Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 18 de noviembre de 2007

Revisión de Bambi


Recuerdo que mi primera visión de la película de Disney fue tardía. Tenía ya unos 15 o 16 años, y aun así me impresionó fuertemente, me enamoró. Tanto que llegué a confesar a mi jefe en el trabajo, mi primer trabajo, que desearía ser un ciervo. Comentario que por supuesto causó las risas de mi jefe y de su adjunto. Ellos no podían entender de qué estaba hablando, ni yo sabía explicárselo.
Pero es cierto que aquella película me impresionó. Sus paisajes, su ternura, su alegría, su drama y sus luchas. Era un universo cerrado, redondo, que por fuerza tenía que atraerme y seducirme. La película de Bambi me hizo llorar mucho, pero no sólo por la manida escena de la muerte de la madre, sino por todo en general. Aquella película era una bonita visión del paraíso, o de algo parecido al paraíso. Y era algo natural para mí llorar de emoción ante una imagen clara y definida de algo lejano y utópico.
Uno era así de sensible. La breve historia de Felix Salten, seguramente pensada para lectores infantiles o tal vez juveniles, y llevada al cine por el equipo de Walt Disney, consiguió emocionarme de principio a fin. De hecho, ya lo he dicho, quería ser un ciervo. Y con esto quería expresar que deseaba abandonar la monotonía gris y pesada de mi mundo, feo y vulgar, para trasladarme a aquél otro mundo; donde también había problemas y conflictos, pero siempre rodeados por valores tan importantes como la belleza, la amistad y un cierto fondo de sentido de la vida. Es decir, un orden dentro del caos. Y además, tengo que decirlo, allí los buenos e inocentes eran, en general, los animales. Pequeños y grandes. Mientras que los malos, los depredadores, los que causaban el desastre, los caóticos, los destructores, eran, cómo no, los hombres. Por supuesto esto enlazaba con mi propia vida personal.

Pero lo que quiero preguntarme aquí y ahora, y por lo que he empezado a escribir esta nota, es: ¿sería yo capaz hoy de ver entera la película de Bambi?
Siendo adolescente conseguí un rollo de película de super-8. No duraba más de cuatro o cinco minutos. Pero era un placer tenerla y poder ver en casa esos breves minutos de paraíso. Solía ponérsela a mis hermanos pequeños, Loli y Manolo, y todos la disfrutábamos. Sin embargo, hoy, que poseo la película completa en dvd, no la veo. ¿Por qué?
Esta es la cuestión que da origen a estas líneas. ¿Después de más de treinta años, qué ha cambiado? ¿Por qué no me siento tranquilamente delante del televisor, para ver aquella película que me emocionó de joven, para gozar y disfrutar esas imágenes que entonces me impresionaron como una visión del paraíso perdido…?
¿Qué es lo que ha cambiado?
La respuesta es: más de treinta años de experiencias. Y que la mente cambia con el tiempo, y se vuelve de otro color.
Podría ver la película, y disfrutarla, e incluso emocionarme un poco. Pero lo que fue no puede volver a ser. Vería muchos errores que entonces no veía. En las escenas cómicas, donde antes me reía a carcajadas, sólo esbozaría una media sonrisa. Y donde antes veía una imagen cercana al paraíso, hoy sólo vería arte, dibujos y colores bien atemperados.
Como segundo ejemplo, puedo mencionar “La Olla de Oro”, del amigo Hoffmann. Este maravilloso cuento me impactó y me hizo feliz. Tenía más de veinte años cuando lo leí por primera vez, pero consiguió seducirme con su magia y me transportó a su mundo. Cosa que agradezco, pero a la que difícilmente puedo volver.

Este es el tema. Las películas y los cuentos no han cambiado. He cambiado yo. Algo en mí se ha gastado. No sé qué nombre darle, pero sí sé que está gastado. Quizá esto es simplemente el comienzo de la vejez. No lo sé a ciencia cierta. Siempre he creído que había en mí un fondo inagotable, que el paso de los años no podía secar. Pero es sólo una creencia. Yo, que antes me nominaba como caminante, seguidor de horizontes y buscador de estrellas, me veo hoy confinado en un espacio cerrado, sin fuerzas para caminar; habitando una vida sin vuelo alguno, pobre, miserable y vulgar. Eso, que los demás llaman normal, es para mí el infierno.
Sólo tengo 49 años. Son muchos o pocos, depende de cómo se mire. Para mí me sobran nueve, por lo menos. Pero la cuestión es: ¿volveré a tener alguna vez aquellas alegrías, aquellos placeres estéticos, románticos, de mi juventud? ¿O ya estoy condenado a sobrellevar la imagen de viejo prematuro, huraño y amargado, que es incapaz de gozar? ¿Se acabó, definitivamente, para mí la alegría?
Esto es lo que más me interesa. Y a lo que hoy no puedo responder. Quizá mañana pueda…
Hoy ya no quiero ser un ciervo. Pero echo de menos aquel paraíso.




Antonio Castellón
(22 de Julio, 2006)

2 comentarios:

  1. ¿"Aixxxx", Crystal? ¿Significa eso que te gustó este viejo escrito? Parece que sí, por las sonrisas que hay después. Gracias, amiga.
    Bueno, un poco tarde (ná, casi cuatro años), pero te contesto.

    Un abrazo.

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