias para dar al menos una ligera idea de lo que quiero decir. Pero manejar el idioma con destreza, usar la palabra justa, controlar el tiempo y el tono de cada frase, calculando su fuerza y su peso, eso no sé hacerlo. Si alguna vez me sale algo medianamente aceptable es sólo porque he tenido la suerte de encontrarme con la forma adecuada en ese momento o, mejor, porque ella me ha encontrado a mí. En cualquier caso, mi modo de escribir es pura y llanamente intuitivo.

Como decía, no soy escritor, tan sólo un anotador o un simple escribidor. Pero también es cierto que no sabría vivir sin este juego de las palabras, que es una forma de conversar a solas con el infinito.


AHM.
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imagen: Hermann Hesse en su estudio de Montagnola