Aquí escribo,
al filo de la noche,
en este cuaderno de cristal
y humo,
para ahuyentar las sombras.


Con la ventana abierta,
por si viene el pájaro
del sueño.

AHM







domingo, 18 de noviembre de 2007

Montagnola



A últimos de los setenta, pasé unos días felices en Suiza. Fue sólo una semana, pero una semana llena de magia en la que pude acariciar ciertos sueños. Quiero decir que esos sueños no eran quimeras lejanas e imposibles, sino que me los encontraba por calles o caminos y podía verlos directamente con mis ojos y tocarlos levemente con mis manos.
En concreto estuve, sobre todo, en Montagnola, un pequeño pueblo montañés, donde pasó la segunda mitad de su vida mi buen amigo Hermann Hesse. Le llamo así, “buen amigo”, no porque tuviera la suerte de tratarle personalmente (se fue de aquí cuando yo sólo tenía cinco años), sino porque así es como le siento.
En fin, que pasé, ya digo, unos días poco menos que encantados. Estaba solo y llevaba poco dinero, pero en ningún momento me sentí perdido o desamparado. Para mí fue como estar en casa. El tío Hermann andaba siempre por allí, siguiendo mis pasos. De hecho, nada más llegar y pararme con ojos alucinados frente al portón de su antigua casa, un hermoso gato vino hacia mí y se paró a mis pies. Le acaricié, por supuesto, y aquello fue para mí como una señal de bienvenida.
La pregunta es: ¿por qué no me quedé allí a vivir, teniendo la oportunidad de hacerlo, y me volví a este Madrid que con el tiempo se me haría extraño y hostil?
La respuesta es muy simple. No quería manchar la magia de aquellos días con una cotidianidad vulgar. Quedarse allí suponía trabajar como obrero reparador del cableado telefónico o, mucho peor, como camarero. Yo no podía dejar que la fuerza negativa de lo mediocre me llegara a tocar; no podía permitir que en mí creciera el cansancio y el hastío, que pueden convertirse en asco y estropear la conciencia. No allí, en ese preciso lugar, que para mí era como un pequeño paraíso. Así que me fui, me marché, casi escapé, pero llevándome mi alegría limpia y brillante.
Gracias por aquellos días inolvidables, tío Hermann.


Antonio H Martín
(16 de octubre, 2006)

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imagen: "Blick auf Montagnola" - Hermann Hesse (1924)

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