Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







miércoles, 26 de noviembre de 2008

El tigre



Ya casi amanecía. El viejo trasteaba en su cocina y de vez en cuando daba cortos paseos de un extremo a otro; ocho pasos lentos hacia el norte y otros ocho hacia el sur. Era su forma de pensar. Vivía desde hacía tiempo encerrado en su casa, por propia voluntad; salía sólo lo imprescindible, para comprar algo de comida, y en seguida volvía; pero el viejo necesitaba pensar y para ello debía caminar, para lo cual le servía la cocina, que era estrecha pero lo bastante larga para poder dar esos ocho pasos. De pronto, se paró y se dijo: “a pesar de mi lejanía creo en el ser humano”.
Nada especial había pasado anteriormente para concluir en esta declaración, pero es que al viejo le salían las cosas así, inopinadamente, sin saber de donde venían. Quizá había leído algo horas atrás, o había visto algo, algún pequeño detalle que le había impresionado y que ya no recordaba.

Un tigre es un ser perfecto en su tigreidad, pensó, pero no deja de estar cerrado, incapaz de ninguna evolución. Es un ser redondo y hermoso, el paradigma de la fuerza y el peligro, ante cuya presencia sólo cabe intentar escapar o postrarse y esperar el fin. No hay pensamientos ni súplicas ante un tigre. Sin salida, sin un elevado árbol al que subirse o un río profundo en el que zambullirse, sólo queda pararse ante él y fascinarse con su mortal belleza. Pero también, mirado de otra forma, es un ser cuadrado, sin ninguna posibilidad de salir de sí mismo. O al menos eso parece.
En cambio, el hombre, ese ser caótico, plagado de contradicciones, medio salvaje, medio humano, está abierto a muchos horizontes...

El viejo era un misántropo convencido, por eso vivía solo y encerrado en su casa. No quería trato con nadie y hasta le molestaba ver a la gente que pasaba frente a su ventana. Malas experiencias le habían hecho así, pero al parecer algo le quedaba dentro, un vestigio del pasado, de cuando paseaba por las calles con otros seres a los que llamaba amigos, compartiendo inquietudes y alegrías. Y esta madrugada ese algo había salido al exterior, no sabía por qué, y le había hecho pensar otra vez en el ser humano con una sonrisa.
Sí, se dijo, a pesar de todo, de la miseria y la locura, el hombre sigue siendo y siempre será un ser abierto, posible, capaz de la más extraordinaria de las aventuras, la de la vida sensible e inteligente, y quién sabe qué otros senderos de magia... El hombre es un camino hacia el infinito. Sólo tiene que desembarazarse de las mil sombras que lo enredan y lo detienen, y entonces será un ser redondo y perfecto en su humanidad.

Con este pensamiento rondándole en la mente, el viejo se preparó su café y lo bebió tranquilo, sosegado, sereno. La luz de la mañana asomaba ya por el horizonte. La estrella grande y dorada que animaba el corazón. Seguro que alguien, en alguna parte de este mundo oscuro, alzaría sus ojos y sus manos y saludaría con alegría la venida del sol. Que no se moleste el hermoso y perfecto tigre, pensó, pero aún había esperanza para el hombre, porque es un ser indefinido y libre.

Unos minutos después, el viejo empezó a oír unos ruidos que venían de la casa de al lado. Golpes y arrastrar de sillas, portazos y voces guturales, primitivas, hirientes, que invadieron el silencio y le devolvieron a la realidad... Se habían levantado los vecinos, gente vulgar y villana a la que llevaba soportando de mala manera desde hacía ya más de nueve años. Le pareció como si una oscura fumarada enrareciese de pronto el ambiente y lo hiciera irrespirable y mezquino.
Aún tranquilo, se hizo un segundo café, esta vez con algo de leche, lo bebió despacio, se encendió un cigarrillo y continuó con su extraño paseo por el suelo de la cocina. Ocho pasos lentos hacia el norte y otros ocho hacia el sur...


AC. (26 de noviembre, 2008)

5 comentarios:

  1. Buenas noches; aunque es irrelevante qué hora sea, parece adecuado decir que leo esto por la noche, noche casi cerrada de invierno. En este ambiente, casi me siento tentado de pensar que esta reflexión es un tributo a la melancolía y la esperanza de quien sabe y sufre como hombre y como mortal, pero tengo mis dudas.

    ¿Es sólo esperanza en la humanidad, tras un vida de dudas? ¿O es un momento de duda tras una vida de certezas, fueran estas erradas o correctas? Quién sabe. Quienes terminan detestando, o tan siquiera repudiando, a sus semejantes se sienten cada vez más solos o averiguan la forma de no pensar en esto, hasta que la distancia les confiere el beneficio de la lejanía, la sensatez, la ataraxia: la serenidad de un sabio anciano.

    ¿Es este el caso?

    Muy buen estilo. Vendré por aquí cuanto pueda.

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  2. Hola Alanthos y gracias por tu visita.

    En cuanto al viejo de mi historia... se trata de alguien que tuvo fe en lo humano pero al que malas experiencias le han ido alejando de esa creencia; lo que no impide que tenga instantes de regreso, porque el gérmen sigue vivo en su interior.
    Digamos que el viejo no es un misántropo voluntario -quizá nadie lo sea en el fondo-, y necesita sentir de vez en cuando que no está tan solo como cree.
    Pero esto le ocurre en la lejanía; por eso cuando irrumpe lo cercano (en esa forma concreta) el sueño se le rompe...

    Un saludo.

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  4. Gracias, Maite.

    Me atrae mucho ese "centro de la soledad".
    ¿Sabes tú si queda cerca?
    Al viejo paseante de cocinas le encantaría ir allí y quedarse.

    Un saludo entre nubes.

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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