Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







lunes, 18 de agosto de 2008


El vacío de la normalidad

Encontré este escrito medio oculto entre viejos papeles, y después de leerlo me pareció interesante rescatarlo del olvido, más que nada por si podía añadir luego alguna nota que sirviera de contraste con el presente.


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Domingo, 24 de agosto, 1997


Últimamente acudo a este cuaderno muy de tarde en tarde, y no es porque me lo impidan otras ocupaciones más absorbentes, es simplemente porque no me siento con ganas de escribir nada. Entre una y otra página mi vida se mueve como una balsa de aceite, o sea que no se mueve en absoluto. Aunque ese aceite esté más o menos caliente, a veces incluso hirviendo, sigue siendo aceite y con eso no se puede escribir, ni hacer ninguna otra cosa que merezca la pena.

La verdad es que influye bastante este calor del verano, este aire denso y quieto, esta atmósfera de desierto que te quita hasta las ganas de comer. Pero no quiero usar esto como excusa. Soy, desde luego, amante de otras temperaturas más suaves, incluso frías, y si pudiera me pasaría todo el feliz y bullicioso verano durmiendo. Como los osos, pero al revés. Mientras los otros se bañan en la playa y se pasan la noche bailando y bebiendo, yo metido en una cueva fresca y oscura con una gruesa puerta cerrada con siete llaves. Pero no pasa de ser un buen sueño, un lujo impensable. El verano me lo paso despierto, tanto que casi no duermo. Mi hora habitual para acostarme ronda las seis de la mañana, y no porque haya estado bailando... Aunque sí, algo de danza hay en las mil vueltas que doy dentro de la habitación, pero es un baile nervioso y sin música.

Pienso que el problema radica en esta manía mía de no querer ser normal. Para mí normal es sinónimo de mediocre, y siempre que detecto algún síntoma de normalidad se me enciende la luz roja y salgo corriendo. Lo malo es que nunca llego muy lejos. Además, a la normalidad te la encuentras en cualquier parte, es casi como una tendencia natural. Es muy difícil escaparse. Lo normal es como una sombra. Pero aún así me niego a aceptarlo, porque demasiado bien sé lo fácil que es ceder a su influencia. Lo sencillo que es convertirse en sombra.

Y en eso vivo: voy caminando de un lado para otro con mi lámpara roja casi permanentemente encendida, buscando siempre un sitio donde poder respirar a gusto. Pero ¿se puede vivir siempre así? , porque ese sitio no suelo encontrarlo, y cuando alguna bendita vez lo consigo al poco tiempo desaparece, se pierde como agua entre los dedos. Temo que cualquier día se me funda esa bombilla de emergencia y no pueda distinguir entre la luz y lo gris, entre lo auténtico y lo mediocre. Claro que entonces de este caminante no quedaría ya ni la sombra.

En fin, sólo de estas miserias puedo escribir. Por eso es mejor no hacerlo, o hacerlo sólo muy de tarde en tarde, por aquello de no perder la sana costumbre de expresarse. Con una o dos páginas al mes sería más que suficiente para este tipo de cosas.

La normalidad me rodea por todas partes. Mi vida es como una pequeña isla en medio de ese mar gris, opaco y absurdo que configura este mundo. Una isla perdida, que no sale en los mapas -ni falta que hace- y que conserva aún algo de luz y de magia, un pequeño jardín en medio del desierto... Suena bonito esto, pero es mentira, claro. Lo cierto es que de mi isla queda ya muy poco, y en el jardín no hay más que arbustos y maleza. Las flores se fueron hace tiempo, buscando otras tierras más fértiles y aires más limpios.

Quiso ser árbol y se quedó en arbusto. Sería un buen epitafio para un pobre diablo. Quiso ser pájaro y se quedó en mosquito. La normalidad no es sólo algo que está ahí afuera, también corre por dentro. A la vista de lo que estoy escribiendo, resulta obvio. Pero también en esto hay una medianía, una insuficiencia: si fuera del todo normal no estaría aquí haciéndome preguntas, estaría por ahí, en la calle, divirtiéndome, o sentado pacíficamente delante del televisor. Y si fuera del todo extraño tampoco estaría aquí. Estaría, no sé, paseando por la luna, o creando paisajes de ensueño con mi pincel mágico...

Pero prefiero esta insuficiencia a que la balanza se incline demasiado hacia el lado negativo. No sé cómo se vería eso de ser absolutamente normal, y prefiero no saberlo. Mejor ser arbusto que no ser nada. Al fin y al cabo, también los mosquitos tienen alas.


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Leído lo anterior, ¿qué puedo decir hoy, once años después? ¿Ha cambiado algo que sea digno de resaltar?... Bueno, pues tengo que reconocer que las líneas básicas son más o menos las mismas. La normalidad sigue tan presente como antes, quizá hasta se deja sentir un poco más, es más fría su piel, más seca, más dura. Pero ahora la miro no como enemiga, o como una locura que hay que evitar, sino como un vacío. Dejarse llevar por lo normal es caer en ese vacío y perder la vida. Tal vez sea lo que he aprendido en estos años: que la normalidad es un vacío que nos impide vivir. Y por ello es por lo que intento con todas mis fuerzas ocupar mi cotidianidad con la mayor cantidad de momentos anormales que sea posible.

Sí, en lo anormal es donde encuentro yo la vida. Cuando la gente normal anda por las calles buscando cómplices para seguir manteniendo su mundo, yo estoy en un lugar distinto, pensando en otras cosas, haciendo algo diferente, construyendo mi propio mundo. Cuando esa gente se divierte, oye música, baila, canta y ríe, encendiendo la llama de su particular fiesta, yo me retiro buscando el silencio a un sitio tranquilo, donde poder escuchar las voces de mi otro mundo y ver sus paisajes, que son los que mis ojos quieren y necesitan ver. Así hago yo mi fiesta personal.

Y si no hiciera estas cosas, que pueden parecer absurdas, seguro que la fuerza de lo normal me arrastraría y me hundiría en su triste laberinto gris.

De manera que ésta es la diferencia que puedo ver con respecto al pasado. La normalidad está donde siempre ha estado, en la oscura sima de lo mediocre, una tierra negra, sin fondo ni horizonte, que por muchas luces de colores que enciendan sus acólitos seguirá siendo oscura. Y yo hago lo que puedo para no caer en esa sima.

Hoy puedo decir, con una leve sonrisa, que ya no soy un mosquito, y que mis breves alas se parecen más a las de un pájaro.


AHM. (agosto, 2008)